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Comentario por xavier velasco rovira el agosto 13, 2012 a las 12:36pm

La Historia, incluido su período más largo, la Prehistoria, es un enorme conjunto de acontecimientos de todo tipo. Una de las mayores dificultades con que nos encontramos al intentar estudiarla es precisamente averiguar la mentalidad de sus protagonistas. La Historia no es o blanca o negra, sino que abarca un amplísimo abanico de colores y matices. Esa es nuestra tarea, intentar responder de la manera más científica posible un sinfín de preguntas que nos plantea la Historia. Ardua pero apasionante tarea. ¡Salud!.

Comentario por Ann O´Nime el agosto 12, 2012 a las 9:31pm

La pavorosa imagen que se suele dar de la Eda Media es bastante exagerada. Si bien habia momentos y lugares donde se pasaba realmente mal, no responde ni a todo el periodo ni a todos los lugares. En realidad se impone una revision bastante mas halagüeña de la terrible imagen que tenemos de esa  -esas- epocas. Hay bastantes mas luces que sombras en ella, mas alegria que mortandad.

En gran medida parece que esa imagen terrible del medievo nos llega principalmente de los ilustrados del XVIII y XIX, que ya estaba planificando cambios sociales muy importantes que exigian demonizar al rural, ponerlo como lo peor, para a continuación, y casi como por obligación moral, ir a "salvarlos".

La respuesta del rural ante sus "salvadores" fue sorprendente.

Sobre la Peste existe una teoria que viene a decir que la Peste no es ni mas ni menos que una caida de las defensas, la inmunologia, fruto de una desmoralizacion social y perdida del deseo de vivir debido a cambios sociales profundos precedentes, que habian destruido formas de civilizacion ancestrales, dejando a muchisima poblacion en un estado de postracion o desesperanza que le hizo proclives a las enfermedades. Hay quien esta investigando en esto.

Comentario por xavier velasco rovira el agosto 9, 2012 a las 6:30pm

La Peste Negra

En el año 1348 una misteriosa enfermedad se abatió sobre Europa. Como si de un azote bíblico se tratara, penetró en todos los estados cubriéndolos con un manto de muerte. Destruyó familias, arruinó ciudades y campos, asoló regiones enteras y se llevó a la tumba a casi la tercera parte de la población. Se trataba de la Peste Negra. Su irrupción inauguró un ciclo fatal en el que periódicamente hicieron su aparición nuevos brotes entre las aterrorizadas poblaciones y que solo se detuvo en tiempos recientes gracias a los avances logrados por la medicina. En la actualidad, sabemos que esa enfermedad se debe a un bacilo, y que se transmite a través de las pulgas y de los roedores que éstas habitan. Hoy en día conocemos también como eliminarla. Sin embargo, la precaria medicina de la Edad Media encontró en ella un enemigo muy poderoso contra el que nada pudo hacer, pues lo desconocía totalmente. El contagio fué rápido; los sintomas, atroces; el desenlace, fulminante.

Aún y teniendo constancia de otras epidemias en épocas anteriores( durante el reinado de Justiniano, a mediados del siglo VI), la de 1348 fué la única verdaderamente global, pues no respetó ninguna frontera y atacó tanto a humildes como a poderosos.

Dos o tres años fueron suficientes para diezmar Europa y dejarla en una situación crítica. El pánico y la angustia sembrados por la peste originaron un clima apocalíptico, en el cual se dieron actitudes de todo tipo. Los unos se lanzaban a la vida de desenfreno, mientras que los otros se refugiaban en la religión. Aquél era un oscuro mundo de muerte y decadencia, en el cual las largas procesiones de flagelantes parecían anunciar el Juicio Final.

En la historia de la Baja Edad Media, el siglo XIV aparece como el de la gran crisis. Tras el apogeo alcanzado durante el siglo anterior, Europa entra en una decadencia económica tan profunda, que necesitó muchos años para poder recuperarse. Los resultados no puedieron ser más catastróficos, pues a la constante inestabilidad política de los diferentes estados se añadieron otros factores decisivos, como el empeoramiento del clima, las guerras contínuas o las epidemias, que arruinaron aún más a sus poblaciones.

Europa un continente en ebullición

Europa se encontraba dividida en multitud de estados que poseían economías y estructuras sociales distintas, aunque el sistema feudal se hallaba en la base de todas las relaciones y la nobleza detentaba todo el poder político. El Imperio germánico dominaba la práctica totalidad de la Europa Central, pero se encontraba muy fragmentado en varios estados dirigidos por príncipes semi-independientes. Por otra parte, algunos reinos como Inglaterra, Francia, Castilla o Aragón se hallaban en proceso de afirmación “nacional”. En otros lugares como Italia o los Paises Bajos, los estados se estaban transformando an auténticas republicas “burguesas”.

Sin embargo, una de las mayores diferencias era la que se establecía entre las regiones costeras y las del interior. En estas últimas, totalmente ruralizadas, los ingresos se obtenían básicamente de las rentas proporcionadas por la agricultura y la ganadería, y el campesinado vivía subordinado por completo a los intereses de los señores feudales. En las zonas litorales, por el contrario, el mar abría la brillante perspectiva de acceder a los mercados más prósperos y a los productos más cotizados del momento. En torno a los puertos nacieron núcleos de gran dinamismo, con grupos de comerciantes emprendedores.

En el norte de Europa. La Hansa germánica, auténtica liga de ciudades portuarias del Mar Báltico y del Mar del Norte, monopolizaba el comercio entre el Este-Rúsia, Escandinavia-, de donde conseguían materias primas, y el Oeste-Flandes, Inglaterra, Francia, Castilla, Aragón, Cataluña, etc.- del que obtenían productos manufacturados. De entre todas las ciudades de la Liga Hanseática

destacaba, de manera especial, Brujas. Importantísimo puerto comercial y financiero de Europa, en

ella se daban cita mercaderes de todos los paises y un buen número de banqueros. No obstante, el verdadero centro económico de la época se encontraba en la zona del Mediterráneo, donde competían duramente italianos, catalano-aragoneses, bizantinos y musulmanes. Entre todos ellos, fueron las ciudades italianas las que más destacaron llegando a establecer prósperos dominios coloniales. Así, tanto Génova como Venecia disponían de numerosos enclaves distribuidos a lo largo del Mediterráneo y del Mar Negro que les facilitaban el contacto con las rutas comerciales que se dirigían a China y a la India. Sus barcos aguardaban la llegada de las caravanas y cargaban las mercancías más codiciadas: la seda y las especias. Como consecuencia de tan fructífera actividad, los italianos consiguieron amasar enormes beneficios que fueron invertidos en Europa y en sus ciudades de origen.

Pero esta riqueza era solo aparente. Se encontraba localizada en centros muy determinados, y contrastaba enormente con los claros síntomas de depresión que asomaban por el horizonte.

El siglo XIV ofreció uno de los más largos y devastadores conflictos de la Edad Media:la Guerra de los Cien Años(1337-1453), entre Francia e Inglaterra. Esta guerra llegó a arruinar al país galo. Pero Francia no fue el único reino que presenció el efectó devastador de la guerra. Raro era el país que por aquel entonces no se encontraba envuelto en alguna guerra.

Los contínuos conflictos bélicos provocaron un clima de inseguridad generalizada, que contribuyó a hacer descender la productividad. En el campo la situación era desesperante. La pujante expansión agraria de los siglos anteriores se había paralizado. El evidente deterioro de la producción agrícola, junto a las guerras endémicas y la excesiva presión de los señores feudales, produjo asimismo el abandono de zonas enteras, que quedaron totalmente despobladas.

De todas maneras, la causa más evidente de la crisis agraria fueron las adversas condiciones climáticas que sufrieron las gentes del siglo XIV, y que sumieron a toda Europa en una fase de intenso frío. Esta acusada ola invernal, que perduró hasta bien entrado el siglo XVIII, es conocida como pequeña “Edad Glaciar” y trajo consigo cambios de considerable envergadura. Así, el Mar Báltico se heló en los años 1303 y 1307, hecho que sucedió también con muchos ríos. En numerosas regiones la nieve y las heladas se convirtieron en las protagonistas indiscutibles de la vida cotidiana. Se produjo hambre y miseria generalizada en la población de la época.

Al cúmulo de desgracias descrito, hay que añadir las deficientes condiciones de vida de la población medieval. La posibilidad de alcanzar edades avanzadas constituía un raro privilegio al que muy pocos llegaban, pues normalmente los individuos no lograban sobrepasar los 30 años.

Como dice el historiador J.C. Russell: “ Las grandes casas solariegas -a menudo llenas de gente y en ínfimas condiciones sanitarias- no resultaban mucho mejores que las cabañas de los campesinos: por otra parte, la dieta de las clases altas(mucha carne y mucho vino) no era mucho más sana que la de los labriegos(vegetales, cerveza o vino flojo)”.

Pero, sin lugar a dudas, era la mujer la que llevaba la peor parte y la que padecía más los zarpazos de la muerte. Uno de los momentos más delicados de su existencia era el del parto, pues al carecer de las condiciones sanitarias más elementales quedaba expuesta a múltiples complicaciones y contagios. A todo esto, se añadían además las durísimas condiciones de trabajo a que se veía sometida en el campo.

De pronto, la peste irrumpió en aquel mundo de contrastes y desplegó sobre todas sus gentes y países un reguero de muerte. La trágica epidemia asoló con fuerza todos los reinos y los sumió en la ruina y la decadencia. Inglaterra perdió el 25% de su población; Escocia, un 30% y Alemania y Francia, casi un 50%. El impacto que causó la terrible epidemia fue verdaderamente sobrecogedor. Muchas ciudades observaron impotentes como sus habitantes disminuían drásticamente.

Unos síntomas espeluznantes.

Normalmente, el enfermo que sufría el contagio no era consciente de su dramática situación hasta varios dias después. Durante ese tiempo, que oscilaba entre los tres y los cinco días, incubaba el bacilo y el mal iba extendiendo sus mortíferos efectos por todo el organismo. Los primeros síntomas resultaban engañosos, pues la fiebre y los escalofríos que sufría el apestado podían ser facilmente confundidos con los de cualquier otra enfermedad. Sin embargo, al cabo de cierto tiempo el malestar general dejaba paso a una profunda angustia y ansiedad. La fiebre, entonces continuaba en aumento y se acompañaba de mareos vértigo y vómitos. El paciente perdía a menudo el conocimiento, vivía en un permanente estado de postración, y le asomaban contínuos sudores que desprendían un hedor muy penetrante. La pobre víctima se mostraba continuamente sedienta y la ingestión de grandes cantidades de líquido le provocaba frecuentes diarreas. Los permanentes dolores de cabeza, la sensación de asfixia y la lengua pastosa y blanquecina, junto a los abundantes temblores que sufría, le daban al enfermo todo el aspecto de una persona ebria. Al no tener ya suficientes fuerzas, no podía controlar sus movimientos y perdía el equilibrio con mucha frecuencia. A continuación, el enfermo entraba en una fase aún más dolorosa, espléndidamente descrita por Giovanni Boccaccio en el Decameron, al comentar, en sus páginas iniciales la peste que afectó a la ciudad de Florencia:

La peste no se manifestó como en Oriente, donde una hemorragia por la nariz era signo evidente de una muerte inevitable: aquí, al principio, aparecieron hinchazones en las ingles o bajo las axilas de las personas de ambos sexos, algunas crecían hasta alcanzar el tamaño de una manzana ordinaria y otras de un huevo, unas más y otras menos, y el vulgo las llamaba bubones. En breve tiempo el mencionado bubón mortífero empezó a aparecer y a crecer en otras partes del cuerpo distintas de las dos antes dichas, y después de eso la enfermedad comenzó a mudarse en manchas negras o cárdenas que brotaban en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, unas grandes y espaciadas, y otras diminutas y abundantes. Y de la misma manera que el bubón había sido primeramente y aún era indicio certísimo de muerte futura, así eran estas a quienes les sobrevenían “.

A la Peste Negra también se la llamó Peste Bubónica, debido a los bubones que ésta provocaba. La palabra bubón procede del griego, y significa bulto, tumor. Si debido a la progresiva inflamación los bubones se rompían, el dolor del paciente era indescriptible. De ahí que uno de los primeros remedios ensayados por los médicos medievales consistiera en abrir el bubón con un bisturí, pero el remedio resultaba tan dañino como la misma enfermedad, pues podían lesionarse gravemente los vasos linfáticos. Esta modalidad de la peste no resultaba contagiosa directamente, de persona a persona, y requería unas circunstancias favorables para extenderse. Numerosos testigos presenciales de la epidemia se habían percatado que ésta se producía preferentemente en verano, o bien en temporadas en las que hacía un calor inhabitual para la época, y sobre todo en zonas bajas donde reinaba la humedad. El médico andalusí Ibn Jatima, uno de los más brillantes de su época, comentó a propósito del brote que se produjo en Almería que allí había persistido el clima húmedo y caluroso durante la mayor parte del verano y del otoño, y que la proximidad del mar, que proporcionaba mayor humedad que en otros lugares, era un incoveniente fatal.

Desgraciadamente, los meses cálidos no eran los únicos en los que se podía manifestar la epidemia. Las estaciones frías originaban otra modalidad de la misma, conocida como peste pulmonar o neumónica. El cuadro clínico de esta variedad, que se contraía al pasar el bacilo a la sangre y por ella a los pulmones, era casi idéntico al de la peste bubónica, pero el contagio se efectuaba ahora de manera directa, por la simple inhalación del aire. La nueva modalidad, por tanto, resultaba mucho más peligrosa. Mientras la peste bubónica se llevó a la tumba entre el 40 y el 70% de los afectados, la pulmonar alcanzó casi al 90%.

La sangría era uno de los remedios más antiguos que se conocían. El sangrador, que era como se llamaba al que realizaba la sangría, no requería ser una persona especializada. Podía practicarla tanto un cirujano, como un médico, un barbero o curandero. En la operación podía extraerse hasta medio litro de sangre, por lo que el enfermo alcanzaba un estado de ingravidez y de tranquilidad que se consideraba como beneficioso.

El tratamiento de la epidemia en los hospitales fue, hasta cierto punto, excepcional, pues lo más frecuente consistía en la asistencia domiciliaria del galeno, pues apenas si habían instalaciones.Por otra parte, los pocos hospitales existentes, apenas si disponían de cirujanos, y en muchas ocasiones eran simples barberos los que atendían a los enfermos.

Otra tercera modalidad de la peste, y ésta mucho más terrorífica, vino a sumarse a las anteriores. Se trataba de la denominada peste septicémica. Consistía en realidad en una complicación generalizada por todo el cuerpo, originando una gran postración y estado de shock, que concluía con la muerte del paciente en pocos días en medio de grandes delirios. Debido a múltiples hemorragias, la piel del enfermo se cubría de grandes placas oscuras, cuyo color negro azulado popularizó el nombre de “muerte negra” o “peste negra”.

¿Qué sabían de la peste los hombres medievales?

Demasiados interrogantes para un época en la que el desarrollo de la ciencia era aún muy escaso, en que no solo se desconocían los principios más elementales del contagio y de la transmisión de enfermedades, sino que incluso se ignoraba la importancia de la higiene en esta materia.

La miseria y las guerras abundaban por toda Europa, el poco valor que llego a tenr la vida hizo que un sector considerable de la sociedad se inclinara por explicaciones de tipo religioso. Las gentes pensaron que el motivo de sus desgracias se debía a una terrible decisión divina que utilizaba la peste como castigo contra las iniquidades de las personas.

El pánico colectivo que se adueño de la gente, la sensación de impotencia frente a una enfermedad que se consideraba incurable, así como el interés de la Iglesia por atraer a unos fieles descarriados, explica que las primeras medidas aconsejadas, y seguidas en todos los países, consistieran en “hacer procesiones y limosnas en honor de Dios”. Por otra parte, los multitudinarios actos religiosos facilitaron en muchas ocasiones el contagio de la enfermedad.

Otros, sin embargo, pensaron que la causa de la epidemia radicaba en la influencia de los astros y la achacaban a la conjunción de determinados planetas, Júpiter, Marte y Saturno, o bien al efecto perniciosos de los eclipses. Había también quién culpabilizaba a los extranjeros o viajeros que recorrían la región, o a los judíos.

Una de las explicaciones más usadas por la rudimentaria medicina de la época, afirmaba: “Las enfermedades que ahora hay vienen y proceden de la superabundancia de sangre...” La extracción de esta “sangre mala” se convirtió en una obsesión del hombre medieval. Dichas extracciones se utilizaban dos medios: el primero consistía en abrir la vena con un bisturí; el segundo en la aplicación de sanguijuelas en la zona afectada. Durante la succión de sangre, una sanguijuela puede aumentar hasta en ocho veces su propio peso.

Durante la peste surgió otro aspecto no menos trágico: la falta de espacio para enterrar a los muertos. Amplios sectores eran partidarios de la incineración, pero la Iglesia impuso desde un buen principio el veto contra tal práctica. Tuvieron que crearse nuevos cementerios.

En algunas ciudades, como por ejemplo en París, en el año de 1350 las autoridades recomendaron a la población que se abstuviera de pasear piaras de cerdos por el centro de la villa. De la misma forma, otros núcleos importantes tomaron medidas sobre alcantarillado, pavimentación de calles, iluminación y un timido servicio de recogida de basuras.

Para prevenir el contagio epidémico existía también otro grupo de sugerencias, que nos permiten calibrar una época singular repleta de condicionamientos y prejuicios. Tal es el caso de aquella receta que decía: “Bañarse es cosa muy dañosa, pues el baño hace abrir las porosidades del cuerpo por las cuales el aire comprimido entra y produce fuerte impresión en nuestro cuerpo o en nuestros humores”. La importancia de la peste hizo que mucha gente se volcara en la utilización de rcursos y remedios populares que habían demostrado su efectividad para prevenir otras enfermedades. Cualquier sugerencia, por rara que pareciese, era aceptada. Las había incluso de tipo mágico, que eran muy abundantes y gozaron de una difusión extraordinaria, como cabe suponer en una población muy supersticiosa e ignorante.

Otro de los recursos utilizados era la retirada al campo, aunque esto solo estaba al alcance de unos pocos privilegiados. Así lo sugeria Boccaccio en su libro el Decamerón: “Yo juzgaría excelente que, en nuestras condiciones, saliéramos de este lugar igual que muchos han hecho y hacen; y, huyendo como de la muerte de los deshonestos ejemplos ajenos, fuéramos a establecernos honestamente en nuestras posesiones de la comarca, que con fiestas, alegrías y placeres(...) Allí además, el aire es más fresco, hay mayor abundancia de las cosas necesarias para la vida en estos tiempos, y es menor el número de molestias; y aunque también allí mueran los campesinos igual que aquí los ciudadanos, el desagrado es menor, pues escasean las casas y los habitantes” “.

Y allí, en una casa de campo, es donde se sitúa precisamente la acción de su obra. Para romper la monotonía sus protagonistas se entretendrán relatando historias durante los días de aislamiento. Huida y aislamiento: los dos recursos más utilizados para evitar la enfermedad.

La peste negra no solo limitó sus efectos a sembrar y difundir una gran mortandad entre las aterorizadas gentes, sino que removió los sentimientos mas ocultos del ser humano y los proyectó violentamente al exterior. Su impacto provocó reacciones verdaderamente excepcionales que, en muchos casos desemnbocaron en una histeria colectiva alcanzando proporciones desmesuradas. Sus consecuencias fueron tan profundas que resulta imposible comprender muchos fenómenos posteriores sin tenerla presente.

Las dramáticas consecuencias de la primera epidemia, pues a partir de entonces aparecieron periódicamente nuevos brotes, se dejaron sentir muchos años y marcaron de forma indeleble los comportamientos humanos de varias generaciones.

Las ciudades quedaron semidesiertas y la vigilancia se relajó notablemente. Muchas de las normas más elementales de convivencia se ignoraron por completo. El robo y el saqueo de los bienes de los fallecidos o de los que huían abandonando sus pertenencias, cobro triste actualidad. Las autoridades se vieron impotentes para controlar de manera efectiva toda la ciudad. En su mayor parte, estos hogares abandonados pertenecían a personas acomodadas que disponían de medios para huir al campo. Como agravante de esta espantosa situación, de vez en cuando, se lanzaban sobre la población bandas de mercenarios desocupados que saqueaban el territorio y lo sometían al pillaje. Esta situación de impunidad trajo consigo consecuencias aún, si cabe, más dramáticas, pues los saqueadores aumentan la desgracia y contribuyen a propagar la epidemia.

El acoso de la peste trajo consigo otra dramática consecuencia: ante la sensación de impotencia frente a aquel castigo divino y la consiguiente falta de perspectivas, grandes sectores de la población cayeron en un lamentable estado de desinterés y apatía. Tampoco resulta extraño que la viva angustia originada por la peste condujera a situaciones tan extremas como la locura o el suicidio.

En una población analfabeta, cerrada al mundo exterior por la dificultad de las comunicaciones, el sacerdote se erigía como el único intérprete de los problemas de la comunidad. De esta forma, sus opiniones acerca de la medicina, los remedios para combatir la epidemia y el grado de responsabilidad de los judios en la propagación de la peste, se convertían en ordenes.

En este exaltado clima de sobrecogimiento y terror no solamente influyeron las numerosas muertes, sino también el tono apocalíptico de las predicaciones de los clérigos. Desde sus púlpitos anunciaban todo tipo de calamidades, que iban desde la llegada del fin del mundo hasta una nueva repetición de las plagas bíblicas que asolaron el Egipto de los faraones.

Tras la peste, muchas ciudades acabaron enfrentadas entre sí, unas veces azuzadas por las predicaciones, en otros casos porque la caótica situación removió problemas y tensiones latentes durante mucho tiempo. En no pocas ocasiones, las tensiones vinieron de la mano del nuevo reajuste de la riqueza, especialmente cuando se hizo necesario tomar difíciles resoluciones sobre bienes abandonados o con un destinatario poco definido.

El control político de las villas también ocasionó fuertes disputas, pues la elevada mortansdad había hecho desaparecer en toda Europa buen número de cargos municipales, señoriales o incluso reales, situación que fue aprovechada por muchos nobles para mejorar sus posiciones y adquirir más poder.

Sin embargo, fue la población judía la principal destinataria de las iras populares; y la Iglesia la instigadora, al menos en parte, del odio que se suscitó. Señalados desde el púlpito como propagadores de la peste, los judíos vivieron en aquella época uno de los momentos más críticos de su azarosa historia, no solo por las furiosas persecuciones de que fueron objeto, sino también por la exaltada ola de racismo que sacudió a Europa. Marcados ya desde sus orígenes con el imborrable estigma de constituir un “pueblo maldito”, los hebreos llevaban sobre sus espaldas la acusación de haber sido los culpables de la muerte de Cristo. Su trayectoria histórica, había sido un rosario de dificultades sin fin. Dado que al judío apenas se le consentía el acceso a la propiedad de la tierra, no le quedó otra opción que especializarse en actividades despreciadas por los cristianos: comercio,

préstamos a interés, artesanía de precisión-joyería, platería-, ciencias y medicina, a los que cabría añadir la recaudación de impuestos al servicio de las clases dominantes. Estas orientaciones a actividades terciarias les acarreó no pocas dificultades. La sociedad cristiana les acusó repetidamente de ir en contra de la religión y sus preceptos, pero lo cierto es que todos los sectores, desde los reyes hasta los campesinos, recurrían a sus servicios.

La ola de racismo desatada entre la población cristiana obligó a los judíos a distinguirse del resto de los mortales y a vivir con el temor permanente del progrom(matanazas de judíos), hecho frecuente durante la peste. No solo debían habitar barrios exclusivos, sino que tenían la obligación de vestir un traje reglamentario exigido por las autoridades.

A partir de 1348, una ola de desconcierto recorrió Europa entera, transformando radicalmente la personalidad de sus habitantes y su concepción de la vida y de la muerte. El continente sufrió un descenso radical de la población, y todos los oficios y actividades quedaron alterados durante décadas. Su influencia, junto a los nuevos brotes que surgieron después, tardó mucho en desaparecer.

Resulta difícil calcular con certeza el número de muertes causadas por esta terrible y cruel epidemia. Algunos autores afirman que de los 75 millones de habitantes que había en Europa antes de la peste, se redujeron a unos 50. Otros investigadores amplian la cifra de pérdidas humanas, al margen de estas divergencias en las cifras, si parece haber un acuerdo generalizado en que los afectados por la peste se acercaron si no superaron el 25% del total de la población. La Peste Negra fue el primero de los grandes desastres que sufrió la población de la Baja Edad Media. Los sucesivos brotes que van apareciendo de forma períodica se unen entonces a las guerras, el hambre y la crisis global. Todo ello acabará por romper el delicado equilibrio social.

Relajación de costumbres.

Las actitudes y los modos de conducta de la sociedad, al igual que sus creencias sufrieron grandes transformaciones. La idea de la brevedad de la vida animó a muchos a agotar su existencia hasta las últimas consecuencias. El sexo, el placer por las exquisiteces de la gastronomía y el disfrute de los bienes materiales se situaron en el punto de mira de muchas personas.

En este contexto, no resulta difícil imaginar como la prostitución y las relaciones extraconyugales se extendieron rápidamente tras la visita de la peste. Esta relajación de costumbres afectó también al clero, que inició una vida alejada de cualquier moral y disciplina. Durante la epidemia el comportamiento de muchos sacerdotes rayó el escándalo más absoluto y buena parte de ellos no supo estar a la altura que las circunstancias exigían. El miedo a un posible contagio impulsó a muchos, salvo honrosas excepciones, a abandonar sus parroquias y huir de las ciudades, dejando desasistidos a sus fieles ante la muerte, en una acto de gran cobardía. Los enfermos fallecían sin ningún tipo de socorro espiritual, lo cual provocaba la angustia y desesperación de sus familiares. Cuando la Peste Negra dió las primeras muestras de retroceso, arreció aún más el descontento de las gentes contra las actitudes del clero. La falta de autoridad moral por parte del Papado fué uno de los síntomas más claros del evidente clima de degradación moral que vivió la cristiandad.

Si una parte del pueblo se había lanzado de lleno por la vía del desenfreno otra, en cambio, encontró un refugio consolador en la religión y en el pesimismo. Una ola de pietismo y de espiritualidad recorrió toda Europa. La vida piadosa se extendió de diversas maneras: mayor asistencia a los actos religiosos, vida austera o recatada, rechazo de los hábitos perniciosos, como la bebida y el juego, rigidez en las relaciones amorosas y sexuales y, por útimo, un sensible aumento de las vocaciones.

Existen innumerables testimonios de personas enfermas, sanas, arrepentidas o sin línea sucesoria, que donaron todos sus bienes a alguna iglesia, monasterio u hospital con la firme esperanza de conseguir el perdón de Dios. Esta actitud piadosa acabó fortaleciendo la posición de la institución eclesiástica. El incremento de la vida piadosa produjo un impulso considerable a la devoción por los santos, sobre todo por aquellos que habían demostrado mayor resistencia al sufrimiento. La figura de San Roque se impondrá a partir del siglo XV, convirtiéndose en patrón de los apestados.

El movimiento de los flagelantes.

Casi al mismo tiempo que la epidemia arrasaba Europa, miles de personas se lanzaron a los campos y a las ciudades invocando la clemencia divina y flagelándose en un acto de humildad y humillación. Este movimiento contó con el apoyo popular, pero con los recelos de la Iglesia.

Flagelantes, grabado del siglo XV

La autoflagelación pretendía expiar los pecados de la comunidad. Como forma de penitencia era muy anterior a la peste, pero nunca había tenido el auge que consiguió gracias a la plaga.

Organizados en grupos de doscientos o trescientos, y en ocasiones más, iban de ciudad en ciudad, desnudos hasta la cintura, azotándose con látigos de cuero que acababan en puas de hierro. Mientras

gritaban pidiendo perdón a Dios y piedad a Cristo y a la Virgen, las gentes de las ciudades lloraban y se lamentaban con ellos. Estos grupos hacían funciones regulares tres veces al día, dos en público y en la plaza de la iglesia y otra en privado. Organizados bajo el mando de un maestro laico durante un período de tiempo determinado. A los participantes se les exigía obediencia al maestro y mantenerse así mismos mediante el pago de una cantidad de dinero fijada de antemano.

Tenían prohibido bañarse, afeitarse, cambiarse de ropa, dormir en camas y hablar o tener relaciones sexuales con mujeres sin el permiso del maestro. Esto último, a menudo se incumplía. Las mujeres acompañaban a los grupos en secciones separadas, a la retaguardia. Este movimiento tenía un importante componente anticlerical, puesto que los flagelantes estaban usurpando el papel de los sacerdotes como intermediarios con la justicia divina. Extendiéndose a través de los estados alemanes, esta nueva plaga avanzó hacia Flandes, Los Paises Bajos, llegando hasta Reims. Centenares de grupos vagaban por estas tierras, recorriendo nuevas ciudades. Los habitantes los recibían con reverencia, doblando las campanas de las iglesias y les ofrecían alojamiento en sus casas. Les llevaban a los niños pequeños para que les curasen, empapaban paños con la sangre de los flagelantes que después se aplicaban en los ojos y que conservaban como reliquias. Muy pronto los flagelantes marcharon tras magníficas enseñas bordadas en terciopelo y oro por mujeres entusiastas.

Se mostraron abiertamente antagónicos con la Iglesia. Los maestros asumieron el derecho de oir confesión, y a conceder la absolución e imponer penitencia, lo cual amenazaba la autoridad eclesiástica. Los sacerdotes que se oponían a ellos eran lapidados y se incitaba al pueblo a que participara en estas lapidaciones. Comenzaron a ser temidos como una fuente revolucionaria y una amenaza para los propietarios, tanto laicos como religiosos. El Emperador Carlos IV(1316-1378) pidió al Papa que suprimiese a los flagelantes, y a ello se sumo la Universidad de París. Sin embargo, varios cardenales se oponían a que se tomasen medidas contra ellos, tal vez porque no tenían claro si ese nuevo movimiento tenía o no el respaldo divino. Mientras tanto los flagelantes habían encontrado una nueva víctima: los judíos.

En cada ciudad donde entraban se dirigían al barrio judío seguidos por el pueblo clamado venganza contra “los envenedadores de pozos”. Son muchos lo ejemplos sobre persecuciones y asesinatos de judíos. Un pequeño ejemplo: “ En Worms(actual Alemania), en marzo de 1349, la comunidad judía, compuesta por unas cuatrocientas personas, volvió a una antigua tradición quemándose dentro de sus hogares, antes que ser muertos por sus enemigos. La Iglesia se decidió a asumir el riesgo de actuar contra los flagelantes. Los magistrados ordenaron que se les cerrasen las puertas de las ciudades. Clemente VI, en una bula de octubre de 1349, pedía que se les dispersase o detuviese; la Universidad de París negó su pretensión de inspiración divina y Felipe VI rápidamente prohibió la flagelación en público bajo pena de muerte. Ls autoridades locales persiguieron a “los maestros del error” atrapándolos, colgándolos y decapitándolos. Los Lflagelantes se desbandaron y huyeron.

LA DANZA DE LA MUERTE

La muerte, una nueva compañera de viaje.

El dolor, la agonía y el tránsito hacia la otra vida constituyen el eje en torno al cual se estructuran los nuevos valores que aparecieron en la Europa del siglo XIV. Hasta entonces, el cristianismo no había concedido una importancia prioritaria a la idea de la muerte, a la que solo consideraba como el fin de la vida terrenal y el principio de la vida eterna. Por tanto, se entendía como un acontecimiento feliz desprovisto de connotaciones negativas. Dado que el cuerpo era tan solo el

vehículo del alma, su valor resultaba intrascendente, ya que apenas modificaba el destino final.

La crisis generalizada del siglo y, muy en especial, el horror y el dolor que produjo la llegada de la Peste Negra, trastocó enteramente estos principios. La brevedad de la vida y la preparación para la muerte se convirtieron en dos verdaderas obsesiones. La Muerte se escribía ya con mayúsculas. Tras la peste, la Muerte entra de lleno en la iconografía medieval. Hacia el año 1500 se difunde por Europa un nuevo motivo artístico y literario: la Danza de la Muerte. Probablemente de origen francés o germánico. En la representación de la Danza, y ordenados en jerarquías descendentes,aparecen los miembros de cada estatus. Cada uno de ellos se encuentra con un muerto y cada pareja, a su vez, representa un cadáver apoderándose de un individuo vivo

Las Danzas de la Muerte constituyen un género característico del final de la Edad Media y el principio del Renacimiento. Se relacionan con muchos territorios literarios, y participan de variados tipos de arte, como la pintura, la escultura, el teatro, la danza , la música y la literatura.

LA DANZA DE LA MUERTE

Podemos distinguir temas pertenecientes al folklore europeo y gran cantidad de fenómenos históricos y culturales. El estudio de su origen, su desarrollo y transmisión, plantea problemas debido a la poca documentación que nos ha llegado: como también por la gran variedad de posiciones encontradas que ofrecen los investigadores. Se gestan en apenas cincuenta años, y llegan a ser un fenómeno cultural en toda Europa en la última etapa de la Edad Media.

Simbolizan la finitud de la vida, el último arrepentimiento y la postrera ilusión, cargadas de un mensaje moral, una ironía estremecedora y una denuncia social del mundo en que nacieron.

Las Danzas de la Muerte se caracterizan por presentar a la Muerte como personaje central que debe “dialogar”con una serie de personajes que representan las distintas clases sociales. La Muerte nombra a su interlocutor por su oficio, cargo o condición y lo convoca a su danza fatal. Éste responde a su llamada por medio de la súplica, el lamento o la confesión de sus pecados. Por último la muerte dictamina su sentencia. Esta secuencia se repite constantemente hasta el final de la obra, lo que determina la estructura en espiral de la misma.

El renacer del mundo urbano.

Las ciudades, que habían padecido de forma más cruel el embate de la peste, obtuvieron al cabo cierto beneficio de la mortandad.; disminuyó el agobio demográfico se aligeró en los supervivientes, y el rejuvenecimiento de sus poblaciones, incrementadas por el continuo flujo de campesinos que huían del hambre y de las malas cosechas. Estos forasteros, desarraigados e indefensos, fueron recibidos con hostilidad por la población urbana. Marginados de la vida política pasaban a convertirse sin remedio en ciudadanos de segunda categoría.

Al margen de esos graves problemas, en esos años se produjo un aumento sensible del nivel de vida, la demanda laboral favoreció en gran medida a la disminución de la pobreza.

Orígenes desvelados.

Hoy sabemos que la peste consiste en una enfermedad de tipo infeccioso producida por un bacilo, concretamente el Pasteurella pestis, también llamado bacilo de Yersis por ser este microbiólogo suizo quien lograra descubrirlo durante el brote epidémico que se extendió sobre Hong-Kong en el año 1894; hallazgo al que también llegó el japonés Kitasato simultáneamente. El descubrimiento del bacilo y sus agentes transmisores, supuso un paso decisivo para el control de la terrible plaga.

Parece que está comunmente aceptado que la epidemia siguió el curso de las caravanas que recorrían el Asia Central en dirección al Mar Negro. El origen podríamos localizarlo en el sureste de China, en la región de Yunnan, de donde los mogoles la importaron hacia 1253. Aproximádamente entre 1338-39 hizo su aparición en las proximidades del lago Issik-kul en Rusia. A partir de aquí y acompañando probablemente a los ejercitos, la peste comenzó a moverse con enorme rapidez. Entre 1346-47, estaba ya en Crimea, entrando en contacto con los circuitos económicos controlados por los genoveses e irrumpiendo bruscamente en el area mediterránea.

Los puertos se convirtieron en el lugar idóneo para la propagación de la epidemia. Las mercancias provinientes de mercados lejanos, el movimiento constante de gentes, la humedad y la suciedad son requisitos ideales para vida y propagación de las ratas.

El inicio del siglo XIV vino marcado por la huella profunda de una gran crisis en todos los terrenos. El hambre y las guerras eran las compañeras cotidianas de esas pobres gentes, a las que vino a sumárseles la pavorosa Muerte Negra.

Bibliografia

La Peste Negra. Biblioteca Básica de Historia, Monografias. Angel BLANCO; 1998,de la edición española. Grupo Anaya S.A., Josefa Valcárcel 27, 28027 Madrid.

Páginas web consultadas

http://www.salvador.edu.ar/gramma/1/ua1-7-gramma-01-01-18.htm

http://jfgerio.fortunecity.com/flagelantes.htm

Comentario por Ann O´Nime el agosto 7, 2012 a las 10:35pm

No es posible postearlo, o sea, pegarlo, publicarlo aqui?

Comentario por Ann O´Nime el agosto 7, 2012 a las 10:25pm

no podrian usar un archivo doc? Open funciona fatal en mi ordenata.  y lo desinstalé.

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