La intervención de Roma en la Península Ibérica se había producido con la finalidad esencial de privar a los púnicos de su retaguardia básica, lo que estaba conseguido tras la victoria  sobre Aníbal. Sin embargo, pronto manifestó el Senado la voluntad de permanecer en España, y diversos factores pueden servir para explicarla. Desde la desconfianza hacia la población autóctona como elemento para impedir --en virtud de relaciones de amicitia-- la restauración del poder púnico, a la propia riqueza de la zona en recursos materiales (especialmente metales) o humanos (susceptibles de utilización como valiosos mercenarios). Ciertamente esa voluntad supuso a Roma pingües beneficios materiales en botín pero en ningún escenario como el hispánico costaron tanto sacrificio las guerras desde el siglo II a.C. (218 a.C.) hasta, doscientos años después, con la plena ocupación por parte de Augusto (19 a.C.).

Livio, escribiendo en la época augustea, señalaba cómo Hispania había sido la primera provincia creada en el exterior, pero también la última en ser finalmente sometida. El proceso de la conquista fue en el siglo que nos interesa lento y extraordinariamente arduo; en ello influyeron la propia geografía del territorio, de enorme amplitud y dificultad, o la combatividad y táctica sorpresiva de sus habitantes (algún estudioso ha comparado la posición de los romanos en Hispania con la de los pioneros de la dominación británica en la India, obligados a hacer nuevas conquistas para salvaguardar las previas); pero también el desconocimiento de la situación y la incompetencia de que repetidamente hicieron gala los dirigentes romanos, en general mucho más atentos a la implantación de métodos más brutales que constructivos.

En el año 197 a. C., se creaban dos nuevas preturas para atender al gobierno de las provincias Hispania Citerior y Ulterior, al tiempo que la reducción de efectivos quedaba fijada en los cuerpos de auxilia de 8.000 hombres cada uno. El optimismo que esta última medida implicaba (explicable por la necesidad de los asuntos orientales, por otra parte) quedó inmediatamente de manifiesto, con una sublevación generalizada en los territorios afectados por la presencia romana. Sólo en el 195 a.C., se envió un ejército de 50.000 hombres al mando del cónsul M. Porcio Catón, que logró establecer una comunicación interior entre la Bética y el Valle del Ebro por el curso del Jalón y regresó a Roma con un cuantioso botín.En el 194 a.C., Escipión Nasica (que luego iba a dirigir operaciones victoriosas contra los boyos) lograba someter a los turdetanos, pero la guerra continuó gracias a la acción de los dos elementos dinamizadores de la resistencia autóctona, celtíberos y lusitanos. La situación no se estabilizó hasta la aparición en escena de Tiberio Sempruno Graco, padre de los futuros tribunos, quien en una acción combinada con Postumio Albino, pretor de la Ulterior estabilizó la situación entre el 180 y el 179 a.C., logrando la paz y el tributo de los celtíberos a Roma. La acción de Graco, que supo ganarse la confianza de los autóctonos a través de una diplomacia como no se había conocido desde el Africano, supuso al menos la apertura de un periodo de pacificación que iba a durar 25 años. El mismo fundo la ciudad de Gracchurris, que iba a irradiar la romanización en el valle medio y alto del Ebro. 

Las continuas quejas que la arbitrariedad de los gobernadores suscitaba entre la población local, que se mantuvieron fieles al tratado de Graco, apenas se fueron objeto de atención por parte del Senado. A ello se unieron una serie de factores sociales para provocar, a partir de 154 a.C. y durante la veintena de años siguientes, una "guerra de fuego", autentico calvario para Roma , que trató de compensar sus errores en la estrategia y la administración con la transgresión de los más elementales principios morales. Los escenarios fueron, básicamente, Lusitania y Celtiberia. En 154 a.C. tuvo lugar la invasión de la provincia Ulterior por los lusitanos al mando de Púnico (como todas las razzias de estos recogidas por las fuentes, estaba motivada por las desfavorables condiciones socioeconómicas de su territorio, que llevaba al bandolerismo a sus elementos más pobres). Al año siguiente estalló la guerra Celtiberia, declarada por el Senado ante la ampliación de las murallas de la ciudad bela de Segeda, cuyo proceso sinecista, revelador de las transformaciones sociales que se estaban operando entre los indígenas de la zona, era interpretado por Roma como transgresión al tratado firmado por Graco. La intervención del cónsul Fulvio Nobilior en el 154-153 a.C. motivó el apoyo arévaco a los belos de Segeda y, con ello, la marcha de los romanos contra Numancia, que no pudieron tomar. Su sucesor Marco Claudio Marcelo logró tras fundamentar el control romano en el Valle del Jalón, principal vía de acceso al territorio arévaco, atraer de nuevo a los celtíberos a un tratado en los términos del que antes se había firmado con Graco. Y, aunque desautorizado por el Senado --partidario de una política de mayor dureza-- tuvo que reiniciar las operaciones tras invernar en la Bética --donde fundó Corduba--, logró que los celtíberos pidieran la paz (152 a.C.), que iba a mantenerse durante ocho años.

La tregua en Celtiberia permitió a los romanos concentrar sus esfuerzos en Lusitania, donde en el 151 a.C. acababa de sufrir una gran derrota el pretor S. Sulpicio Galba. En el mismo año, el gratuito ataque de Licinio Lúculo --sucesor de Marcelo en la Citerior-- a los vacceos y la masacre de los habitantes de Coca constituyó un buen exponente de la brutalidad romana (que, a la larga, encorajinó más que desarboló la resistencia de los celtíberos). Un año más tarde, en el 150 a.C. unió sus tropas a las de Galba, lo que permitió la victoria sobre los lusitanos. Encargado este de los pormenores de la paz, sacó a gran número de lusitanos de sus casas con la promesa de nuevas tierras y, desarmados, los hizo pasar a cuchillo, en otro ejemplo caracteristico de perfidia que no hizo sino prolongar la guerra.

La lucha recibió un  nuevo impulso gracias a Viriato, caudillo lusitano de gran personalidad, habilísimo estratega, valeroso y prudente. Sus continuos éxitos entre los años 147 y 141 a.C., con repetidas incursiones en la provincia romana, animó además a los celtíberos a combatir una vez más en el 143. En el 141 a.C. Viriato obligó al, cónsul Fabio Máximo Serviliano a aceptar un tratado que reconocía la libertad de los lusitanos, pero --aunque ratificado por el Senado-- fue roto un año más tarde por las operaciones de Servilio Cepión, sucesor de aquél, que sobornó a los lugartenientes del jefe lusitano para darle muerte. La victoria sobre los lusitanos privados de la carismática figura de su líder (139 a.C.) consolidó el dominio romano en la zona, que permitió a Junio Bruto, sucesor de Cepión, una expedición a Galicia.

En el otro escenario bélico, la Celtiberia, la ciudad de Numancia resistió durante diez años a Roma a pesar de la incuestionable superioridad numérica de los soldados de esta y de la metódica estrategia del cónsul Q. Cecilio Metelo Macedónico (quien durante 143-142 a.C. venció a los celtíberos citeriores --belos, titos y lusones-- y saqueó el territorio vacceo del Valle del Duero para impedir un aprovisionamiento a los numantinos). Pero los fracasos de sus sucesores expresaron la inepcia a que había llegado la estrategia y la propia política exterior romanas. Especialmente significativo fue el caso del cónsul Hostilio Mancino: rodeado en un desfiladero por los celtíberos, se vió obligado a pedir la paz para salvar a sus tropas. El Senado, sin embargo, no reconoció el tratado sino que cargó las culpas sobre el general por haber dado su palabra sin autorización. Ordenó por ello que Mancino fuera entregado al enemigo, ante el que quedó expuesto un día entero, desnudo y con las manos atadas, sin que los celtíberos hicieran caso alguno.

La terrible sangría que estas guerras suponían a Roma --teniendo en cuenta, además, que esta, ya prácticamente dueña del Mediterráneo, no se enfrentaba a un estado poderoso y organizado como aquellos con los que se había medido en Oriente o África --provocó un descontento popular de tales dimensiones que hubo que confiar la guerra en 134 a.C. a P. Cornelio Escipión Emiliano (hijo del vencedor de Pidna, el nieto adoptivo del Africano y vencedor de Cartago en el 146 a.C.), nombrado, en consecuencia, cónsul por segunda vez a pesar de las disposiciones legales.

Escipión estableció el orden en un ejército desmoralizado, y con una fuerza total de 60.000 hombres (le acompañaban además figuras que iban a ser tan significativas como el historiador Polibio, C. Mario o C. Graco) bloqueó sistemáticamente Numancia, a la que rodeó de 7 campamentos. Al final, tras quince meses de asedio, los romanos lograron entrar en una ciudad rendida por el hambre, la destruyeron y vendieron como esclavos a escasos supervivientes.

Otro ejemplo más de una política de exterminio. En realidad los romanos no acompañaron las operaciones de conquistas en Hispania durante el siglo II a.C.,  de una política constructiva y sistemática de colonización, aunque en unos pocos casos se permitió el asentamiento de soldados largo tiempo en ejercicio (posiblemente casados con indígenas). Junto a los casos conocidos de Itálica y Gracchurris, hay que mencionar los de la colonia latina de Carteia ( en la provincia de Cádiz), y las fundaciones de Corduba y Valentia, todos con un componente poblacional mixto y focos, en definitiva, de romanización.

A mediados del siglo I a.C. la mayoría de los pobladores de la Península Ibérica ya habían sido sometidos por la fuerza, o bien se habían adherido voluntariamente a los romanos. Sólo astures y cántabros mantenían la independencia frente a Roma. Ésta, dispuesta a poner fin al conflicto, entre los años 29-19 a.C., moviliza un total de ocho legiones con varios cuerpos de tropas auxiliares.

Los enfrentamientos entre Roma y los pueblos del Norte (astures y cántabros) ponían fin a la larga conquista de la Península Ibérica. La importancia de estas guerras superó a otras muchas emprendidas por los romanos a lo largo de su historia. El motivo no hay que buscarlo sólo en el ámbito militar, sino también en la importancia política que se le dio a la conquista del Norte de Hispania, dirigida personalmente por el emperador Augusto.

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Comentario por Ivan Sancho Alarcon el agosto 26, 2013 a las 4:10pm

Uno de los grandes problemas es la cantidad de restos que hay, se necesita tiempo y dinero y ademas, hay mucho debajo de construcciones modernas, y claro esto es un problema.

Comentario por SONIA BARJA el agosto 26, 2013 a las 3:26pm

Gracias por explicarlo tan bien...

Una pregunta ,en la foto que expones sobre la imagen de Numancia,parece ser que actualmente no está excavado casi prácticamente nada no? Cómo es posible un asentamiento tan importante tanto arqueológicamente como históricamente,no se haya excavado en su totalidad no ahora en tiempo de crisis,sino desde anteriormente??

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