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Red Española de Historia y Arqueología

La historia moderna ha oscilado en situar el fin del período alto imperial entre los Severos, el comienzo del siglo III o el momento de acceso al trono de Diocleciano. Se explican esas oscilaciones si se entiende que, desde los Severos, comienzan a presentarse rasgos en la organización política, en la economía y sociedad, así como en la justificación ideológica del poder que son bastante distintos a los de los dos siglos anteriores.

Hasta época reciente, la clasificación cronológica del Imperio en dos grandes períodos se hacía con la terminología de Alto y Bajo Imperio. De forma más o menos expresa, al Bajo Imperio se le unían las nociones de crisis y decadencia. Últimamente, se prefiere hablar de Antiguedad Tardía, en vez de Bajo Imperio, ya que ese largo período no estuvo marcado siempre por la crisis, ni puede ser considerado estrictamente decadente, sino simplemente distinto.

Desde la obligada brevedad de este espacio, no tenemos otra opción que exponer las lineas centrales que indiquen los rasgos más distintivos de esa Antiguedad Tardía, que comienza a tener importantes manifestaciones durante la crisis del siglo III. 

El principio de las dificultades del Imperio comienza con los últimos Antoninos y los Severos. El incremento demográfico entre los bárbaros situados al otro lado del Rhin y del Danubio, así como la presión ejercida sobre los mismos por otros pueblos orientales, se tradujo en un intento frecuente por cruzar la frontera con la esperanza de encontrar mejores condiciones de vida en el rico mundo romano. Y la presión comenzó a ejercerse desde el siglo III también en Oriente por el expansionismo del Imperio persa, así como el norte de África por varios pueblos nómadas: blemios en Egipto y bereberes en el Magreb. La amenaza de los pueblos exteriores fue una constante durante la Antigüedad Tardía. Pero se pudo controlar mientras el poder político se mantuvo fuerte y la sociedad romana estuvo cohesionada. Por ello, el período de crisis del siglo III fue una coyuntura especialmente grave para el Imperio.

La crisis del siglo III se inicia con la muerte de Alejandro Severo el 235 y se termina con la llegada al poder de Diocleciano (284). Durante ese período el asesinato de emperadores, los levantamientos militares y las usurpaciones fueron frecuentes. Así, para una etapa tan corta, hubo cuarenta personas que aspiraron al poder imperial : algunos no llegaron a ser nombrados, otros lo fueron por un corto período, a veces de meses, y unos pocos tuvieron la capacidad de controlar el poder por más tiempo y mayor eficacia. Los pretorianos, el Senado y, ante todo, las legiones, fueron los que decidieron la sustitución y el nombramiento de emperadores.

Los primeros síntomas de recuperación del prestigio imperial se dan con Galieno (253-268) y con Claudio II (268-270), pero será el ejército de los Balcanes, el más fuerte, el que fue imponiendo emperadores que tomaron las medidas más eficaces para salvar el Imperio: Aureliano (270-275) y finalmente Diocleciano (284-305).

El factor externo que agudizó la crisis fue la presión de los pueblos exteriores sobre las fronteras. El limes renano y danubiano fue cruzado en varias ocasiones por pueblos bárbaros: especialmente belicosos se mostraron los francos y alamanes; entre el 258-260, después de cruzar las Galias, llegaron a Hispania y desde aquí pasaron a Mauritania. Pero también los vándalos, sármatas, burgundios y yutungos cruzaron la frontera bajo el gobierno de Aureliano.

El peligro oriental más serio comenzó desde que Ardashir I (224-241) creó la dinastía de los sasánidas en Persia y reorganizó su reino. Los reyes sasánidas, representantes en la tierra del poder de un único dios, encontraron en la religión una gran fuerza de cohesión y de fanatismo para disponer del apoyo incondicional de su pueblo. Su rey Sapor I (241-273) aprovecha la debilidad interna de Roma para controlar toda Mesopotamia y poner en peligro a la propia ciudad de Antioquía, hacia el 242. El propio emperador Valeriano cayó prisionero de Sapor I al intentar liberar los dominios orientales del Imperio (año 260). Este encontró un respiro con el apoyo prestado por Odenato, rey de Palmira, que frenó la expansión persa.Si Odenato llegó a tener títulos de representante, a su muerte su viuda Zenobia creyó haber llegado el momento de crear un imperio palmireño independiente de romanos y persas. Zenobia, con el apoyo de sus excelentes cuadros de arqueros, tropas aptas para la lucha en el desierto, llegó a anexionarse Egipto y gran parte de Asia Menor entre 268-273, año este en el que Roma retoma la iniciativa en Oriente, así como sus antiguos dominios.

Frente a los peligros de las fronteras renano-danubiana y oriental, las amenazas de bereberes en Mauritania y de blemios en Egipto fueron insignificantes.

El peligro bárbaro fue más grave en esos años porque la sociedad romana estaba pasando por una profunda crisis de readaptación a nuevos modelos. No deben descartarse las repercusiones de la peste extendida por todo el Imperio a mediados del siglo III, aunque no fuera un factor condicionante. La arqueología está demostrando que muchas de las grandes villas rústicas del siglo IV habían sido creadas en el siglo anterior. Este hecho tiene considerables implicaciones.Esas villas pertenecían a miembros que durante los siglos I-II, hubieran residido en las ciudades como parte de sus oligarquías. El desarrollo del régimen de villas rústicas afectaba así a la crisis de la vida municipal. Así, no es un hecho casual que comiencen a disminuir los documentos epigráficos de las ciudades. Los emperadores intentaron detener la crisis de las mismas con medidas intervencionistas como fue la creación del curator civitatis, responsable de vigilar el estado financiero de las ciudades.

Estos comienzos de la ruralización del Imperio se relacionan estrechamente con el proceso de concentración de la propiedad rústica, así como con el progresivo incremento del régimen de colonato. El pequeño campesino encuentra mayor seguridad económica en vender sus tierras a un rico propietario y establecer con él un contrato de arrendamiento. Algunas de esas grandes villas se dotan de molinos y de talleres artesanales para atender el consumo local o comarcal, lo que contribuye a la aceleración de la crisis de las ciudades que habían dispuesto de un sector de servicios.

Ahora bien, estas tendencias generales tuvieron un ritmo de consolidación muy diverso en el Oriente y en el Occidente del Imperio. Más aún, si pudiéramos analizar la evolución de ese proceso en cada provincia, se comprobaría que tambien el ritmo fue diverso en cada una de ellas. Así, por ejemplo, ciudades costeras como Barcino, Barcelona, o Tarraco, Tarragona, continuaron con una vida urbana activa. Pero el proceso tampoco fue uniforme en ciudades del interior.

Durante años, se atribuyó una importancia excesiva a la penetración de pueblos bárbaros como agentes de la ruina de las ciudades. Así Blazquez, sintetizando estudios anteriores sobre las repercusiones de las invasiones de francos y alamanes de Hispania, aportaba varias decenas de testimonios de ciudades (Emporiae, Baetulo, Barcino, Caesaraugusta, Saguntum, Conimbriga...) y villas rústicas destruidas en mayor o menor grado. Últimamente, se tiende a restar importancia a los francos y alamanes para atribuir tales exponentes de destrucciones a simples fenómenos de readaptación de los núcleos urbanos, así como a las consecuencias de revueltas internas.

Los autores antiguos ofrecen escasa información sobre las condiciones del campesinado de esta época; se nos habla así de los bagaudas que facilitan la penetración de los germanos y que son reprimidos en al 286 por Maximiano. Pero otros testimonios inducen a pensar en fuertes desequilibrios sociales producidos por el proceso de acaparación de la tierra y por la crisis de la minería. No es casual que lugares próximos a los distritos mineros del noroeste hispano hayan proporcionado tesorillos monetarios del siglo III. Pues el cierre de minas dejó a un sector de población sin otros recursos que el de bandidaje. Ese conjunto de factores contribuyó a que hubiera una relativa paralización de las actividades comerciales.

La crisis se correspondió con una gran pobreza en la creación artística y literaria en el Occidente del Imperio, mientras las grandes escuelas de Alejandría y Antioquía, parcialmente reemplazadas por Emesa durante el auge de Palmira, seguían contando con ilustres pensadores. De Alejandría reclutó Galieno al filósofo neoplatónico Plotino, quien, como consejero imperial, contribuyó decisivamente a la creación de un  nuevo aparato ideológico que justificara y potenciara el poder imperial. El establecimiento en Roma de un templo dedicado al Sol, dios único del que todos los demás no eran sino emanaciones y manifestaciones del mismo, en el año 275, es un buen exponente del nuevo paganismo imperial, influido por el neoplatonismo. Pero esta solución religiosa propiciada desde el poder no podía tener arraigo en las capas populares.

Algunos investigadores hicieron aportaciones importantes al analizar los factores de la crisis y advertir que el Imperio contaba aún con suficientes recursos como para salir airoso de esos embates. A la salida de la crisis, los propietarios terratenientes se habían hecho más fuertes. Si el ejército del Ilírico llevó a cabo las mejores hazañas militares contra los bárbaros, hizo una segunda contribución importante al imponer en el trono a Diocleciano, un buen administrador.

Bajo el gobierno de Diocleciano se consigue una pacificación del interior del Imperio y un alejamiento del peligro de los pueblos exteriores.Incluso la frontera oriental fue llevada más lejos ya que, en virtud de la paz de Nisibis, firmada con los persas, el Imperio Romano fijó la frontera en el Kabur e integró satrapías situadas más allá del Tigris, mientras Iberia y Armenia quedaban bajo su protectorado.

Pero la obra de Diocleciano que tuvo mayores repercusiones fue su intensa actividad reformadora. Sólo en el Código Justiniano se recogen más de 1.200 medidas legales llevadas a cabo por él.

La creación del sistema tetrárquico de gobierno es una de sus reformas más conocidas. Con el fin de ofrecer una fórmula clara de sucesión y para hacer sentir de cerca el poder imperial, Diocleciano hizo proclamar Augusto a otro colega, a Maximiano. Sirviéndose de la jerarquía divina del paganismo romano, Diocleciano se hacía llamar Iovius, protegido del máximo dios del panteón y por lo mismo el Augusto más importante, mientras que Maximiano llevaba el epíteto Herculeus, protegido por Hércules. Diocleciano se encargó del Oriente del Imperio y Maximiano del Occidente. A esa medida del 287, se unió otra del 293, en virtud de la cual cada uno de los Augustos adoptaba a un César, quien debía suceder a su Augusto. Diocleciano adoptó a Galerio como César, mientras que Maximiano adoptó a Constancio Cloro. El sistema de la adopción no era nuevo, pero sí la reglamentación del mismo.

Mientras Diocleciano vivió, cumplió su función pero, a partir de su abdicación, comenzó a ser fuente de conflictos. El 305, año de abdicación, los Césares pasaron a ser Augustos y los antiguos Augustos nombraron nuevos Césares: Severo para Occidente y Maximino Daya para Oriente. Pero esta elección realizada sin tener en cuenta las relaciones de parentesco, fue pronto contestada por Magencio, hijo de Maximiano y por Constantino, hijo de Constancio. Y al año siguiente, Constantino ya había sido incluido entre los tetrarcas gracias a la proclamación como emperador por el ejército de Britania. Ese año 306, los Augustos eran Galerio y Severo y los Césares, Maximino Daya y Constantino, pero quedaban sin atender las aspiraciones de Magencio, lo que dio lugar a nuevos conflictos armados. El sistema tetrárquico siguió sirviendo de referencia durante el siglo IV, pero encontró con frecuencia serias dificultades de aplicación. Así, por ejemplo, no se adaptaba bien para cubrir las aspiraciones de los tres hijos de Constantino (Constantino, Constancio y Constante) y tuvo que resolverse con un enfrentamiento entre Constantino y Constante en Aquileya (año 340) que terminó con la eliminación del primero. Y años más tarde, Juliano, nombrado César por Constancio en el 355, terminó siendo proclamado Augusto por sus soldados (año 360) como consecuencia de sus brillantes éxitos militares contra los alamanes.

La reforma del sistema político fue potenciada con la dignificación de los emperadores. El Consejo particular de cada emperador hacía casi innecesaria la existencia del Senado. A su vez, se consolidó el modelo ideológico copiado de los persas que incluía una consideración del emperador como dominus, señor, situado muy por encima del resto de los mortales. Ello introdujo un ceremonial de la corte destinado a reconocer la majestad del emperador ante quien todos debían postrarse.Por lo mismo, los primeros Césares mantenían sus sedes próximas a las zonas conflictivas, mientras que los Augustos estaban en retaguardia.

Con el ánimo de llevar la administración más cerca de los administrados, Diocleciano incrementó el número de provincias. Así, las 42 provincias de la época de mayor expansión bajo Trajano pasaron a ser ahora 104. Y poco más tarde 113 ó 120, según la fuente de información que tomemos.

Hispania, que desde Augusto estuvo dividida en tres provincias (Lusitania, Baetica y Citerior) pasó a tener cinco como resultado de la división de la Citerior en tres: Callaecia, Carthaginensis y Tarraconensis. El precedente de Caracalla que había desgajado la Callaecia de la Citerior tuvo corta duración y no hay pruebas de que Diocleciano se encontrara con una provincia Callaecia. Años más tarde, entre el 365-385, las Baleares, administradas desde la provincia Carthaginensis, fueron convertidas en una provincia autónoma. De igual modo, la Cirenaica fue subdividida en dos provincias: Libia I y Libia II y Egipto mantuvo el nombre de Egipto para el territorio del delta mientras el resto  se dividió entres provincias: Augustamnica, Tebaida I y Tebaida II. Varios autores han hecho observar el gran conocimiento de las particularidades regionales que había detrás de esas divisiones, muchas de las cuales incluyen límites que han tenido vigencia en épocas posteriores.

Cada nueva provincia tenía un rango: las consulares eran gobernadas por senadores que tenían el título de clarissimi, mientras los miembros del orden ecuestre, perfectissimi, estaban al frente de las provincias presidiales.

Esa división provincial de Diocleciano, completada con reformas de Constantino, fue acompañada de otras escalas administrativas superiores: las diócesis y las prefecturas de pretorio. Cada diócesis, gobernada por un vicario, incluía varias provincias. Todas las provincias del Imperio quedaron englobadas en quince diócesis que de Occidente a Oriente eran las siguientes: Bretaña, las Galias, Hispania, diócesis de las siete provincias alpinas y renanas, África, Italia Suborbicaria, Italia Anonaria, Panonia, Dacia, Macedonia, Tracia, Asia, Ponto, Oriente y Egipto. La diócesis de Hispania incluía, además de todas las provincias hispanas, a la Mauritania Tingitana con capital en Tánger. 

Los emperadores tuvieron junto a sí a los prefectos del pretorio. Estos estaban dotados de funciones administrativas y judiciales con autoridad territorial sobre un conjunto de diócesis. La prefectura del pretorio de Italia y de África se mantuvo como una o como dos prefecturas. La prefectura de Oriente y la de las Galias permanecieron más estables. Así las provincias hispanas estaban englobadas en la diócesis de Hispania y a su vez en la prefectura de las Galias junto a las diócesis de las Galias, de Bretaña y de las siete provincias.

Esa jerarquización administrativa que incluía una clara delimitación de funciones entre el gobernador, el vicario y el prefecto, fue acompañada de una reforma del ejército. Desde Diocleciano, se incrementó considerablemente el número de tropas. Estas fueron divididas en tropas de defensa de las fronteras, limitanei, y tropas del interior o comitatenses, mandadas por un comes. Con el fin de evitar usurpaciones o levantamientos, se privó a los gobernadores provinciales del mando indirecto que tenían sobre las mismas. Estas pasaron a depender orgánicamente de los Augustos o de los Césares. Esta separación entre poderes civiles y militares simplificó los posibles focos de insurrecciones.

Diocleciano introdujo el régimen iugatio-capitatio. El significado de tales términos y sus implicaciones ha sido largamente discutido en la historiografía moderna.

Iugatio era una unidad impositiva. Por lo mismo, se precisaba una mayor extensión de tierras de mala calidad para formar una iugatio. Un determinado número de personas y animales constituían los capita. El impuesto se establecía fijando no la producción sino la capacidad productiva de unas tierras en relación con el número de capita asentados en las mismas. Así, la administración fiscal, al conocer el número de unidades fiscales de cada provincia, sabía de antemano la cantidad exacta que debía ingresar de cada una de ellas. El censo era actualizado cada cinco o diez años. El sistema de la iugatio-capitatio encontró en sus comienzos algunas resistencias en su aplicación bien porque los cálculos de los funcionarios no habían sido muy precisos o bien porque las provincias menos pobladas salían más perjudicadas al valorarse la capacidad productiva y no la producción real.

Con el fin de garantizar unos ingresos seguros, el emperador responsabilizó a las curias municipales de la obligatoriedad del pago del impuesto. A su vez, las asociaciones populares creadas para la defensa de los intereses comerciales o artesanales fueron sometidas a un riguroso control fiscal por su interés público.

La reforma monetaria de Diocleciano iba estrechamente unida a su decreto del año 301 sobre el precio máximo de los distintos productos. Pretendía evitar la inflación y favorecer más a las bajas capas sociales. La intencionalidad de la reforma monetaria de Diocleciano al crear una nueva moneda (aureus, argenteus y tres tipos de monedas de bronce) era potenciar el valor real de la moneda y evitar así una continua inflación. No sólo no lo consiguió, sino que cada vez fue ganando más fuerza el trueque de mercancías, la vuelta a la economía premonetaria. 

La intervención posterior de Constantino creando una nueva moneda de oro, solidus aureus, tuvo unos efectos aún más negativos para las capas populares. Las excavaciones arqueológicas nos demuestran  que, durante el siglo IV, aún se mantuvo la circulación monetaria incluso en zonas rurales que ofrecen una gran cantidad de pequeños bronces. Pero a fines del siglo IV, comienzos del V, hay una brusca caída de esa circulación como manifestación de la consolidación de la economía natural.

La fuente de la riqueza más importante en la sociedad imperial tardía era la tierra. Las medidas de Diocleciano no frenaron el proceso de concentración de la misma. Pero, mientras durante el período alto imperial, los dominios eran generalmente de menor extensión, los grandes latifundistas de ahora apenas encontraban trabas para anexionar a sus posesiones otras tierras vecinas hasta construir con ellas un gran dominio. Las villas rústicas se ampliaron y embellecieron con mosaicos, mármoles, grandes estancias... como correspondía al centro de residencia, a veces solo temporal, del señor. Las grandes villas rústicas estaban dotadas de molinos, fundiciones y otros talleres artesanales dentro de la tendencia al autoabastecimiento así como para servir de centros de distribución comarcal de muchos productos, pues, con frecuencia, varias aldeas de los entornos eran también propiedad del señor de la villa; muchas de ellas estaban ahora habitadas por colonos. 

El proceso de concentración de la propiedad condujo a una polarización social hasta entonces desconocida: los grandes latifundistas o potentiores frente a los pequeños propietarios libres, y colonos o humiliores/tenuiores. Los potentiores u honestiores eran quienes accedían a los altos cargos de la administración central.Tal polarización llevaba consigo la aceleración de la ruina de las ciudades. Al debilitamiento de las curias municipales contribuyó desde Constantino la Iglesia, pues muchos miembros de las oligarquías municipales, al ser nombrados obispos, encontraban un medio de huir del fisco al poner sus bienes bajo la autoridad de la Iglesia. Y el intento de Juliano de cortar con esa práctica no llegó a dar resultados importantes.

Conocemos relativamente bien el colonato norteafricano, bien documentado para época alto imperial, sobre el que se han realizado múltiples estudios, entre ellos los de Kotula. El colonato tardío está peor documentado sobre todo para el Occidente del Imperio. Cambió antes la realidad social que la terminología: así, nadie duda hoy que el término servus, con sentido predominante de esclavo para épocas anteriores, puede aludir ahora a colonos.

La normativa sobre el dominio imperial ya incluye varias modalidades de arrendamiento. En la Antigüedad Tardía, predomina el arrendamiento a perpetuidad que se adaptaba mejor al régimen de colonato.

Libanio ofrece en sus Discursos sobre el patronato una información de primera mano sobre el estado en que se encontraban las masas campesinas. Con el fin de librarse de la dura presión fiscal, muchos agricultores se ponían bajo la protección de los poderosos (funcionarios, terratenientes...) quienes respondían por ellos ante el fisco. Pero, a su vez, quedaban atrapados por la presión de sus protectores. A pesar de las prohibiciones imperiales, el patrocinio sobre aldeas estuvo muy generalizado en el Oriente del Imperio.

Como ejemplo de uno de esos dominios bajoimperiales, veamos la descripción de Ausonio (Escritos personales XII, 2) hace de uno de los suyos: Pero, ¿cual es la extensión de mi dominio? (...) Cultivo 200 yugadas de campo, 100 yugadas de viñedos y 50 de prados; los bosques se extienden más del doble de los prados, viñedos y tierras laborables. Mis colonos no son muy numerosos y no precisan nada. Al lado hay una fuente, un pozo pequeño y un río navegable de aguas limpias sometido a las pulsaciones de las mareas: Encierro siempre las cosechas para dos años, pues quien no tiene grandes reservas está arriesgando pasar hambre. Mi dominio está situado no muy lejos de la ciudad; ello me permite escapar del bullicio y disfrutar de mis bienes. Y cuando me veo obligado por aburrimiento a cambiar de lugar, paso alternativamente del campo a la ciudad.

Y Ausonio resulta un hombre de fortuna modesta a tenor de lo que nos dice Olimpiodoro (Fragmentos, 43-44) en uno de sus relatos: Cada gran casa de Roma disponía de todo lo que puede tener una ciudad de importancia modesta: un hipódromo, foros, templos, fuentes, diversos baños (...). Muchas casas romanas ingresaban de sus dominios más de 4.000 libras de oro al año sin contar el trigo, el vino y otros productos que, después de su venta, equivalían a un tercio del oro. El segundo rango de casas de Roma tenía unos ingresos equivalentes a las 1.000-1.500 libras de oro. (...) El orador Símaco, uno de los senadores más modestos, gastó 2.000 libras de oro con ocasión del nombramiento de su hijo Símaco como pretor, antes de la toma de Roma (...). Y la Iglesia, sirviéndose de los privilegios concedidos a partir de Constantino, terminó pronto convirtiéndose en una de las mayores propietarias de bienes raíces.

No es extraño que esta extremada polarización social fuera seguida de frecuentes protestas y revueltas sociales. La investigación moderna ha prestado especial atención a las bandas armadas de campesinos bagaudas documentadas en las Galias y en Hispania. Para muchos de ellos, la colaboración con los bárbaros fue vista como un medio necesario para librarse de la opresión del fisco y de los grandes propietarios.

Los primeros Augustos de la tetrarquía, fieles a su esfuerzo por mantener el antiguo espíritu romano, fueron los dos últimos emperadores que persiguieron a los cristianos. El arqueólogo francés André Piganiol advirtió bien que no lo hacían imbuidos de las ideas del neoplatonismo sino en defensa de una religión romana más tradicional. El 303 se decretó el cierre de las iglesias y, ante la reacción de los cristianos, se emitieron otros edictos que les obligaban, incluido el clero, a sacrificar a los dioses romanos. La enfermedad de Diocleciano y la posterior abdicación de ambos Augustos el 305 frenaron una persecución cruenta.

El 313, Constantino publicó el Edicto de Milán, que fue dado a conocer en junio del mismo año en Nicomedia por Licinio. El edicto no incluía un reconocimiento del cristianismo como religión oficial, tal como a veces se ha dicho, sino simplemente le atribuía el mismo rango que a otras religiones, es decir, se permitía libremente su culto. Si puede sostenerse la conversión de Constantino al cristianismo al final de sus días, el 313, era aún pagano como la mayor parte de los senadores. 

Entre las varias opciones religiosas del momento, el cristianismo se desveló con una gran pujanza y capacidad para atraer adeptos. Era una religión que contaba con representantes en todas las capas sociales. en cambio, el paganismo monoteizado por acción de los neoplatónicos, no había penetrado en las masas populares. Y el mitraísmo había perdido gran capacidad de atracción desde su reconocimiento. En ese contexto, debe explicarse el Concilio de Nicea (325), en el que participa Constantino para garantizar la unidad de la fe cristiana. Quienes no suscribieron las decisiones del Concilio, entre ellos Arrio, fueron exiliados.Para potenciar el desarrollo de la Iglesia, Constantino comienza a hacerle concesiones de excepción como la inmunidad a los clérigos ya los bienes de la Iglesia así como grandes donaciones de dinero que son recogidas en el Liber Pontificalis.

Eusebio de Cesarea nos dice, en su discurso en honor de los tricennalia del emperador, que el cristianismo pasó a ser la nueva base del poder imperial, lo que es cierto en realidad aunque no estuviera formulado expresamente.

El hijo de Constantino, Constancio, convencido de la fe arriana, tomó partido por ella convocando concilios a los que asiste, incluso escuchando tras una cortina, como los de Sirmio (351), Arlés (353) y Milán (355). Y su posición no ofrecía dudas cuando dijo: Lo que yo quiero, tiene valor de canon (...), obedeced o seréis aniquilados. Y realmente, lo llevó de algún modo a la práctica al condenar al destierro a personas tan significativas como el papa Liberio, Atanasio, Hilario de Poitiers...,Con razón, se ha dicho que Constancio fue el primer representante del cesaropapismo. Su apoyo a la Iglesia fue aún muy superior al de Constantino, ya que concedió innumerables inmunidades y prebendas. Muy significativo fue el privilegium fori en virtud del cual el clero cristiano no podía ser juzgado por los tribunales ordinarios. A su vez, paso que no llegó a dar su padre, Constancio fue el primero que comenzó a prohibir el culto pagano: Decretamos la pena capital contra los que sean convictos de celebrar sacrificios o de adorar a los ídolos (C. Th., XV, 10, 6). Y como medida consecuente, mandó cerrar muchos templos paganos.

Con Juliano, el expansionismo de la Iglesia cristiana se frenó temporalmente. Juliano intentó restaurar el paganismo tal como fue elaborado por los neoplatónicos (Plotino, Porfirio,..) que incluía una dimensión racionalista y espiritualizada de los dioses del panteón clásico. Proclamó la libertad de cultos e hizo abrir antiguos templos clausurados (Mamertino, Pan., XI, 23, 5).

Con el interés de sanear la economía de las curias municipales, Juliano abolió los privilegios de los cristianos que se hacían clérigos para escapar de las obligaciones económicas de los curiales. Suprimió igualmente la capacidad concedida a los tribunales eclesiásticos de entender en causas civiles. En junio del 362, Juliano promulgó la famosa ley de enseñanza, en virtud de la cual los profesores de gramática, retórica y filosofía debían ser nombrados por el emperador, previa propuesta de los municipios de daban testimonio de la moralidad del candidato (C. Th., XIII, 3, 5). Los cristianos la interpretaron como una medida dirigida contra ellos.

A pesar de que Gregorio Nacianceno hable de la persecución de los cristianos por Juliano, no hay un solo testimonio de ese hecho. Otro escritor cristiano, nada sospechoso de simpatías hacia Juliano, lo reconoce: Juliano rechazó la excesiva crueldad de la época de Diocleciano sin dejar por ello de perseguirnos; pero yo llamo persecución al hecho de inquietar de alguna manera a las gentes de paz (Socr., III, 12).

En época de Valente y Valentiniano, nadie dudaba de la necesidad de contar con la Iglesia como aliada del poder. Pero, a su vez, afloraron en el seno de la misma dos tendencias marcadas: la de los partidarios de una alianza abierta con el poder político, lo que conducía a fortalecer los vínculos jerárquicos en el interior de la comunidad cristiana, tesis de San Agustín y de San Ambrosio de Milán, frente a la de los partidarios de una Iglesia menos comprometida con tal poder. Entre estos últimos, surge el monacato de Occidente (los monjes de Lerins) así como muchas herejías y cismas, algunas de ellas no claramente alineadas con una postura política. Es la época de San Jerónimo.

Teodosio fue primer emperador que decidió abiertamente hacer del catolicismo una religión de Estado. En el Concilio de Antioquía (379), se redactó lo que puede ser considerado el primer corpus de cánones de la Iglesia. En un edicto promulgado en Tesalónica el 380 declara: Todos nuestro pueblos deben unirse a la fe transmitida a los romanos por el apóstol Pedro, a la que profesan también el pontífice Dámaso y el obispo Pedro de Alejandría, es decir, reconocer la Santa Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sólo los que observen esto tienen derecho al título de cristianos católicos. Los demás son heréticos y culpables de infamia, sus lugares de reunión no tienen derecho a llamarse iglesias. Dios se vengará de ellos y nosotros también. (C. Th., XVI, 2, 25).

Y con esos argumentos y tal decisión, Teodosio promulgó una gran cantidad de leyes destinadas a castigar a todos los que de desviaran de la fe nicena y prohibió los cultos paganos así como mandó cerrar los templos consagrados a sus dioses. (C. Th., XVI, 10, 7; C. Th., XVI, 10, 8).

Bajo Graciano y Teodosio, el brazo secular se puso a disposición de la Iglesia. Un ejemplo elocuente lo ofrece el caso de Prisciliano y de sus seguidores, condenados a pena capital por delitos puramente religiosos, por decisión de Graciano. Y el último símbolo que tenían los viejos senadores paganos, el altar de la Victoria dentro de la Curia romana, ante el cual ofrecían incienso antes de iniciar sesión, fue mandado quitar por el emperador Graciano. 

Ante tan decidida intervención imperial de convertir al cristianismo a toda la población del Imperio, ningún miembro de las oligarquías romanas se atrevía a declararse pagano. Los propios emperadores, conscientes de las conversiones simuladas de muchos, se dirigen a veces a los que son cristianos de verdad o dicen que los son. Desde Graciano y Teodosio, el paganismo oficial ha desaparecido y sólo quedan restos del mismo en los medios rurales y en algunas escuelas filosóficas. Su desaparición definitiva no llegó a producirse, pero terminó siendo asimilado por las formas de cristianismo popular.

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Comentario por SONIA BARJA el octubre 9, 2013 a las 1:19pm

Yo opino lo mismo,es un genio..

Comentario por Javier Guillem el octubre 9, 2013 a las 11:25am

Muy buen articulo.

Equilibrado y bien documentado.

Enhorabuena, Juan Antonio.

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