Desde su fundación, la opulenta ciudad de Éfeso (en la actual Turquía) quedó consagrada a Artemisa, la indómita virgen hermana de Apolo y diosa de la Luna. Mas no conformes los efesios con el culto que rendían a Artemisa, y deseosos de agradecerle cumplidamente su manifiesta protección, resolvieron, hacia el 650 a.C., alzarle un templo que fuera el mayor y más hermoso del mundo.

Antípatro de Sidón, Antología griega (IX, 58) nos dice:

He posado mis ojos sobre la muralla de la dulce Babilonia, que es una calzada para carruajes, y la estatua de Zeus de los alfeos, y los jardines colgantes, y el Coloso del Sol, y la enorme obra de las altas Pirámides, y la basta tumba de Mausolo; pero cuando vi la casa de Artemisa, allí encaramada en las nubes, esos otros mármoles perdieron su brillo, y dije: aparte de desde el Olimpo, el Sol nunca pareció jamás tan grande.

Las dudas que se tenían sobre la clase de materiales que debían emplear en la magna edificación, vino en resolverlas felizmente y por casualidad, un joven pastor llamado Pixadore. Cierto día en que se hallaba en la montaña vigilando a su rebaño asistió interesado al violento duelo que se entabló entre dos de sus carneros. Desviado uno de ellos en plena lucha, topó contra una roca, de la cual arrancó un fragmento. El asombro de Pixadore no tuvo límites al observar que se trataba de mármol magnífico, duro como el hierro y brillante como la nieve que reverbera bajo los rayos del sol.

Para los efesios fue la misma Artemisa la que provocó el descubrimiento de la cantera de mármol. Del inmenso yacimiento, tan fortuitamente encontrado, se sacó todo el mármol blanco empleado en la construcción del templo de Artemisa. Todo él, de los cimientos a la cúspide, hecho enteramente del pulido y maravilloso mármol. 

En el centro de la ciudad, sobre una meseta artificial, se alzó esta maravilla del arte helénico, orgullo de los efesios. Una monumental escalera, bordeada de estatuas por ambos lados, daba acceso al templo. A la entrada, elevábase, sobre un enorme pedestal, la estatua de Artemisa, de oro macizo, y la leyenda la reputaba como caída del cielo. Su origen mítico le valió la supersticiosa veneración de los pueblos antiguos.

El templo propiamente dicho medía ciento treinta metros de longitud por sesenta de ancho. su interior lo poblaban cinto veintisiete columnas jónicas, de unos veinte metros de altura cada una, que eran donativo de otros tantos príncipes y grandes señores de distintas comarcas y países, como ofrenda y tributo a Artemisa, la poderosa diosa.

Los efesios se sentían orgullosos del adoratorio dedicado a Artemisa. Es fácil imaginar, pues, su consternación cuando una noche corrió velozmente por la ciudad la pavorosa noticia de que el templo de Artemisa estaba envuelto en llamas.

Todos acudieron en masa a sofocar el incendio. No se consiguió nada. Devorados por el dolor, los efesios no pudieron hacer otra cosa que contemplar impotentes el siniestro...

Tan aciago suceso ocurrió el año 353 a.C., la misma noche del nacimiento de Alejandro Magno, el famoso conquistador macedonio. Narra la leyenda que el accidente tuvo lugar mientras la diosa Artemisa estaba fuera del templo asistiendo en el parto a Olimpia, la madre de Alejandro y esposa de Filipo de Macedonia.

Pronto supieron los habitantes de Éfeso que el siniestro había sido provocado por un pastor, un oscuro demente, llamado Eróstrato. Al serle preguntado por qué había tenido la idea de incendiar el maravilloso monumento, respondió sonriendo:

   --Porque quiero que mi nombre pase a la posteridad.

Indignados los efesios ante tales palabras, promulgóse un decreto prohibiendo, bajo pena de muerte, pronunciar el nombre del incendiario, para borrar de la memoria de los hombres todo vestigio de recuerdo de la triste fama que pretendía adquirir el vanidoso loco. Sin embargo, a pesar de la disposición y de su severidad, no se logró tal objetivo, y la Historia ha conservado el nombre del pirómano Eróstrato. 

Pasada la primera impresión, los efesios no tardaron en emprender la reconstrucción con admirable entusiasmo. El nuevo templo de Artemisa resultó quizá más bello que el anterior. Y como cada vez aumentaba la afluencia de peregrinos se conservó cerca de quinientos años, hasta que los godos entraron en la ciudad, el año 262 d. C., en tiempos del emperador Galieno.

Y los invasores, emulando a Eróstrato, después de devastar la ciudad, saquearon el templo y lo incendiaron. En el siguiente siglo, hombres de corazón más duro que el mármol arrasaron lo que quedaba del edificio, perdiéndose para la posteridad aquella maravilla del mundo antiguo.

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