TARTESSOS : EL CERRO DE TRIGO (JORGE BONSOR).

EXCAVACIONES PRACTICADAS
EN 1923 EN EL CERRO DEL TRIGO
TERMINO DE ALMONTE (HUELVA)

TARTESOS
EXCAVACIONES DEL CERRO DEL TRIGO
(DESPOBLADO ROMANO EN EL COTO DE DOÑA ANA)

Buscando a Tartesos, hubo que recorrer de una extremidad a otra lo que fue la
antigua isla del Delta, que formaba el Guadalquivir en su desembocadura, donde
tuvo su asiento, según los textos, el emporio más antiguo de Occidente: Tartesos,
la Tarshish bíblica.


Esta isla se extendía 26 kilómetros de NO. a SE., entre el brazo actual del río y otro
que ha desaparecido, y cuyo antiguo cauce reconocí en 1920.


Esta parte del célebre Coto de Doña Ana nos ofrece un terreno arenoso antiguo,
hoy cubierto con espesos bosques de pinos, que llegan, en algunos sitios, hasta
la misma orilla de la Marisma y que forman, en medio de la invasión gradual de
la arena, pequeños oasis en los corrales del interior. Por el lado del Atlántico se
levantan cordones de altas dunas de arenas movedizas que imposibilitan, en esta
dirección, toda clase de trabajos de exploración.


A cuantos guardas encontrábamos en el Coto, repetíamos la misma pregunta de
si, por aquellos alrededores, habían visto asomar en la superfi cie del terreno la roca

natural o alguna construcción con sillares o piedras informes. Todos contestan lo
mismo, mencionando las muchas piedras y ladrillos que se ven cerca del cerro
llamado Montón de Trigo.


Dos hornos de ladrillos, que también nos fueron indicados, a un kilómetro de
Torre Carbonera, hacia el interior, resultaron modernos. Por otra parte, unos
pequeños montones de escorias de hierro, en los corrales de la Arca, de la Cita
y de la Herrería, que en una primera visita tanto llamaron mi atención, tampoco
eran antiguos, como se averiguó por los tiestos que de allí salieron.


El Cerro del Trigo, donde tenemos que dirigirnos, está situado a seis kilómetros al
Norte del nuevo Palacio de la Marismilla.
Invitados por el propietario del Coto, el excelentísimo señor Duque de Tarifa y
de Denia, para emprender estas excavaciones del Cerro del Trigo, nos reunimos
el 8 de septiembre de 1923, en La Marismilla, el profesor Schulten, el general
Lammerer, como topógrafo, y el que subscribe. El administrador del Duque,
don Pedro Ruibérriz de Torres, vino desde Sevilla para organizar nuestra
estancia en el Coto, alojándonos, con todo el confort que se puede desear,
en las habitaciones reservadas a los ilustres huéspedes de caza del Duque.


Recordaremos con la mayor satisfacción cuantas atenciones recibimos de todo
el personal de la fi nca, particularmente de la familia del guarda de La Marismilla,
y también de Antonio Espinar Ramírez, guarda del Palacio de Doña Ana, que
se apresuró a darnos todas las informaciones que deseábamos, indicándonos
sobre el terreno los trabajos que cerca del Cerro se hicieron para buscar piedras,
hace más de veinte años.


Salíamos a las siete todas las mañanas en dirección al Cerro del Trigo. La temperatura
en septiembre es deliciosa, el calor de medio día, soportable, debido a la brisa
constante del Atlántico. Con ir y volver diariamente entre el cerro y la Marismilla
y con los reconocimientos en puntos lejanos que tuvimos que emprender en
diferentes direcciones, se puede calcular que anduvimos, en toda la temporada,

más de 500 kilómetros, en buenas caballerías de los guardas, acostumbradas a
anclar por aquellos inmensos arenales.


Observamos que no había en el Coto caminos propiamente dichos, aunque estén
indicados en los mapas; más bien parecen ser sendas que apenas se distinguen
y, llegando a una extensión de arena, se pierden. Los guardas dan a estas sendas
la importancia de una vereda, y así las llaman, repitiendo la consigna de seguir
siempre la vereda adelante. A ellos les parecerá imposible que nadie pueda
perderse en el Coto, como a mí me pasó el primer día, cuando regresaba a La
Marismilla al anochecer, habiéndome separado, distraído, de los compañeros.
Aparte de este pequeño incidente, que a mí no se me borrará tan pronto de la
memoria, se puede decir, que a la plana mayor de los exploradores nada les sucedió
de desagradable en todo el tiempo que estuvimos allí. En cuanto a los obreros,
no hubo que lamentar más que un caso de malaria, enterándonos después que
la enfermedad no fue contraída en el Coto, habiendo venido el hombre malo ya
de su pueblo.


Con motivo de esto, nos aseguró el administrador que era muy exagerada la reputación
de insalubridad que se daba a estos terrenos, donde se dice que reina eternamente el
paludismo. Sin embargo, el profesor Schulten, el General y yo no dejamos de tomar
todos los días, como medio preventivo, la dosis de sulfato de quinina que recomienda
para estos casos el Instituto de Medicina tropical de Hamburgo.
A corta distancia del Cerro del Trigo se encuentran las ruinas del extenso
despoblado romano, que nos fue indicado por los guardas, y donde los primeros
descubrimientos de edifi cios antiguos se debieron a la casualidad, como casi
siempre sucede; aquí fue, según nos enteramos, donde el guarda dio con las
primeras piedras, estando cavando en su huerto.


Por el año 1902, con ocasión de buscar materiales de construcción para levantar
los nuevos edifi cios de La Marismilla, y queriendo hacer cal de las piedras que
salieron de este sitio, se abrieron grandes excavaciones por todo este terreno. El

horno se construyó entonces, y aún existe, pero, resultando muy mala la cal que
suministraban dichas piedras, se dio orden de parar los trabajos, y así se quedó
todo como lo dejaron entonces.
Por algunos grandes hoyos que no se rellenaron, hemos podido reconocer la
importancia de este despoblado, que parece extenderse de N. a S. más de un
kilómetro.
Tuvimos que seguir descubriendo las fundaciones de estas construcciones, al
parecer romanas, revolviéndolas para buscar entre los materiales alguna piedra
tallada, escultura o adorno arquitectónico, una inscripción, un simple tiesto de
alfarería prerromana, un objeto cualquiera que nos indicase la existencia de
Tartesos en estos parajes.



Una cuadrilla de 25 hombres con su capataz, todos procedentes de Almonte,
nos esperaban alojados en un grupo de chozas cerca de la casa del guarda.
Tomó la dirección de estos trabajadores el profesor Schulten. Se empezaron
las excavaciones detrás de la casa del guarda, entre ésta y el huerto donde se
efectuaron los primeros descubrimientos casuales. Allí se abrieron grandes hoyos,
poniendo a trabajar en cada uno de estos, dos o tres hombres con azadas y palas.
Esta última, la pala, resultó ser la herramienta más útil para cavar en la arena
húmeda. Para llevar la arena a cierta distancia hubo que emplear las espuertas de
esparto, como usan por aquí los albañiles; también hubo que servirse de carrillos
de mano sobre un camino de tablas. Por estos medios dos hombres llegaban a
profundizar, en muy poco tiempo, dos metros, o sea, hasta el nivel del agua.
A un metro de profundidad se encuentra el suelo antiguo. En este espacio de
arena limpia, cubriendo los restos romanos, no se observó indicio alguno de
una ocupación posterior; no quiere decir esto que no se encuentre otro día y
en otra parte del Coto.


A unos 50 metros del NO. del pozo que hay detrás de la casa se practicaron los

primeros ensayos, que dieron por resultado el descubrimiento, a poca profundidad,
de unas ruinas de baja época romana, donde, para unir las piedras informes
y de todos los tamaños, parece haberse empleado, en lugar de mezcla, el barro
fangoso de la Marisma. No teníamos tiempo para seguir descubriéndolo todo. La
mayor parte de estos edifi cios aparecieron inclinados o derrumbados de antiguo,
probablemente por efecto de algún movimiento sísmico, encontrándose todo muy
confuso y difícil de reconocer. Sin embargo, entre estas fundaciones se ha podido
notar una estancia de forma semicircular, midiendo en su interior nueve metros de
diámetro, con un muro de metro y medio de espesor cerrando este semicírculo.


A unos cuatro metros hacia el SE. de esta habitación se descubrió una construcción
rectangular de hormigón de piedras, formando un derretido a prueba de destrucción.
En el interior había dos piletas de metro y medio de lado por un metro diez centímetros
de profundidad; las paredes estaban revestidas de cemento y pulimentadas. Los
ángulos de estos dos compartimientos ofrecen el burlete, o sea el relleno, medio redondo,
que se observa en todas las obras de carácter hidráulico del mundo romano.
Como las líneas de estas dos construcciones no son entre sí paralelas, parecen
indicar que no existieron a un mismo tiempo. Entiendo que las piletas, mejor
construidas, son más antiguas. [fi g. 1]


Se sabe que estas piletas sirvieron en la antigüedad para salar el pescado; habiéndose
encontrado muchas de construcción parecida, y con las mismas dimensiones, en
toda la costa meridional. Más que en ninguna parte se descubrieron en las recientes
excavaciones de Bolonia (Belon), donde pertenecían a unos establecimientos
importantes para la conservación del pescado, salazón de atún y preparación de
una especialidad de estas costas de la Bética: el garum clásico. [fi g. 2]
Sabemos que este último era una salsa o pasta muy apreciada de los romanos,
que la pagaban a precio alto, según dice Plinio; se preparaba con el escombro
o caballa de las costas de Mauritania y de Bética.

Recuerdan estas piletas que los habitantes de este desconocido pueblo romano del

Coto de Doña Ana se dedicaban a la pesca del atún, y que también preparaban y exportaban

a Roma estas salazones, como lo hicieron otras poblaciones más importantes de este

litoral: Carteia, Mellaría, Belon, Baesippo, Balsa y muchas más. [fi g. 3]


Esta exportación de salazones a la Metrópoli era contemporánea de otro gran negocio
de la antigua Bética; la exportación del aceite de oliva, desde el interior, bajando por
el Betis canalizado, como nos indican las inscripciones comerciales pintadas sobre las
ánforas del Monte Testaccio, cerca de Roma. Las fechas extremas de esta exportación
nos son bien indicadas: desde Antonio Pío, hasta Galieno, o sea de 140 a 251.


Por otra parte, se ha podido averiguar también la fecha en que operaba una de las
grandes casas de exportación de salazones de Bolonia, donde se ven numerosas
piletas iguales a las cuatro del Coto de Doña Ana. Se observó que las paredes de una
de las habitaciones de esta casa estaban decoradas al temple por la misma mano
que pintó un sepulcro de la necrópolis, de donde salió una moneda de Marco Aurelio
(140-180). En Belon, en tiempo de este emperador, se practicaba la incineración en
un recinto mural rectangular que tenía en un lado un compartimiento cubierto
de grandes losas y donde se depositaban las urnas cinerarias. Se observó que en
las paredes de este compartimiento estaban pintadas grandes hojas verdes sobre
un fondo amarillo, la misma decoración que presentaba la casa de las piletas.
Estos recintos funerarios, construidos especialmente para detener la arena, no
se han visto más que en Bolonia, donde constituyen una novedad arqueológica.


También se podrán encontrar en el Cerro del Trigo, siendo estos sepulcros, como
está probado, contemporáneos de las cuatro piletas allí descubiertas.
A unos nueve metros al SE. de estas piletas, abriendo una zanja en dirección al
pozo de la casa del guarda, se encontró, a poca profundidad, una sepultura por
inhumación con tejas planas. En la mano del esqueleto había una pátera de barro
de color rojo de ladrillo y mate, con ancho borde, como salieron muchas en la
Necrópolis de Bolonia, donde la fecha de estas sepulturas nos está indicada por
la moneda de Volusiano (251 a 254). [fi g. 4]

Después hubo que abrir una gran zanja de 50 metros de largo, empezando a 20 metros
de la casa del guarda, hacia el Norte, donde el profesor Schulten reunió a toda la
cuadrilla de trabajadores, facilitando así la vigilancia en el momento de descubrir algo.
No se tardó mucho en dar con restos de construcciones rústicas y con una docena de
sepulturas por inhumación, éstas con orientación constante, la cabeza al NO. (mag.)
Como no contenían objeto alguno, es probable que fueran sepulturas de los
primeros cristianos romanos, en tiempo de los últimos emperadores, según
indicaban, además, las numerosas moneditas que aparecieron perdidas en la
arena. Se recogieron más de 70 de estas monedas, en relativa buena conservación,
que se mandaron al académico don Antonio Vives para su estudio. Entre las
sepulturas de los adultos se encontraron otras de menores dimensiones, que
serían las de los niños mayores, mientras que los más pequeños, que no habían
pasado la dentición, fueron depositados en ánforas. (Fig. 5, F.)


Hacia el Este, al otro lado de la huerta del guarda, los obreros dieron con otras
dos sepulturas:
—Una con 10 tégulas que formaban los lados y con otras de cubierta que,
por el peso de la arena, se rompieron, cayendo en el interior. El esqueleto que
contenía apareció debajo del nivel del agua. (Fig. 5, A.)
—Otra sepultura con los lados formados de piedras pequeñas y losas bastas de
cubierta, con la misma orientación que la anterior (la cabeza al NO.), y donde
también se encontró el esqueleto en el agua. (Figura 5, B.)


Estos grupos de sepulturas indican que aquí estuvo el cementerio del poblado
romano en los últimos tiempos de las inhumaciones paganas y cristianas, durante
más de siglo y medio, desde Volusiano hasta Constancio III. De los visigodos no
han aparecido todavía las sepulturas en este despoblado.
Desde el frente de la casa del guarda, en dirección al Cerro del Trigo, pasando por
otro cerro de arena llamado de la Cebada, es por donde se extienden las ruinas

de la antigua población romana. Estas aparecen en casi todos los puntos donde
se hicieron excavaciones, y particularmente en los alrededores de este Cerro de
la Cebada.


De estas ruinas salieron molinos de mano, numerosas tejas planas y ladrillos de
diferentes tamaños, entre éstos uno que presentaba en el canto las tres letras PAT,
el nombre, sin duda, del esclavo Paterno (Figura 6, n.° 8). Se recogieron también
algunos ladrillos circulares o en semicírculo, que se empleaban para formar
columnas donde el mármol y la piedra faltaban.


Entre la alfarería hay que mencionar un jarro que sirvió para las libaciones a los
muertos, lo que nos indica su base perforada (Fig. 7, n.° 1).


Este jarro, con otra vasija, sin asa, con el cuerpo decorado de rayas paralelas, son
de un barro blancuzco que aparece en Andalucía en los últimos tiempos romanos,
llegando después a ser característico de los Visigodos y Árabes.


Ánforas de diferentes formas y tamaños se encontraron también; el ánfora para
vino, de cuerpo alargado y la de panza globular para la exportación del aceite. No
habiendo barro a propósito en la isla para hacer estas ánforas, las que encontramos
varían en la forma o en el color, según la procedencia.
Después de tantas excavaciones como se abrieron en el antiguo solar y en corrales
apartados, extraña no haberse encontrado nada que confi rme la ocupación del
coto anteriormente a los Romanos. En estas construcciones de piedras bastas,
informes, que fueron traídas de todas partes en embarcaciones, se nota la
roca conchífera y arenisca de la costa, la caliza de las alturas próximas al valle
del Guadalquivir y los granitos de Sierra Morena. Entre estas piedras ni siquiera
se encontró el sillar clásico de todas las construcciones romanas de las buenas
épocas, el cual mide aproximadamente 50 centímetros de alto y de ancho y
un metro de largo.

Llamaron la atención de los exploradores tres sillarejos que
aparecieron formando las esquinas de unas construcciones romanas cerca
del Cerro de la Cebada, y que parecen haber pertenecido a algún edifi cio más

antiguo, probablemente prerromano. Hubo que anotar esta observación, medir
las piedras y nada más (fi g. 9).


Sin embargo, el descubrimiento, en el último momento, de un anillo de cobre
que presentaba en el interior y en el exterior una inscripción con caracteres que
parecen ibéricos (?), viene a confi rmar la ocupación anterior que buscamos.


Por último, quedan que exponer algunas observaciones y conclusiones de interés.


1a. Habiendo notado en Bolonia que las sepulturas más antiguas son las más
alejadas de la población, creo probable que en el Coto se encuentre la necrópolis
por incineración, del tiempo de los primeros emperadores, al Norte de las piletas,
más allá de las sepulturas: fi gura 5, A y B7.

2a. El descubrimiento de las piletas de salazón nos indica que la población del Cerro
del Trigo se extendía, en tiempo de Marco Aurelio, por el terreno ocupado hoy por
el hato y la huerta del guarda. Habiéndose reducido después el pueblo, esta parte
pasó a ser cementerio en los últimos tiempos romanos, desde antes de Volusiano
(251-254) hasta Constantino III, que sería cuando desapareció del todo la población.
Esta, a juzgar por las excavaciones hechas, no habrá sido reocupada en tiempos
posteriores, como sucedió en otras islas de la costa, en Saltés, por ejemplo,
donde se encontraron importantes vestigios de los Visigodos y de los Árabes.


3a. En futuras campañas, en todas las excavaciones que se hagan en el coto habrá
que seguir examinando detenidamente las piedras de un carácter extraño que
salgan de estas construcciones, por si algunas hubiesen pertenecido a edifi cios
más antiguos. Siempre se tendrá que profundizar hasta el agua, y después, por
sondeos, con la barra de hierro, más hondo todavía, hasta encontrar alguna
resistencia que indique la presencia, debajo del agua, de ruinas anteriores.


4a. Hay que considerar que el nivel de agua del terreno debe de haberse elevado
considerablemente desde los tiempos romanos y anteriores. Esto parece aquí
confi rmado por el hecho de encontrarse sepulturas dentro del agua, donde
no estarían seguramente en el cuarto siglo después de J. C, fecha de estas
sepulturas.

En el curso del primer siglo antes de J. C. fue probablemente cuando ocurrió el

gran cataclismo sísmico que cambió por completo el cauce del Betis. Habiéndose
cerrado entonces la desembocadura occidental del río, las aguas de la marisma
fueron vertiéndose en dirección contraria hacia el brazo actual del Guadalquivir.
En los siglos sucesivos se fue cubriendo la isla de arena; esta invasión sigue aún,
sin que se pueda de manera alguna pararla. La misma vegetación, al detener la
arena, es la que va formando nuevas dunas (Fig. 11).


Pasaron los buenos tiempos de las exportaciones a Roma del aceite de oliva del
Valle del Betis y de las salazones de atún del litoral.
Habiendo desaparecido el gran Lago Ligústico y el brazo occidental del Río que hacían
de Tartesos una verdadera isla, los últimos habitantes tuvieron que abandonar
este poblado del Cerro del Trigo, donde ya no encontrarían medios de aislarse o defenderse
en los tiempos de revueltas que siguieron a las invasiones de los Bárbaros.


Al concluir las excavaciones de 1923, en el Cerro del Trigo, sin haber descubierto
nada que confi rmara la existencia de Tartesos en este sitio, escribí una nota alusiva
de nuestros trabajos en el Coto, recordando en principio dos artículos míos del
Boletín de la Real Academia de la Historia. Estos artículos pasaron inadvertidos
para los miembros de una, a la sazón, novísima Sociedad de Excavaciones para
buscar a Tartesos en la vecindad de Sanlúcar de Barrameda.
Mandé entonces la referida nota al Director de un importante rotativo madrileño,
donde no se publicó, acaso por no considerarlo de interés. En dicha nota decía
yo lo siguiente:


«Sobre esta importante cuestión de Tartesos, es muy satisfactorio saber que las
pocas personas que en estos últimos tiempos se han dedicado a comentar el
poema geográfi co de Avieno, buscando después en las costas las pruebas de

la existencia del famoso emporio: los señores don Antonio Blázquez, el erudito
profesor Schulten y el que suscribe, creo que estamos conformes en reconocer,
según indican los textos, que las ruinas de Tartesos deben de encontrarse en la
antigua isla del delta formado por los dos brazos del río Tartesos ó Guadalquivir.
Esta isla es hoy parte del célebre Coto de Doña Ana, propiedad del señor Duque
de Tarifa. Añadiré que es del todo inútil buscar Tartesos en otra parte, y menos
por los caños de las marismas del Este; en Sanlúcar, Trebujena o Lebrija, como se
ha propuesto. Allí podrán encontrarse otras antiguas poblaciones, como Ebura,
Asta y Nabrisa, que eran, a mi entender, contemporáneas de Tartesos.

En mis comunicaciones a la Academia de la Historia y a la Junta superior de Excavaciones
y Antigüedades recomiendo la exploración del despoblado romano —el único
que vi cuando visité el Coto por primera vez, en agosto de 1921—; lo llamé
Montón de Trigo, de una elevación en parte artifi cial, a 6 kilómetros del moderno
Palacio de la Marismilla. Abriendo zanjas paralelas por todo el terreno, puede
que se encuentre, a poca profundidad, entre los materiales romanos, allí muy
numerosos, alguna piedra ornamental, fragmentos de arquitectura o de escultura
del siglo VI antes de J. C, procedente de la gran urbe desaparecida.


»Pero, aunque nada se encuentra anterior a los Romanos, queda todavía, para el
estudio de la cultura tartesia, la exploración de los pueblos prerromanos ribereños.
Hace algunos años que me dedico a este interesante trabajo desde la desembocadura
hasta Córdoba, con bastante éxito, teniendo en mi poder pruebas arqueológicas de
la ocupación del Valle en tiempo de la supremacía de Tartesos (800-500 antes de J.
C.), hasta su destrucción por los Cartagineses en 500 antes de J. C. Por estas pruebas,
todavía inéditas, que se relacionan con esta remota época, se confi rma lo que algunos
arqueólogos, como Siret, Schulten, Gómez Moreno, Mélida, han supuesto, y creo
suponen todavía, que la cultura tartesia llevaba un origen común con la civilización
cretense. En confi rmación de esto encontré una piedra terminal de los últimos
tiempos de la Edad del Bronce, la cual piedra, en forma de pilar de término, presenta
en una de sus caras un signo grabado y pintado de rojo, que fi gura también en los
alfabetos de Creta y de Libia.

»Otras excavaciones me permiten declarar que los Tartesios
practicaban en sus funerales sacrifi cios humanos, como se sabe
hicieron los Celtas, los Cartagineses y los Romanos mismos,
al principio. Debe suponerse que las víctimas: hombres,
mujeres y niños, fueran sus esclavos. Mataban los hombres
aplastándoles el cráneo con una piedra, a las mujeres les
abrían el vientre en canal y a los niños los sangraban encima
de la urna cineraria. Tengo bien reconocido que se practicaban
estos sacrifi cios en los pueblos del Valle del Guadalquivir, en la
primera Edad del Hierro, en tiempo de las invasiones céltica
y cartaginesa, según observé en mis excavaciones de la Cruz
del Negro y del Acebuchal, de Carmona, las de Paris y Engel,
en Osuna y en Almedinilla. [fi g. 12]


»Volviendo al asunto del emplazamiento de Tartesos, repito
que hay muchas probabilidades de que se encuentren sus
ruinas debajo de las altas dunas del Coto de Doña Ana, en
las proximidades del Cerro del Trigo, que es precisamente
la parte más alta de la isla. Allí es donde se deben buscar, sin
cuidarse de las opiniones contrarias que ponen a Tartesos
en Sanlúcar, en Huelva, a orilla del Guadalete, en Cádiz,
Algeciras o en Sevilla misma…»

A mediados de septiembre de 1924 se reanudaron las
excavaciones del Coto en dirección del Cerro de la Cebada,
donde, a unos cien metros al Norte de esta duna, se
descubrieron los cimientos de un antiguo edifi cio de 13,
15 m. de largo por 8,95 m. de ancho, con muros de 50
centímetros de espesor. [fi g. 13]

Salta a la vista que estas mismas ruinas, que durante tantos siglos detuvieron la arena
traída por el viento continuo del NO., fueron la causa de la formación del Cerro en este
sitio. A medida que íbamos cavando hubo que reconocer que todos los montículos de
arena de esta parte del Coto cubrían ruinas de más o menos importancia, lo que indicaba
que en tiempo de los Romanos no había invadido la arena este sitio. Se sabe que en
las costas, los cordones paralelos de altas dunas, las arenas gordas actuales existían en
el primer siglo de nuestra Era. Estos se extienden hoy desde la Boca del Guadalquivir
hasta la Torre de la Higuera, donde empiezan Los Barrancos, precisamente en toda la
extensión de lo que fue isla tartesiana, entre los dos brazos del antiguo río. [fi g. 14]


Volvamos a la casa romana del Cerro de la Cebada. A unos diez metros del muro
Oeste, a un metro de profundidad, se dio con el suelo del corral de la casa, donde se
encontraron extendidas en la arena ánforas, 12 de forma alargada, que sirvieron
para vino y dos de cuerpo globular, propias para aceite; estas ánforas fueron
seguramente echadas al corral por inútiles, viejas o cascadas. Debajo de este suelo
del antiguo corral, a 70 centímetros, se descubrieron, en la arena mojada, dos
tégulas colocadas a dos aguas, como el tejado de una casa, que cubrían cenizas
humanas, de éstas salió una moneda de Marco Aurelio (140-180). Parte de la
sepultura se encontraba debajo del nivel del agua, a dos metros de profundidad.
Según los cálculos de nuestro ilustre compañero, el general Lammerer, el nivel
del agua, debajo de este corral de las ánforas, está seis metros más alto que el
de la bajamar, en la costa. Las grandes mareas encuentran, con estas dunas, una
barrera infranqueable; solamente en el sitio que denominé La Entrevista, donde
supuse estaba la desembocadura del desaparecido brazo del río, es donde faltan
las dunas protectoras, penetrando el mar en el interior de esta parte del Coto.


Seguimos excavando en los alrededores del corral de las ánforas, donde en
muchas partes descubrimos más ruinas de casas, que probablemente

fueron establecimientos comerciales o industriales, baños, etc.

Nuestro sabio geólogo el doctor Otto Jessen, que en Alemania, en las costas del
Báltico, se había especializado en el estudio de los bancos de arena, me aseguró
que toda la parte del Coto, al S., hoy cubierta de frondosos pinares, desde el Cerro
de la Raya y la Torre Salazar, hasta el brazo actual del Guadalquivir, comprendiendo
los dos partidos de caza de la Marismilla y de la Venta, son arenales de nueva
formación, que seguramente no existían en tiempos de los Romanos. Por la
extremidad SE. de la isla, de la Torre Salazar a los Cerros de la Raya y del Trigo y
por el Pico del Caño, pasaba otro brazo del río, que era el que debía conducir a
la misteriosa Tartesos, según la opinión de Jessen y del profesor Schulten, a la
cual creo debo unirme, tomando en consideración las acertadas observaciones
geológicas y topográfi cas de mis compañeros.
Como hemos dicho, en las excavaciones que se practicaron en los terrenos bajos
cerca del Cerro de la Cebada, el nivel del agua se encontró siempre a dos metros de
profundidad. Con la bomba de mano llegamos a 70 centímetros más bajo, límite
de nuestro esfuerzo, entrando entonces más agua de la que podíamos sacar. Para
averiguar la naturaleza del terreno a más profundidad hubo que pensar en otros
medios.


En el otoño de 1925 volvió el profesor Schulten al Coto de Doña Ana, llevando
consigo un práctico con todo el material de sondeo. Llevaba el propósito de
practicar numerosos sondeos de tres o cuatro metros para traer a la superfi cie
algún indicio de un suelo que fuera anterior a lo romano, dando, por ejemplo,
con algún tiesto que confi rmara la presencia de Tartesos. Se hicieron más de
50 sondeos en la zona misma de las ruinas romanas; todo fue inútil, y hubo
últimamente que desistir, no sacando la sonda más que arena limpia.


Sin embargo, la interpretación de los textos no deja lugar a duda; convencidos
estamos de la existencia del antiquísimo emporio en esta extremidad SE. de la
Isla… Tartesos —dice el profesor Schulten— no debe haber desaparecido por
completo… Una ciudad tan considerable no se destruye sin dejar rastros. El doctor
Jessen nos asegura que no hay temor de que el mar se haya tragado la ciudad,

porque la costa, durante el tiempo transcurrido, lejos de retroceder ha avanzado
bastante. Yo entiendo que los Romanos, al fundar en este sitio sus establecimientos
de pesca y de salazones, lo hicieron por ser la parte más alta de la isla y donde
encontrarían mucho material de construcciones anteriores, que utilizaron.


En las ruinas de poblaciones de la última fase del Bronce y de la primera Edad
del Hierro, épocas que corresponden al tiempo de la hegemonía de Tartesos,
se observa el empleo en las construcciones de piedras pequeñas, diformes, en
muros de poco espesor, teniendo algunas piedras mayores únicamente para
formar el jambaje de las puertas.
Esto tuve ocasión de estudiarlo detenidamente en mis excavaciones de El
Acebuchal (Alcores de Carmona), Gandul (término de Alcalá de Guadaira), la Mesa
del Almendro (Setefi lla, cerca de Lora del Río) y otras ruinas contemporáneas.
Durante las tres temporadas que pasamos en este hermoso Coto de Doña Ana
hemos reconocido una extensión de terreno de próximamente dos kilómetros
cuadrados.


Esto parecerá poco si se compara a la isla entera, o aun si nos reducimos a la parte
SE., que bañaba el tercer brazo del río.


En resumen: si no hemos descubierto el sitio que ocupó Tartesos, nos queda la
satisfacción de haber indicado sobre el mapa los numerosos puntos excavados,
donde con toda seguridad se sabe que no está… Otros vendrán, y siguiendo
nuestras indicaciones, puede que tengan más suerte.

                                                    JORGE BONSOR

                                           Castillo de Mairena del Alcor (Sevilla)

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Comentario por Cristina Bravo el diciembre 16, 2012 a las 11:40pm

muy bueno

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