César y unos cuatro mil hombres surcaban el Mediterráneo, embarcados en treinta y cinco galeras, rumbo a Alejandría. Supo que Pompeyo había huido a Egipto, y deseaba consolidar su victoria en Farsalia antes de que su rival reuniera nuevas fuerzas. Llegó el 2 de octubre (en realidad el 27 de julio; hasta ese punto estaba desfasado el calendario, que el propio César reformó más tarde) y desembarcó a sus legionarios y su caballería en la ciudad. Se trataba, sin embargo, de un contingente de fuerzas reducido para enfrentarse con un enemigo potencial y, eventualmente, para conquistar un país. Pero César, al igual que su ilustre predecesor Alejandro, era hombre con sentido de la oportunidad, y no dudó ni por un momento en actuar.

En aquel instante, el objetivo de César era, probablemente, lograr la reconciliación entre los dos hermanos y, al propio tiempo, dar caza a Pompeyo y sus secuaces. A los pocos momentos de su desembarco en Alejandría, conoció la muerte de su enemigo. Habían terminado sus problemas. Pero cuando, algunos días más tarde, el instigador de toda la conjura, al cínico Teodoto, llegó a Pelusium llevando la cabeza y el anillo de sello de Pompeyo, que mostró orgullosamente a César, se dice que a éste se le saltaron las lágrimas. Una cosa hubiera sido dar muerte a Pompeyo en el campo de batalla, o bien haberle obligado a poner fin a su vida según el antiguo procedimiento romano, pero todo cambiaba al saber que lo habían matado a traición unos egipcios y griegos degenerados. Para asombro de Teodoto, que sin duda esperaba alguna recompensa, César lo apartó de su presencia con el desprecio que normalmente se hubiera reservado para un esclavo.

Teodoto, convencido de que había incurrido en la ira y el desprecio de César, huyó de la ciudad y se convirtió en un refugiado errante en Siria y Asia Menor. Algunos años más tarde, Bruto encontró al retórico y lo mandó crucificar. Los romanos de este período eran violentos y crueles, pero conservaban algo del viejo código republicano de ética. El asesinato de un hombre en busca de asilo -un hombre que, por añadidura, había sido con anterioridad protector- se consideraba inaceptable. 

Para consternación de los alejandrinos, César mandó liberar de presidio y perdonó a los seguidores de Pompeyo (a los que los  leales ciudadanos habían encarcelado). César era un hombre inexorable y ambicioso, pero siempre supo que la mejor política hacia los vencidos era la magnanimidad, con tal que no se tratase de los jefes, sino de hombres de importancia secundaria. Mostrándose magnánimo se proponía ganar para su causa a quienes antes fueron sus enemigos. Esta política algún día se volvería contra él, pues hay hombres que nunca pueden olvidar los favores recibidos.

Mientras los ejércitos de los dos hermanos, Tolomeo XIII y Cleopatra VII, permanecían acampados uno frente a otro en Pelusium, el vencedor de Farsalia se mudo tranquilamente al palacio real, en el promontorio de Loquías. Era un rasgo típico de César el apropiarse de forma automática del palacio más bello de Alejandría, de mármol, amueblado con suntuosidad y rodeado de jardines, flores y fuentes. El caudillo, lo mismo que Napoleón más tarde, se reconocía rey por derecho propio, aunque, a diferencia del corso, corriera por sus venas, indudablemente, sangre noble. Caben pocas dudas de que, como romano, se sintiera superior a aquellos Tolomeos, macedonios degenerados. Después de todas las luchas de la guerra civil se sentía muy cansado. La idea de que pronto debería regresar a Roma y poner en orden Italia debió de ocurrírsele al mismo tiempo que el deseo de tomarse un descanso, siquiera breve. Además, como máximo representante del pueblo romano, era responsable de la ejecución de la voluntad del Flautista, y para ponerla en práctica estaba decidido a acabar con aquella guerra civil y a lograr un acuerdo entre Tolomeo y Cleopatra. Tenía, además, otro interés importante que defender en Egipto: el reembolso del préstamo que hiciera al Flautista cuando estuvo en Roma. Como de costumbre, César andaba escaso de dinero.

El hombre que fijó su residencia en el palacio real, hogar de los dos jóvenes Tolomeos, tenía cincuenta y pocos años. El conquistador de medio mundo, el soldado más grande desde Alejandro, Julio César, era en aquel momento dueño del Mediterráneo. Así escriben de él algunos historiadores:

"Era un soldado en extremo activo, un hábil y elegante espadachín, un fornido nadador y un excelente atleta. En batalla había demostrado ser arrojado, audaz y frío. En sus primeros años ya fue considerado un oficial valeroso.... A la edad de veintiún años recibió la corona cívica, máxima condecoración de la época, por haber salvado la vida de un soldado en la toma de Mitilene. En el combate se exponía con la cabeza descubierta mezclado con sus hombres, alentándolos y animándolos con su propio e impresionante valor. Se cuenta que, en cierta ocasión, agarró a un portaestandarte que corría para ponerse a cubierto, le hizo dar media vuelta y le dijo que había equivocado la dirección del enemigo."

Todo esto era cierto, pero el carácter de César tenía otra vertiente. Era un político pródigo y en extremo tortuoso, un buen historiador (aunque parcial) y un libertino. Se comentaba abiertamente -y no sólo por sus detractores, sino sus propios soldados, que lo adoraban- que en su juventud atravesó por una etapa de homosexualidad. Suetonio puntualiza: "Su intimidad con Nicomedes (rey de Bitinia) fue profunda y se prolongó en medio del oprobio, exponiéndole a los insultos de todos los cuarteles. Nada digo acerca del famoso fragmento de Licinio Calvo: "Todo cuanto tenía Bitinia y el amante de César".

El patricio Dolabela se refería a Nicomedes como "el rival  de la reina, el compañero del tálamo real". En cierta ocasión, mientras César estaba aleccionando al Senado sobre sus obligaciones para con el rey, Cicerón exclamó: "No continúes, te lo ruego. Es bien sabido lo que él te dio y lo que le distes tú a cambio". Mientras estaba celebrando su triunfo en las Galias, los soldados que seguían tras su carro se dice cantaban es versos:

"César derrotó a todos los galos, y Nicomedes lo derrotó a él.                                                                                                                        He aquí a César entrando triunfalmente, victorioso sobre todos los galos.                                                                             Nicomedes no ha triunfado, pero ha subyugado al conquistador.

Al mismo tiempo adquirió fama de ser uno de los más notorios mujeriegos de Roma, y en la Roma de aquella época había muchos competidores. De él se ha escrito,entre otras cosas: "Era el inevitable demandado en todo divorcio elegante, y cuando examinamos la lista de las damas cuyos nombres están vinculados al suyo, no podemos por menos de maravillarnos de cómo funcionaba la sociedad romana, que le permitió llegar ileso hasta su madurez. Lo que sorprende es que no terminara en algún rincón sombrío, con un puñal en las costillas, mucho antes de cumplir los treinta". Sedujo a la mayoría de las esposas de sus amigos, incluidos Pompeyo, Craso y Gabinio, y ello en la época en que éstos eran dirigentes del partido político al él mismo pertenecía, por lo que necesitaba su benevolencia.

Una de las grandes pasiones se la inspiró Servilia, madre de Marco Bruto (que habría de asesinarle), y se rumoreaba insistentemente que era en realidad el padre de éste. Regaló a Servilia perlas de inmenso valor, y se afirmaba que una de las razones que le movieron a invadir Britania fue que había oído decir que las perlas de este país eran de muy buena calidad. Otra copla que cantaban sus legionarios durante la triunfal campaña de las Galias demuestra que no limitaba sus actividades sexuales a Roma:

"Devolvemos al hogar al calvo adúltero;                                                                                                                                                   ¡romanos, encerrad a vuestras esposas!                                                                                                                                                          Gastó en frivolidades, en las Galias, el oro                                                                                                                                                           que había tomado en préstamo aquí, en Roma.

Suetonio describe así su aspecto:

" De estatura elevada, tez hermosa, miembros proporcionados, rostro un tanto lleno y ojos negros y penetrantes. Gozaba de buena salud, pero en sus últimos años se vió aquejado de síncopes y pesadillas. en dos ocasiones padeció ataques de epilepsia durante las campañas. se mostraba muy cuidadoso de su aspecto, y siempre aparecía minuciosamente aseado y afeitado, habiéndose depilado el vello superfluo. Su calvicie le disgustaba en extremo..., y por esta razón acostumbraba peinarse sus ralos mechones hacia la coronilla. Aparte todos los honores votados en su favor por el Senado, nada le complacía tanto como el privilegio de cubrir su cabeza con una corona de laurel en toda ocasión... También era exigente en materia de vestido, y llevaba una túnica de senador con mangas orladas en la muñeca".

Este personaje,  quien uno de sus enemigos se refiere como " un hombre para las mujeres y una mujer para los hombres", era incansable durante sus campañas. Por esta razón los endurecidos legionarios romanos lo amaban. Era el primero en cruzar a nado un río, y exigía un tipo de avance que abrumaba hasta a los más jóvenes y fuertes. Magnífico jinete, podía mantener, a pie, el paso firme de las legiones. Comía frugalmente, y parece que se preocupaba poco por alimentarse, pero en Roma se comportaba como un dandy. Era un gran conocedor en materia de piedras preciosas, pavimentos de mosaicos y decoración interior en general. Este descendiente de Venus tenía una naturaleza tan apasionada y contradictoria como la propia diosa. Por encima de todo, destaca como uno de los hombres más ambiciosos de la historia. Según Plutarco, sentía "una inquieta pasión por el honor", pero "honor" debe interpretarse en este caso como deseo de fama. En asuntos de dinero, como en los de sexo, carecía por completo de escrúpulos. Estuvo casado cuatro veces, y su esposa, en aquel momento, era Calpurnia, hija de Calpurnio Pisón, que fue cónsul en el 58 a.C. Seguro que debió despertar la hilaridad de los romanos su famosa observación al divorciarse de su tercera mujer, Pompeya, hermana de Pompeyo: "La esposa de César debe estar por encima de toda sospecha". Es cierto que cuando él estaba en la ciudad pocas de las esposas de sus amigos se hallaban en Roma.

El rasgo principal de su carácter fue una extraña insensibilidad, como una despreocupación. Era como si creyese -tal vez por el supuestamente divino origen de la estirpe Julia- que, sin la menor duda, el mundo era suyo. Esta ilimitada confianza en sí mismo (que, en última, le acarrearía la muerte) la demostró en edad temprana, cuando fue capturado por unos piratas y conducido a la isla de Farmacusa, frente a la costa de Mileto. Pidieron por su rescate la elevada suma de veinte talentos. César se echó a reír y dijo que él por lo menos valía cincuenta, cantidad que acabó pagándoseles. También aseguró a los piratas que cuando llegara el rescate y fuera liberado, lo primero que haría seria regresar y ejecutarlos a todos. Mientras tanto, durante las semanas de espera, se unió a ellos en sus diversiones, pero ni por un momento les permitió olvidar que él era su superior. Cuando deseaba dormir insistía en que guardaran silencio, y a pesar de que era su prisionero, les ordenaba a su antojo como si fueran esclavos, y les reprendía por sus maneras torpes e inciviles. Apenas se vio libre, fiel a su palabra reunió unas tropas y regresó a la isla, se apoderó de los piratas y los mandó crucificar. Incluso en aquella ocasión se manifestaron las curiosas contradicciones de su carácter, pues -tal vez por haberles tomado un oscuro afecto durante su cautiverio- ordenó que se les degollara para ahorrarles los sufrimientos de la prolongada agonía en la cruz.

En la guerra, desde luego, se mostraba implacable. Esto, acaso, formaba parte de su carácter lógico, pues consideraba que si unos hombres se arriesgaban a oponerse a la voluntad de Roma, no merecían cuartel. Su pensamiento en esta materia puede considerarse "japonés": si los hombres iban a la guerra era para tratar de dar muerte a sus enemigos, y si fracasaban debían sufrir un castigo. En sus campañas en las Galias  exterminó a miles de hombres y cortó la mano derecha (la que servía para empuñar la espada) a otros muchos millares que habían luchado contra él. En cierta ocasión, después de concluir la paz con dos tribus, las atacó cuando se hallaban indefensas, y dio muerte a casi medio millón de hombres mujeres y niños. Si es cierto que todos "los hombres son malvados", César constituye en ejemplo supremo. Por supuesto que tenía encanto. Pronto iba a encontrar a otro personaje de sus mismas caracteristicas; alguien que, en su propia esfera, nada tenía que envidiar a César en cuanto a inexorabilidad y ambición.

Instalado en al cómodo palacio de Alejandría, César decidió que el mejor sistema para terminar con la guerra civil egipcia sería solicitar una entrevista con Tolomeo. En consecuencia, envió un mensaje a Pelusium para notificar al joven rey que él, César, se hallaba en aquel momento en el palacio, y que le agradaría verlo para actuar como árbitro entre él y su hermana. No resulta difícil imaginar con cuanta diligencia fue aceptada esta invitación, ni la cólera con que la recibió el triunvirato de guardianes de Tolomeo: el general Aquilas, el tutor Teodoto y el eunuco Potino, ministro de Hacienda. En seguida vieron una amenaza a su supremacía en Egipto en la persona de aquel amo romano, establecido en la corte de los Tolomeos, que daba órdenes a su protegido. Mas era bien poco lo que ellos podían hacer por el momento, como no fuera corresponder al requerimiento de César. Así, pues, Tolomeo fue enviado a Alejandría.

Al llegar, en compañía de Potino, a primeros de octubre, Tolomeo encontró su palacio vigilado por tropas romanas, y la ciudad en manos también romanas. Esto, de por si, ya era bastante desagradable, pero César reclamaba, además, una inmensa suma de dinero que, según afirmaba, prestó al padre de Tolomeo para restaurarlo en el trono. Por añadidura, sugirió que el rey debía detener la campaña y llegar a un acuerdo con su hermana. La reacción de Potino (que, al parecer, empuñaba realmente las riendas de la administración) fue inmediata e instintiva. Decidió hacer la vida desagradable a aquel romano y a sus tropas. Al fin y al cabo, los soldados no sumaban más que unos cuatro mil, y César no era sino un hombre, lo mismo que Pompeyo. En consecuencia, dispuso que el cereal suministrado a los legionarios romanos estuviera en malas condiciones o fuese de la peor calidad, y que la vajilla de oro y plata de palacio fuera sustituida por otra de madera.

César manifestó a Tolomeo (o, lo que es lo mismo, a Potino) que se ejército debía ser licenciado y evacuado de la frontera. Naturalmente, el ministro no aceptó, y cursó un mensaje a Aquilas, a Pelusium, solicitándole que enviara fuerzas a Alejandría. Al parecer, pensaba eliminar primero a los romanos y luego llevar la guerra contra Cleopatra. César aún conservaba un triunfo en la mano, pues mantenía al joven Tolomeo "bajo su protección" en palacio -virtualmente era prisionero de las tropas romanas-, pero su propia posición se tornaría precaria si se presentaba un ejército egipcio.

César ya había hecho saber a Cleopatra que deseaba su regreso a Alejandría, a fin de resolver la disputa entre ella y su hermano, pero el problema radicaba en cómo conseguirlo. Cleopatra sabía que no podía atravesar las lineas egipcias enfrentadas a sus propias fuerzas, pues con toda seguridad Aquilas la mataría. En aquel momento, dio una prueba de valor, la audacia y rapidez de decisiones que caracterizarían su vida. Embarcó secretamente en un barco en Pelusium y zarpó rumbo a Alejandría. Al llegar frente a la ciudad, esperó la caída de la noche y ordenó a un sirviente fiel, un siciliota llamado Apolodoro, que la transportara en una barquilla. El remero dirigió el esquife hasta un muelle que le era familiar, precisamente al pie de los muros de palacio, donde su presencia no despertaría comentarios. La reina estaba ahora enrollada en un fardo de ropa de cama o en una alfombra, que Apolodoro procedió a atar con una cuerda. Cargando con el bulto, el siciliota se internó en palacio, respondiendo a todas las preguntas de los soldados de César en el sentido de que él era uno de los servidores de la casa real. La imagen de un criado con un fardo a cuesta no debió de sorprenderles, pues aún en nuestros días no es insólito que en Oriente un hombre transporte todas sus pertenencias en una alfombra o en sus ropas de cama.

Preguntó por el camino que conducía a los aposentos de César, y hacia ellos fue acompañado por guardias armados. Penetró, dejó el envoltorio en el suelo y lo desató. Ante el atónito César, la pequeña reina de Egipto se desenrolló y, desmelenada, se puso en pie de un brinco. Aquel gesto, precisamente, debía llamar la atención de César, pues revelaba originalidad, independencia de carácter y ardorosa audacia. Él sabia tan bien como ella que si Potino o alguno de su facción la hubiera descubierto, le hubiese dado muerte y, con todo sigilo, la habría arrojado a las aguas del puerto.

"Aquella argucia -escribe Plutarco- se dice que le ganó el corazón de César." Dión Casio, por su parte, afirma que "quedo embelesado desde el momento que puso sus ojos en ella y ella abrió la boca para hablar". César había conocido a muchas mujeres en numerosos países, pero jamás encontró a ninguna como aquélla. Por vez primera comprendió que tenía ante sí una personalidad semejante a la suya propia.

Es probable (desde luego, conociendo la reputación de César, resulta más que probable) que se hicieran amantes aquella misma noche. Pero si Cleopatra había sido hasta entonces físicamente inocente, desde luego que en materia de política no era virgen. Toda su vida había transcurrido en medio de las intrigas de aquella corte, tortuosa hasta lo increíble, y era una típica representante de la familia de los Tolomeos en cuanto a su deseo de poder. Sabía que sólo de aquel romano, lo bastante mayor como para ser su padre, podría obtener dicho poder. Lo que amaba en César era la circunstancia de que fuese el hombre más poderoso del mundo. Estaba decidida a ser reina de Egipto. Había una sola arma de la que carecía su hermano, respaldado por sus influyentes consejeros: el sexo.

A la mañana siguiente, César envió un mensaje a Tolomeo XIII en el que requería su presencia en sus aposentos. Cuando el monarca se presentó, probablemente acompañado por el eunuco Potino, halló a Cleopatra instalada con toda la comodidad en presencia del dictador romano. Después de la sorpresa de verla en palacio, su idea inmediata debió de ser que había expuesto su versión del asunto a César y le había convencido. El romano manifestó que estaba decidido a terminar con aquella guerra civil y que los dos hermanos debían declarar su reconciliación. Tolomeo se precipitó fuera de la estancia, gritando que su causa había sido traicionada. Corrió hacia donde estaban sus amigos -debió de recordar que tan sólo era un muchacho-, prorrumpió en llanto y se arrancó la corona de la cabeza.

Las noticias de que Cleopatra, la reina que había sido exiliada y se disponía a invadir Egipto, se hallaba en palacio con César se propagaron rápidamente entre la multitud. El pueblo de Alejandría, que tenía fama de ser uno de los más inquietos y peligrosos del mundo, en seguida invadió casi por completo el palacio, y lo hubiese ocupado del todo de no haberle disuadido la presencia de los legionarios romanos de guardia. Con objeto de calmarlo, César accedió a convocar una concentración de todo el pueblo, la que leyó la voluntad del Flautista. Declaró que como representante del pueblo romano, tan sólo estaba tratando de cumplir la misión que el correspondía: a saber, que Cleopatra VII y Tolomeo XIII gobernaran juntos Egipto. Para aplacar a la masa, de todas formas, y posiblemente con el propósito de ganarse a quienes se mostraban hostiles a Cleopatra, anunció que devolvería la isla de Chipre a Egipto y que la gobernarían conjuntamente el hermano menor, Tolomeo XIV, y su hermana Berenice. Así, con su típica ligereza y con una total desconsideración hacia los sentimientos o deseos del pueblo romano, al que representaba, César devolvió al control tolemaico la isla que Roma adquiriese tan sólo diez años antes.

Se había llegado, pues, a una reconciliación nominal entre ambos hermanos, pero Tolomeo comprendió que iba a ser su hermana mayor la que iba a gobernar, no él. Según Dión Casio, pudo percatarse (y, sin duda, así lo manifestó) de que existía una relación personal entre César y Cleopatra. El triunvirato de tutores, que esperaban convertirse en los gobernantes efectivos, no podía considerarse acallados, pese a la entrega de Chipre.

Cleopatra estaba encantada. contaba con el afecto y la protección del dueño del mundo y su reino había sido restaurado en sus antiguas dimensiones. Sin duda, soñaba que bajo su mando el Imperio tolemaico recuperaría su poderío y su gloria de antaño. Era extremadamente ambiciosa, y parece probable que este rasgo de su carácter atrajese a César tanto como su joven cuerpo.

Pronto se puso de manifiesto que Potino y Aquilas estaban organizando una conjura contra César, indudablemente con objeto de hacerle correr la misma suerte que a Pompeyo. Luego sería eliminad Cleopatra. La información se la transmitió a César su barbero, a quien Plutarco describe como "un hombre de inusitada timidez, pero que mantenía sus oídos abiertos y estaba en todas partes a la vez". César no dudó en actuar. Durante un banquete ofreció para celebrar la supuesta reconciliación de los hermanos, sus tropas rodearon la sala y se apoderaron del ministro eunuco. Potino fue sacado al exterior y ejecutado. Sin embargo, en medio de la confusión, Aquilas consiguió escapar y reunirse con el ejército. Poco después comenzó el sitio de la guarnición romana de palacio.

Según el juicio de los historiadores más antiguos, el enamoramiento de César y Cleopatra le llevó a ponerse un dogal al cuello y a hacer peligrar su vida en el preciso momento en que era dueño y señor del mundo mediterráneo. Existe cierta justificación para este punto de vista, pero cuando César llegó a Egipto debía de tener una idea pobre de la verdadera situación política del país, así como de la peculiar telaraña de intrigas que prosperaba en el palacio real. En la que sería conocida como Guerra alejandrina, iba a demostrar toda su antigua brillantez, saliendo con bien de situaciones que, a veces, parecían insolubles. Como primera providencia, envió a su amigo Mitrídates de Pérgamo en busca de refuerzos a Siria y Asia Menor. Si podía defender el palacio el tiempo suficiente, calculaba con acierto que aquellas tropas podrían avanzar y atacar al ejército egipcio por la retaguardia. Mientras tanto, mantuvo a los Tolomeos en lugar seguro, en palacio, y allí, con su habitual sangre fría, permaneció en espera de los acontecimientos.

En aquella época, el ejército egipcio se componía de unos veinte mil hombres. La caballería constaba de unos dos mil jinetes. Esta fuerza era de lo más heterogéneo, pues se nutría de legionarios abandonados por Gabinio y esclavos y criminales escapados de Italia, a los que se añadían mercenarios griegos. Aunque no podían compararse con los disciplinados legionarios romanos, en todo caso constituían una formidable fuerza y superaban a las tropas de César en la proporción de cinco a uno. En cuanto llegaron a las puertas de Alejandría, casi todos los habitantes de aquella revoltosa ciudad  salieron a recibirles. Así, no sólo se enfrentaba a César un ejército, sino el pueblo de Alejandría. El primero de sus contratiempos sobrevino cuando las canalizaciones de agua potable que alimentaban el sistema de palacio fueron cegadas o contaminadas con agua de mar. César, impávido, ordenó a sus tropas que excavasen el suelo del palacio por la parte que daba al mar, pues sabía bien que junto a los promontorios de caliza suelen encontrarse venas de agua potable. Su sentido práctico pronto puso de manifiesto se eficacia, y, una vez más, sus hombres se sintieron confortados por la idea de que su jefe era tan inteligente como valeroso.

En los primeros momentos de la guerra, la hermana menor de Cleopatra, Berenice, logró escapar de palacio con su tutor Ganimedes, otro intrigante cortesano de la misma clase que Potino. Los Tolomeos no se tenían mucho amor entre sí, y al parecer Berenice odiaba a Cleopatra tanto como su hermano Tolomeo XIII. Al ponerse al lado del ejército, Berenice fue considerada como el centro de la rebelión popular encaminada a arrojar a los romanos y a destronar a Cleopatra. Esto no era muy del gusto del general Aquilas -cuyo protegido era Tolomeo-, pero Berenice y Ganimedes le dieron muerte. Ganimedes se convirtió entonces en jefe de las fuerzas egipcias y cabeza de la rebelión.

Mientras tanto, César supo que la legión Trigesimoséptima, de Asia Menor, había anclado frente a la costa egipcia, pero no podía avanzar a causa de los vientos contrarios. Con la seguridad de que los refuerzos estaban próximos, se sintió lo bastante audaz como para asestar un golpe a la flota egipcia, que constituía una grave amenaza para sus comunicaciones por mar y hacia peligrar la llegada sin contratiempos de la legión. Realizó uno de los ataques relámpago por sorpresa que caracterizaron muchos de sus éxitos y prendió fuego a la flota egipcia. En la confusión que siguió, fue pasto de las llamas casi toda la zona portuaria, así como (según algunos) parte o la totalidad de la gran biblioteca de Alejandría. Es muy posible que, en efecto, una parte de dicha biblioteca fuera destruida, pero su total perdida hubiera sido un desastre que difícilmente hubiese escapado al comentario de los escritores antiguos. Asimismo, la circunstancia de que, más tarde, Marco Antonio obsequiara a Cleopatra con la gran biblioteca de Pérgamo, permite suponer que en esta historia hay algo de cierto. Desde luego que César, en su versión de los acontecimientos, no menciona la destrucción de la biblioteca, pero eso hubiera sido algo de lo que no habría podido enorgullecerse. El poeta Lucano, sin embargo, partidario de Pompeyo y enemigo de César, con toda seguridad hubiese aprovechado este acto de vandalismo para imputarlo al gran dictador en su poema La Farsalia, en el que describe el curso de la guerra civil. Pero no dice nada al respecto. Al igual que en el caso de muchos sucesos acaecidos en el mundo antiguo, la verdad probablemente nunca se conocerá.

Otros episodios de la Guerra alejandrina que muestran a César en su mejor momento como hombre de acción son su toma del mando de los barcos en el puerto, cuando zarparon para escoltar las naves que transportaban a la legión Trigesimoséptima, y su intento -frustrado- de apoderarse de la isla de Faros. En el primer caso, cuando los barcos que conducían a la legión trataban de penetrar en el puerto oriental, el propio César embarcó con la fuerza de su pequeña galera, sin más tripulación que los marineros rodios (dejo sus tropas para que guarnecieran el palacio sitiado).. Los egipcios, que indudablemente contaban con espías dentro de la residencia real, al saber que César en persona estaba a bordo, dirigieron su flota hacia el puerto oriental. El general romano no sólo consiguió introducir las tropas, sino que, ya de regreso, libró un brillante combate naval en el que derrotó por completo a la flota egipcia. Su tentativa de apoderarse de Faros, aunque constituyó un fracaso y estuvo a punto de costarle la vida, pone de manifiesto la categoría de este hombre y explica por qué sus soldados, tanto en Britania como en la Galia o en Grecia, y ahora en Egipto, le hubieran seguido a cualquier parte.

Su plan consistía en llevar a cabo un doble asalto, por mar y por aguas del puerto oriental, apoderarse de la isla y regresar por el canal Heptastadium. De esta manera hubiera tenido en sus manos toda la parte norte de la ciudad. Tal vez el punto débil de su idea radicaba en que, incluso con el refuerzo de la nueva legión, el territorio que iba a ocupar era demasiado vasto para que lo defendieran sus hombres. El atraque en Faros fue satisfactorio, y se dispuso a asegurarse el extremo norte del Gran Canal. El propio Cesar se puso al mando del contingente que se lanzó a tomar el extremo sur del Heptastadium, que lindaba con la ciudad. Por desgracia para sus planes, los egipcios llevaron a cabo una operación tan audaz como insólita en ellos, y desembarcaron una fuerza a retaguardia de los romanos, en la parte del canal que limitaba con Faros. Los hombres de César se encontraron atrapados en el canal, con el enemigo cercándolos por los dos flancos. Sus galeras y otras embarcaciones corrieron inmediatamente en su ayuda. César subió a una barca pequeña que, a causa del peso de los supervivientes, poco después volcó y zozobró. Se vió obligado a nadar casi doscientos metros hasta otro barco sosteniendo, según una versión posterior, importantes mensajes en una mano para mantenerlos fuera del agua. Sea o no exacto esto último, sí parece cierto que -para su desesperación- se vio obligado a abandonar a los egipcios victoriosos el manto de púrpura de general, que tenía en gran estima.

Hasta ahora parece que consideró la Guerra alejandrina como algo parecido a una aventura, pero la pérdida, en este combate del Heptastadium, de cuatrocientos legionarios, así como un gran número de marineros, le convenció de que debía volver a su antigua  política dilatoria. Supo que el ejército de Mitrídates se acercaba desde Siria para expugnar Pelusium y prestarle ayuda, de modo que decidió adoptar el otro papel en el que era maestro: el de político.

Lo más probable es que recibiera información de que Berenice, la hermana de Cleopatra, y su consejero Ganimedes fracasaron en su intento de ganarse el apoyo del ejército egipcio, que en su mayor parte aún clamaba por la restauración de Tolomeo. Este joven, técnicamente el consorte de su amente, no era más que un estorbo para César. Había conspirado para arrojar a Cleopatra del trono, y César sabía que la mataría en cuanto tuviera ocasión. La solución era obvia: restaurárselo a aquellos egipcios que tanto amor le profesaban. Entonces, cuando el ejército de socorro atravesara el país y los egipcios tuvieran que resistir y luchar, no había más que permitirle abandonar Egipto o dejarle morir en combate. De este modo, Cleopatra, de quien César ya sabía que iba a tener un hijo (llevaban conviviendo cuatro meses), se convertiría en la única e indiscutida reina de Egipto. Entonces podría casarla con su hermano menor, de sólo diez años. Así el honor quedaría a salvo. su amante sería reina de Egipto, y Egipto sería amigo de Roma, andando el tiempo, colocar al país bajo su administración directa. Cleopatra vería con satisfacción que su odioso hermano abandonara palacio, e indudablemente se sentiría segura, al estar esperando un hijo de César, de que éste no descuidara sus intereses.

En la extraordinaria aventura de César y Cleopatra de tenerse siempre en cuenta que ambos eran tortuosos e implacables políticos. pero es asimismo cierto que existía un verdadero afecto entre ellos, aparte la pasión sexual. César, hombre maduro de cincuenta y dos años, con una inmensa experiencia de las mujeres, es probable que se sintiera halagado y, si ello fuera posible, rejuvenecido por el cuerpo y las atenciones de aquella joven que, por añadidura, era reina. Lo más seguro es que los sentimientos de Cleopatra fueran muy distintos. Desde luego César era aún un hombre de excelente aspecto, pero cabe suponer que su amor por él podía atribuirse, en gran parte, a la circunstancia de que era entretenido, ingenioso e inteligente. También era el hombre más poderoso del mundo. Estas son razones de bastante peso para que cualquier mujer ame a un hombre.

Habiendo ideado la forma de deshacerse de su rival y enemigo, César envió por el joven Tolomeo y le informó de que se proponía devolverlo al pueblo egipcio, puesto que estaba claro que se hallaba a disgusto en palacio. Tolomeo protestó y, entre lágrimas, dijo que amaba a César y que no deseaba regresar junto a su pueblo. Algunos historiadores han sugerido que se trataba de "lágrimas de cocodrilo", pero es casi seguro que Tolomeo comprendía que los egipcios no podían ganar, y él no deseaba de ninguna manera verse forzado a luchar y morir con ellos. César sostenía que el deber de Tolomeo era permanecer con su pueblo, y abandonó al lloroso rey en brazos de sus entusiastas súbditos. Apenas reunido de nuevo con su ejército, Tolomeo, fiel a la tradición de su familia, apartó a Berenice y Ganimedes del poder.

Por entonces Mitrídates de Pérgamo, a quien César envió en busca del ejército de refuerzo, llegó a la fortaleza de Pelusium, la tomó y penetró en Egipto. Avanzó por el brazo Pelúsico del Nilo en dirección a Menfis, donde, tras una fácil victoria sobre el enemigo, pasó a la orilla occidental del río y se dispuso a marchar sobre Alejandría. El joven Tolomeo, demostrando más valor del que hubiera podido esperarse de su padre, se puso a la cabeza de sus tropas y avanzó para presentar batalla. En cuanto supo que el ejército egipcio abandonaba la ciudad, César embarcó sus tropas, dejando tan sólo una escasa guardia en palacio, y zarpó con rumbo Este, como si se dirigiese a Pelusium. Pero, aprovechando las sombras de la noche, invirtió dicho rumbo y se dirigió al Oeste de Alejandría, donde desembarcó a sus hombres. Con este ardid sacó una ventaja táctica sobre los egipcios, que le suponían ausente. Se dedicó entonces a preparar una desagradable sorpresa para el ejército enemigo.(Este episodio demuestra, de paso, que la leyenda de que estuvo atrapado en palacio durante todos aquellos meses es falsa del todo, pues hubiera podido abandonarlo por mar cuando hubiese querido.) Avanzando a marchas forzadas a través del desierto al oeste de Alejandría, se reunió con las fuerzas de Mitrídates algo al norte de Menfis. Inmediatamente, el ejército aliado se dirigió más al Norte para encontrarse con los egipcios.

Tolomeo y sus tropas fijaron su posición en un montículo fortificado que tenía a un lado un pantano, y al otro el curso del Nilo. Siguió una batalla que duró dos días, pero, a pesar de la fuerte posición que habían ocupado, los egipcios no pudieron resistir el empuje del ataque aliado. su campamento fue tomado y su ejército aniquilado. En la subsiguiente confusión, muchos trataron de escapar en pequeñas embarcaciones cruzando el Nilo, entre ellos Tolomeo. El bote al que saltó estaba atestado de fugitivos, por lo que volcó y se hundió. Tolomeo pereció ahogado. Contaba sólo quince años, pero sus últimos días puso de manifiesto que conservaba algo del antiguo espíritu macedonio. Su cuerpo fue hallado más tarde e identificado por la coraza de oro que llevaba. César la envió a Alejandría para que sus ciudadanos pudieran comprobar que estaba efectivamente muerto, así como para cortar de raíz leyendas que pudieran surgir en torno a su nombre, y evitar que, en el futuro, algún agitador de declarase Tolomeo XIII y alzara el estandarte de la rebelión.

Al atardecer del 27 de marzo (actual 14 de enero) de 47 a.C., César entró en Alejandría en triunfo. Sus habitantes lo recibieron vestidos de luto y le enviaron diputaciones para implorarle clemencia y olvido por su participación en la reciente guerra. César estaba dispuesto a mostrarse benévolo. Había vencido, y todo Egipto, desde el delta del Nilo hasta la capital, acababa de ver por sí mismo el poderío de las armas romanas. Podía confiar en que no estallarían más desórdenes. Egipto estaba pacificado, y podía haber hecho de él una provincia romana sin la menor dificultad, pero en lugar de esto proclamó reina a Cleopatra, lo que debe considerarse como una muestra de su auténtico afecto hacia ella. Al mismo tiempo, proclamó a su hermano menor, Tolomeo XIV, por entonces de once años, corregente con Cleopatra, sin duda pensando que era demasiado joven para ocasionar dificultades a su hermana. Pero con objeto de afianzarla al máximo en el trono, César dispuso que permanecieran en Egipto tres legiones bajo el mando de un competente oficial entregado por completo a su causa.

Después de cinco meses, la Guerra alejandrina había terminado. César, con relativa facilidad, había conseguido un triunfo tanto político como militar. Venció la oposición de los romanos e instaló en el trono de Egipto a una reina que era, al mismo tiempo, su amante y que estaba a punto de dar a luz un hijo. No cabe duda de que, aparte uno o dos momentos de peligro, disfrutó de su invierno alejandrino: de los placeres de palacio; de los placeres amorosos con una brillante y graciosa joven, y (tal vez para César lo más importante) del placer de vencer a sus enemigos y ponerlos de rodillas. Hubiera podio esperarse que, en vista de la insegura situación en Italia, y habida cuenta la presencia, en varias partes del Mediterráneo, de poderosas fuerzas favorables a Pompeyo -entre ellas una flota superior a la suya-, regresaría rápidamente para poner orden en la patria. Todo reclamaba su presencia en ella, pero César prolongó su estancia en Egipto varias semanas.

Durante este período, cuando ya no pudo ocultarse por más tiempo el embarazo de Cleopatra, los orígenes supuestamente divinos de la familia Julia empezaron a utilizarse como tema de propaganda política. La idea de que el niño que Cleopatra esperaba no era el simple resultado de una unión ilegítima, estaba encaminada a satisfacer al pueblo egipcio, ante el cual aquélla no debía aparecer como la amante de César, puesto que él era un dios sobre la tierra. Nadie podía sostener que era un Tolomeo o un faraón, de modo que fue preciso inventar otra razón para explicar su presencia junto a la reina (y en el lecho de ésta).

Es posible, aunque no nos consta de una manera fehaciente, que se celebrara algún tipo de matrimonio entre ambos. Se hizo circular, para halagar a los supersticiosos egipcios, la historia de que César era una encarnación del dios Amón (que equivalía, poco más o menos, en el panteón nacional, al Zeus o Júpiter de griegos y romanos). Su increíble éxito al frente de aquellos romanos protegidos por armaduras acaso contribuyó a que se aceptara la leyenda, por más que los sofisticados alejandrinos se burlaran de ella. Se han encontrado bajorrelieves en Hermonthis, en las proximidades de Tebas, que muestran a Cleopatra conversando con Amón y que recogen el nacimiento del niño divino. También se ha hallado un epitafio que data de los últimos años del reinado, inscrito "el vigésimo año después de la unión de Cleopatra y Amón".

Como reina de Egipto, Cleopatra fue identificada siempre con la diosa Isis. César, por su parte, como "ingresado en la familia real", se convirtió en dios. Tuvo un ilustre precedente, pues Alejandro Magno, tras su visita al famoso templo de Amón en Siwah, en el desierto de Libia, fue reconocido como hijo de dicha divinidad. (Sus retratos monetales lo representan con los cuernos de carnero del dios surgiendo de su cabeza.) Parece dudoso que Alejandro o César creyeran en semejante identificación, pero, en cambio, no cabe duda de que se sirvieron de ella y de que, en mayor o menor grado, influyó en el curso de sus vidas. César ya fue llamado en Éfeso el "Descendiente de Ares y Afrodita, dios encarnado y Salvador de la Humanidad", de modo que no resultó difícil la transición hasta identificarlo con el dios Amón. Ya se había sugerido que algo de la inmutabilidad e indiferencia de César frente al peligro podía atribuirse a su creencia en su linaje divino. Ahora que esta creencia se veía confirmada, su deseo de poder le dominó cada vez más.

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