Tras la conquista de Gaza, Alejandro Magno llegó a Egipto y en pocos días se hizo dueño del país del Nilo. De regreso del Templo de Júpiter, donde fue proclamado hijo de Ammón, el gran conquistador macedonio decidió crear una ciudad en un lugar cercano al delta del Nilo. Luego de trazar él mismo el plano empleando para ello harina de trigo al no encontrar a mano yeso para hacerlo, dejó la ejecución de la obra a sus arquitectos Sostrato de Cnido y Dinócrates.

Alejandría, que así se llamó la recién fundada ciudad, en honor de Alejandro Magno, se convirtió pronto por su favorable situación en el centro comercial y de la navegación mundial de aquella época. Y no obstante el correr de los siglos, Alejandría sigue siendo el nudo vital entre Egipto y el Mediterráneo, entre Europa y la India.

En aquellos remotos tiempos, los navegantes,al carecer de brújula, de reloj y de cartas geográficas, no poseían otro medio de orientación que la Osa Mayor. De ahí que, cuando las nubes les impedían utilizarlo, corrían los mayores peligros de estrellarse contra los acantilados. 

Después de una tormenta, era frecuente que las olas lanzaran a las playas próximas a Alejandría toda clase de restos de naufragios, que con muda elocuencia testimoniaban la reciente catástrofe. Esto hizo que se preocuparan los gobernantes de Egipto, buscando la manera de evitar en lo posible los riesgos y peligros que asediaban a los que cruzaban aquellos mares.

Sin embargo, el proyecto no llegó a realidad hasta que Ptolomeo Filadelfo, que reino en la primera mitad del siglo III a.C., decidió acudir en ayuda de los marinos. Bien es verdad que en su deseo le guiaba más bien un espíritu utilitario que filantrópico, ya que el comercio marítimo constituía la más importante fuente de riqueza de la bella Alejandría.

Justo es reconocer, no obstante, que a él se debió la erección de uno de los primeros faros del mundo: el de Alejandría.

Ptolomeo Filadelfo mandó edificar (285 a. C.) una colosal "torre de fuego" en la isla Faros, que cierra el puerto de la ciudad de Alejandría. De ahí procede el nombre de "faro", que en la actualidad se aplica a las construcciones análogas, inspiradas en aquélla, y con el mismo fin.

Es digno de señalar que al igual que la mayor parte de las construcciones de la ciudad, este inmenso Faro de Alejandría era de mármol blanco, y lo formaban varias torres abovedadas superpuestas.

Elevábase a una altura de 160 metros, y los gastos de tan magnífica y provechosa obra ascendieron a cerca de ochocientos talentos de plata (alrededor de 24.000 €).

Terminaba el faro en un enorme hogar cubierto, donde ardía un inmenso fuego de leña durante el día y la noche. Tan grandioso fanal podía verse desde más de ochenta kilómetros de distancia... La genial idea de Ptolomeo Filadelfo no sólo permitió una mayor seguridad a los navegantes, sino que aumentó considerablemente el tráfico marítimo de Alejandría, proporcionando a la ciudad grandes riquezas y un comercio floreciente.

Gracias al faro y a su inmejorable situación geográfica, Alejandría alcanzó en poco tiempo la hegemonía comercial del Mediterráneo.

Varios kilómetros antes de alcanzar la meta de su viaje, los marinos vislumbraban a lo lejos la luz amiga del faro alejandrino que les guiaba hasta el puerto. A medida que se acercaban, la gigantesca silueta de la torre se perfilaba en el horizonte como si fuera un monstruo emergido súbitamente del mar. Luego, hacia proa, no tardaban en divisar las recias cadenas que cerraban la entrada del puerto, y junto a ellas una guardia permanente, ante la que todas las naves habían de detenerse para cumplir con las formalidades exigidas por las autoridades de la ciudad.

Una vez obtenida la correspondiente autorización de entrada, caían las cadenas y la embarcación penetraba en la rada, para unirse a la interminable fila de navíos ya anclados que realizaban las pintorescas operaciones de carga y descarga de sus mercancías.

Barcos de todas las nacionalidades, con tripulaciones de los más exóticos y lejanos países, daban al puerto de Alejandría una atrayente y abigarrada nota multicolor.

Durante siglos, el faro siguió iluminando a los navegantes y arrojando las negras humaredas de su enorme hogar. Parecía como si aquella obra gigantesca hubiera de ser eterna. Pero no. Las inclemencias del tiempo y los terremotos fueron, poco a poco, mordiendo y desmoronando los sillares de blanco mármol, hasta que un día del año 1326 de nuestra Era quedó destruido por completo.

En 1480, el sultán de Egipto Qaitbay, construyó, con sus ruinas, el fuerte existente en la actualidad.

Con la desaparición del Faro de Alejandría la Humanidad perdió otra de las Siete Maravillas del Mundo antiguo.

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