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Red Española de Historia y Arqueología

Uno de los grandes temas de la Historia es la expansión de la conciencia del hombre. Nada puede tener mayor significación que el desarrollo y ejercicio de la grandeza humana, cuyos dones otorgados por la propia naturaleza permiten al hombre tener idea de ser algo divino o especial.

En el pasado, cuando el hombre vivía como cuadrumano, la forma en que trepaba a los árboles hizo que se le agudizara la vista a expensas de otros sentidos como el olfato y contribuyó a que se elevaran sus facultades mentales. Luego, mientras la costumbre de agarrarse a las ramas y coger frutas daba flexibilidad a la mano, quedó abierto el camino para nuevos adelantos.

Mucha veces se ha destacado la gran importancia que en la evolución humana tuvieron la mano y el pulgar que puede oponerse a ella. E importante fue, sin duda; pero sólo como instrumento de un cerebro en formación.

A nuestros antepasados más remotos se les dio un nuevo estímulo para que su desarrollo mental  siguiera cumpliéndose al bajar de los árboles y abandonar un régimen de comida principalmente vegetariano para adaptarse a vivir en suelo firme y comer carne.

El profesor italiano A.C. Blanc señala, a este respecto, que hay gran número de autores que han puesto en tela de juicio la teoría de que los hombres prehistóricos sólo comenzaran a adaptarse a la vida en campo relativamente abierto una vez que dejaron los árboles; por el contrario, esos autores creen que la vida que los monos llevan en los árboles es una forma de especialización por la que la especie humana no pasó nunca.

Puede darse el caso de que los componentes químicos de la carne fueran beneficiosos para el cerebro de nuestros antepasados remotos; y no cabe duda de que su valor nutritivo, mucho mayor que el de las hierbas y la fruta, los libró de la necesidad de estar comiendo casi constantemente.

Por otra parte, es evidente que aquellas criaturas, con un hocico en cierto modo chato y que carecían de garras afiladas o de dientes caninos, tuvieron necesidad de matar, despellejar y cortar animales para comérselos  Y esto les debió conducir primero al uso y luego a la fabricación de instrumentos. Una vez comenzada ésta, nuestros antepasados pasaron, al parecer, a un plano mucho más alto de atención visual concentrada y destreza en la manipulación de las cosas.

Puede muy haberse dado el caso de que el uso consciente de la mano condujera al desarrollo de otra facultad esencialmente humana: la del habla, porque se ha podido comprobar que el movimiento de la mano produce otro de la boca, que se armoniza con aquél. Y hasta es posible que el hábito de comunicarse por medio de gestos haya contribuido a provocar la emisión controlada de sonidos diversos.

El profesor ruso G. F. Denetz, indicaba la posibilidad de que el uso de la mano en el proceso del trabajo y el de la transformación práctica de los objetos de la naturaleza con el propósito de satisfacer las necesidades materiales del hombre haya condicionado la formación y desarrollo de las facultades espirituales de éste: el pensamiento, la atención, la memoria, y haya complicado y mejorado al mismo tiempo funciones psíquicas tales como la sensación y la percepción.

La necesidad de comunicarse que sintieron nuestros antepasados remotos, necesidad surgida de las actividades que llevaban a cabo conjuntamente, condicionó de una manera inevitable. el comienzo y el desarrollo del habla en el hombre.

Una gran parte de las habilidades técnicas que han convertido al hombre en dueño y señor de la tierra hace tiempo que son del dominio de algunos animales. Pensemos, por ejemplo, en lo que las termitas y las hormigas, las abejas, los pájaros y los castores, son capaces de hacer en el ramo de la construcción.

No obstante, hay un punto en que la técnica de los animales se distingue fundamentalmente de la técnica del hombre: el aparato técnico de los animales es su propio cuerpo; y todas las técnicas animales aparecen encadenados a un aparato determinado, como un galeote a su galera. Solamente las más maravillosa de todas las organizaciones del reino animal, la del cerebro humano, ha permitido a un grupo de seres romper sus cadenas, fabricar complicados instrumentos y conquistar así nuevos y enormes espacios vitales.

El hombre es el único ser que ha puesto a su servicio los objetos del mundo que le rodea. Además construye aparatos técnicos que le descansan y le quitan trabajo a su cuerpo. Físicamente quizás haya ido perdiendo; más sus " instrumentos" se han ido perfeccionando.

En todos los mamíferos existe, también, la masa gris de las células cerebrales. Pero en el hombre se ha convertido en un centro director de sus propios órganos y de las circunstancias externas. El hombre piensa y juzga. Por un acto de evolución natural  que le ha dado un raciocinio, ha salido del sólido abrigo de la existencia animal para entrar en el frío glacial de la propia responsabilidad. Sin embargo, su cuerpo sigue siendo animal.

Por otra parte, fácil resulta decir que la necesidad de poseer una vista aguda, la habilidad de manipular objetos o cosas, la obligación de cortar carne y la concentración necesaria para fabricar herramientas y utensilios llevaron, juntas, a la multiplicación de las células cerebrales en el cráneo humano. Y que cada multiplicación de dichas células condujo a su vez a otro adelanto en las funciones de que el hombre fuera capaz.

Difícil, por no decir imposible, es conocer la causa definitiva del desarrollo del cerebro humano, o la expansión de la conciencia de las cosas producidas dentro de éste. Pero aunque haya que tratar a las causas con cautela, de lo que no cabe ninguna duda es de que el fortalecimiento de la fuerza mental se produjo con la vasta expansión de la corteza en el nuevo cerebro del hombre.

Los dos hemisferios cerebrales humanos son tan grandes que tuvieron que plegarse y contonearse para caber dentro de los huesos del cráneo. Particularmente característico del hombre es el gran tamaño de sus lóbulos frontales y temporales, entre los millones de células nerviosas de los cuales se cuentan muchos grupos no obligados a regir funciones determinadas, sino a actuar como depósitos de la memoria y las correspondientes asociaciones.

La memoria y las asociaciones entre los recuerdos, que conducen a las facultades por medio de las cuales se crean las imágenes: he ahí las capacidades necesarias para tener plena conciencia de sí, para tenerla siempre del pasado y del futuro, para anticiparse inteligentemente a los hechos y para crear las tradiciones con las cuales unir y cimentar la larga vida de la raza humana...

La conciencia que tiene el hombre de sí mismo, intensificada con el desarrollo de la corteza cerebral, que le da una noción más viva de sus actos y de su separación de la naturaleza, hubo de tomar, por su parte, dos caminos principales opuestos.

En primer lugar estuvo el de dominar el medio en que se vive, lo cual condujo a la fabricación de herramientas y luego al curso,cada vez más acelerado, que ha venido tomando el adelanto técnico y científico de la Humanidad.

El otro camino fue el que llevó a reunir la parte con el todo, o sea, el hombre con el Universo del que parecía dividirlo su propia conciencia de la vida. Este camino lo llevó al rito, al arte, a la fe religiosa, al misticismo y a determinados aspectos de la filosofía.

Es muy posible que los iniciales primates vivieran en sabanas abiertas. Por entonces andaban ya erectos y las manos les quedaban libres para otra ocupación. El cerebro, que cada vez era mayor, sugería diversos intentos: por ejemplo, había huesos y garrotes; se podían coger y, con su ayuda, hacer caer los frutos de los árboles e incluso servir para atacar y defenderse.

Así empezó la historia del prehomínido. Quizás hace veinte millones de años, en la época del procónsul, posiblemente un poco antes de que apareciese la criatura de Taungs y la de Makapansgat.

Según todos los indicios el hombre de los albores empezó a cazar con armas óseas, con mazas de huesos femorales y quijadas de bestias. Tal idea era puramente intuitiva, improvisada. Cogía lo que caía en sus manos, sin modificarlo.

Es evidente que un fémur o un garrote es un instrumento maravilloso. Prolonga el campo de acción del brazo y le da a su dueño una sensación de superioridad, de la que se siente orgulloso.

Así fue como el primate se convirtió en señor. Y si en el camino se le cruzaba otro animal (que posiblemente fuese a coger lo que él quería), no necesitaba más que empuñar el hueso o el garrote y descargarlo con fuerza sobre él. Si lograba matarlo, había desaparecido para siempre del campo de la lucha por la existencia. Con esto la valorización que del propio yo tenía el dueño del garrote aumentaba sin cesar.

De esta forma, una nueva manera de ver el mundo se va abriendo paso en su mente. Ensayaba los métodos de caza más diversos: arrojaba palos y piedras, se juntaba con otros compañeros hábiles para acorralar las presas, hasta terminar por descubrir que un pedazo de hueso astillado, tirado con fuerza, podía atravesar un animal.

Al parecer el telanthropus, el peso del cerebro abría aumentado, sobrepasando el límite del de los monos, y aumentaron sus habilidades. Entonces los prehomínido fueron extendiéndose y al principio del pleistoceno poblaron ya todas las regiones más cálidas del Viejo Continente.

Y una vez allí, en un ambiente nuevo, se les presentaron problemas que sólo podían resolver esforzando más su entendimiento e inventando armas y herramientas mejores. Así fue cómo la piedra tallada se convirtió en el arma mortífera ideal para él.

Entretanto, la piedra que a nuestros antepasados remotos les hizo posible la conquista del mundo, no era todavía un pico, sino sencillamente un canto rodado del tamaño de una pelota de tenis, con bordes afilados artificialmente. Estos "esferoides", justamente apropiados para la mano de un hombre fuerte, se han encontrado en el sur y este de Asia  en Europa y, sobre todo, en la arena del desierto del norte de África. Su antigüedad se calcula en seiscientos mil años.

En estos largos periodos de tiempo unas criaturas más o menos emparentadas con nosotros, poco a poco, enormemente despacio al principio, y luego cada vez más de prisa, fueron acostumbrándose a usar las manos y a andar erectos, descubriendo luego la utilidad del fuego, y terminaron desarrollando su inteligencia y aprendiendo a hacer herramientas de piedra y hueso.

El momento en que los primeros hombres consiguieron poner a los animales a su servicio marcó un punto decisivo en la historia de las civilizaciones primitivas. Desde entonces empezó la soberanía del hombre sobre la Naturaleza, no sólo con garrotes y armas de piedra, sino también con los medios refinados de la inteligencia.

Así fue cómo escogió unos servidores y esclavos que le solucionarían muchos problemas de la lucha por la existencia: y de esa forma el cazador nómada se convirtió en ganadero.

Se cree que la mayoría de las razas de animales domésticos se formaron en épocas postglaciales. Pero hay un animal que ya se había unido al hombre mucho antes no fue obligado a entrar a su servicio, sino que vino voluntariamente porque esperaba muchas ventajas de ello. El aludido animal es el compañero más fiel del hombre, el que protege su hogar y le ayuda en sus cacerías: el perro.

Indudablemente hubo un tiempo en que las manadas de perros salvajes se apiñaban en torno a las colonias humanas. Rebuscaban en los montones de desperdicios, avisaban la presencia de caza y fieras y prestaban una gran ayuda en la defensa contra los ataques del enemigo. Así fue formándose, en el transcurso de períodos de tiempos enormes, una verdadera simbiosis, una asociación de organismos en la que ambas partes resultaban favorecidas.

Al hombre primitivo le agradaron esos compañeros de cuatro patas: les daban de comer, los domesticaban; y un buen día se dio cuenta de que los animales esquivos, bien tratados, podrían llegar a obedecerle. Aquello constituyó un descubrimiento de enorme importancia. Y por primera vez la Naturaleza, en forma de un ser ágil y necrófago, se sometió de verdad al hombre.

Hace muchos milenios que el perro acompañaba al hombre en sus cacerías. La "relación" amistosa entre el hombre y el perro parece haberse desarrollado en Europa, durante el último período glacial, aproximadamente en la época del solutrense, magdaleniense o auriñaciense.

Sin embargo, según todos los indicios, en el sudeste de África, hace más de doscientos mil años que había ya perros semidomésticos que seguían a las hordas humanas, cuando se trasladaban de un sitio a otro y que incluso tomaron parte en la conquista de nuevos continentes.

Efectivamente, la expedición más audaz y aventurera que ha emprendido el hombre primitivo, al salto de Asia a Australia, fue al mismo tiempo el traslado de un can de pelo rojizo, del tamaño de un lobo, que hoy conocemos, como merodeador de ovejas, con el nombre de "dingo", y que ha proporcionado muchos quebraderos de cabeza a los zoólogos.

En la época neolítica, el hombre intentó domesticar prácticamente todas las especies de animales que vivían en los oasis. Hace cinco mil años los egipcios todavía tenían grandes manadas de antílopes y gacelas; los sumerios enganchaban a sus carros de guerra un tipo especial de equino, y los indios y sumerios lograron domesticar el elefante, el búfalo y las vacas de Gayal y Banteng. 

Alrededor del año cinco mil a.C., los pueblos cultos de Oriente tenían vacas, que les proporcionaban leche y tiraban sus carros; y ovejas y cabras, de cuyo pelo confeccionaban finos tejidos; cerdos que les suministraban carne; y burros y camellos, que les servían de como animales de carga.

Las mencionadas hazañas requerían, como condición previa, unas facultades técnicas y una verdadera civilización.

La época paleolítica, o Edad de la Piedra,  da muestras de una rica floración artística, y las obras de arte realizadas en ella aguantan la comparación con las que vieron la luz en el curso de los últimos decenios. 

Se descubrieron gran número de pinturas y grabados del paleolítico en las cavernas de Europa y África, destacando entre todas ellas las de la Dordoña en Francia y las de Altamira en España.

Alguien ha dicho que el arte de la época del paleolítico puede aspirar a ser el acontecimiento más improbable de la Historia. Así es; pero fundamentalmente resulta tan inexplicable como cualquiera de los brotes de genio creador a lo largo de la historia de las artes que, por fortuna, han marcado la trayectoria de la Humanidad.

Al estudiar los factores que permiten la creación artística, se advierte que aunque la prosperidad material no pueda ser nunca la causa de que surja un genio en el terreno estético, la sociedad no puede sostener a sus artistas si no hay un margen económico que permita hacerlo.

Es por esto por lo que la abundancia de piezas que "cazar" en el sudeste de Europa al final de la época pleistocena constituyó, sin duda, una base necesaria el desarrollo del arte paleolítico. Dice la investigadora J. Hawkes que aun cuando es probable que los artistas mismos fueran cazadores, también lo es que, particularmente al aumentar su destreza y profesionalismo, tuvieran que cazar sólo parte de su tiempo, a cambio de servicios artísticos que prestaban a la comunidad, y que, mientras trabajaban dentro de las cuevas, se les proporcionaría el alimento necesario.

Es indudable que arte de las cavernas cumplía con una función de tipo mágico-religioso. En particular servía a esa forma que se conoce con el nombre de "magia por simpatía" y que depende de  la convicción de que una semejanza o relación entre dos cosas constituye una identidad, y que la imagen o la parte de un todo afectará a ese todo. 

Nadie ignora que actualmente son muchos los que fabrican muñecos que son la imagen de algún enemigo y los atraviesan con alfileres para lograr que "aquel a quien representa" muera, práctica que tiene una analogía perfecta con un aspecto de la magia a que se entregaba el cazador paleolítico.

El Gran Hechicero  pintado en la cueva de Les Trois Fréres, parte hombre, parte animal y parte divinidad, es el mejor exponente y tipo de prueba de la asociación estrecha entre el arte de las cavernas y las actividades mágico-religiosas de la Edad de Piedra. 

Se supone que el elemento magia, que tanta fuerza tiene en el arte de las cavernas, debe haberla tenido menor en el doméstico. Y es muy probable que al grabarse ciervos, mamuts e íbices en los lanzavenablos, se creyera que tales imágenes podían contribuir a hacerlos eficaces contra los animales en aquéllos representados.

Por otro lado, no cabe duda de que el grabado fue hecho, en parte, por el placer de hacerlo y de mirarlo, pues resulta preeminentemente decorativo. Otra suposición es puramente imaginativa.

También es indudable que el arte de las cavernas, y en grado menor el arte doméstico igualmente, estuvieron al servicio del culto animal, parte mágico y parte verdaderamente religioso, que sostuvo como razón fundamental las vidas de los pueblos de cazadores. Como la condición del individuo y la vida de la tribu dependían completamente de la multiplicación de las hordas de animales y del éxito que tuvieran en la caza, el arte respondió al apremio y urgencia de ambas cosas.

Las pinturas paleolíticas fueron obra de especialistas, y si se las juzga por los hallazgos técnicos que contienen, se diría de artistas extraordinarios. Cabe añadir que estos artistas del paleolítico no sólo pintaban y decoraban las paredes de las cuevas y sus útiles, sino que también hacían esculturas maravillosas en hueso, marfil, cuerno o piedra. 

Desde aquella remota época hasta el momento actual ha habido gran número de pueblos primitivos en el mundo de entero, y sin embargo, ninguno ha tenido un arte representativo que pudiera parangonarse con el de los artistas paleolíticos.

Cuando las hordas se hicieron sedentarias, los hombres habían progresado en su técnica de cavar. Inventaron la laya, que se hundía en la tierra con el pie; tenían ya los perros como animales de domésticos, y hacían objetos de alfarería y cestería.

Entre el Neolítico y la Edad del Bronce, los hombres del norte de Europa utilizaban, en las regiones nevadas, una especie de trineo hecho de cuernos y provisto de anchas cuchillas o arrastraderas. Un día descubrieron que el vehículo podía flotar y ésta fue la primera almadía, de la que se originaron los barcos.

Por las fechas mencionadas, los hombres que cazaban y recogían plantas salvajes se convirtieron en verdaderos labradores y ganaderos. La Naturaleza, hasta entonces tan caprichosa y rebelde, e incluso peligrosa, tuvo, finalmente, que someterse al yugo del hombre.

El fuerte uro, al ser cruzado con otras razas de bóvidos del Próximo Oriente,, se convirtió en el pacifico buey, y el musmón ágil en mansa oveja. Los agricultores de la Edad neolítica sacaron sus especies de trigo de gramíneas silvestres; con la fibra de ciertas plantas confeccionaban, ayudados por el huso de la mano y el tosco telar, sus vestidos...

Repentinamente aparecieron, antes de empezar la Edad del Bronce, plantas de cultivo y animales domésticos en todas partes de Europa. ¿De donde venían? Muchas plantas eran extranjeras, de climas más cálidos Todos los indicios hacen suponer que la cultura agrícola se extendió desde el Sur y el Sudeste, por antiquísimas vías comerciales, y fue conquistando, pacíficamente, los bosques las tundras del norte europeo.

El primer labrador quizá fuese un hombre que había reunido muchos granos de hierbas salvajes en su casa; delos que guardó, algunos se le cayeron y sin saber cómo fueron a parar al suelo, a la tierra que circundaba la choza, donde germinaron. Entonces el hombre se dio cuenta de que los granos se podían sembrar, y empezó a plantar hierbas sistemáticamente. Y, como tuvo éxito, otros compañeros de tribu siguieron su ejemplo.

Los cambios en la Edad neolítica dieron un impulso decisivo a la civilización. La humanidad necesitó miles de años para pasar del empleo del garrote a la invención de la primera máquina, el arco. El Levante español parece haber sido uno de los focos principales de invención y difusión.

Sin embargo, es la rueda la invención más grande, la más importante y la más llena de consecuencias que jamás se hizo. Ni antes, ni después, tuvo ningún invento tanta influencia sobre la evolución humana como este producto de su genio. Señala   el principio del avance triunfal del Homo sapiens

La rueda, en realidad, constituye la primera enmienda seria del hombre a la Naturaleza, porque en ella no existía. Los complicados mecanismos, maravillas de la naturaleza, que forman el cuerpo humano,por ejemplo, ignoran la rueda.

Se desconoce exactamente cuándo fue "inventada" o usada la rueda por vez primera. Sólo ha podido deducirse que viene precedida, en la prehistoria, por el deslizamiento sobre dos guías o patines y después sobre algunos troncos.

La más antigua representación de la rueda aparece en un bajorrelieve de hace unos seis mil años hallados en la ciudad de Ur (Caldea), la capital sumeria sobre el Éufrates. Esta imagen representa un carro de guerra de dos ejes con ruedas de madera formadas por tres sectores probablemente unidos por medio de tendones de animales, que giran alrededor de un eje fijo.

Con el comienzo de la citada etapa de la Humanidad termina la prehistoria y empieza la Historia misma. Ha finalizado la fascinante y enigmática novela prehistórica, y ahora principia la dramática y sugestiva tarea arqueológica de hurgar en el insondable abismo de los primeros pueblos civilizados.

A su cultura corresponde la importancia de haber sido cronológicamente los primeros motores del mundo.

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Comentario por Juan Antonio Cerpa Niño el marzo 28, 2013 a las 3:00pm

Gracias por vuestros comentarios. Dan ánimo para seguir trabajando.

Un afectuoso saludo.

Comentario por SONIA BARJA el marzo 28, 2013 a las 1:52pm

Estoy de acuerdo contigo Aníbal,Juan Cerpa es un genio..

Comentario por Aníbal Clemente Cristóbal el marzo 28, 2013 a las 1:29pm

Un artículo fascinante amigo Juan Antonio.

He investigado mucho sobre la Evolución Humana y me encanta!. Te encuentras con información y detalles que hacen que cada día más uno se interese de donde procede el ser humano y por qué hacemos lo que hacemos.

Excelente referencia compañero!

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