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Red Española de Historia y Arqueología

El sino del Mediterráneo y del mundo romano quedó determinado por siglos el año 31 a. C. Es posible que deba extenderse esa fecha al invierno anterior, pues muchos de los soldados de Antonio murieron de enfermedades e incluso de inanición. Tan ineficaces eran los servicios de suministros, que los miles de remeros y marinos, durante la época de frío en el golfo de Ambracia, se vieron obligados a ir en busca de provisiones en aquella desértica e insalubre región de Grecia. El resultado fue que Antonio se vio obligado, a su vez, a militarizar toda labor que contribuyera a devolver su fuerza a las tripulaciones de los barcos. Campesinos, "segadores, aradores, muleros e incluso viajeros corrientes" fueron obligados a empuñar los remos de las grandes galeras de guerra. Difícilmente resistirían una comparación con los hombres a los que Agripa adiestró con tanta minucia para tripular las naves de Octavio. Por añadidura, la moral era alta en la flota de éste, pues las fuerzas eran las mismas que habían derrotado a Pompeyo en Sicilia y dejado expeditas de todos los barcos del que a sí mismo se llamaba "Rey del Mar" las rutas comerciales romanas. También las legiones de Octavio estaban endurecidas para el combate tras las campañas victoriosas en Iliria. En cambio, las tropas de Antonio habían sido lamentablemente diezmadas en la guerra parta y el único éxito que podían atribuirse era su expedición a Armenia, que apenas fue algo más que un paseo militar.

Desde el mismo principio, Octavio se puso a la cabeza de sus fuerzas, o, mejor dicho, su lugarteniente Agripa lo hizo por él. Una escuadra bajo el mando de Agripa efectuó una audaz incursión en Grecia y se apoderó del importante puerto de Metone, en el sudoeste de Mesenia. Esta acción apuntaba a dos finalidades. Por una parte, las naves de Agripa lograron capturar numerosos barcos de carga procedentes de Egipto con trigo para el ejército de Antonio; y, por otro lado, la operación distrajo la atención del autocrátor hacia aquel rincón de Grecia. En efecto, imaginó que, probablemente, aquella fuerza constituía una avanzadilla del ejército de Octavio. Pero mientras miraba de reojo en dicha dirección y se preparaba para salir hacia Metone, Octavio zarpó con su ejército de Brindisi y desembarcó sin resistencia en el Epiro, cerca del promontorio Acroceraunio, en un puerto llamado Torine. Con este audaz movimiento copó las tropas que Antonio había estacionado en Corcira, en el Norte, e inmediatamente se dispuso a caer sobre la mismo golfo de Ambracia. Cuando Antonio se consideraba amenazado por la ocupación de Metone, en el Sur, se dio cuenta de que el peligro real estaba desarrollándose en el Norte, y ello en las cercanías de su importantísima flota. Inevitablemente, se produjo cierta consternación en el campamento de Patrás, pues resultaba claro que la iniciativa había pasado a manos de Octavio. Aquello iba a dar la pauta de toda la campaña.

Octavio había desembarcado alrededor de ochenta mil hombres, contra los cuales se estima que Antonio podía oponer unos cien mil. Este último debía transportar la mayor parte de sus tropas a través del golfo de Patrás. Después tenían que marchar al encuentro de un enemigo que ya estaba avanzando en dirección a su flota. La acción final debían resolverla precisamente las flotas, pues Antonio sólo podía invadir Italia destruyendo antes los barcos de Octavio, y a éste sólo le permitía mantenerse en Grecia su dominio del mar. En apariencia, los navíos de Antonio, seguros en el golfo de Ambracia, se hallaban en mejor posición, pero al apoderarse Octavio de Corcira se procuró un buen puerto, en tanto el mencionado golfo de Ambracia no era sólo un refugio, sino una trampa potencial. Desde luego que Octavio no podía forzar la estrecha entrada, pues Antonio contaba con grandes torres y catapultas que la dominaban. Por otra parte, la flota de Octavio estaba en condiciones de impedir a otros barcos penetrar en el golfo, con el resultado de que todos los suministros para la armada y el ejército hubieran debido efectuarse por tierra.

Antonio acampó entonces en la parte sur de la península de Accio, frente a su contrincante, que se hallaba en la parte norte, aunque algunos kilómetros tierra adentro de la entrada propiamente dicha. Parte del ejército de Antonio estaba asimismo estacionado en el extremo septentrional de la península, de tal modo que dominaba toda la entrada del golfo, donde su flota de barcos de guerra pesados permanecía anclada. La mayoría de los efectivos navales de Octavio estaban concentrados en la bahía de Gomaro, una rada abierta un poco al Norte, pero muy segura cuando no soplaba el bóreas o los vientos del Oeste. Octavio procedió a la construcción de un campamento fortificado en una eminencia conocida en la actualidad como alturas de Mijalitsi, y allí permaneció a la espera de los acontecimientos. Antonio dominaba toda la región circundante, pero Octavio podía aún recibir desde Italia cuantos suministros precisaba para su flota y su ejército. La armada de Antonio estaba de hecho bloqueada, y por ello resultaba del todo inútil para el combate en aquel momento. Quedaban sólo dos opciones. Una consistía en salir del golfo y derrotar a Octavio en el mar, impidiendo a su ejército recibir más suministros. La otra posibilidad era rodear el golfo por tierra y entablar con Octavio una batalla campal. Dado lo inexpugnable del campamento y de la posición fortificada de aquel, la segunda solución era escasamente realizable. Octavio había introducido una cabeza de puente en territorio de Antonio, y no le quedaba sino esperar la reacción de este último.

Cleopatra junto con los demás reyes y príncipes aliados se unió al ejército. Su presencia iba a servir, como en los meses precedentes, más de estorbo que de ayuda, pero estaba decidida a permanecer junto a Antonio. Se proponía hallarse presente en la derrota de Octavio y zarpar con el ejército conquistador hacia el trono que confiaba la estaba aguardando en Roma. Mientras subsistía la situación de punto muerto, ambos ejércitos se enfrentaban en posiciones de fuerza que parecían inatacables. Octavio tenía un solo punto débil: la circunstancia de que en gran parte dependía su suministro de agua de un pequeño río al este de su campamento, mientras la caballería de Antonio castigaba de continuo aquel punto. Pero aquellas escaramuzas menores difícilmente podían conducir al gran desenlace: ¿iba a ser esta una batalla en tierra o en el mar?

Transcurrían las semanas y Agripa, utilizando sus naves con su acostumbrada habilidad, determinó un notable cambio en el conjunto de la situación. Desplegó numerosos barcos inmediatamente al sur del golfo de Ambracia y se apoderó de la abrupta isla caliza de Léucade, que, separada tan sólo de la costa occidental de Grecia por un estrecho canal, domina toda el área situada al sur de Accio. Con la toma de Léucade, Agripa colocó a Octavio en una posición aún más fuerte, pues impedía a Antonio recibir cualquier suministro desde el Sur por mar. Ahora, no sólo se hallaba bloqueada la flota de Antonio, sino también su ejército. Cada una de las necesidades de aprovisionamiento -vestidos, armas,alimentos- debía satisfacerse a través de caminos estrechos y escarpados senderos entre precipicios, desde el Sur. No debemos sorprendernos de que entre la heterogénea fuerza militar de Antonio comenzara a cundir el desánimo y, como ocurriera antes de la muerte de Julio Cesar, más tarde se señalara la manifestación de todo un cúmulo de portentos de signo desfavorable. Llegó de Atenas el rumor de que la famosa estatua de Dionisos, el dios encarnado en Antonio, se había derrumbado en medio de una violenta tempestad de truenos. Al mismo tiempo, el pueblo recordó que pocos meses antes, en Patrás, sobre el templo de Heracles, supuesto antepasado de Antonio, había caído un rayo. Ya en las primeras semanas debió de haber quien empezara a pensar en abandonar la causa de Antonio para correr la suerte de Octavio.

Una vez más, Octavio había dado muestra de su astucia política al llevar consigo al campamento a todos los senadores romanos, con excepción de los que previamente habían abandonado Italia para unirse a la causa de Antonio. Con esta iniciativa, Octavio demostraba de nuevo con claridad que la contienda se desarrollaba entre el Senado romano y el pueblo, por una parte, y una potencia extranjera que se proponía invadir Italia, por otra. No pasaría mucho tiempo sin que la combinación del bloqueo, el calor veraniego y el territorio pantanoso e insalubre, donde la mayoría de las tropas estaban acampadas, comenzara a determinar no sólo la pérdida de la moral entre los hombres de Antonio, sino incluso la defección de buen número de sus aliados al otro bando. Octavio, en las frías alturas del Norte, y con sus naves aportándole suministros regulares desde Italia, se hallaba en una posición mucho más ventajosa. Su contrincante, con sus largas rutas de comunicación y aprovisionamiento, con sus barcos bloqueados y con todo el mar Jónico dominado por la flota de Agripa, acabaría por verse obligado a moverse o bien quedaría paralizado a causa de la más absoluta inanición.

Antonio trató repetidas veces, mediante acciones de la caballería y otras menores, de incitar a Octavio a la lucha en una batalla campal. Pero este último no estaba dispuesto a sufrir el menor desgaste. Y si Octavio no se decidía a salir, sólo quedaba una posibilidad: forzar el paso del cabo de Accio con toda la flota, destruir las naves enemigas y, dejando atrás la mayor parte del ejército, dirigirse a Italia. Allí no tropezarían con ninguna oposición, aunque Antonio sólo llevara consigo unas pocas legiones. En tal coyuntura, los que iban a quedar bloqueados serían los senadores hostiles a Antonio y todo el ejército de Octavio. Sin su flota y con el grueso de las fuerzas de Antonio dominado el territorio en derredor, se verían obligados a rendirse. Parece que fue ésta la idea inicial para después de la batalla que iba a librarse, y es muy posible que se debiera a Cleopatra. En efecto, Antonio era general y no un marino, y la mayoría de sus amigos y consejeros eran asimismo soldados. En el campamento de Antonio no habían ningún equivalente de Marco Agripa.

Cuando el tórrido sol del verano empezó a caer sobre el golfo y el calor invadió las marismas dando lugar a la aparición de enjambres de mosquitos, comenzaron las primeras deserciones. Dos mil gálatas con su comandante a la cabeza se pasaron al bando de Octavio. Por otra parte, la caballería de Antonio fue derrotada en una batalla. La moral se derrumbó. Poco después, Domicio Ahenobarbo, que siempre estuvo en contra de la participación de Cleopatra en la campaña, desertó y se puso al servicio de Octavio. Esto constituyó un trago amargo, que Antonio trató de minimizar anunciando que Domicio deseaba reunirse con su amante en Italia. Pero él debía tener la certeza de que Domicio y Geminio estaban en lo cierto: que la presencia de la reina era fatídica para su causa. Y esto último no sólo desde el punto de vista político, pues, al parecer, Cleopatra estaba tratando de dictar la dirección y estrategia de la guerra en aquel momento. Antonio se mostraba indeciso, como en los últimos meses, entre su estima hacia Cleopatra y su consideración por sus amigos y aliados. La inactividad nunca le sentó bien, y ahora Octavio le estaba obligando a aguardar. Sin duda continuó bebiendo mucho, como de costumbre, y la combinación del vino, el calor estival y las continuas fricciones entre Cleopatra y sus consejeros parece que ocasionó violentas discusiones entre el autocrátor y la reina. En aquel momento, Canidio, que estaba al mando de las fuerzas de tierra, le manifestó su convicción de que era mejor que Cleopatra regresara a Egipto. Pero ella, cuya flota estaba surta en el golfo y que, en cualquier caso, aportaba gran parte de las finanzas necesarias para la campaña, se mantuvo inexorable.

Más tarde circuló una anécdota, probablemente falsa del todo, según la cual, durante aquellas semanas, las relaciones entre Antonio y Cleopatra empeoraron de tal manera que aquél llegó a creer que su amante se disponía a envenenarle. Se dijo que volvió tan desconfiado respecto a ella, que mandaba probar su comida y su bebida antes de tocarlas. Según la misma historia, Cleopatra, a fin de demostrarle que podía deshacerse de él en cuanto se lo propusiera, un día tomó algunas flores de una guirnalda con que se adornaba y las introdujo en la copa de vino de su amante, al que invitó a beber. Antonio se disponía a llevarse la copa a los labios cuando la reina le detuvo y ordenó que se condujera a su presencia a un criminal condenado. Se entregó a éste la copa de vino, la bebió y cayó muerto inmediatamente. Lo improbable de esta y de otras historias radica en que Cleopatra necesitaba a Antonio. Cualesquiera que fuesen ahora sus sentimientos hacia él, y pese a la evidente degradación del carácter y las facultades del romano, precisaba tenerlo a su lado para entrar en Roma. El pueblo de esta capital nunca aceptaría a una reina extranjera que entrara como amante del general, y aún resultaba más improbable que las legiones la apoyaran. Con objeto de realizar sus ambiciones, y particularmente las que abrigaba para Cesarión, debía permanecer al lado de Antonio cuando el ejército victorioso marchara hacia la ciudad imperial. Lo que sería del autocrátor después, cuando Cesarión, ya adulto, estuviera en condiciones de empuñar las riendas del poder, posiblemente no contaba para ella.

Era pleno verano cuando se cumpliera los cuatro meses de bloqueo de las fuerzas de Antonio. No podía obligar a Octavio a librar una batalla, y ello, además resultaba impensable dado el problema de los suministros. Así, pues, la flota y el ejército es posible que continuaran donde estaban cuando las lluvias otoñales empezaran a caer. A éstas seguía rápidamente en aquella región el frío invierno. Había que actuar, y cuanto antes. Las disensiones en el campamento de Antonio contrastaban con la armonía que reinaba en el de Octavio. Allí, un hombre  --o dos, si se reconoce el importante papel que Agripa desempeñó en la campaña-- estaba completamente seguro acerca de la naturaleza y la necesidad de la guerra.

A fines de agosto, Antonio celebró un consejo de guerra. En él se llegó a la conclusión de que la única salida para la flota era romper el bloqueo. Muchos se opusieron decididamente a ello, argumentando que eran soldados ante todo y que no habían llegado hasta allí para librar una batalla naval. La situación se estaba deteriorando con rapidez. Por entonces, el rey de Paflagonia se pasó al bando de Octavio, y a él le siguieron, poco después, un senador romano y un jeque árabe. Estos dos últimos fueron apresados y ejecutados, a fin de disuadir a otros desertores potenciales. Resulta significativo, en cualquier caso, aunque la narración de los acontecimientos la escribieran más tarde los partidarios de Octavio y de los emperadores siguientes, que nada se diga acerca de los senadores o personajes de importancia que abandonaron su bando para pasarse al de Antonio. Era obvia, pues, la elevada moral en el campo cesariano. En cierta ocasión, cuando Antonio descendía hacia el puerto acompañado por un oficial de estado mayor, una pequeña partida de octavianos que habían penetrado en las lineas enemigas saltó el muro defensivo y trató de apoderarse del autocrátor. Por equivocación cayeron sobre el joven oficial, lo que permitió a Antonio escapar camino abajo, sin duda jadeando.

Plutarco, que escribió alrededor de cien años más tarde, durante los reinados de los emperadores Trajano y Adriano, por supuesto que carga toda la responsabilidad de los sucesos de Accio sobre Cleopatra: "Prevaleció su opinión de que la guerra debían decidirla las naves".  Pero lo esencial era que cuanto más tardara Octavio en aceptar un enfrentamiento en tierra con Antonio, más se debilitaba éste. La decisión que se tomó, en consecuencia, fue disponerse para una salida por mar. Los preparativos se pusieron en marcha: los legionarios embarcarían, y los barcos restantes o inservibles serían incendiados. Debe tenerse en cuenta que la flota de Antonio permaneció muchos meses en el golfo de Ambracia, y seguramente en aquellas aguas cálidas, en especial en mitad del verano, muchas naves debieron de cubrirse de vegetación marina y crustáceos, y asimismo se verían atacadas por la broma o Taredo navalis, gusano devorador de madera que es el peor enemigo de los barcos hechos de ese material que navegan por el Mediterráneo. Por su parte, la flota de Agripa había llegado desde Italia en la primavera, y sin duda estuvo varada y fue cuidadosamente encerada y calafateada durante el invierno en sus puertos de origen.

La circunstancias exactas de la batalla de Accio serán siempre materia de conjetura, pero parece bastante seguro que desde el mismo comienzo estaba planeado que la flotilla egipcia, integrada por unos sesenta navíos, pondría proa hacia su país si el combate se presentaba desfavorable para las fuerzas de Antonio. Parece claro ahora que el ejercito de tierra, afectado por las enfermedades y desmoralizado, probablemente tuvo que ser abandonado. Si la acción en el mar resultaba un éxito, las circunstancias se pondrían en contra de Octavio y la moral de las tropas de Antonio se reforzaría enormemente. La flota del autocrátor interceptaría las rutas de comunicación del enemigo con Italia. A pesar de todo, muchos ignoraban aún la situación real y propugnaban resolverla mediante una gran batalla campal en toda regla. Sabemos que un veterano centurión, se presentó a Antonio, y señalando las numerosas cicatrices, resultado de los años de servicio, exclamó: "¡Mira, general, estas heridas! ¿Por qué has decidido ahora poner tu confianza en esos miseros pedazos de madera antes que nuestras espadas? Deja, si así lo prefieres, que egipcios y fenicios luchen en el mar, pero nosotros danos tierra firme, donde sabemos cómo mantenernos en pie y luchar, cómo conquistar o morir".

El 29 de agosto de 31 a. C., todo estaba dispuesto para el gran enfrentamiento. Antonio, una vez retirados los barcos inservibles, tenía cuatro escuadras integradas por unos trescientos navíos, a los cuales Octavio oponía unos cuatrocientos, todos los cuales eran menores, pero casi con certeza se hallaban en mejores condiciones para navegar. En aquel momento comenzó a soplar un fuerte viento del Oeste que duró cuatro días e impidió en absoluto a la flota de Antonio abandonar el golfo, pues su desembocadura se abre, precisamente, a Oeste. Ningún escritor antiguo hace referencia a cómo los barcos de Agripa superaron aquel viento, que los colocó en una situación apurada, pero cabe suponer que se hizo a la mar y puso proa al viento remando. Ello da la medida no sólo de lo bien construidos que estaban los barcos, sino del entrenamiento de los marineros, pues cuando, finalmente, el viento dejó de soplar, las naves de Octavio encargadas del bloqueo aún se hallaban frente a Accio y en condiciones lo bastante favorables como para librar batalla. "La permanencia en el puerto -señalaría Nelson siglos más tarde- pudre los barcos y los hombres." Los navíos y los hombres de Antonio habían permanecido en el puerto demasiado tiempo y no estaban en buenas condiciones para atacar a aquellos endurecidos marinos, ni para abordar aquellos excelentes barcos que estaban aguardándolos.

En la mañana del 2 de septiembre el tiempo había mejorado y el oleaje se calmó. Era el momento. Lo más sorprendente es que toda la flota de Antonio, y no sólo la escuadra egipcia, se hizo a la mar para un combate naval con sus mástiles, vergas, velas y todo su aparejo a bardo. Lo cual, como se ha dicho, la colocaba en una situación de grave inferioridad. La única conclusión que puede extraerse es que Antonio había abandonado toda esperanza y estaba preparado para huir, o bien que había llegado a un acuerdo con Cleopatra según el cual, se el desarrollo de los acontecimientos se presentaba desfavorable, ella y sus barcos regresarían a Egipto. Allí podrían continuar manteniendo el Imperio de Oriente y prepararse para un segundo encuentro con Octavio.

La circunstancias de que el resto de los barcos entrara en batalla con su equipo de navegar a bordo es fácilmente explicable. Resultaría difícil que todos los marinos, capitanes e incluso aquellos soldados familiarizados por completo con la guerra naval no hubieran observado que las naves egipcias estaban preparadas para una larga travesía. Antonio dio una explicación hábil, pero poco convincente: "Cuando sus capitanes le pidieron que dejara en tierra sus velas, ordenó que las colocaran a bordo, argumentando que no deseaba que un solo enemigo pudiera escapar".  Aquello era absurdo. Las batallas navales de la época dependían por entero de la fortaleza de los remeros para llevar los barcos a la acción. Ninguno luchaba a vela. El combate lo decidían los remos de las galeras o una "batalla campal" librada por los legionarios en acciones de abordaje. La huida de adivinaba en el ambiente, y el posterior colapso y desmoralización de la flota de Antonio de atribuirse a que muchos eran conscientes de que si no había perdido ya toda esperanza, por lo menos estaba preparado para el fracaso y dispuesto a huir en busca de seguridad. Otro indicio de que desconfiaba del resultado o de que, por fin, había decidido la retirada de Cleopatra del teatro de la lucha era que todo el tesoro privado de la reina, así como sus joyas y vajillas, había sido embarcado antes de que la flota se hiciera a la mar. Es muy posible que esta operación se realizara en secreto, pero tales preparativos, combinados con la orden de mantener el equipo de navegación a bordo de los barcos, no pudieron dejar de levantar sospechas hasta en los simples soldados.

Aquella mañana, ante los ojos de los ejércitos enfrentados, las naves de Antonio y Cleopatra pusieron proa hacia la estrecha desembocadura del golfo da Ambracia. La flota de Octavio las estaba aguardando. Veinte mil legionarios y dos mil arqueros, según el relato de Plutarco, fueron embarcados en los navíos de Antonio, presumiblemente en las tres escuadras principales. La escuadra de Cleopatra, que incluía asimismo barcos mercantes, constituía la cuarta. Canidio quedó atrás al mando de las fuerzas terrestres, junto con el resto de las tropas, que sumarían, descontando los muertos por enfermedad y las deserciones, menos de cincuenta mil hombres. Las órdenes eran que, una vez Antonio hubiera roto el bloqueo, debían atravesar de nuevo Grecia y encaminarse a Asia. Parece claro que la batalla de Accio, con independencia de cuanto dijera en aquel momento Antonio, nunca fue en realidad una operación ofensiva por su parte. Cabía la posibilidad de que venciera a Octavio, pero con su flota mal tripulada y desmoralizada contra los hombres confiados del bando opuesto, dicha posibilidad resultaba en extremo precaria. Desde el mismo principio, la batalla de Accio consistió en la huida de Antonio.

Al parecer, Octavio consideró que lo mejor era permitir a Antonio que  se internara en el mar abierto, para aniquilar su flota a placer valiéndose de sus naves más rápidas y manejables. Agripa señaló que, en todo caso, se corría el riesgo de que el enemigo pudiera escapar y que la mejor táctica consistía en dejarle salir tan sólo lo suficiente como para impedirle huir, y, al mismo tiempo, atraerlo fuera del estrecho, donde concentraba sus fuerzas. Después de todos estos preparativos, Antonio tenía que salir, y una vez más se puso en marcha. Plutarco proporciona un vívido relato de las fases iniciales:

En lo que se refiere a los jefes, Antonio visitó todas las naves en un bote de remos y animó a sus soldados, diciéndoles que al encontrarse en unos barcos tan pesados, podrían luchar como en tierra. Ordenó a los capitanes que recibieran los ataques del enemigo como si estuvieran anclados, y mantener su posición en la salida del golfo, pues éste era estrecho y difícilmente practicable. 

Esto nos permite suponer que Antonio pretendía obligar a la flota de Octavio a penetrar en el golfo, donde el tonelaje de sus naves hubiera prevalecido y donde la mayor velocidad y maniobrabilidad de los barcos de Agripa no hubiese representado ventaja alguna. Pero Agripa no iba a caer en la trampa, pues conocía exactamente lo que podía esperar de sus barcos y también lo que se proponía ahora Antonio.

Octavio tuvo un presagio favorable. " Había abandonado su tienda cuando aún era de noche para efectuar una ronda de inspección a sus barcos, cuando se encontró con un hombre que conducía un asno. Le preguntó por su nombre, y el desconocido replicó: `Fortunato, y mi asno se llama Vencedor´." Andando el tiempo, cuando Octavio fundó la nueva ciudad de Nicópolis para celebrar su victoria, decorándola con los espolones de las naves capturadas, erigió en el Foro la estatua de un hombre con un asno.

Antonio dispuso sus cuatro escuadras de la siguiente manera: tres formando una doble línea en vanguardia, y la cuarta, la egipcia, en retaguardia. Esta última no había de tomar parte en el combate, y resulta muy claro que la escuadra de Cleopatra estuvo desde el primer momento destinada a salir con dirección a Egipto en cualquier instante se se advertía que la batalla se presentaba desfavorable. Aproximadamente ciento setenta barcos formaron alineados en dos columnas entre la punta de Escilia, en el Sur, y la punta septentrional del Pantocrátor. Así, Antonio tenía bien protegidos sus dos flancos mientras aguardaba, e invitó a sus adversarios a atacarles. Aproximadamente un kilómetro y medio mar adentro, unos cuatrocientos navíos de Octavio permanecían también con los remos inactivos.

Aquel sereno día estival, con los dos ejércitos inmóviles en sus campamentos contemplando el encuentro que iba a decidir sus destinos, hasta el sol intervino en el combate. Muchos años más tarde, Propercio, en su poema acerca de la batalla, atribuía el éxito de Octavio a la participación del dios solar Febo Apolo: "Febo mantiene la fe: Roma vence, y sobre todo el mar se esparcen los restos del fenecido poderío de la meretriz".

Esta parte de la costa occidental de Grecia, y por supuesto en muchas zonas del Mediterráneo, en verano sopla una considerable variedad de brisas terrestres y marítimas determinadas por el sol. Las mañanas a menudo son de calma y tranquilas, y puede presumirse  que ése era el tiempo que reinaba cuando los barcos de Antonio tomaron sus posiciones para la batalla fuera de la entrada del golfo. Como es natural, el elevarse el sol, la tierra comienza a calentarse, y mientras que la temperatura del mar, a primeros de septiembre, puede alcanzar casi los 38º C, la de tierra llega a los 42º, o más, a mediodía. Cuando el aire caliente asciende, y dado que la "naturaleza aborrece el vacío", el aire más frío sobre el mar fluye para ocupar el espacio dejado por la masa ascendente sobre la tierra. Plutarco comenta específicamente este fenómeno: "Era la hora sexta (mediodía), y cuando el viento comenzó a soplar sobre el mar, los hombres de Antonio se impacientaron y, confiando en el tamaño y la altura de sus barcos, pusieron su ala izquierda en movimiento". Con un viento que soplaba hacia tierra y que aumentaría a lo largo de la tarde para morir sólo al anochecer, Antonio debía internarse en el mar o, de lo contrario, se vería acorralado. Por añadidura, puesto que el viento, en esta región, acostumbra a variar de Oeste a Noroeste antes de amainar, Antonio precisaba avanzar varios kilómetros mar adentro para poder izar sus velas y salir costeando la isla Léucade hacia el Sur.

Los hombres de Agripa estaban bien adiestrados, habían sido endurecidos por las batallas y pasado meses en el mar durante la campaña. Las tripulaciones de Antonio, en cambio, habían permanecido demasiado tiempo ancladas, y muchos de sus miembros no eran marineros en absoluto, sino que fueron reclutados por fuerza. Octavio había embarcado en sus cuatrocientas naves casi el doble de legionarios que Antonio, el cual arrastraba, por su parte, el peso muerto de su "cola", la escuadra egipcia con Cleopatra, sus sirvientas, eunucos, cortesanos, mobiliario inútil y el tesoro, de valor incalculable, a bordo. Pronto, cada una de sus grandes y torpes galeras fue objeto del acoso de grupos de barcos de Agripa, que semejaban perros alrededor de un venado. Al parecer, las naves de Agripa atacaron la línea enemiga por el Norte, pero cuando se puso de manifiesto la intención de Antonio de permitir escapar a la escuadra de Cleopatra, la situación les favoreció aún más. Al cabo de unas dos horas de lucha barco a barco, con el combate claramente en favor de Octavio, los navíos egipcios, que estaban bien colocados al oeste de la isla de Léucade, de pronto izaron sus velas y pusieron proa a Sur.

Esta acción, que ha intrigado a numerosos escritores desde los tiempos antiguos hasta este día, resulta perfectamente explicable se se acepta el hecho de que, desde el principio mismo, Antonio estaba preparado para ella. Sin duda tenía la esperanza de contar con la posibilidad de derrotar al enemigo, pero aventajado ampliamente en número, nunca debió de sentirse demasiado optimista. Como escribió Virgilio, Cleopatra huyó "con el viento llamado Yápix", es decir, del Noroeste. Antonio y sus consejeros debieron de saber que aquélla era la dirección de la brisa que cabía esperar en una tarde de finales del verano. Si se considera la totalidad de la actuación de Antonio en Accio como encaminada a librar a Cleopatra y a sí mismo de una situación desesperada, la batalla no presentará ningún misterio. Había dado instrucciones al comandante de su ejército en el sentido de conducir sus tropas a Asia, y su intención era conducir a la reina y sus naves hacia la seguridad que brindaba Egipto. Octavio y Agripa lo habían superado tácticamente desde el momento en que el segundo se apoderó de Metone y el primero desembarcó sin oposición en Grecia. Su situación durante aquel verano fue desesperada, con su flota atrapada y su ejército pereciendo en los pantanos. Accio fue celebrado más tarde por todos los poetas e historiadores del Imperio romano como el triunfo gracias al cual Octavio estructuró su mundo. Por supuesto que se trató de un victoria de Octavio, pero tambien, aunque limitada, lo fue de Antonio.

La versión romántica, imaginada primero por Plutarco y después por Shakespeare, está claro que no es cierta. Antonio no huyó "como un pato en celo" tras Cleopatra. Una vez comprobó que la escuadra egipcia había escapado y que la batalla estaba completamente perdida, transbordó de su navío insignia a otro barco más ligero y rápido, y siguió a Cleopatra en dirección Sur. Sus otras naves quedaron atrás para que lucharan en una acción de retaguardia, lo que continuaron haciendo con gran heroísmo toda la noche y la mañana siguiente. Resulta difícil considerar la conducta de Antonio como muy noble, pero estaba dictada por el sentido práctico. Había perdido la batalla de Accio hacia meses, pero le quedaba la posibilidad de luchar de nuevo algún día.

El ejército de tierra, sin embargo, continuaba incólume. Al parecer, quedaba un rayo de esperanza. Aún era pronto para considerarse aniquilados.

Canidio, en efecto, inició su retirada marchando hacia el Este, en dirección a Macedonia, pero las fuerzas de Octavio, estimuladas por la victoria en el mar, no estaban dispuestas a permitir que escapara un solo antoniano. Así, pues, alcanzaron el ejército y, una vez más, aquellos hombres se enfrentaron, pero no lucharon. Tanto los comandantes como la tropa de Antonio estaban completamente desmoralizados, sobre todo tras conocer las noticias de que su jefe no se había hundido, sino que había escapado con la reina de Egipto. ¡Cleopatra! Una vez más, se puso de manifiesto que la supeditación a ella de autocrátor era fatal, y que aquel no era ya el Antonio que conocieran en otros tiempos. No le resultó difícil al astuto Octavio convencerlos para que depusieran sus armas, sobre todo cuando prometió a los veteranos que en la distribución de tierras a que iba a proceder, ahora que la guerra ya había concluido, recibirían el mismo trato que sus propios hombres. El regateo duró varios días, Octavio se avino a conservar seis legiones de Antonio y añadirlas a las suyas. Cuando resultaba del todo evidente que los hombres iban a aceptar las condiciones de Octavio, Canidio y algunos otros comandantes escaparon de noche. Aunque el vencedor podía mostrarse generoso con los oficiales jóvenes, con los centuriones y los soldados, los huidos sabían muy bien que tal generosidad no podía extenderse a ellos.

El triste final de Antonio y Cleopatra, pertenecen a un capitulo aparte de la batalla de Accio.

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