REHA

Red Española de Historia y Arqueología

Resulta imposible trazar el desarrollo de la colonización griega sin antes entrever, aunque sea brevemente, la dinámica política actuante en la polis en los momentos previos al inicio de este movimiento centrífugo de los griegos de época arcaica.

Los regímenes aristocráticos y posteriormente oligárquicos que imperaban en las poleis griegas al comienzo de la época arcaica, contenían en sí mismos el germen del descontento, que más tarde degeneraría en una auténtica crisis social que habría de sacudir en el siglo siguiente, de una manera prácticamente generalizada al mundo griego.

Este descontento estaba fundamentado en la situación de injusticia provocada por el desigual reparto de la riqueza cuyo elemento básico en este momento era la tierra. La mayor parte de ésta se encontraba efectivamente concentrada en pocas manos, siendo así que la mayoría de la población debía contentarse para subsistir con pequeños lotes. A esta situación hay que agregar, además, otros hechos que contribuyeron al progresivo deterioro general: en primer lugar, el aumento demográfico que se dejó sentir por todas partes del mundo griego ya a finales de la Edad Oscura; en segundo lugar, la propia escasez de tierras inherente a la difícil orografía con que la naturaleza dotó al solar griego y, por último, la desaparición de la antigua solidaridad del clan primitivo con el cese de las redistribuciones periódicas de tierra comunal.

Así pues, nos encontramos ante una población creciente que debía alimentarse con el producto de tierras escasas y poco productivas, pues las más fructíferas y de mayor extensión habían sido acaparadas por unas pocas familias, en cuyas manos, además estaban los resortes del poder político y religioso. Testigo excepcional de esta situación es Hesíodo cuya obra Los trabajos y los días constituye para nosotros una fuente de información insustituible sobre los modos de vida del campesinado griego, pues aunque referida a Beocia y el Atica puede hacerse extensiva a las demás regiones griegas. Su descripción, más o menos metafórica, de la situación del débil respecto al poderoso, de la impotencia de aquél frente a éste es verdaderamente aleccionadora. A la par, se permite dar algunos consejos para evitar un deterioro del panorama social que estaba describiendo. Así la reducción del número de hijos que obviaría el empequeñecimiento de las propiedades puesto que, según las normas vigentes entonces, los hijos heredaban a partes iguales los bienes paternos. Ello implicaba que las familias con imposibilidad de ampliar sus recursos territoriales --indudablemente la práctica totalidad del campesinado fuera de los grandes propietarios-- en el transcurso de un par de generaciones verían sus campos tan reducidos que apenas harían posible una vida de subsistencia. Una mala cosecha, unos años de mayor sequía o cualquiera de las adversidades normales en la agricultura, tornarían la situación insostenible. Su salida no era otra que el endeudamiento pero, al no ser posible la devolución de los préstamos por la misma escasez que había provocado la contracción de deudas, el deudor y su familia caían irremisiblemente en poder del acreedor en calidad de esclavos. Esta realidad --la miseria y desesperación del campesinado-- aparece descrita con enorme fuerza en los versos de Solón y en los pasajes correspondientes a esta período de la Athenaion Politeia aristotélica.

Este proceso, ya presente al comienzo de la época arcaica, se agravó paulatinamente hasta desembocar en una situación de conflictividad aguda, determinante del desencadenamiento en el seno de múltiples ciudades griegas de un cambio en su sistema político. Apareció, en principio, la figura del árbitro o del legislador y finalmente la del tirano.

Dicha evolución política se vió favorecida por otros factores no mencionados hasta ahora, pero que coadyuvaron decididamente a ella. Así, por ejemplo, el militar. Todavía en el siglo VIII a.C., la guerra estaba basada en el combate regular, en el guerrero que en carro, al principio, y después a caballo, debía soportar para su protección un pesado equipo básicamente defensivo. Este método conllevaba unas connotaciones socioeconómicas determinadas, a saber la existencia de una aristocracia ciudadana, una de cuyos privilegios consistía precisamente en la defensa de la ciudad, al dictar que únicamente sus miembros tenían la potestad de empuñar las armas.

Sin embargo, en el primer cuarto del siglo VIII a.C., se registran ya --a juzgar por testimonios extraídos de pinturas vasculares corintias y atenienses-- cambios en el armamento y por ende en la táctica militar. Hace su aparición, así, el ejército de hoplitas, que en el transcurso de unas cuantas décadas se generalizaría en el mundo griego. Su equipo es ya bien distinto, mucho más ligero y con mayor capacidad ofensiva. Se requería una formación en línea cerrada, donde lo individual quedaba sacrificado en aras de lo colectivo, donde el individuo era importante no aisladamente considerado sino como parte del conjunto.

De este aspecto interesa aquí no tanto el punto de vista militar cuanto el cambio sociológico que apareció. El ejército hoplítico requería un número grande de soldados entrenados para luchar dentro de esta formación, capaces además de financiarse su propio equipo, aspecto éste a que estaban obligados. Y un número tan considerable de combatientes tan sólo podía extraerse de entre el campesinado. Es así, por tanto, que sobre los campesinos libres pasó a descansar el peso de la guerra ye en los albores del siglo VII a.C.

El hoplita pasó a tener una parte decisiva en la responsabilidad ofensiva-defensiva de la polis de la que se había mantenido forzosamente marginado por los poderosos. Este cambio en la situación militar de la ciudadanía no podía efectuarse sin contrapartidas de los oligarcas. Los hoplitas, en efecto, presionaron para que se les hiciera partícipes también de la actuación política.

Como acabamos de exponer, la problemática económica de los griegos de la época arcaica está tan adosada en la realidad política que ambas cuestiones no pueden deslindarse. Queda claro, no obstante, que el mayor problema lo constituía la escasez  falta de tierras para dar trabajo y alimento a una población en expansión.

Fue la imposibilidad de encontrar soluciones --bien porque perjudicaban los intereses de los propios oligarcas dirigentes o por condicionantes de carácter geográfico-- por lo que se recurrió a las fundaciones coloniales. Se pretendía con ello paliar esta angustiosa escasez de tierras aptas para la agricultura, evitando a la par una agudización de la cuestión social y política concomitante a ella.

Parece, pues, incontestable que fue la cuestión agraria la desencadenante del movimiento colonial. Las zonas de expansión elegidas --en principio el Sur de Italia y Sicilia-- y los lugares en que se asentaron constituyen una confirmación indiscutible de este hecho.

Por lo demás, el fenómeno colonizador, que llevó a los griegos a todo lo largo y ancho de las costas mediterráneas, tampoco se realizó de golpe, sino que conoció diversas etapas. Dentro del período arcaico griego son fundamentalmente dos, abarcando la primera los propios comienzos de dicho movimiento, poco antes de mediado el siglo VIII a.C., y la segunda, a partir de mediados del siglo siguiente.

Interesa aquí esta notación para justificar la introducción de otro factor considerado como básico en la colonización griega: el comercio. Sobre el papel desempeñado por éste como desencadenante del envío de colonias se ha especulado mucho. Sin embargo, y sin ánimo de obviar la discusión, creo que ella es hasta cierto punto inútil. Basta considerar que este espectacular movimiento colonizador no constituye un bloque monolítico ni en cuanto a cronología o propósitos,, ni mucho menos en cuanto a resultados. Y que por lo mismo, dentro de unas directrices generales, siempre tienen cabida casos que no se ajustan exactamente a ellas. Por lo demás, sólo el paso del tiempo iría introduciendo objetivos nuevos a la vista ya de unas perspectivas más reales, derivadas de una información más exacta de las posibilidades por los nuevos territorios. Y tal es, en efecto, lo que sucedió en mi opinión, con el comercio.

En los primeros momentos del movimiento colonizador parece inverosímil considerar el comercio como un factor ya actuante en él. Ni los escritores griegos mencionan nada al respecto, ni es plausible que así fuera a la vista del nivel o del estado de la economía de la polis en esa época.

El comercio en las propias ciudades a comienzos de la época arcaica era, en efecto, prácticamente inexistente, es decir, no había una producción con excedentes ni, por tanto, una puesta en el mercado de estos, objetivo elemental de las actividades que pueden denominarse propiamente comerciales. La panorámica que los poemas homéricos, además de Hesíodo, nos ofrecen es muy corta. En principio, los únicos comerciantes aludidos como tales son los fenicios. El artesano griego, se limitaba a abastecer las necesidades propias de su vecindario y de los nobles, dentro de una economía familiar que propende a ser autosuficiente. Así, por ejemplo, el propio Ulises se nos presenta en la Odisea como un personaje capaz de hacer todo tipo de cosas, aun las más dispares, dentro de esta situación de economía cerrada que era la vigente en el momento en que se produjo el envío de las primeras colonias.

El paso del tiempo modificó con más o menos rapidez dicho estado de cosas. Tampoco aquí podemos generalizar, puesto que no todas las ciudades evolucionaron en el mismo sentido. Pero, en cualquier caso, poleis como Corinto, Atenas, etc., avanzaron en el desarrollo de las actividades artesanales --en buena parte en manos de extranjeros-- hasta lograr esos excedentes "industriales" que, unidos a los agrícolas, vino y aceite sobre todo, constituyeron el objetivo de un comercio organizado. A ello coadyuvó decididamente la introducción de la moneda en al siglo VII a.C., cuestión de enorme importancia pero que no podemos aquí analizar.

Conviene, no obstante, hacer alguna precisión más a este apartado. Lo dicho anteriormente no implica que el mundo griego desconociera el comercio en términos absolutos. Ello no podía ser así por cuanto la necesidad de aportar desde fuera materias primas estuvo siempre presente en un ámbito carente de ellas. 

Una vez pasados los trastornos ocasionados por la desaparición del mundo micénico, debidos a los flujos y reflujos de población que afectaron a la práctica totalidad del Oriente mediterráneo, la nueva situación emergida tras ellos se fue asentando, consolidando, en las diferentes regiones griegas al finalizar dicho proceso, cuya duración fue ciertamente prolongada. Esta normalización conllevó una reactivación de comunicaciones con aquellas zonas familiares desde antaño, el Egeo oriental, sólo que ahora con mayor justificación pues la costa occidental de la península anatólica, a consecuencia de las migraciones acaecidas en la Edad Oscura, estaba, asimismo, poblada por griegos.

No obstante, las necesarias materias primas eran accesibles a través especialmente de uno de esos enclaves llamados por Polanyi y su escuela port of trade o "puerto comercial", utilizado precisamente para servir de intermediario entre ámbitos político-culturales diferenciados.De estos puestos avanzados, el más interesante para los griegos era el de Al-Mina, al Norte de la desembocadura del Orontes, en la costa siria, dedicado, al parecer de manera exclusiva, al comercio entre el Egeo y Siria. Dicho establecimiento estuvo en activo durante parte al menos del segundo milenio a.C., como han demostrado las excavaciones de Sir Leonard Woolley. En él concurren las características que definen este tipo de enclave, siendo una de las más notables la de su neutralidad. Se requería como premisa indispensable, que el abastecimiento de productos fuera continuo, sin que ningún conflicto pudiera suspenderlo. Puesto que allí afluían mercancías procedentes de tierras lejanas, los mercaderes tenían que tener seguridad absoluta de poder darles salida, es decir, era insoslayable un compromiso por parte de los poderes políticos actuantes en la zona de respetar dichos establecimientos.

Dice textualmente R. B. Bevere (Comercio y mercado en los imperios antiguos, p. 101) a propósito de Al-Mina: "El grado tan alto de especialización era, a veces, parte de una organización todavía más compleja que comprendía a un pequeño estado vecino con funciones de mediador entre los imperios lejanos y el puerto de comercio. Esta debió ser la relación entre el reino de Alalakh y Al-Mina".

Todo puerto de comercio estaba teóricamente bajo una determinada potencia política, pero, tanto ésta como sus enemigos, respetaban el lugar. Woolley, el excavador tanto de Al-Mina como de Alalakh, encontró pruebas de la ocupación y administración en esta última que, por el contrario, faltan completamente en la primera. Al-Mina, además, según demostración arqueológica, no sufrió asedios ni ocupaciones en el segundo milenio cuando hititas y egipcios disputaban el control de esa zona.

Volviendo, pues, al punto que nos ocupa sobre la incidencia del comercio en las causas de la colonización nos confirmamos en la necesidad de dar una respuesta negativa.

No obstante, tras producirse los primeros establecimientos, las posibilidades de intercambio debieron adivinarse pronto. Este, por lo demás, no pudo alcanzar altas cotas, sino que su volumen sería el dictado por una economía premonetaria basada todavía en el trueque.

Debe considerarse, más bien, que se dio el proceso inverso. Es decir, el asentamiento de núcleos griegos en territorios ultramarinos abrió perspectivas nuevas, mercados inexplorados hasta entonces. Las colonias ubicadas en tierras prósperas, ricas agricolamente, produjeron pronto aquellos productos necesarios a los griegos continentales de las metrópolis, a la sazón alimentos, sobre todo grano, para pagar los cuales se requería la entrega de otras mercancías, puesto que tal era el mecanismo entonces vigente. Ello, a su vez, constituiría un acicate que estimularía la producción artesanal de manufacturas, en un volumen cada vez mayor. A la par surgiría la necesidad de nuevas fundaciones, considerando ya no tanto la tierra cuanto la estrategia de los emplazamientos, con condiciones favorables además para la navegación, de acuerdo con las materias primas a explotar y comercializar.

Se trata, por tanto, de una concatenación de hechos cuyas etapas no podemos seguir de manera detallada sino tan sólo aprehender sus rasgos generales más sobresalientes.

Aunque las causas principales de la colonización ya han quedado expuestas, conviene aducir alguna otra de las que las fuentes nos mencionan por más que lo hagamos un poco a título anecdótico, conscientes de que se trata de algo marginal, no de una causalidad auténtica y estricta. Así, por ejemplo, el deseo de aventuras.

Uno de los poetas arcaicos griegos más admirados, Arquíloco, tomó parte activa en la colonización de la isla de Tasos --en el Egeo septentrional, frente a Tracia--, por parte de Paros. En sus poemas, nos pone de manifiesto el gusto por una vida aventurera que a una determinada edad puede despertarse en el hombre. Tal impulso basta para justificar la participación en una empresa colonizadora, si bien no tanto para hacerla surgir.

Igualmente, cabe hablar de causas políticas de signo distinto de las expuestas con anterioridad. Así, la opresión de algunos regímenes políticos aristocráticos --como la llevada a cabo por los Baquíadas de Corinto o los Pentélidas de Éfeso-- pudo determinar, en algunos casos, el enrolamiento en las tareas colonizadoras, aunque tampoco es ésta una explicación del nacimiento de la empresa en sí.

Podemos también referirnos a hechos puntuales. Así, la presión persa sobre Focea que determinaría la huida masiva de sus habitantes hacia Córcega, o la fundación de Tarento por los hijos ilegítimos de las espartanas, habidos durante la ausencia de los ciudadanos ocasionada por la primera guerra mesenia. Las fuentes nos hablan también de otras causas, como la que forzó a los calcidios a enviar a una décima parte de su población a Region, en el sur de Italia, o la leyenda según la cual, a consecuencia de la muerte de un joven, Archias debió partir de Corinto para fundar Corcira y Siracusa. Claro está que, forjadas posteriormente, no reflejan las circunstancias reales que rodearon la fundación de determinadas colonias.

El término específico utilizado por los griegos para designar una colonia es el de apoikia. Rasgo esencial de la apoikia es su condición de polis --como su metrópoli fundadora--, un estado desarrollado en todos sus elementos esenciales que representan una forma de vida griega, trasplantado a regiones bárbaras o no griegas. Lógicamente, la apoikia conllevaba un traslado efectivo de población desde la metrópoli a la colonia, es decir, existía una auténtica emigración.

Además de apoikia existen otros términos que no son ya , sin embargo, equivalentes, puesto que tienen un contenido semántico distinto. Así, kleruquía y emporion.

El primero de ellos hace referencia a una clase especial de colonias atenienses, desarrollada en la época clásica, cuyos objetivos eran bien diferentes a los perseguidos con las apoikias. Debido a ello, su status jurídico y el de sus habitantes son totalmente distintos del disfrutado por la apoikias. En cuanto al segundo, emporion, hace referencia a puestos de intercambio comercial, como Naúcratis, por ejemplo, cuyas características difieren, asimismo, de los otros tipos mencionados.

La decisión de implantar una , apoikia  en un territorio extranjero, cualesquiera que fuera su causa o causas, comportaba el nombramiento de un director de expedición, oikistés --encargado de ejecutar en el nuevo asentamiento cuantas disposiciones se consideraran necesarias para ordenar el nuevo núcleo-- y del reclutamiento de los futuros colonos. Estos lo serían a petición propia, pero también hubo casos en que a falta de voluntarios, se recurrió a hacerlo compulsivamente, como nos ilustra el caso de la fundación de Cirene. De todos modos, nuestra información sobre los distintos elementos es sumamente incompleta, cuando no inexistente, en especial para los primeros tiempos.

El acto fundacional disfrutaba de un carácter esencialmente religioso. Desde la metrópoli se había llevado el fuego sagrado que debía inaugurar la nueva ciudad --acto éste cumplimentado por el oikistés--, y que estaría depositado en el Prytaneion. Igualmente, se introducían los dioses patrios (theoi poliouchoi), bajo cuya protección se ponía oficialmente la colonia.

La oscuridad documental en torno a la figura del oikistés es casi total, sobre todo para el comienzo de la actividad colonial. Sabemos que, tras su muerte, recibía honores religiosos en calidad de héroe fundador, pero desconocemos, repito, en qué consistía su misión, cuál era su auténtico papel. Por lo que podemos aprehender de las noticias de los historiadores sobre determinadas ciudades, el oikistés pertenecía, en general, a alguna de las familias más ilustres de la metrópoli. Ignoramos, asimismo, el mecanismo seguido en la designación, si voluntaria por parte del interesado, o si impuesta por el Estado o su propia familia. En cualquier caso, es lógico pensar que, al menos en el comienzo, fuera el oikistés el verdadero rector de la apoikia con unos poderes cuasi absolutos hasta que se organizara la vida política en la nueva ciudad, dotándose de cuantos organismos y magistrados se creyera conveniente.

Ignoramos también si los nuevos magistrados coloniales eran designados al principio por la metrópoli o por el oikistés consultando a los habitantes o por qué sistema.

En las mismas circunstancias estamos a la hora de dilucidar en que medida la polis fundadora dictaba normas concretas y precisas para organizar la colonia. Ciertamente en épocas tardías sabemos de la existencia de decretos fundacionales, cuyo contenido reflejaba todo ese tipo de estipulaciones de carácter organizativo. Conservamos, en efecto, las normas fundacionales de Epidamno (Tuc. I,27), Heraclea (Tuc. III, 92/3), Turios (Diod. XII, 10), así como los decretos emanados para Brea y Naupacto y el documento relativo a Corcira, Melania o Nigra (Syll 933 1.9 ss. y n. 12). Pero nada de esto se refiere a la época de los comienzos de la colonización, pues son todos muy posteriores, cuando este sistema estaba ampliamente experimentado.

Parece lógico suponer que difícilmente se podrían dictar normas fijas y minuciosas cuando existía un absoluto desconocimiento de los lugares y gentes entre los que se iban a asentar. Quizá se diera al oikistés unas directrices generales susceptibles de modificarse según las circunstancias, acordándosele a aquél, en todo caso, una capacidad de maniobra y una amplitud de poderes muy considerables, por un período indeterminado.

Tales poderes eran, desde luego, muy grandes aún en época clásica, como sabemos por la fundación ateniense de Brea, en Tracia, en el siglo V a.C. Su oikistés , Democlides, estaba encargado sobre todo de controlar el establecimiento de colonos, ayudado por 30 geonomos, para las tareas de confeccionar los lotes de tierra, y de 10 apoikistais, encargados de distribuirlos. A la par, introduciría y pondría en marcha las instituciones con que debía regirse la ciudad, pero, finalizado todo ello, Democlides debía volver a Atenas. El caso de Turios es similar y tambien su oikistés, Lampón, tenía la obligación de regresar a la metrópoli.

Ignoramos, sin embargo, si los oikistai de la época arcaica tenían el mismo deber de regresar, una vez cumplida su misión, o si se les dejaba mayor amplitud de permanencia, incluso vitalicia. Esta incertidumbre se extiende a aspectos tan importantes como la distribución de tierras, cómo se confeccionaban los lotes, que extensión tenían, de que forma se distribuían, etc., mecanismos que se nos ocultan en gran medida, incluso en el propio mundo de las ciudades en los albores de la época arcaica. En los siglos V y VI a.C., sin embargo, el principio aplicado era el de igualdad. (Plat. Ley. V. 745 C): la venta ulterior de los lotes asignados originalmente no estaba permitida en épocas antiguas, según confirman Aristóteles (Polit. 1319 A 10 ss.) y Platón (Ley V 740 B ss.; 741 C). Tampoco estaba permitido el regreso de los colonos a la metrópoli, sólo posible cuando se hubiera dejado algún "enlace" u "hombre puente", como un hijo o un hermano (IG. IX 1, 334 1.6 ss.).

En realidad, la misma estructura política de las ciudades de aquel tiempo, especialmente en el siglo VIII a.C., no es apta para suponer en ella tal capacidad de dirigismo, máxime teniendo en cuanta la inexistencia de experiencias previas. Sólo andando el tiempo, cuando las poleis hubieran conseguido ellas mismas un mayor grado de madurez y solidez políticas y tras adquirir conocimientos más profundos de las tierras a colonizar, estarían en condiciones de intentar detallar un plan de actuación ante la eventual planificación de una apoikia. La evolución política de las metrópolis sería, por tanto, la encargada de ir dictando la introducción de nuevos aspectos, de matizaciones que en un primer momento eran imposibles de prever. Resulta, pues, anacrónico transponer situaciones conocidas de los siglos V y IV a.C. a los anteriores. Es impensable que la polis de la primera mitad del siglo VIII a.C., tuviera capacidad para ello.

Se suele decir con frecuencia que el envío de una colonia iba precedido de una consulta a los oráculos y, especialmente, al Apolo Délfico (o al de Didima en el caso de Mileto y otras poleis minorasiáticas). El primer testimonio fiable de ello es el efectuado por Dorieo (Heród. V, 42) a finales del siglo VI a.C. La autenticidad histórica de otros, cuya existencia dan cuanta las fuentes, han sido puestos en duda por la crítica moderna, rechazados en base a argumentos filosóficos. Ya E. Meyer  (Geschichte des Altertums, III, p. 413) afirmaba que tales oráculos habían sido confeccionados en su mayoría en orden al destino posterior de las colonias.

De todas maneras parece inverosímil que tales consultas previas se efectuaran en los momentos iniciales del movimiento pues sólo cuando el sacerdocio del Apolo Délfico se consolidó, pudo aspirar a poder animar o desaconsejar una empresa. Con el tiempo, en efecto, irían reuniendo gran cantidad de conocimientos geográficos, utilizados para dar indicaciones precisas a los futuros colonos que acudían a Delfos, pero esto sólo sería posible en etapas avanzadas de la colonización.

Condiciones básicas de la polis madre para promover una colonia eran autonomía y autarquía. Tales características, más la independencia de la metrópoli, definen asimismo a la apoikia. Se trata, pues, de un estado totalmente nuevo e independiente cuya autoafirmación se realiza en un medio extranjero.

Precisamente por este carácter de la apoikia como la fundación nueva de una polis independiente, los colonos perdían el derecho de ciudadanía en su ciudad originaria, pasando a disfrutar tan sólo del derivado de la ciudad recién fundada. Precisamente en ello reside la diferencia esencial entre estas colonias arcaicas griegas y otras formas posteriores de colonización, cuales fueron, por ejemplo, dentro del mundo griego, las cleruquias, desarrolladas por Atenas como medio de ampliar se esfera de influencia a la par política y económica. en este sistema, los clerucos atenienses no perdían su ciudadanía originaria al trasladarse a las cleruquías. Lo mismo cabe decir de otras formas de colonización llevadas a cabo por pueblos distintos, como los fenicios o incluso los romanos. Tampoco en estos casos los participantes en tales empresas estaban obligados a abandonar su calidad de miembros de la comunidad en la que nacieron. En esas circunstancias, la colonia no podía ser considerada como patria de sus pobladores, mientras que las fundaciones coloniales de la época arcaica griega sí constituyeron la patria --patris-- de sus habitantes.

No obstante la independencia política de la apoikia, ésta constituía una fuente de gloria --una "cuestión de prestigio", no de poder-- para su metrópoli (Tuc. I, 34). Existen algunas contadísimas excepciones a esta regla general. Así, las fundaciones tardías de la tiranía corintia efectuadas como medio de ampliar y fortalecer su esfera de influencia personal, donde podría hablarse de la existencia de un "vasallaje" político de las colonias respecto a la metrópoli o los asentamientos establecidos por Masalia  dentro de su ámbito de influencia. A este mismo propósito se ha citado con frecuencia el caso de Sínope y sus colonias. Estas constituirían, en opinión de algunos, ejemplos de dependencia política respecto a su metrópoli, Sínope, porque le pagaban unos tributos, si bien atestiguados solamente en el siglo IV a.C., cuando Jenofonte supo de ellos (Anáb. V, 5). Tales aportaciones deben entenderse como respuesta al usufructo de la tierra colonial, cuya propiedad detentaba en último término la metrópoli. No obstante, en el caso de Sínope, no parece que revelara una dependencia estrictamente política respecto a ésta, sino que se trataba de comunidades autónomas e independientes a todos los demás efectos.

Así pues, la relación normal metrópoli-apoikia era, como repetidamente ponen de manifiesto nuestras, fuentes, de índole moral (cf. Plat. Leyes VI 754 A.B; Polib. XII 9, 3; Herod. III, 19; VII, 51; Tuc. I, 38), comparada con frecuencia, a la existente entre padres e hijos. La violación de este principio de respeto y aprecio de la metrópoli era objeto de un desprecio y vitupendio generalizado (cf. Herod. VII, 51; VIII, 22; Tuc. V 106, 1).

La causa de la separación fáctica entre metrópoli y colonia hay que buscarlas no tanto en las dificultades inherentes a los viajes marítimos de le época --que imposibilitarían una participación activa de la metrópoli en la vida de la apoikia, tendente a su control--. Por otra, parte cabe apuntar ahora una cuestión, a saber, que no todas las apoikias fueron el resultado de una empresa organizada por el Estado sino que también ocupó en la colonización un lugar nada desdeñable la iniciativa privada.

Dentro de estos vínculos morales existentes entre el Estado fundador y la colonia se inserta el aspecto religioso que ya hemos mencionado más arriba. La colonia tenía en su Prytaneion el fuego sagrado, traído por los apoikoi, estaba bajo advocación de los dioses estatales metropolitanos y enviaba delegados especiales y ofrendas a su polis originaria con ocasión de fiestas mayores de esta ciudad.Puesto que se trataba de una relación recíproca, la metrópoli hacía lo propio con la colonia, a cuyos enviados para participar en las solemnidades religiosas se les reservaban de ordinario localidades especiales. Este puesto de honor otorgado a los dioses patrios no excluía en absoluto el que en la colonia pudieran desarrollarse otros cultos, surgidos las más de las veces de una adopción bajo formas griegas de antiguas divinidades autóctonas, cuyos rasgos presentaran connotaciones similares a las detentadas por deidades griegas.

Cuando una apoikía pretendía fundar a su vez una colonia --hecho frecuente entre las apoikias griegas--, se acostumbraba a solicitar a la metrópoli el envío de un oikistés para dirigir la nueva empresa (Tuc. I, 24, 2).

Igualmente, constituye una expresión de la existencia de estos lazos inmateriales el hecho de que las colonias pudieran esperar ayuda de sus metrópolis en caso de necesidad, hecho éste invocado cuando la ocasión lo requería (así el caso de Siracusa que cuatro siglos después de su fundación pidió auxilio a Corinto, esgrimiendo el argumento de ser colonia corintia). Ello, sin embargo, no implicaba que cada vez que una colonia entraba en conflicto con otra ciudad o poder político, interviniera la metrópoli. Numerosísimos ejemplos confirman, por el contrario, que las colonias, como polis independientes que eran, dilucidaban ellas solas sus problemas. Las metrópolis, en definitiva, tenían sus propias dificultades y estaban los suficientemente distantes como para preparar expediciones militares ultramarinas frecuentes. Hay que aducir, ademas, que colonia y metrópoli no tenían necesariamente los mismos amigos y enemigos, por lo cual la política exterior de una y otra no siempre era coincidente.

Los vínculos entre metrópoli y colonia se extendían asimismo a otros campos. Uno de los más significativos es el institucional.

Normalmente, y como era lógico en la dinámica de las fundaciones coloniales, la apoikía solía adoptar las instituciones políticas vigentes en su metrópoli. Aunque tampoco sabemos cómo se efectuaban su implantación, es, en todo caso, natural que se reprodujeran en el nuevo asentamiento las prácticas con las que estaban familiarizados los propios colonos. No obstante, las instituciones coloniales no tenían que ser idénticas en todos los aspectos a las metropolitanas. Las condiciones sociales y ambientales de la colonia deferían de las de su metrópoli y era a esta realidad nueva a la que los hombres e instituciones debían adaptarse. Por ejemplo, la monarquía implantada en Tarento, la única colonia de Esparta en la Magna Grecia, no compartía el rasgo, a su vez anómalo en el mundo griego, de una monarquía dúplice, es decir, que el poder lo detentaran dos reyes en vez de uno solo, como era lo habitual. Así, la tarentina era una monarquía al fin, la misma institución que la de su metrópoli. Y el eforado, institución típicamente espartana, era también conocido en Tarento puesto que fue implantado en Heraclea, colonia tarentina.

Asimismo, las innovaciones políticas que aparecieron en las colonias encontraban eco no sólo en el ámbito metropolitano, sino en el mundo griego en general. En este sentido, el caso que suele aducirse normalmente es el de los legisladores, figura de temprana aparición en las colonias. Las Leyes de Zalenco de Locros (en la Magna Grecia) o Carondas de Catana (en Sicilia) fueron imitadas por los griegos del continente.

Estas influencias se enmarcan dentro de la corriente cultural establecida entre el ámbito griego y el ítalo-siciliano, una vez iniciada la colonización. Las colonias, en efecto, prolongaron en su suelo aspectos como la escritura o la lengua, vehículos culturales básicos y no podía ser de otro modo. Los colonos siguieron escribiendo y hablando como lo hacían en sus ciudades de origen, perpetuándose entre sus descendientes tales hábitos.

Puede decirse en resumen, que las relaciones entre metrópoli y colonia fueron normalmente buenas, florecientes y enriquecedoras. La colonia siguió en cierta medida las pautas de la metrópoli correspondiente pero dentro de un marco de enorme libertad, donde el nuevo ámbito geográfico, económico y sociológico de la colonia fue decisivo en el ulterior desarrollo de ésta. Así, su característica básica de independencia se demostró eficaz, pues la liberada de todo constreñimiento, dejándola abierta a cuantas influencias beneficiarían su crecimiento y fortalecimiento. De ahí la distinta evolución de unas y otras.

En cuanto a la relación con los indígenas, la primera puntualización que debemos formular es la necesidad de evitar las generalizaciones, pues las situaciones que se presentaron a los colonizadores griegos en territorios tan diferenciados como los afectados por el movimiento colonizador griego, fueron variopintas. Para ello, basta considerar las zonas afectadas por él en la época arcaica, a lo largo de sus dos fases: Magna Grecia, Sicilia, Norte del Egeo, Mar Negro y Mediterráneo occidental.

Creo, por tanto, más oportuno un estudio profundo de los efectos colonizadores en cada una de ellas. Digamos, ahora, no obstante, que la postura adoptada por los diferentes pueblos indígenas ante la presencia griega --condicionada a su vez por la distinta cohesión interna y fortaleza numérica, política, económica, y cultural diferentes grupos tribales--, fue el factor decisivo: si presentaban resistencia hubieron de someterlos por la fuerza --con consecuencias asimismo distintas, pues o se retiraban hacia el interior o quedaban reducidos a una situación cercana a la esclavitud--. Si toleraban, por el contrario, el asentamiento de los núcleos griegos, entonces se establecían con más o menos rapidez unas relaciones beneficiosas para ambos. La arqueología es, en este aspecto, nuestra fuente de conocimiento más eficaz, pues sólo las excavaciones nos permiten un conocimiento detallado de asentamientos griegos e indígenas, posibilitando así un estudio de las condiciones de vida, influencias artísticas, corrientes comerciales, dimensiones, dotaciones urbanas e infraestructuras, grado de penetración de influjos foráneos --griegos-- entre los indígenas y a la inversa, etc. Las fuentes escritas suelen circunscribirse a describir la reacción de los grupos autóctonos ante la presencia griega y, en todo caso, al resultado final, es decir, cómo quedó la situación una vez consolidado el asentamiento griego.

Naturalmente --y dados los condicionantes mencionados-- nuestra información en este punto difiere enormemente de unas regiones a otras. Zonas como Sicilia y la Magna Grecia que se han beneficiado de un estudio arqueológico sistemático nos resultan mucho mejor conocidas que otras para las que faltan excavaciones. Así, el mundo de las colonias griegas ribereñas del Mar Negro podemos percibirlo, en sus detalles, con mucha mayor dificultad, al carecer de una investigación arqueológica tan exhaustiva. 

La sorprendente colonización griega de la época arcaica no fue un movimiento carente de precedentes. Las fuentes escritas y la arqueología nos revelan que en períodos anteriores se dieron, en efecto, traslados de población de idénticas características al efectuado posteriormente, si bien bajo unos condicionamientos diferentes: causalidad distinta, menores contingentes numéricos, etc., y zonas asimismo más restringidas, en cuanto que tan sólo se aventuraron hacia costa anatólica y las islas próximas.

E. Blumenthal, que se ha ocupado monográficamente de esta colonización temprana distingue, al observar la colonización griega, en general hasta la época clásica, tres etapas: la primera, correspondiente a las navegaciones efectuadas en plena época micénica, entre 1400-1200 a.C.; la segunda oleada, en la cual se realizaron asentamientos en las zonas citadas --costa anatólica e islas-- y que comprende los siglos oscuros subsiguientes a la desaparición del mundo micénico (1100-900 a.C.); la tercera constituida por la gran colonización griega de época arcaica (siglos VIII-VI a.C.).

A éstas podían añadirse todavía otros dos períodos --clásico y helenístico-- en que también se fundaron colonias, si bien bajo distintas manifestaciones y con un sentido diferenciado de los anteriores.

Es competencia de este estudio tan sólo la etapa central, correspondiente a la tercera oleada. De las anteriores diremos, a grandes trazos, que en la primera oleada sólo puede hablarse de creación de auténticos establecimientos griegos --aqueos-- fuera de Grecia, en dos casos: Mileto o Colofón. El primero correspondería a uno de esos ports of trade de que hemos hablado, explicando en el contexto de la actividad económica micénica y como tal, respetado por la potencia dominante en Anatolia entonces, es decir, los hititas. Los griegos acudirían allí en busca de materias primas, situándose en un lugar perfectamente adecuado para sus fines: no sólo tenía un estupendo puerto, triple, sino tierra suficiente para autoabastecerse. Este establecimiento del siglo XIV a.C. sustituiría a otro, poblado de gentes procedentes de Creta llegadas en torno al 1600 a.C.

Por lo demás, la influencia griega, micénica, conoció una enorme expansión den le Mediterráneo, dado el amplio ámbito geográfico por el que se movieron los micénicos.

En el transcurso de la segunda oleada arriba mencionada, se produjo la colonización del litoral occidental minorasiático. Sin embargo, tampoco aquí se podría hablar stricto sensu de colonización, sino más bien de la última fase de estos movimientos de pueblos, característicos de la Edad Oscura, que condujeron al asentamiento en un solar definitivo de diferentes grupos tribales griegos. Estos, por otra parte, han sido objeto de un interés enorme por la investigación histórica, lingüística, etc., dado el temprano florecimiento alcanzado por Jonia, convertida en la cuna del pensamiento y la ciencia griegas.

Por lo que a la tercera oleada se refiere, diremos en primer lugar que las zonas de desarrollo de esta magnífica expansión difieren de las elegidas anteriormente. La razón fundamental para ello fue política: no es que no existieran más lugares disponibles en la costa anatólica en el Egeo oriental, sino que las relaciones de fuerzas presentes entonces cuando se inició el movimiento -en especial la ascendiente pujanza del Imperio asirio-, aconsejaban tomar nuevos rumbos. Y estos estarían dictados o condicionados por la ausencia de poderes políticos fuertes que pudieran obstaculizar la instalación de los asentamientos.

Cabría hablar de otra cuestión previa: la de si hubo una precolonización o no, en el Mediterráneo occidental que zanje toda diatriba es imposible, dado el estado de las fuentes. Así que sólo podemos asirnos a la interpretación de los datos arqueológicos y a la inducción de probabilidades.

Es evidente que los griegos tenían ciertos conocimientos de las posibilidades ofrecidas por el Occidente mediterráneo. La propia Odisea, con la narración de los viajes de su protagonista, es un buen testimonio de ello, por más que la leyenda oscurezca hasta hacerla irreconocible, la verdad histórica. Los hallazgos arqueológicos, no obstante, nos confirman el hecho, pues se han encontrado objetos micénicos en distintos puntos del Sur de Italia y Sicilia, además de en las islas Lípari e Ischia. Su cuantía numérica es ciertamente escasa y, aunque no autorice a hablar de una presencia estable de griegos micénicos en aquellos lugares, sí ejemplifican la existencia de relaciones entre ambas zonas del Mediterráneo.

Dentro de este gran movimiento colonizador pueden diferenciarse dos etapas en base a la disparidad de las zonas colonizadas en uno y otro momento cronológico, a las ciudades comprometidas en las distintas empresas ya los objetivos perseguidos.

Una primera fase (mediados siglo VIII-mediados siglo VII a.C.), corresponde a aquélla cuyas causas hemos tratado de analizar al principio. Su finalidad era, como hemos visto, la consecución de nuevas tierras de labor donde asentar a unos grupos de población excedentarios.

Geográficamente la parte afectada fue Sicilia y Sur de Italia.

En cuanto a las ciudades griegas participantes en esta fase primera, las protagonistas indiscutibles fueron las dos poleis eubeas: Calcis y Eretria, además de las ubicadas en el Istmo, Corinto especialmente y Mégara. En menor medida, lo hicieron también, algo más tarde, otros como los peloponesios y locrios a los que hay que sumar los procedentes de apoikías que adoptaron pronto el papel de metrópolis.

Al tocar este punto y percibir la práctica monopolización de algunas áreas realizada por determinadas ciudades surge una interesante cuestión, a saber, en qué medida puede hablarse de empresas corintias, megarenses, etc., formadas con sus propios ciudadanos o si es necesario considerarlas más bien como "agentes" colonizadores, encargados de organizar la emigración procedente de todo un área.

Podría pensarse que las poleis mencionadas, por su situación geográfica -insulares unas, en una estrecha franja de terrenos otras- quizá acusaran la falta de tierras y la presión demográfica de modo más acuciante que otras no participantes en esta primera fase de la gran colonización, pero si se contemplan las disponibilidades de otras muchas poleis griegas se llega a la conclusión de que no tenía necesariamente que ser así. Además, no se ve bien cómo una sola ciudad, aun presuponiéndole una numerosa población excedentaria, podía suministrar tantos colonos y en tan corto espacio de tiempo. Es claro, pues, que sólo es explicable en el segundo supuesto, si actuaba de organizadora, encauzando los excedentes humanos, o los que voluntariamente quisieran emigrar, de áreas más amplias. Este proceso, que se nos antoja evidente, no se encuentra, sin embargo, atestiguado por las fuentes, de suerte que ninguna referencia escrita puede sancionarlo ni tampoco nos sirven otro tipo de testimonios.

En la segunda fase (mediados siglo VII-mediados siglo VI a.C.), las características más destacadas son la enorme ampliación geográfica del movimiento, alcanzando el extremo occidental del Mediterráneo, con los puestos intermedios correspondientes, y la mayor variedad de estados participantes.

Así, en efecto, se registra la fundación de enclaves griegos en toda la costa mediterránea -Sur de la Galia, litoral oriental de la Península Ibérica, Egipto, región de la Propóntide y los Estrechos y zona norte del Egeo-, a lo que se añade la colonización de las riberas del Ponto Euxino.

En esta etapa participaron de manera efectiva las ciudades griegas minorasiáticas e isleñas. Mileto monopolizó la expansión hacia el Mar Negro, mientras Fócea se encaminó en dirección opuesta, hacia el Occidente Mediterráneo, como tambien lo hicieron, según la tradición los samios. Cretenses y rodios colaboraron en el afianzamiento de la presencia griega en Sicilia con la fundación de Gela, a comienzos del siglo VI a.C.. A todo ello, se añade el  ulterior desarrollo de las tareas colonizadoras en la Magna Grecia y Sicilia en gran parte logrado gracias a las primeras colonias, que, como ya se ha dicho, comenzaron muy pronto este desdoblamiento, continuado en esta fase y llevado a cabo no sin conflictos.

A esta enorme ampliación del mundo griego colaboró en no poca medida la operatividad del tan traído y llevado factor comercial. No es que la colonización cambiara de carácter, pues la búsqueda de tierras aptas para la agricultura seguía siendo un elemento fundamental, sino que los intereses comerciales harán también acto de presencia, motivados por la apertura y explotación de nuevas zonas con el subsiguiente aumento en las regiones entre ambas partes del mundo griego. A su vez, esto servirá de motor para nuevas fundaciones en lugares estratégicos, si bien su propia naturaleza determinaría sus dimensiones, más reducidas, y su menor importancia numérica.

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