REHA

Red Española de Historia y Arqueología

Probablemente ningún hombre en la historia de la humanidad encarne con tanta fuerza el prototipo de conquistador universal como Alejandro Magno, del que ya he hablado en estas nuestras páginas en otra ocasión. Con toda certeza ninguno como él ha visto tan dilatada su fama y su leyenda por los pueblos de Europa, África y Asia. Sólo en su relación discipular con Aristóteles se han contabilizado más de 80 versiones en 24 lenguas. Es sabido que nadie en la Antigüedad ha concitado juicios tan encontrados y numerosos como el hijo de Filipo. La bibliografía sobre Alejandro se cuanta ya por centenares de títulos, y en ella han dejado constancia de su interés historiadores de todos los calibres.

Con el paso del tiempo el rey de los macedonios se fue convirtiendo en un auténtico símbolo universal, o si se quiere, en un espejo de las modas cambiantes de pensamientos e interpretación histórica, y de ahí que, como ha escrito uno de sus mejores biógrafos, U. Wilcken, cada investigador tiene a su propio Alejandro.

Entre sus coetáneos, empezando por los griegos, su persona fue odiada o respetada, aunque pocas veces comprendida. Entre los macedonios prevaleció la admiración primaria al caudillo invicto sobre la adhesión al hombre de Estado, ecuménico y abierto. Para los diadocos (sus propios generales) y los generales y emperadores romanos, como Pompeyo, César, Augusto, Trajano, Juliano, etcétera, fue el modelo por antonomasia, como príncipe y guerrero, y con ellos se inicia la siempre renaciente imitatio Alexandri. En la Edad Media, Alejandro se presentó, ora como espejo de caballeros (Francia), ora como reverso de las virtudes cristianas (Alemania), no faltando incluso una violenta antipatía en la corriente clasicista representada por Petrarca, que vió en él la antítesis de su ideal de aequanimitas estoica.

En España hubo una tradición admirativa que, no sin disonancias, pasa por el Libro de Aleixandre, la General Estoria de Alfonso X el Sabio, la obra poética del Marqués de Santillana, y llega hasta los Reyes Católicos. Todavía en las monarquías de Carlos XII de Suecia y Napoleón repercute la emulación del macedonio en las gestas y actos de gobierno.

Nadie que no este cegado por sus prejuicios o su cortedad de miras puede dejar de sentirse impresionado por la obra sobrehumana de Alejandro. Su corto reinado, apenas trece años (326-323), rompió todos los moldes de la época, todas las referencias anteriores, todas las categorías disponibles para representarse la realidad de los hechos. A su lado palidecen la expedición de Jasón y los Argonautas a la lejana Cólquide en pos del vellocino de oro, la gesta de los aqueos frente a Troya, los viajes de Odiseo, los doce trabajos de Hércules, incluso el fulgor heroico del hijo de Tetis, Aquiles, a quien el macedonio, lector incansable de Homero, tenía por principal modelo.

Con razón, y con más justicia que a Lisandro, Dión de Siracusa y a Filipo, le otorgaron espontáneamente las poleis de Asia Menor honores divinos. Parece como si su muerte prematura, aún sin cumplir 33 años, hubiese sido un castigo de los dioses, envidiosos de su suerte y resueltos a cortar las alas de quien tanto se había querido acercar al Olimpo. La vieja admonición de la tragedia se cumplía así en el hombre que había de cambiar los destinos de Europa y Asia por varios siglos, abriendo con toda la fuerza de su personalidad la gran puerta a la época helenística (336-330 a.C.). 

El reinado de Alejandro, cuya precocidad había despuntado ya a los 16 años durante una regencia por ausencia de su padre, y a los 18 años conduciendo a la caballería beocia en Queronea, se inició inesperadamente en el 336, cuando Filipo fue asesinado por Pausanidas. Se trató este crimen de una venganza personal, tras la cual algunos investigadores ven también la mano instigadora de su primera mujer, y madre de Alejandro, Olimpiade. Aferrado a su madre, distanciado de su padre, el joven príncipe debió de formar con ambos, según ilustran las fuentes, un perfecto triángulo edípico.

Desde el primer instante se mostró todo el fuego que ardía en el corazón de aquel joven rey, que tenía 20 años al subir al trono. En sólo dos años Alejandro impuso su autoridad en cuantos frentes amenazaba deshacerse la herencia paterna: con la ayuda de Parmenion y Antípatro, generales de Filipo, eliminó a rivales y enemigos en la corte; frente a los pueblos bárbaros del norte, avanzando primero hasta el curso inferior del Danubio y luego hasta Albania, afianzó el vasallaje de estas tribus a Macedonia y aseguró las fronteras; con los griegos hicieron falta dos paseos militares, uno intimidatorio y otro punitivo, que acabó con la destrucción de la irreductible Tebas, para restablecer la Liga de Corinto y su posición hegemónica en ella. Al término de esas operaciones, en el 334 a.C., Alejandro estaba preparado para lanzarse a una anhelada empresa, que ya Filipo había proyectado y medio comenzado: una guerra panhelénica de liberación contra el poder aqueménida en Asia Menor. Su condición de rey (basileus) de los macedonios y su posición de generalísimo (strategos autokrátor) de la Liga de Corinto lo facultaban para ello.

El imperio aqueménida era en aquel entonces un coloso con pies de barro, en cuyo trono se sentaba además un monarca Darío III, que no sabría estar a la altura de las circunstancias.El avance de Alejandro por el Asia anterior barrió a las fuerzas persas, que, siempre más numerosas, se le opusieron dos veces en su camino. Tras desembarcar en Abidos, la carga de la caballería de los hetairos, con el rey al frente, decidió en el río Gránico (334 a.C.) el primer encuentro contra los contingentes reunidos de los sátrapas occidentales. Con la excepción de Mileto y Halicarnaso, cuya resistencia hubo de ser vencida por la fuerza, las ciudades griegas abrieron sus puertas al vencedor, y en todas ellas quedó restaurada la democracia.

Alejandro aparece como un liberador, y con ello se cumplía el ambicioso designio que un día propusiera a su padre el orador Isócrates. La reacción aqueménida se tradujo en la movilización de un gran ejército, que se enfrentó al invasor de la localidad siria de Isos (333 a.C.). Cuando la batalla se encontraba en el momento decisivo, Darío perdió los nervios ante el ataque del ala derecha mandada personalmente por Alejandro y emprendió la huida. Campamento, bagajes y tesoros de guerra, incluso la tienda y la familia completa del Gran Rey, cayeron en manos del macedonio. Su comportamiento con esta última fuer verdaderamente la de un caballero.

A partir de entonces, más allá del objetivo panhelénico de emancipación, Alejandro se sintió señor de Asia y único merecedor de la diadema del Gran Rey. Tras hacerse coronar como faraón de Egipto y recibir en el oasis de Siwa los mejores augurios del oráculo de Amón, rechazó las ofertas de Darío, que le cedía todo el territorio hasta el Eufrates, y lanzó la ofensiva final contra sus dominios. En Gaugamela, a unos 35 kilómetros de Mosul, tuvo lugar la batalla que sentenció la suerte del imperio persa (331 a. C.). El dispositivo táctico del caudillo macedonio fue una adaptación del esquema habitual: arropando la falange de los pezhetairoi que ocupaban el centro, dispuso a la caballería de los hetairoi en ambos lados, con el flanco derecho ofensivo conducido por él mismo y el flanco izquierdo defensivo confiado a Parmenion.

El hecho capital fue que el ala ofensiva del ejército macedonio, menos numeroso y más recortado en su frente, se hallaba casi más cerca del centro persa, donde si situaba Darío, que del ala izquierda enemiga, bajo las órdenes del sátrapa de Bactria, Bessos. En lugar de emplearse solamente en contener el ataque del bactriano, Alejandro se desgajó con una parte de sus compañeros contra el centro del enemigo en el preciso instante en que éste quedó más expuesto, con sus lados desprotegidos y sus filas abiertas. Su impetuosa carga puso en fuga de nuevo a Darío, y este golpe desbarató toda la formación del contrario, que ya no pudo aprovechar la clara ventaja de Mazeo sobre Parmenion. Tan resonante triunfo le llegaba al hijo de Filipo con 25 años.

Las grandes capitales del imperio, Babilonia, Susa, Persépolis y Ecbatana, cayeron sin combate, mientras su antiguo señor escapaba hacia Media y Partia, en busca de nuevas fuerzas. Darío era ya un juguete y un rehén en manos del ambicioso Bessos, que pronto se desharía de él para iniciar por su cuenta la lucha en las remotas satrapías de Bactriana y Sogdiana. Tras el licenciamiento oficial de los contingentes griegos, al darse por concluida su misión, Alejandro proseguiría como sucesor del Gran Rey la guerra de sumisión de los confines nororientales, que se prolongaría durante tres durísimos años (330-327 a.C.). Venciendo obstáculos naturales como el Hindu-Kush y resistencias armadas por doquier, en el Irán profundo, el conquistador macedonio alcanzaría Maracanda (Samarcanda) y atravesaría el Yaxartes (Syr-daria), en plena Asia central, no lejos de la actual Taschkent. 

La expedición subsiguiente de Alejandro a la India (326-325 a. C.), llevado de un anhelo verdaderamente insaciable, esta vez de descubrir y sujetar a su voluntad hasta el extremo oriental de la ecúmene, en la orilla misma del mar circundante, puso ante sus ojos un mundo fascinante, desconocido y distinto. Reyes exóticos, brahamanes sabios, urbanismo milenario, grandes ríos, lluvias monzónicas y una fauna de elefantes y tigres quedaron grabados en el recuerdo y los diarios de viaje de aquellos toscos y fatigados macedonios.

En el Hidaspes (Jhelum) cosechó Alejandro la última y gran victoria de su vida en batalla campal contra el monarca indio Poro, armado con 200 elefantes y buen número de carros de guerra. Su generosidad con el vencido fue otra vez conmovedora. Pero al llegar a río Hifasis (Beas) sus hombres se negaron a proseguir y el macedonio, por primera y única vez, hubo de ceder. Renunció a su objetivo de alcanzar el Ganges y el océano oriental y regresó.

Una escuadra se armó en el curso superior del Hidaspes y surcó aguas abajo hasta la desembocadura del Indo, flanqueada en tierra por fuertes contingentes del ejército al mando de Hefestión, su mejor amigo, y Cratero, general de su máxima confianza. Al llegar a Patala, el país de los cinco ríos estaba a sus pies, con la instauración de satrapías y la confirmación de los soberanos nativos como príncipes vasallos. A Nearco le fue encomendada la importante tarea de costear la flota hasta Babilonia, en viaje de exploración geográfica y reapertura de la antigua ruta marítima que unía Mesopotamia con la India. En tanto que una parte del ejército bajo el mando de Cratero regresaba por el camino del norte atravesando Aracosia, Alejandro con terribles privaciones y grandes pérdidas humanas atravesó, siguiendo la costa, el árido desierto de Gedrosia (Beluchistán) y la Carmania. A principios del 324 a.C. entró de nuevo en Pasargadas. Su imperio se dilataba entonces desde el Adriático hasta el océano Indico, desde el curso inferior del Danubio y la cadena del Cáucaso hasta Nubia. Pero no tendría tiempo de completar y organizar tan vastos dominios. Cuando hacía los preparativos de una nueva empresa, la circunnavegación de Arabia, cayó victima del paludismo o de una neumonía. Era el 10 de junio del 323 a.C., y aún no había cumplido los 33 años.

Resulta difícil enjuiciar la personalidad y la obra de gobierno del rey macedonio, truncadas cuando éste se hallaba en la flor de la vida, empeñadas por la controversia y la novelería que abundan en nuestras fuentes. Saltan a la vista, ante todo, sus extraordinarias cualidades como estratega y táctico, puestas de manifiesto frente a los más diversos pueblos y en los más variopintos escenarios, a tal punto que en su persona encontramos perfectamente representadas las cualidades del genio guerrero.

Incuestionable parece también su contribución como creador de la cultural universal del helenismo, al dotar de una cierta unidad, superficial, pero sin precedentes, a  los pueblos de Oriente y Occidente: el sistema político de su monarquía, en la oficialidad de la lengua griega, en la extensión del urbanismo, en la revitalización del tejido comercial --ahí están los comienzos de la ruta de la seda-- y en la generalización de patrones monetarios a grandes distancias. De Alejandría en Egipto hasta Bucéfala y Nicea en la India, pasando por Alejandría del Yaxartes (Khodjend), las ciudades por él fundadas serían fermentos activísimos de la cultura griega.

El imperio universal y la monarquía absoluta, objetivos abiertamente perseguidos por el hijo de Filipo, entroncaban directamente con la tradición aqueménida y no representaban ninguna originalidad en el Oriente. Otra cuestión era la inquietud que podían despertar en Grecia y Macedonia. Por otra parte, no entrañaba novedad para el pensamiento heleno, al menos en teoría, la pretensión en un hombre extraordinario de ser divinizado en vida, cosa que Alejandro reclamó incluso de poleis como Atenas al final de sus días. Pero lo verdaderamente revolucionario de su proyecto político fue el gran paso dado para superar el foso de separación entre griegos y bárbaros.

Al obrar y preconizar su idea de condominio y fusión entre persas y macedonios, una iniciativa lúcida y conveniente, Alejandro no se estaba presentando ciertamente como apóstol de la fraternidad universal, pero si estaba rompiendo en lo esencial con aquel espíritu griego de superioridad que su maestro Aristóteles le había expuesto en términos culturales y que la mayoría de su pueblo, empezando por Antípatro y Parmenion, fundamentaban en el simple derecho de conquista. Absolutismo, persianización y apoteosis eran demasiado para muchos macedonios, que se le opusieron y cayeron fulminados por su mano: Filotas, Parmenion, Clito, Calístenes, etcétera. Simple lucha por el poder.

La persona de Alejandro ha suscitado repulsa y admiración. Debe suscitar nuestro interés. En el fondo, siempre se ha esperado demasiado de él, tanto por parte de unos como de otros. Juzguémoslo de acuerdo con su tiempo y su circunstancia: no era griego, sino macedonio; no era ciudadano obligado por las leyes de la polis, sino rey y amo de un imperio por él conquistado; no era ya un hombre de la época clásica, sino un individuo inserto en la nueva dinámica del helenismo.

La muerte prematura de Alejandro dejó un edificio en construcción, que sólo él acaso habría podido completar y afianzar. De su primera mujer bactriana, Roxana, nacería un hijo póstumo, Alejandro (IV), a quien los ambiciosos sucesores de su padre, los diadocos, no le darían oportunidad ni de traspasar la pubertad. Tampoco el hijo bastardo de Filipo, Arrideo, un oligofrénico manipulado, pudo recoger la herencia de su hermanastro. Inevitablemente, aquel vasto imperio lañado con la espada del último Argéada se desharía en jirones sorteados, disputados y pasados de mano en mano entre sus principales generales, quienes desde el primer momento excluyeron del reparto a los persas, llamados por el conquistador a un gobierno conjunto con los macedonios. Doble traición, así pues, al espíritu de Alejandro y prevalencia de las fuerzas centrífugas que darían esa variedad tan notable al mapa político del helenismo.

El acuerdo de Babilonia (323 a.C.), fue un reparto de poderes so pretexto de regencia, dejó a Europa en manos del viejo Antípatro, que había permanecido en Macedonia como virrey, y a las satrapías asiáticas bajo el mando de diversos gobernadores (Tolomeo Lago, Lisímaco, Antígono, Eumenes, etcétera), todos ellos sujetos teóricamente a las órdenes de Perdicas, el primero en la jerarquía  tras la muerte de Hefestuión en el 324 a.C. Los esfuerzos unificadores y las ambiciones monárquicas de Perdicas se estrellaron contra la oposición de otros diadocos, y el quilarca cayó muerto en una desafortunada expedición contra Tolomeo, sátrapa de Egipto.

La conferencia de Triparadisos (321 a.C.), en Siria, trató por segunda vez de insumir un principio de orden en las cada vez más abiertas diferencias de los caudillos macedonios, respetando sobre el papel los derechos de los herederos legítimos a la corona, Arrideo y, sobre todo, el pequeño Alejandro. Tras la desaparición de Perdicas y Cratero --este último había sido elegido tutor de los príncipes--, la máxima autoridad recayó en Antípatro, cuya muerte en el 319 a.C. creó otro vacío que daría lugar a nuevas complicaciones y enfrentamientos. En Macedonia y Grecia se encendió la lucha sin cuartel entre Casandro, hijo del antiguo virrey, y Poliperconte, nombrado por Antípatro guardián de los infantes. En Asia emergió con tremenda fuerza la figura de Antígono Monoftalmo (el Tuerto), gobernador de la Gran Frigia, que en poco tiempo se adueño de todos los dominios orientales (315 a.C.), con excepción de Egipto.

Contra Antígono se formó lógicamente una nueva coalición, al igual que ocurriera frente a Perdicas, integrada por los otros diadocos amenazados por las aspiraciones unitaristas de aquél: Casandro, que se había hecho con el control de Macedonia y buena parte de Grecia; Lisímaco, dueño de Tracia; Seleuco, expulsado de su satrapía de Babilonia por el Tuerto, y Tolomeo, firmemente establecido en Egipto. Aunque Seleuco consiguió recuperar Babilonia (312-11 a.C.) y afirmar su poder en Irán, los dominios de Antígono siguieron siendo enormes y neurálgicos, comprendiendo todo Asia Menor y Siria hasta el Eufrates, y aún se extendieron por las islas del Egeo gracias al empeño talasocrático de su hijo, Demetrio Poliocetes (el Sitiador).A éste le llego incluso a abrir las puertas Atenas, que, como la mayoría de las poleis griegas, se había convertido en un juguete de los nuevos actores de la gran política internacional.

Tras el asesinato del pequeño Alejandro (IV) y Roxana por Casandro (310 a.C.), Antígono tomó el título de basileus (306 a.C.), iniciativa en la que lo siguieron, para no ser menos, los restantes diadocos. Cinco soberanos y otros tantos reinos: era el acta oficial de defunción del imperio de Alejandro Magno y de la dinastía de los Argéadas.

En el campo de batalla de Ipsos (301 a.C.), frente a los cuatro diadocos coligados, encontró el viejo Antígono la muerte y se derrumbó el pretencioso edificio levantado por éste. Para siempre quedó enterrada en la historia política del helenismo la idea alejandrina de un imperio universal, imponiéndose el principio de equilibrio de potencias y coexistencia entre los nuevos Estados monárquicos. Casandro conservó Macedonia; Lisímaco añadió a Tracia todo el Asia Menor hasta Tauro; Seleuco halló una salida al mar para su reino irano-babilonio en el norte de Siria; y Tolomeo se afianzó definitivamente en Egipto, además de la Cirenaica y Celesiria. Pero aún debería transcurrir un cuarto de siglo hasta la definitiva estabilización de los reinos helenísticos, en el 276 a.C.

Hasta la irrupción de Roma en el Mediterráneo oriental, quedaban así configurados los tres grandes reinos que dominarían la escena internacional en época helenística: el Egipto tolemaico o lágida (fundado por Tolomeo Lago), el Asia seléucida (unida desde Irán hasta Siria por Seleuco I) y la Macedonia antigónida (realmente organizada por Antígono Gónatas). A su vera, no obstante, otros Estados y constelaciones políticas, en Grecia y Asia Menor, se asegurarían una relativa independencia.

Con el advenimiento de Tolomeo II (283-246 a.C.), Antíoco I (281-261 a.C.) y Antígono Gónatas (276-239 a.C.) se inició el período de auge y equilibrio entre las potencias helenísticas, que solo alteraría la intervención directa de los a partir del 200 a.C. En Asia Menor pronto se tallaría un espacio político independiente en torno a la ciudad de Pérgamo con la dinastía de los Atálidas, fundada por Eumenes I (263-241 a.C.) y, sobre todo, Atalo I (241-197 a.C.). En el Egeo la república talasocrática de Rodas conocería días de esplendor, mientras que en la vieja Grecia, bajo la férula de los monarcas macedonios, sólo cabría anotar la emergencia de dos Estados federales que jugaron un cierto papel de relieve en el concierto internacional: el etolio y, en menor medida, el aqueo.

La monarquía helenística aporta sin duda la gran novedad a la historia política de Grecia. sobre su naturaleza y evolución persisten aún ciertas dudas, pero en un punto parece imponerse la línea historiográfica en que la tipología de los nuevos reinos helenísticos surgidos en el Oriente (el egipcio de los Lágidas, irano-sirio de los Seléucidas, el greco-bactriano de los Eutidémidas, el pergameno de los Atálidas, etc.) se aparta en muchos aspectos de la forma monárquica tradicional de Macedonia y del Epiro.

El Estado antigónida era una monarquía nacional en la que el soberano gobernaba sobre su pueblo, el macedonio, de acuerdo con una constitución ancestral, que en cierto modo lo limitaba y trascendía. Macedonia, como pueblo y nación, preexistía a la dinastía y conservaba frente a ella su identidad, o si se quiere, su personalidad jurídico-política independiente. Ya no digamos de las poleis y los Estados federales griegos, más o menos sujetos a la política exterior antígonida. 

Por el contrario, las formaciones políticas configuradas en el Oriente, caprichosas y cambiantes, se asentaron sobre poblaciones sometidas ante el yugo aqueménida, se afirmaron por el derecho de conquista y albergaron en su seno a distintas nacionalidades. El Estado y la ley se confundían aquí forzosamente con la persona del soberano, quien, junto con su dinastía, encarnaba en exclusiva la unidad y continuidad del reino.

Signos y símbolos exteriores proclamaban con especial énfasis la dignidad superior de la realeza helenística: la diadema, o cinta en la frente que Alejandro fue el primero en llevar, siguiendo el modelo aqueménida; la presentación del retrato del soberano en las monedas; el sello real y el fuego sagrado, que ardía junto al trono y era asimismo otra herencia persa; los matrimonios dinásticos entre contrayentes de igual alcurnia; la riqueza y la prodigalidad, fuentes de mecenazgo; la pompa y boato de la corte, con una elaborada jerarquía de dignidades y funcionarios; y, sobre todo, el culto al soberano, difunto o viviente, que introduce una forma específicamente helenística de relación entre monarca y súbditos, y constituye la expresión por antonomasia del absolutismo regio. Hasta las antiguas poleis griegas, empequeñecidas y vulnerables, rindieron honores divinos a los nuevos señores en agradecimiento por su beneficencia y protección.

Un rápido vistazo al mapa político del helenismo nos descubrirá al punto otra nota diferenciadora respecto a la época clásica: la amplitud territorial de los Estados. El imperio seléucida abarcaba a la muerte de su fundador unos 3.500.000 kilómetros cuadrados; el reino de los Tolomeos, incluyendo sus dominios exteriores (Cirenaica, Celesiria, Chipre, zonas ocupadas den el Egeo y Tracia), llegó a comprender una superficie estimable de 100.000 kilómetros cuadrados; la monarquía macedonia tuvo bajo sus pies un territorio de unos 70.000 kilómetros cuadrados. Y así sucesivamente, hasta el proporcionalmente pequeño reino de Agatocles y Hierón I de Siracusa, que sobrepasaba los 10.000 kilómetros cuadrados. Ninguna polis, como ya sabemos, llegó a alcanzar estas dimensiones.

Ante esta gran demografía, la gran novedad residía en la cohabitación de griegos e indígenas (egipcios, sirios, anatolios, mesopotamios, iranios, etcétera) en los amplios espacios ganados por Alejandro. Los greco-macedonios llegaron a Egipto y Asia como conquistadores y guerreros, se quedaron formando una minoría dominante y vivieron casi siempre concentrados en núcleos urbanos, en los enclaves preexistentes o en las numerosas aglomeraciones de nueva planta. Hasta mediados del siglo III se produjo la afluencia y dispersión de miles y miles de helenos por el Oriente, todo un proceso de ocupación y urbanización del suelo que con razón ha merecido el calificativo de tercera colonización griega.

En esas ciudades los inmigrantes preservaron en todo momento su identidad lingüística y cultural, su cohesión de aristocracia colonizadora y refinada, su modo de vida tenido por superior. Frente al nativo, que siguió atado a la tierra y a sus tradiciones ancestrales, el heleno afirmó toda la fuerza de sus singularidad, no siendo posible la autonomía  de la comunidad urbana, en la esfera de la educación. El gimnasio, centro de formación física y humanística, biblioteca, y club social, se convirtió en elemento arquitectónico esencial en el trazado de cualquier enclave colonial. el griego común de base ática fue la lengua de la corte y la alta sociedad, de la administración y el ejército, del gran comercio internacional. Su aprendizaje resulta indispensable para la promoción socio-profesional de los indígenas. Ni uno solo de los Tolomeos, con excepción de la última soberana, Cleopatra, aprendió el egipcio.

El derecho griego, público y privado, conservó asimismo su originalidad frente al local, teniendo el primero como fuente al poder legislativo del monarca y el segundo a las prácticas más arraigadas entre las viejas poleis, especialmente en materia de obligaciones. No hubo, así pues, unificación legislativa, sino coexistencia de dos sistemas jurídicos distintos. Los griegos, ciertamente, se abrieron al sincretismo religioso y a los matrimonios mixtos --no hubo racismo, como no lo hubiera en la colonización arcaica--, pero estaba claro que para prosperar había que helenizarse. En los países ahora repoblados esto se produjo con una relativa facilidad, pero en aquellas zonas con pocos asentamiento griegos y elevado sentimiento nacional-religioso (Egipto, Judea, Pérside, Partia), la resistencia se hizo inevitable, tanto de manera activa como pasiva.

Aunque la historia helenística gravitó sobre el Mediterráneo oriental, sus efectos y conexiones se extendieron mucho más lejos. Los cambios de escala, ya que no de naturaleza, en el comercio de la época fueron enormes. Por rutas marítimas y caravaneras llegaron hasta Alejandría, Antioquía, Seleucia, Pérgamo, Rodas, Atenas, Pela o Bizancio, las mercancías exóticas del Oriente y Occidente. Provenían ahora de países tan lejanos como China, India, Arabia, Cartago, Iberia, Italia, etcétera. El contacto de los griegos con estos pueblos fue casi siempre directo y permanente.

A la dilatación geográfica del mundo helenístico correspondió también la multiplicación de los centros de cultura y saber. Al nuevo protagonismo de los soberanos y las cortes acompañó asimismo una impresionante labor de mecenazgo real en favor de las artes y las letras. A la asimilación y proyección de la cultura clásica a través de la diáspora griega siguió finalmente la ampliación y sistematización de los conocimientos previamente alcanzados.

Alejandría fue sin duda la estrella que más brilló en la pléyade del helenismo, merced al apoyo decidido de los Lágidas por engrandecerla y a la afluencia de poetas y sabios procedentes de numerosos puntos del exterior. Tolomeo I fundó aquí el Museo, un centro de enseñanzas e investigación bajo el patronazgo de la monarquía, al que pronto quedó unida la famosa Biblioteca, gigantesco de pósito de obras y ediciones de todos los autores y todas las época, llegando a reunir hasta 500.000 rollos de papiro. en el complejo Museo-Biblioteca se ha visto con frecuencia la primera universidad de la historia, si bien convendría aclarar que en este medio las preocupaciones de erudición filológica e investigación natural primaron ampliamente sobre lo que podríamos entender como función propiamente docente.

Las otras capitales se esforzaron por rivalizar con la ciudad que fundara Alejandro. sobre Antioquía disponemos de muy poca información, pero de Pela sabemos que en tiempos de Antígono Gónatas se organizó en ella una biblioteca con fondos de marcada orientación estoica. Realmente sería la Pérgamo de los Atálidas, en el siglo II, en la que se elevó esa gran obra del arte helenístico que es el Altar, el segundo centro de irradiación cultural del helenismo. La importancia de su biblioteca se puede medir por el hecho de que Marco Antonio haría retirar de ella 200.000 rollos de papiro con destino a la de Alejandría.

Atenas, que perdió la primacía cultural de antaño, conservó sin embargo un clima de libertad intelectual que no siempre se podía encontrar bajo el poder directo de la monarquía absoluta. Por eso, fue aquí donde la filosofía de época helenística arraigó con más vitalidad, continuando y enriqueciendo el legado del pasado. Tras la muerte de Platón (347 a.C.) y Aristóteles (322 a.C.), la Academia y el Liceo trabajarían sobre las amplias bases echadas por los maestros por ambos maestros. Con todo, serían dos nuevas filosofías surgidas también en esta ciudad las que reflejarían mejor las tendencias monárquicas, cosmopolitas e individualistas del helenismo: la escuela del Pórtico, fundada por Zenón de Cition (301 a.C.), y la del Jardín, creada por Epicuro de Samos (306 a.C.).

El auge de las letras tuvo por principal foco animador a la Alejandría tolemaica, gracias a la actividad poética allí realizada por autores como Calímaco de Cirene, Teócrito de Siracusa y Apolonio de Rodas, cumbres de la literatura helenística. Con los dos primeros, la elegía, el epigrama y la poesía bucólica dieron expresión a nuevos sentimientos de intimismo y ternura, a exigencias de originalidad y estilización literarias antes desconocidas, a un sentido del refinamiento y la elegancia muy a tono con una sociedad colonial como aquélla, cortesana y elitista, urbana y cultivada. Con el poema de Apolonio, las Argonáuticas, la épica tradicional recobró su fuerza y esplendor.

En relación con la aparición de una cultura libresca y bibliotecaria, prácticamente inexistente en época clásica, está el nacimiento de la filología alejandrina, basada sobre todo en la crítica y edición de los textos homéricos. En fin, la historiografía helenística alcanza su plenitud con la obra de Polibio (200-120 a.C.), esos 39 libros en los que el megalopolitano, tomando como modelo a Tucídides, describe y justifica el proceso de conquista del Oriente por Roma.

El panorama de las ciencias en época helenística vio ampliados sus horizontes de manera notable. La figura del sabio universal se representa en Eratóstenes de Cirene (285-205 a.C.), administrador de la Biblioteca de Alejandría y preceptor de Tolomeo IV Filópator. Sus aportaciones fueron particularmente descollantes en el campo de la geografía física y la cronología científica, efectuando la medición de la circunferencia terrestre con un resultado bastante próximo a la realidad.

En la persona de Euclides encontró la matemática contemporánea su primer organizador sistemático (hacia el 300 a.C.), y su obra se síntesis, los Elementos, se mantendría como un clásico en la enseñanza de la aritmética y la geometría hasta el pasado siglo, como paradigma de una disciplina bien construida.

Correspondería, sin embargo, al genio creador de Arquímedes de Siracusa (287-212 a.C.) llevar a su más elevada altura al saber matemático griego. Quede constancia aquí de su notable aproximación al valor de pi , así como del cálculo de áreas y volúmenes por el método de axhuación, aproximándose extraordinariamente al cálculo integral, del que sólo les separó una adecuada noción del concepto de límite de una función, sin que podamos olvidar sus estudios en el campo de la estática e hidrostática (noción de peso específico y principio de Arquímedes). El último gran cerebro de la matemática pura fue sin duda Apolonio de Perge (260-190 a.C.), que como los anteriores trabajó en Alejandría (elipse, parábola e hipérbola). Las matemáticas de los siglos XVI y XVII han tenido en estos sabios su fuente y obligado punto de partida, como la astronomía renacentista en Aristarco de Samos (310-230 a.C.), primer anunciador del heliocentrismo.

Esta ciencia teórica, con una filiación filosófica bien clara (pitagórica y platónica), conoció ahora una cierta aplicación utilitaria, pero no para el fomento de la producción, cosa extraña al pensamiento antiguo, sino para responder a un imperativo de orden político: el perfeccionamiento de la técnica de combate. El ingeniero Ctesibio, que vivió en la Alejandría de Tolomeo II, construyó una catapulta de torsión, tensionada por medio de haces de cables, sustituyendo a la de arco, al tiempo que Dionisio de Alejandría fabricó para Rodas una catapulta de repetición, provista de un dispositivo que sustituía automáticamente los proyectiles.

Por otra parte, la mitad de la Mecánica de Filón de Bizancio (hacia 250 a.C.) está dedicada al arte de la guerra, basando el funcionamiento de las máquinas de asedio en los principios del aire y el agua comprimidos, particularmente en el principio del sifón. en ello recogía los descubrimientos de su maestro Ctesibio sobre el aire comprimido y las leyes de la hidráulica, en base a los cuales este último había inventado el reloj de agua y la bomba neumática. Invenciones éstas que, por lo demás, sólo sirvieron para el entretenimiento en la sociedad cortesana de los Lágidas. 

En la construcción naval tambien se produjeron algunos adelantos, más de ostentación que de valor práctico. La suntuosa nave Hierón II, la Syracosia, llamada después Alexandris, tenía una capacidad de 3.300 toneladas de registro bruto, pero quedó reducida a una pieza de exhibición sin valor náutico. Serían en definitiva esas mismas consideraciones políticas las que harían de Arquímedes un ser útil para sus conciudadanos de Siracusa como constructor de catapultas y máquinas prensiles empleadas en la defensa de la ciudad contra los romanos (213-12 a.C.).

En esta rápida ojeada a los avances de la ciencia no podríamos pasar por alto el desarrollo de la medicina. La distribución geográfica de las principales escuelas médicas se alteró también con el nuevo mapa político del helenismo. Un centro tradicionalmente floreciente como Cnido se eclipsó, mientras que Cos, la patria de Hipócrates (460-377 a.C.) y sede de una acrisolada escuela, cedió la vanguardia en la investigación a la todopoderosa Alejandría. En realidad, si desde el punto de vista del progreso científico la capital tolemaica superó a cualquier otra ciudad helenística, Cos se atribuyó la tarea de procurar servicio médico a la mayor parte de la comunidad griega, como testimonian los numerosos decretos honoríficos procedentes de diversas polis, distinguiendo a tal o cual galeno de la isla por su labor.

Merced a la fundación de la Biblioteca y el Museo, a la generosa financiación de los Lágidas y a la puesta a disposición de los estudiosos de medios amplísimos (por ejemplo, cadáveres para la práctica de la necroscopia y vivisección), la afluencia de médicos extranjeros se hizo corriente. La posibilidad de efectuar la disección del cuerpo humano sin trabas si tabús religiosos dio un empuje vertiginoso a la anatomía a lo largo del siglo III, alcanzando un grado tal de precisión y profundidad que no has sido igualado hasta los tiempos modernos. por otra parte, la propia organización sanitaria del reino tolemaico revela la existencia de una asistencia médica estatal, lo que no dejaba de ser una continuación de prácticas anteriores y contemporáneas entre las poleis griegas.

Herófilo de Calcedonia, que se asentó en Alejandría a comienzos de siglo, realizó un enorme progreso en el campo de la anatomía descriptiva (vías urogenitales, páncreas, duodeno, glándulas salivales, ojo, hígado,), profundizó asimismo en la obstetricia, estudió el sistema nervioso (distinción entre nervios y tendones) y con él se sentaron las bases para la comprensión del sistema vascular (diferencia entre venas y arterias). Al calcedonio, sin embargo, pasó inadvertida la circulación de la sangre, pues supuso que ésta circulaba sólo por las venas y que por las arterias fluía el pneuma, una especie de espíritu vital. Erasístratos de Ceos, una generación posterior, se ocupó tambien de la anatomía y fisiología del cuerpo humano, continuando y profundizando los trabajos de Herófilo.

Visitas: 613

Comentar

¡Necesitas ser un miembro de REHA para añadir comentarios!

Participar en REHA

Destacamos

Suscríbete a la REHA

Introduce tu Correo Electrónico y suscríbete a las Noticias de la Red Española de Historia y Arqueología:

Cortesía de FeedBurner

Apoya a la REHA

Apadrina a la Red Española de Historia y Arqueología
Apadrina a la REHA
Ayuda a la Red Española de Historia y Arqueología a través de Paypal.

You will find your favorite cheap homecoming dresses on Lilysdress.com

lange abendkleider--jennyjoseph.de it.jennyjoseph.com----abiti da sposa 2014 hääpuku_www.amormoda.fi

Estadísticas

Top de Historia Webring
Join | Ring Hub | Random | Prev | Next

© 2014   Creado por Aníbal Clemente Cristóbal.

Emblemas  |  Reportar un problema  |  Términos de servicio