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Red Española de Historia y Arqueología

En su Segunda Filípica, Cicerón escribió que César "habiendo planeado durante muchos años su acceso al poder real, logró su propósito después de un inmenso esfuerzo y tras correr graves peligros. Se ganó el favor de las irreflexivas masas organizando espéctaculos públicos, construyendo monumentales edificios y valiéndose del soborno y de las invitaciones a sus banquetes. Se ganó a sus amigos prodigándoles favores, y a sus adversarios mostrándose clemente". Muy pronto y de manera trágica iba a ponerse de manifiesto que alguno de tales adversarios no se consideraban tan ligados a él y que, antes bien, permanecían fieles a las ideas republicanas. El cesarismo había triunfado de hecho,, y había colocado los cimientos del sistema monárquico que en lo sucesivo regiría Roma y su Imperio. Pero el perfeccionamiento del principio imperial se hallaba en manos de otro hombre, mucho más joven. De haber actuado de forma más comedida, César hubiera podido morir pacíficamente como dictador, emperador y fundador de una dinastía juliotolemaica, pero la misma ambición que había presidido su carrera, increíblemente meteórica, lo arrastraba ahora a excesos que no podían por menos de ofender a los hombres de convicciones conservadoras o tan sólo moderadas.

Un ejemplo de lo anterior es lo que sucedió el 15 de febrero, durante la celebración en Roma del festejo anual llamado de las Lupercales. Era una fecha en que toda la ciudad ardía en fiestas, conmemorando un antiguo rito de la fertilidad cuyos orígenes resultan oscuros, pero que, casi con certeza, databa de época etrusca. Luperco, que se identificaba a los ojos de los romanos con el dios de la naturaleza Fauno o Pan, representaba la vuelta de la primavera y, por una lógica asimilación, el crecimiento de las plantas, el emparejamiento de los animales y la fecundidad de los seres humanos. Tras el sacrificio de una cabra y un perro, dos nobles jóvenes, pertenecientes a la orden de Luperco, cortaban las pieles de las victimas en unas tiras conocidas con el nombre de februa (y de ahí febrero), y empleándolas como látigos, recorrían las calles azotando a todas las mujeres que encontraban. Se creía que toda mujer así alcanzada quedaría encinta aquel año, y por ello se disputaban encarnizadamente el golpe de las februa todas aquellas que deseaban tener un hijo.

Con motivo de estas fiestas el año 44 a.C., César, que presidía las ceremonias, se sentaba en un trono áureo en el Foro, y Marco Antonio, casualmente (¿o tal vez a propósito?), era uno de los luperci. Cuando penetró en el Foro, seguido por la acostumbrada densa multitud que siempre corría tras los "hombres faunos", Marco Antonio saludo a César identificándolo con Luperco. Siguió su carrera y, escalando la tribuna, trató de colocar una corona en la cabeza de César.En aquel momento dramático, una comparsa de partidarios del emperador, situados en varios puntos del Foro, empezó a gritar rogándole que aceptara la corona. De haberlo hecho, su gesto lo hubiera convertido no sólo en dictador y emperador, sino también en rey de Roma.

Resulta difícil comprender por qué César, que ya tenía en sus manos todos los poderes del Estado, deseaba convertirse en rey. Difícil a menos que se acepte su propósito de casarse con Cleopatra y fundar una dinastía. Caben pocas dudas de que el episodio relatado fuera planeado por el propio César y por Cleopatra, en combinación con Marco Antonio, como intérprete de los deseos del pueblo romano. La cierto es que el título de Rex --rey, conectado con los Tarquinos etruscos, el último de los cuales fue destronado alrededor de 509 a.C.-- resultaba profundamente sugestivo desde el punto de vista emocional. Recordaba a los romanos las prolongadas luchas de sus antepasados para sacudirse el yugo etrusco. La multitud permaneció en silencio o prorrumpió en protestas hostiles, y César, captando su disposición de ánimo, rechazó la corona que le ofrecía Marco Antonio. Su gesto fue ruidosamente aplaudido, lo que debió de amargar en extremo al dictador, que estaba sufriendo uno de los mayores reveses para sus ambiciones. Marco Antonio, por supuesto (como se demostraría con el tiempo), era mucho menos sensible e inteligente que César. Insistió, pensando tal vez que aquél sólo fingía que rehusaba, y de nuevo le presentó la corona. Otra vez la multitud dio muestras de su desaprobación, y César, comprendiendo cuál era el ambiente, rechazó con energía. Tras este ademán, cesó el abucheo y el clamor del pueblo pasó a tumultuosas aclamaciones.

César, ocultando su desagrado (que, desde luego, debió ser profundo), dio ordenes para que la diadema se colocara en la estatua de Júpiter, en el Capitolio, y que todo el incidente fuera registrado en los anales, para dejar constancia de que "aquel día", interpretando los deseos del pueblo, Marco Antonio ofreció a César la corona real, pro el dictador se negó a aceptarla".

Los ciudadanos de Roma debieron de pensar que aquel asunto estaba zanjado, y que, con su negativa, César demostraba que había comprendido sus deseos. Tal vez algunos llegaron a creer que él mismo había tramado todo el episodio con objeto de demostrar que no deseaba la realeza. Pero hubo otros --los más familiarizados con la verdad de los asuntos del Estado-- que pensaron de manera distinta. Incluso antes de aquella escena durante las Lupercales, el bando de los conspiradores había comenzado a reunirse para discutir los medios y los procedimientos para acabar con el dictador. Un acuerdo entre senadores, algunos preclaros republicanos y otros movidos por sus propias ambiciones fue la base de la conjura que desembocaría en la muerte de César.

Aquellos senadores tenían muchos motivos de queja, en algunos casos justificados, contra César. Éste, en varias ocasiones, había mostrado ante ellos una desconsiderada arrogancia, exteriorizando se desprecio por el Senado y por la mayor parte de sus miembros, a quienes tenía por hombres de paja. En cierta ocasión, por ejemplo, el Senado en pleno encabezado por Marco Antonio (que era cónsul) se presentó a César en el Foro julio. El dictador lo recibió fuera del templo de Venus Genitrix sentado en su trono de oro, sin hacer siquiera el gesto de levantarse por cortesía hacia el Senado. Recibió su homenaje y la confirmación de su título de dictador vitalicio de un modo encaminado, claramente, a mostrar su desprecio por el Senado como institución. Por entonces ya lo había llenado de partidarios suyos e incluso, se decía, de galos y otros extranjeros que apenas sabían vestir la toga romana.(Según un chiste que circuló a continuación por la ciudad, si un senador preguntaba por donde se iba al Senado, nadie se lo diría.) El Senado prometió proteger siempre a César, y éste, seguro de que nadie trataría nunca de atentar contra él, despidió a su guardia. Sus amigos le advirtieron que su vida corría peligro, pero él argumentaba que su vida, en cualquier caso, tenía más valor para Roma que para sí mismo, y que era mejor morir que vivir con el temor de la muerte.

Sus últimas semanas las dedicó a su próxima campaña en Oriente, donde, ante todo, se proponía llevar las fronteras del Imperio hasta Dacia (en la actualidad Hungría y Rumanía), y después dirigirse hacia el sur, a través de Armenia, contra los partos. Preocupado por tantos problemas, así como por sus particulares sueños monárquicos, no resultaba sorprendente que optara por desoír las advertencias de sus amigos. Pronto se hallaría fuera de Roma, y debió de tener una confianza absoluta en que no se le podría negar la codiciada corona, el repudio de Calpurnia y un matrimonio de reyes con Cleopatra.

Más tarde se rumoreó que había dispuesto la entrada en vigor de una ley que, después de su partida al frente del ejército, le autorizaría a casarse de nuevo, pues Calpurnia era estéril y él deseaba tener descendencia. Lo que posiblemente decidió su suerte --y la fecha de ésta-- fue un pasaje de los Libros sibilinos. Con vistas a la inminente marcha del ejército, y dada la extrema importancia de la campaña parta, era bastante natural que César ordenara la consulta. Lo que ya no parece tan natural es que, por segunda vez, el resultado se ajustara con tanta exactitud a sus ambiciones. Mientras sus amigos debieron de sonreírse, sus enemigos se sentirían furiosos ante lo que consideraban, casi con seguridad, una descarada falsificación de aquellos antiguos oráculos. Acerca de las perspectivas en Partia, los Libros, en la forma en que fueron interpretados, aseguraron inequívocamente que ninguna guerra contra los partos sería victoriosa a menos que los ejércitos romanos fueran capitaneados por un rey. La alusión resultaba clara para todos: "Antes de marchar, César de ser proclamado rey". Esta estratagema, que en aquel tiempo pudo parecer inteligente, iba a significar la ruina del dictador. Sólo tenía que esperar a vencer y regresar a Roma, y entonces hubiera sido casi imposible negarle la realeza. pero César, como hombre de edad avanzada que era, tenía prisa: no podía aguardar. El 15 de marzo --los idus de marzo-- debía discutirse en el Senado el consejo de los Libros, y se presentaría una propuesta a los senadores en relación con aquél. No cabía duda acerca del contenido de dicha propuesta.

Como el escándalo del consejo sibilino estalló muy poco antes de la partida de César, debía proceder con la mayor rapidez a cualquier acción encaminada a impedir que el dictador llevara a la práctica sus evidentes propósitos. Esta circunstancia impidió que la conjura trascendiera de aquella gran galería de chismes que era el Senado de Roma. Uno de los cabecillas de la conspiración era Cayo Casio, hábil general y también uno de los almirantes de Pompeyo, que se contaba entre los muchos a quienes César benefició con su amnistía. Casio fue mucho tiempo un ardiente republicano, y toda su vida detestó la autocracia. Sus motivos eran fácilmente comprensibles, aunque pudo tener otras razones personales para odiar a César. Éste, desde luego, debió de sospechar en algún momento que Casio tramaba algo, y una vez observó que desconfiaba de él: "Casio está muy pálido. ¿Para que se habrá levantado?.

Bruto era un tipo humano enteramente distinto. Joven, erudito, un intelectual, en suma, dio a los conspiradores la justificación moral, si la había, para su proyectada acción. César había protagonizado una notoria aventura con Servilia, madre de Bruto, antes y después del nacimiento de éste, por lo que se rumoreaba ampliamente que era hijo del dictador. Bruto, por supuesto, proclamaba su descendencia del marido legal de Servilia, lo que le entroncaba con el gran Junio  Bruto, que destronó a los Tarquinos. Cualquiera que sea la verdad de ese parentesco, lo cierto es que César trataba a Bruto como a un hijo. Incluso había dado órdenes especiales en Farsalia para que Bruto no corriera riesgos en la batalla, y análogas precauciones tomó durante la fuga de los pompeyanos que siguió a su victoria sobre ellos. si Bruto era inteligente, también era algo pedante, y su punto de vista moral acerca de varias materias que trató como orador en el Senado, llevó a decir a César en cierta ocasión : "No comprendo qué dice este joven, pero sea lo que sea lo dice con vehemencia". Otros jefes de la conspiración eran los hermanos Casca, Trebonio ( a quien César acababa de nombrar procónsul de Asia) y varios más, como Tilio Címber y Servo Galba, que habían sido partidarios y confidentes de César. A juzgar por los cargos que muchos de los conspiradores desempeñaron favorecidos por César, la política de clemencia que éste adoptó con los pompeyanos había fracasado. Tal vez hubiera dado frutos de no haber resucitado el tema de la monarquía. Entre los principales cabecillas de la conjura dominaba una mezcla de idealismo, odio personal hacia el dictador, egoísmo y un confuso deseo de retroceder a los días de la República. Pero como observa Oskar von Wertheimer, es "horrible pensar que aquellos asesinos lo veían a diario, pretendían compartir sus puntos de vista, sus planes y sus intereses, y le fingían amistad, lo mismo el noble Bruto que los fanáticos Casio y Décimo Bruto Longino; horrible incluso para la Roma de entonces, en la que abundaban los horrores".

Se propusieron varios planes para fijar qué fecha y qué lugar serían los mejores para cometer el asesinato. Por último, se decidió perpetrarlo durante la última visita de César al Senado antes de ponerse al frente del ejercito, el 15 de marzo, pues se creía que iba a solicitar la investidura como rey "para asegurar la victoria". Así, pues, los idus de marzo señalarían la fecha, y la sala Pompeyo --donde el Senado iba a reunirse--, el lugar. Desde luego que no pudo concebirse un plan más eficaz (o más innoble). En efecto, a los conjurados les constaba que el dictador no llevaría armas ni escolta, de la que había prescindido, y que estaría confiado, pues los senadores habían declarado solemnemente que jamás pondrían en peligro su vida. Resulta difícil determinar cómo el idealista Bruto pudo secundar conscientemente aquel plan. Se dice que se sentía tan atormentado, tratando de buscar en su cerebro una solución, que no pudo dormir aquella noche, que pasó revolviéndose en la cama, hasta el punto de que Porcia, su esposa, acabó por preguntarle la causa de su desasosiego. Y entonces él reveló los detalles de la conjura, arriesgando de este modo la vida de todos los conspiradores y complicando en el caso a su propia esposa. Un elevado idealismo puede conducir a un hombre a lo más bajo.

La muerte de César causó tal impresión en los historiadores antiguos, que parece natural que consignaran innumerables y portentosas predicciones e aquel fin. Tenemos pocas razones para dudar de que, en las semanas que precedieron a su muerte, algo sombrío en extremo flotaba en el ambiente de Roma. Las legiones estaban dispuestas para marchar contra los terribles partos, sin un rey al frente como prescribían los Libros, y se sabía que pequeños grupos se reunían tras las puertas de sus casas cerradas a cal y canto. En todas partes se respiraba un sentimiento de intranquilidad. Tan sólo unos pocos días antes de los idus, se dijo que los caballos que César había consagrado a los dioses al cruzar el Rubicón se habían negado a comer y habían prorrumpido en llanto. Espuria, una anciana vidente (en Roma había muchos adivinos que, naturalmente, debían mantener bien abiertos los oídos para obtener su supuesta información "mágica"), se presentó ante César y le previno contra los idus. Se afirma que el 14 de marzo un pajarillo con una rama de laurel en su pico fue visto volando en el interior de la sala Pompeyo, perseguido por una bandada de otras aves que lo atacaron y le dieron muerte. Se cuenta que algunos veteranos de César, establecidos en Capua, desenterraron una antigua tablilla que se dijo procedía de la tumba de Capis, el fundador de la ciudad.Sobre el hallazgo estaban escritas unas palabras griegas, según las cuales si alguna vez los huesos del fundador eran removidos, el crimen debería ser expiado con la muerte de un descendiente de Julio a manos de sus propios partidarios, lo que acarrearía graves consecuencias par Italia. Todas estas "profecías" fueron escritas, por supuesto, con la ventaja de los hechos consumados, pero, en todo caso, demuestran cuán profundo fue el impacto de la muerte de César en el mundo romano. En ninguna de ellas aparece la más leve mención de que el episodio de los fatales idus se tratara de un noble acto de tiranicidio. 

Según nos narra Plutarco, la noche del 14 de marzo César yacía junto a su esposa Calpurnia en su casa dela ciudad, cuando, de pronto, todas las puertas y ventanas de la habitación se abrieron como empujadas por una violenta corriente de aire. Al mismo tiempo, la armadura ceremonial de Marte, que César, como sumo pontífice, guardaba en su domicilio, cayó con gran estrépito de la pared. Se dice que Calpurnia sufrió terribles visiones y pesadillas que la hicieron gemir en sueños, y cuando César la despertó, dijo haber visto como lo asesinaban. Por ello le rogó que no saliera aquel día.

Por la mañana, César, que debió de estar realmente indispuesto o bien --y esto es lo más probable-- se sentía inquieto por la predicción de la adivina, por los extraños acontecimientos de la noche anterior y por las súplicas de su esposa, envió en busca de Marco Antonio con objeto de aplazar su visita al Senado. A continuación, recibió un dictamen de los augures, en el sentido de que sus sacrificios para aquél día se habían manifestado desfavorables. Todos estos presagios, unidos al consejo de sus médicos de que no sería prudente asistir a la reunión.Los conspiradores, mientras tanto, estaban sobre ascuas, pues el tiempo transcurría y el dictador no se presentaba. Seguramente estaban pasando momentos de gran temor. ¿Y si la conjura hubiera trascendido y César esta en camino, al frente de los legionarios que tanto lo amaban, para rodear la sala de Pompeyo y tomarse su venganza? Para salir de sus atormentadas dudas, enviaron como emisario al hombre que hace el papel de Judas en esta historia: Décimo Bruto Albino. Era íntimo amigo de César, quien le había nombrado gobernador de la Galia cisalpina y cónsul para el año siguiente. Llegó, pues, a casa de César para averiguar las razones del aplazamiento de su visita al Senado.

Décimo reprendió a César por su retraso, manifestando, sin duda, que un gran número de asuntos debían debatirse antes de que el dictador abandonara Roma con sus legiones. Es posible, incluso, que insistiera en la suma importancia que revestía la asistencia de César, hasta el punto de que podía ser proclamado Rex antes de la campaña parta. No tenemos evidencia de ello, pero, en vista de los presagios y dados sus propios sentimientos, resulta difícil comprender qué estratagema pudo atraer a César a la reunión, pero fue par él lo único que contó de aquella.

César estaba ahora convencido --y confiaba en Décimo tanto como en Bruto--, y accedió a ir. Décimo, entusiasmado, corrió a anunciar a los conspiradores que había realizado satisfactoriamente su misión y que el dictador se hallaba en camino.Los asesinos habían escondidos sus dagas bajo sus mantos o en las cajas de sus estilos. (Se trataba de los estuches en los que los romanos guardaban su recado de escribir junto con un puntiagudo estilo, con el que incidían sobre una tableta de cera endurecida.) Mientras tanto, César, al transitar por las calles, recibió un nuevo aviso. La misma adivina de antes se aproximó a él de nuevo, y cuando César dijo, bromeando, "¡Bueno, los idus de marzo ya han llegado!", Espurina replicó: "Si, pero aún no han pasado". En un punto más avanzado de su recorrido, un hombre surgió de la multitud y depositó en la mano de César un rollito que contenía detalles de la conjura. El dictador acostumbraba recibir muchas peticiones por aquel mismo sistema, de modo que no se molestó en abrirlo de inmediato, y se limitó a colocarlo junto con los demás documentos que llevaba. (Se dice que fue hallado, pocas horas más tarde, sobre su cuerpo)

En la sala de Pompeyo, los sacerdotes ofrecieron sacrificios y, de nuevo, los augurios se manifestaron desfavorables. Marco Antonio, entre otros se encontraban presentes, manifestó que él no iba a esperar. Su marcha fue un signo negativo más. Todo presagiaba el desastre, pero César, inexorable, mantuvo su postura de que, habiendo llegado aquel punto, y puesto que el Senado le aguardaba, debía entrar. Tras la deliberada falta de respeto con que tratara a los senadores en los últimos meses, sólo podía concluirse que estaba convencido de que, al fin, iba a ser proclamado Rex.

A última hora, los conspiradores atravesaron por un momento de inquietud, e incluso de terror. Circulaban noticias de que Porcia, la esposa de Bruto, había muerto o estaba a punto de perecer. (Se había desmayado a causa de la tensión.) ¿Pudo descubrir toda la conjura en el momento de morir? Pero lo peor sucedió cuando un senador, Popilio Lenas, murmuró dirigiéndose a Bruto y a Casca: ¿Os deseo suerte en vuestro plan, pero yo os aconsejo obrar con rapidez, pues el pueblo anda en habladurías". Hizo presa de ellos un nuevo sobresalto cuando otro hombre se acercó a Casca y le dijo: "Guardas bien el secreto, pero Bruto me lo ha confesado todo". Más tarde, manifestó que se estaba refiriendo a que Casca se proponía llegar a edil o magistrado. Al mismo tema pudo referirse también Popilio Lenas, el cual no contribuyó precisamente a aplacar el nerviosismo de los conspiradores, pues éstos le vieron aproximarse a César cuando descendía de su litera y ponerse a conversar con él.Por un momento, pareció que todo estaba perdido, pero pronto resultó claro, pro su forma de actuar, que no estaba transmitiéndole una información, sino solicitando de él un favor. Las manos empuñaron las dagas. Nunca se supo si Popilio Lenas, cuando se inclinó para besar la mano de César, procedía simplemente como un senador inofensivo que confiaba en haber obtenido un favor para sí.

César penetró a continuación en el edificio, y todo el Senado se puso de pie. Parecía una sesión como tantas otras, si bien César debió de albergar la íntima esperanza de que se aproximaba el momento de su mayor triunfo.Caminó hasta su trono y tomó asiento. Mientras el Senado en corporación rendía el acostumbrado tributo formal de respeto al dictador, los conspiradores --sin dejar de formularle preguntas o solicitarle favores-- se concentraron gradualmente en torno suyo en semicírculo  con objeto de cortarle la salida e interponer una pantalla que lo separase del resto --la mayoría-- del Senado. Tilio Cimber fue uno de los primeros en intervenir, pidiendo a César una merced: que llamara del exilio a su hermano. El dictador rechazó la petición, pero Cimber continuó implorando. Entonces,recurrió a un característico gesto itálico de súplica y le tendió su mano hacia el manto de César. Éste volvió la espalda, pero Cimber, como si desistiera de su ruego para desembocar en una abierta indignación, agarró el manto de púrpura del dictador y se lo quitó de los hombros. Era la señal. Los demás conspiradores rodearon a César, que permanecía en pie vestido con la simple toga romana. Le habían despojado de su dignidad imperial. César, como si adivinara el simbolismo de aquel acto,así como la hostilidad que reinaba en torno a sí exclamó: "¿Que significa esta acto de violencia?". Casca, de pie junto a él, asestó la primera puñalada en la garganta de la victima, pero falló y tan sólo hirió su hombro. César, volviéndose, tomó a Casca por el brazo y lo hirió a su vez con su estilo, al tiempo que gritaba: "¡ Tú Casca, villano! ¿Que te propones?". Pero, en aquel momento, debió comprender.

Un segundo después, el hermano de Casca le hundió su daga en el costado, y Casio le asestó una puñalada en pleno rostro. Todos estaban sobre él, como una manada de lobos, éste acuchillandole en el muslo, aquél en la espalda. Según Apiano, César luchó por su vida como un animal salvaje.

Había peleado a lo largo de toda su existencia, y el ceder no iba con su naturaleza, pero aquél iba a ser sel último combate del "jefe de la manada". Los conspiradores eran unos insensatos. Inflamados por la embriaguez de la sangre y por el odio, lo apuñalaron con tanta saña que varios de ellos mismo resultaron heridos. César, blandiendo a derecha e izquierda se estilo, consiguió romper el cerco de sus enemigos. De nuevo agarró a Casca por el brazo y luchó hasta el fin, cayendo lentamente al suelo, a los pies de la estatua de su antiguo adversario, Pompeyo. Según la tradición, en aquel momento vió a Bruto entre los demás, avanzando hacia él con la daga en la mano. Sus últimas palabras, pronunciadas en griego, fueron para él: "¡Tu también, hijo mío!". Y cubriéndose la cabeza con la toga, se deslizó sobre el pavimento y murió.Más tarde, se contaron veintitrés puñaladas sobre su cuerpo, pero se hallaba tan mutilado que muy bien pudo superarse este número. Aquellas puñaladas habrían de repercutir sobre el cuerpo de Italia una y otra vez.

Las consecuencias de su muerte y lo sucedido después, pertenecen a otra historia.

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