Panoplia defensiva hoplita durante el s. V a.C.

Hoplitas: panoplia defensiva durante el siglo V a.C.

1.      Resumen - Abstract:

El objetivo de este trabajo consiste en el aprendizaje e investigación sobre el armamento defensivo de la infantería pesada hoplita durante época clásica y más concretamente durante el s. V a.C. donde tuvo lugar los conflictos finales del período arcaico en las Guerras Médicas (batalla de Salamina del 480 a.C.) y de plena época clásica de  la Guerra del Peloponeso (431 – 404 a.C.); todo desde un aspecto filológico, histórico y, fundamentalmente, arqueológico, nutriéndose de fuentes clásicas y de fuentes de investigadores modernos especialistas en arqueología e historia de la Grecia antigua.                                   

The objective of this study is the learning and research on the defensive armament of the heavy hoplite infantry during Classical Age and particularly during the V century BC where the final conflict of the Archaic age Persian Wars (the battle of Salamis 480 BC) and integrates such classical age of the Peloponnesian War (431-404 BC) took place; all from a philological, historical and mainly archaeological aspect, drawing on classical and modern investigators sources specialists in archaeology and history of the ancient Greece.                                                                                                                                                        

Palabras clave: Griegos. Hoplita. Época clásica. Panoplia. Defensa. Guerra del Peloponeso. Escudo. Armadura.              
                                                                                                                     

Keywords: Greeks. Hoplite. Classical Age. Panoply. Safeguard. Peloponnesian War. Shield. Armor.                             

2.      Introducción general al hoplita y la guerra en la Grecia clásica:

La guerra en el mundo griego ha ocupado un lugar importante en casi todas las disciplinas cultivadas: desde la escultura, la filosofía o literatura, hasta la política, sociedad y religión. Por lo que la guerra era un punto importante que atañía la actividad cultural y política de la ciudadanía de las polis helenas desde época micénica. Esto no quiere decir, por lo menos en época clásica, que los griegos fueran gentes belicosas; los horrores de la guerra eran algo común para ellos como para sus glorias, y no sólo entre los pensadores. Aún así, estos territorios bañados por el Egeo y el Mediterráneo no eran especialmente ricos, al igual que la población como en las materias primas para la guerra. Añadido esto, es remarcable la sobresaliente actuación que con frecuencia se daba cuando había situación de conflicto.                                                                              

El término aplicado por los griegos para la palabra “arma” era ὅπλον (hoplon), por lo que el hoplita era, literalmente, un hombre armado. Estos hoplitas o infantería pesada griega, luchaban en una formación cerrada llamada “falange”, término que en griego tiene el significado genérico de “formación de batalla”, pero es utilizado actualmente por los estudiosos para referirse exclusivamente a la formación de las líneas de infantería pesada. El hoplita adquirió el estatus del “señor de campo de batalla” a principios del s. VII a.C.                                                                                                       

La manera de pensar de los griegos  puede ser explicada como una idea en evolución, una percepción en la ideología de los habitantes de estos territorios, de pequeños agricultores de mantener a toda costa inviolables sus tierras ancestrales -aporcética, literalmente: defensa de un ataque-  de no ser pisadas por otras personas que no sean ellos mismos, tierra cuya  integridad están dispuestos a defender todos los ciudadanos de la polis al aviso de conflicto. A finales del s. V a.C., tras 200  años de guerra hoplita, Atenas y otras ciudades-estado se obligaron a sí mismas a aprender nuevas ventajas y estrategias de batalla aparte de permanecer en sus muros durante los ataques devastadores sobre los campos de cultivo que se dieron en las Guerras del Peloponeso por parte de los Espartanos y los aliados de la Liga del Peloponeso; debido a la superioridad de los enfrentamientos campales entre falanges hoplitas por parte de los lacedemonios y la sustitución continuada del armamento por otro más ligero, se vio cuestionada la táctica hoplita, estando en peligro dicha infantería pesada e iniciando el camino a su declive. Además, el rápido crecimiento de las tropas auxiliares (caballería e infantería ligera) y la utilización de armas de asedio ya en el s. IV acompañados de nuevas ideas, llevará a las batallas una gran implacabilidad en lugar de ser ese carácter episódico, mostrándose una nueva oportunidad para la victoria sin buscar una benigna humillación, pero sí buscando en ocasiones una rendición incondicional y un sometimiento por parte del vencido. Quedan demostradas a partir del s. IV a.C. las novedosas estrategias griegas de la que tenemos constancia en el primer tratado militar de occidente con la Poliorcética de Eneas el Táctico, en cuanto al ataque y defensa de una ciudad sitiada o asediada; tácticas, posiblemente, durante una progresión logística que dio lugar en los conflictos del s. V a.C., y donde quedan registradas también las primeras documentaciones de entrenamientos regulares de soldados y oficiales dejando claro el carácter profesional que se estaba forjando.                                                                       

Desde el s. V, sobre todo a finales, se puede hablar, entonces de un “crisis ideológica hoplita”, ya que los ciudadanos con mayor rango económico no querían que su estatus militar decayera, siendo sustituidos poco a poco por los mercenarios y otras tropas. Los procesos sufridos en la Guerra del Peloponeso en cuanto al hoplita en la guerra, por tanto, son procesos en el que el guerrero se convirtió en soldado; el cambio por el que las antiguas campañas estacionales de primavera-verano se transformaron en largas guerras prolongadas incluso en el crudo invierno; un proceso por el que se empezaron a desarrollar más aún, como se ha dicho en párrafos anteriores, las tropas profesionales a tiempo completo, mercenarios que requerían una soldada, una compensación económica reglada por contrato, que a menudo se basó en la cesión de tierras al final del servicio estipulado, pero otras veces en la entrega de piezas de metal precioso, dinero, con símbolos que garantizaban, con el prestigio del particular, gobernante o la ciudad que las acuñaba, su peso y su ley. Los cambios que se sufrieron en la Guerra del Peloponeso, significó la aparición de la “guerra total” frente a la “guerra agonística” (exacerbada competición) anterior en las Guerras Médicas. Se observa por aquellas fechas que hubo una rápida transición en las milicias ciudadanas hacia el estatus de “soldado”, guerrero de oficio con la regularización de las pagas de manera evidente a partir de mediados del s. V a.C. pudiendo fecharse en época anterior al 431 a.C., el entrenamiento colectivo, y formación de unidades de elite, antes impensables dada la igualdad entre los componentes de la falange.                                                           

Por lo tanto, con el surgimiento del “soldado” propiamente dicho, fuera de la política militarista espartana, en el que los ciudadanos de pleno derecho de su polis, los espartiatas, llevaban siglos demostrando esta profesionalidad. El Estado empezó a hacerse cargo de la manutención de los guerreros, y generalizándose, a partir del s. IV también, el proporcionar armas a los hoplitas, algo impensable en períodos anteriores. Este énfasis militar suponía un desgaste sobremanera de la economía del Estado superándose, lo que llevaría, junto al resto de hechos, a la desaparición y declive del hoplita y de las ciudades-estado griegas.                                                                                             

No tenemos constancia de ninguna descripción de una batalla entre hoplitas anterior al período clásico, salvo por los míticos duelos singulares de la Ilíada de Homero. Los primeros combates descritos con cierto detalle fueron en las Guerras Médicas, pero no hubo hoplitas enfrentados entre sí. Tras los 50 años de paz de la pentecontecia hasta las Guerras del Peloponeso el primer autor que nos da descripciones detalladas de batallas entre hoplitas y de los mismos es Tucídides, en el cual girará el contexto del trabajo. Más tarde, concretamente a finales del s. V y principios del IV a.C., Jenofonte en su Anábasis (400 a.C.) nos dará los conocimientos tácticos propios de un general de una falange griega. En la propia Anábasis se esclarece, como se ha señalado anteriormente, la importancia que estaba alcanzando el mercenario desde sus limitados orígenes en el s. VII a.C., su expansión durante el s. V a.C. y elevando su número considerablemente a partir del s. IV a.C. en el que se puede apreciar cómo podía haber ejércitos enteros de hoplitas, el de los “Diez Mil” al que pertenecía el propio Jenofonte, al servicio de los persas de Ciro.                                                                                          

Una de las consecuencias más importante de la prolongación de las guerras fue que, al menos en Atenas, se hizo necesario compensar a los ciudadanos con una suma en metálico (moneda de plata), dado que no podían dedicarse a sus ocupaciones habituales. Según Demóstenes, en el s. IV a.C., fue Pericles el que instauró esta paga, aunque dicha fuente es de dudosa fiabilidad. Como se ha asegurado previamente, hay textos que aseguran esta instauración en una fecha anterior al 431 a.C. (Aristóteles). Se ha tratado de diferenciar entre una cantidad destinada a la alimentación, una dieta, entregada directamente en víveres (siteresion) de una paga propiamente dicha en metálico (misthos), pero las fuentes mezclan ambos términos, junto con otros, por lo que no se puede afirmar del todo.                                                                  

Definimos entonces al hoplita de época clásica como el ciudadano en armas con un nivel adquisitivo por encima de la media pudiéndose costear una panoplia pesada garantizando su protección en un combate campal y letal al que acudirían en tiempos de guerra. La historia del armamento defensivo es la búsqueda de la mejor protección, movilidad y comodidad del usuario para evitar la mayor parte de bajas posibles en combate y para aprovechar “la mejor defensa como un buen ataque” así como obtener la victoria y la gloria militar, aparte de asegurar la supervivencia del ejército aliado, en un letal ejercicio de carácter colectivo como es la falange hoplita.     

 3.      Integrantes principales de la panoplia defensiva hoplita en el s. V  a.C.:   

Es importante destacar que a partir de la segunda mitad del s. V a.C. comienza a haber una cierta uniformidad en el ejército. Los estados comienzan a proporcionar el equipamiento a sus integrantes, los cuales antes tenían que costearse solos, estando muy ligado al nivel adquisitivo de cada ciudadano, y que a partir de mediados de siglo, comenzará a verse como un oficio, dando una paga por los servicios, como se ha explicado con anterioridad en la introducción. El equipo básico defensivo del que se va a tratar es el siguiente:

-          Aspis: elemento fundamental del guerrero hoplita y de la falange, el escudo: su construcción, simbología y utilidad.

-          Coraza o armadura: en este punto se va a incluir el thórax, pechera, propiamente dicha, que cubría el torso hasta la ingle, y la pteryges, falda que protegía el bajo vientre; kranos, casco; y por último las kmenides, es decir, las grebas o “espinilleras”.

-          Vestimenta: prendas de lino con el que vestían muchas veces los soldados y que fueron siendo más regular a medida que la comodidad y movilidad del guerrero fue ganando protagonismo: son principalmente la perizoma el chistoniskos, túnica de lino, el exomis, sustituyendo este último al chistoniskos ya a finales del s. V a.C., y el ephaptis, un manto que cubría hombros o brazos.

Todos estos elementos tienen su propia evolución, ornamentación, partes distinguidas del mismo y un preciso y artesano modo de fabricación que se tratará a continuación, en la medida de lo posible, junto a los materiales y procesos seguidos.

 4.      Panoplia hoplita defensiva:       

4.1.   Aspis:                                                                                                                                                                                                                                                                

La palabra aspis era el término técnico griego para nombrar el escudo, ya que muchas veces se ha identificado con hoplon[1] (que también da nombre al escudo), teniendo un significado más global  de armadura o armas en general.                       

Se conoce el método de elaboración del escudo hoplita gracias a un ejemplar descubierto en una tumba etrusca, inclusive de fabricación propia, hecho de madera de álamo (ilustración 1, ) y forrado el interior con cuero, y que hoy se guarda en el Museo Gregoriano Etrusco del Vaticano que data del s. V, y que según Blyth, la chapa de bronce con el que se recubría el exterior de la madera, la cual era muy fina, de unos 0,5 cm de grosor, tenía únicamente valor ornamental; en otros escudos podían ir simplemente pintados y decorados con unos motivos de lámina de bronce. Gracias a este escudo etrusco se ha podido reconstruir la manera de proceder en su fabricación junto con otros hallazgos arqueológicos encontrados como ofrendas en santuarios de Olimpia, demostrando su similar artesanía. Después de una batalla era costumbre que el general victorioso dedicara un escudo con una inscripción a uno de los santuarios, encontrándose muchos así en esta ciudad. Todas las partes metálicas de estos escudos han desaparecido, aunque se han descubierto muchos de los accesorios interiores. Varios de estos escudos “olímpicos” tienen los accesorios fijados directamente en el reverso de la guarnición de bronce. Tales escudos se hacían especialmente para las ofrendas, pues hubieran sido inservibles en batalla. Se ha sugerido que se los utilizaba para desviar los golpes, pero tal teoría está reñida con la finalidad esencial de la falange. Se suponía que el hoplita debía proteger el lado indefenso de su vecino, no desviar hacia éste proyectiles que se lanzaban y empujar al enemigo es las melés del combate, para proceder a los ataques ofensivos con la dory o lanza.                        

El armazón, entonces, se elaboraba con tablones de madera (álamo y sauce son algunos ejemplos) de entre unos 20 y 30 cm de ancho, encolando estas láminas de forma curva entre sí para formar un bloque. Este se labraba con esmero hasta conseguir la forma de cuenco hondo de entre 90-110 cm de diámetro y una profundidad de 10 cm. El borde de este bloque se elevaba unos 4,5 cm por encima de la parte cóncava del escudo y proporcionaba la base para una cubierta de bronce. El armazón a su vez estaba reforzado por láminas de bronce dispuestas a los lados formando un ángulo recto con el veteado de la madera, observándose muy bien en el vasija olpe Chigi (ilustración 2). La madera, según Plinio (HN, XVI, 209), se obtenía de árboles que suelen crecer cerca del agua, como el sauce y el álamo, ya que son más flexibles y proporcionan mejor madera para producir estos escudos, ya que “cicatrizan su propia herida” cuando es atravesada. El grosor final de la pieza no era uniforme: la madera oscilaba entre 0,9 cm en el centro y 1,8 en los bordes. El peso de la pieza acabada sería de unos 6,5-8 kg desmitificando el gran peso del escudo hoplita.                                                                                                

 La cara interior se forraba con cuero fino cosido de manera que encajara con la parte cóncava del escudo. Esta concavidad interior y el borde tenían la función de dar al guerrero un apoyo sobre el hombro izquierdo, descargando así peso de su brazo en combates prolongados; además, podía empujar mejor con él para desequilibrar al rival (othismos) en la melé durante un enfrentamiento de falanges hoplitas. Ya en el s. VII a.C. el poeta elegíaco y a la vez soldado, Tirteo de Esparta,  había hecho descripciones de las tácticas hoplitas y había dado descripciones gráficas de las marchas y como llevar el escudo: se procedía a ser colgado sobre los hombros por una correa o telamon, el cual a menudo iba cubierto con fundas protectoras de tela o cuero.                                                     

La última parte que se disponía en el escudo era el agarre, único en el Mediterráneo antiguo: la pieza principal era el brazal, denominado porpax, que ocupa el centro del escudo, y que a su vez constaba de tres partes: el primero estaba formado por dos tiras externas con un remate en forma de palmette (palma), que se extendía hasta para interior del borde; el siguiente accesorio consistía en dos tiras interiores que tanto podían estar separadas de las tiras exteriores como formar una misma unidad, y, por último, el brazal propiamente dicho. La forma adquiría lo que se ve en la recreación de la ilustración 4. La totalidad de los porpax que nos han llegado a día de hoy son del período arcaico y presentan una decoración muy elaborada.                                                     

Seguidamente, dos remaches en forma de asa se fijaban en los dos extremos perpendiculares de la cara interior del escudo, a escasa altura por encima del centro. A continuación se fijaban cuatro ojales enclavijados, a menudo en forma de escarapela, por encima y por debajo de los remaches en forma de asa. Al final, se ataban unos cordeles terminados en borla a los remaches, formando el asidero de cuerdas conocido como antilabe, que se cogía de la mano izquierda. Otros cordeles terminados en borla se ataban a los ojales enclavijados (ilustración 3).                                                            

Este sistema de agarre tan especial tenía sus pros y contras: en cuanto a las ventajas, era un sistema mucho más descansado (parte del peso cae sobre el antebrazo, parte sobre el hombro y muy poco sobre la muñeca), seguro (si los dedos sueltan el antilabe el escudo no cae) y reparte bien los golpes del enemigo (que no repercuten sólo sobre la muñeca, sino sobre el antebrazo entero). En ocasiones, se colocaban en la zona inferior del escudo una especia de “cortina” de tela o cuero que protegía de proyectiles como dardos, flechas o jabalines la zona de las piernas. Pero también tiene una serie de inconvenientes: escasa movilidad en un combate singular; en caso de huída, el escudo, para poder soltarlo había que apoyarlo en el suelo primero, dando complejidad a deshacerse de él con rapidez, y en caso de tener que huir con él a cuestas sería un verdadero estorbo, a pesar del entrenamiento de carácter militar practicado en la efebato (dos años de programa obligatorio físico y militar que comprendía de los 18 a los 20 años y suponía el rito a la “madurez” ciudadana de una polis) que consistía en participar en carreras con la panoplia hoplita conocido como hoplitodromos (ilustración 4). Estas condiciones se entiende que para los antiguos griegos perder el escudo fuera signo de deshonra. De ahí el dicho que tenían los espartiatas en el que una madre ordenaba a su hijo que volviera con el escudo (vencedor) o  sobre él (caído en combate y transportado por sus compañeros en el escudo a modo de camilla) (Plutarco, Moralia, 241F). O al igual que decía ya Tirteo de Esparta, el elegíaco, a principios del s. VII a.C., cantando para subir la moral de los combatientes en el que estaba muy presente la gloria homérica en sus versos: defender la polis hasta la muerte, siendo esta última el mayor honor, al contrario de lo que decía Arquíloco de Paros, elegíaco también de finales del VII y principios del VI a.C., que defendía su moral con estos versos: “Un sayo ostenta hoy el brillante escudo, que abandoné a pesar mío junto a un florecido arbusto. Pero salvé la vida. ¿Qué me interesa ese escudo? Peor para él. Uno mejor me consigo.” En definitiva, el hoplita portador del escudo sacrificaba movilidad y protección lateral para ganar enormemente protección frontal.                                                                           

El aspis, en realidad sólo se entiende como protección si hay una formación o falange bien alineada; es entonces cuando el tamaño, la forma y la empuñadura del escudo cobran todo su sentido: la mitad izquierda de un escudo protege el flanco derecho  del compañero de la izquierda, mientras que la propia derecha, mal cubierta por el escudo propio, es a su vez protegida por la parte del escudo que sobresale del camarada de la derecha. Es así pues, que la falange sólo es invencible mientras se mantenga el escudo de cada compañero en su sitio, protegiendo, no sólo al portador, sino a sus vecinos; la solidaridad, la cohesión de grupo no es solo deseable, es imprescindible tanto en la victoria como en la derrota, porque la fuerza de los escudos unidos es muy superior a la de cada uno de ellos individualmente, por lo que nacen así cuerpos de élite como el del Batallón Sagrado tebano, atribuido al general Górgidas, el cual era formado por amantes y luchaban con más fiereza y más ligados que ninguna otra guarnición.                                                                                    

Como ya se ha dicho anteriormente, la superficie metálica exterior de los escudos no era realmente una protección, ya que muchas veces las lanzas y proyectiles de los enemigos atravesaban con facilidad el armazón matando a los guerreros. Un ejemplo de ello es la muerte que cuenta Jenofonte (Anábasis, IV, 1, 18) de Leónimo, el Laconio, al ser atravesado su escudo por una lanza. Muchas veces, esa superficie metálica del exterior ayudaba a una victoria psicológica sobre el rival, debido al reflejo del Sol en dichas láminas, podía asombrar y atemorizar a los “bárbaros” orientales, como cuenta Jenofonte (Anábasis, 1, 2, 17). Por otro lado, los escudos solían llevar símbolos pintados o recortados en lámina broncínea. A menudo son verdaderos emblemas heráldicos de un héroe o su familia, como un águila con alas extendidas, un triskel con forma de piernas; otras veces eran símbolos apotropaicos como la cabeza de la Gorgona, que, simbólicamente, petrificaría al enemigo; otras, sin embargo, podían tener alusiones religiosas como un tridente, símbolo de Poseidón, un trípode o un gallo, para Helios o Apolo, consagrándose en el efebato a estos dioses. Pero a mediados del s. V a.C., Esparta eliminó los símbolos heráldicos individuales, sustituyéndolos una gran Λ (lambda), la L inicial de Lacedemonia (ilustración 5), su región cultural, cuya visión en los campos de batalla bastaba para atemorizar a sus enemigos, como pasó en la batalla de Coronea del 394 a.C. entre los aliados espartanos y los beocios: al ver los integrantes argivos del ejército beocio las lambdas de los lacedemonios, huyeron hacia el monte (Jenofonte, Agesilao, II, 9). Con el tiempo, otras ciudades siguieron el ejemplo,  comenzando a aparecer letras o símbolos que caracterizaban una polis, como la clava de Heracles en Tebas.       Los escudos, por tanto, en la práctica y en la moral psicológica del rival, eran elementos conexos al hoplita, siendo parte de su identidad guerrera. Estos escudos son de los utensilios que aparecen más como ofrendas en santuarios o como símbolos de victoria, pasando a la posteridad en las representaciones como el escudo por antonomasia de los griegos, los cuales siguieron siendo representados en épocas posteriores después de ser sustituidos, aún así, por otros equipamientos, más ligeros o con mejor defensa según evolucionaba la logística militar, viendo su importancia reflejada en composiciones cerámicas y esculturas.

                                                                                                                                           

4.2.   Protección craneal:
                                                                                                                               

Junto al escudo pesado hoplita era imprescindible un casco (kranos) cerrado de bronce que protegiera cabeza y cara. Ya en el s. VII a.C. cuando se asentó la falange en su total sazón, alcanzó el gran desarrollo de la panoplia hoplita para el nuevo tipo de combate en formación cerrada, que exigía una adecuada protección de los combatientes, ciudadanos libres y acomodados de la polis. Entre la diversidad tipológica de estos cascos surgió el conocido como “corintio” (ilustración 3) siendo el que alcanzó el mayor éxito, el que más a  menudo se represento en los relieves  cerámica y el que ha sido asociado en la imaginación popular con la imagen del hoplita.                                                 

Las denominaciones de los cascos (corintio, ilirio, calcídico, ático…), en realidad, son términos modernos, pues aún no se saben el origen de los mismos. Sí sabemos por diferentes menciones en las fuentes clásicas, como Heródoto, que, por ejemplo, el casco “corintio” lo nombra y a su vez hay referencias en la cerámica de vasos protocorintios (ilustración 2), haciendo pensar a Snodgrass que, uno de los tipos de yelmos del que se va a hablar a continuación, ya fuese denominado “corintio” por los propios griegos, aunque tal vez estuvo inspirado en algún tipo de casco oriental. En el texto de Heródoto (IV, 180), cuenta que, durante una ceremonia celebrada por una tribu libia, la muchacha más bella iba vestida con una armadura completa griega, incluido el casco corintio.                                                                                                       

El casco corintio, pues, surgió a finales del s. VIII a.C. en forma de masivo capacete de bronce que cubría totalmente la cabeza, dejando apenas una rendija horizontal para los ojos y otra vertical (protegida por una nasal) para nariz y boca. Hay algunos ejemplares que constan de dos piezas, el casco corintio se batía normalmente a partir de una sola lámina de bronce, un proeza técnica difícilmente reproducible hoy. Este proceso requería una enorme habilidad. Os herreros griegos desarrollaron una herramienta especial, parecida a un martillo alargado y de punta curva para trabajar el bronce. Este pyxis fue pintado por Taliarco, así llamado por las inscripciones eróticas en los vasos que pintó a finales del siglo VI a.C. El interior se forraba con un fieltro u otro material acolchado que se cosía al capacete metálico: las hileras de pequeños orificios que a menudo punteaban el contorno del casco servían para esto. Este acolchado amortiguaba los golpes en la cabeza que de otra manera habrían noqueado, incluso matado, al portador del casco sin necesidad de perforación del metal. A partir del s. VI a.C. el fieltro se pegaba en el interior, y en imágenes del s. V se advierte una especie de gorra bajo el casco para mayor comodidad. Este gorro está inspirado en el que lleva Patroclo en un caso decorado por el pintor Sosias. El sombreado de la pintura sugiere que en lugar de un fieltro se utilizaba algún tipo de tejido. El casco corintio pesa dos kilos y medio o más, y en verano, junto al acolchado, en plena campaña militar, sería extremadamente caluroso y molesto. Blyth ha demostrado que el grosor del casco no es uniforme, y que tiende a aumentar en ejemplares del s. VI a.C., especialmente en la zona de la cara, oscilando entre los 0,75 y 1,25 mm aunque el nasal llega a tener hasta medio centímetro de grosor.                                                       

 En el s. V a. C., el casco corintio evolucionó hacia una forma que cubría el rostro casi por completo gracias a la fusión de las piezas de la nariz y las mejillas. El casco también desarrolló una marcada protuberancia craneal. Al casquete se le añadía una imponente cresta de crin de caballo, una cimera (lophos). Ya es nombrado este aspecto en la Ilíada de Homero (6, 469 ss.), en Tirteo (11, 26) o en Polibio (6, 23, 13) A menudo, el soporte estaba decorado a cuadros. Es posible que el soporte a cuadros dispusiera de unos pasadores que encajaran en los aros para afianzar la cresta. Esta cimera o cresta transversal, quizá sirvieron como insignias de rango, al menos en el ejército espartano. A veces, también se añadían otros elementos como cuernos metálicos, etc., diseñados para dar un aspecto aun más impresionante al guerrero, y para hacerle parecer más alto y corpulento, jugando con la psicología moral del rival. Todo esto proceso se daba antes de salir de la “herrería” donde se decoraban con perforaciones y grabados. A los ejemplares elaborados en talleres griegos a menudo se añadían cejas. Algunas herramientas que se utilizaba en los talleres aparecen un dibujo realizado a partir de una copa muy dañada y posteriormente restaurada, que se guarda en el Museo Ashmolean de Oxford. La copa fue pintada por Antifón hacia el 480 a.C.                                                                   

El casco siguió evolucionando o cayendo en desuso, según como se mire, debido a la causa de las limitaciones visuales y auditivas que comportaba. Estas limitaciones no eran decisivas en el combate hoplita, aunque la audición, a la hora de recibir órdenes de las últimas filas sí era realmente necesario, por lo que a partir del s. V a.C. se practicaban incisiones para las orejas, tomando, además, mayor elegancia y mejor adaptación al cráneo. Otra ventaja del casco corintio era la doble posición que podía adoptar: calado para la lucha y levantado sobre la coronilla durante las marchas. A partir de esta peculiaridad surgiría en las ciudades de la Magna Grecia, el llamado casco “italo-corintio”, reproduciendo el corintio alzado con falsos ojos y nasales, y que perduró entre los oficiales del ejército romano hasta el s. I d.C.                                                                          

Este proceso de aligeramiento en la panoplia hoplita desde principios de. S. V a.C., con la sustitución de corazas de bronce por otras de lino, más ligeras y cómodas, afectó también al casco corintio, el cual fue progresivamente desplazado por otros modelos más ligeros, como el calcídico, derivado de aquél Otro modelo que adquirió gran fama durante el s. V a.C. también fue el casco “tracio” que siguió usándose hasta el siglo II. Tenía un pico en la frente y carrilleras largas y puntiagudas, normalmente recortadas en la boca y los ojos. Las carrilleras estaban con frecuencia muy decoradas, a partir del s. IV a.C., y en la época del dominio macedónico, por ejemplo, se adornaban con barbas y bigotes protegiendo en su totalidad la mandíbula y dándole un aspecto aterrador. (Ilustración 8)                                                                                     

Debido a los gorros de fieltro, nombrados anteriormente, sirvieron como referencia para inventar nuevo tipos de cascos que imitaban su forma. Este caso es el llamado “beocio”, siendo la adaptación del sombrero de viajero de ala ancha. Se sujetaba a la cabeza mediante dos correas, una por debajo del mentón y otra por debajo del hueso occipital en la parte posterior de la cabeza. En el arte griego se representaba con las correas hacia arriba, o con una o ambas hacia abajo. Cuando las dos correas se cerraban abajo, el ala del fieltro se doblaba en dos pliegues a ambos lados de las orejas. El caso denominado “beocio” conservó esta forma característica. Es posible que los griegos, al igual que el corintio, denominaran ya así este tipo. Jenofonte (Sobre la caballería, XII, 3) recomienda el casco “beocio”  por ser el que ofrece mayor protección sin limitar la visión. Otro tipo muy común de gorro de viaje era el pilos, muy común en las representaciones de Odiseo y que adquirió gran fama durante las guerras del Peloponeso. Pilos era la palabra griega para denominar un fieltro. En ocasiones también se llevaba bajo el casco para mayor comodidad. A medida que se aligeró la panoplia hoplita, adoptaron este gorro en sustitución del casco. Apareció entonces el denominado “casco pilos”, que imitaba este gorro. En la batalla de Esfacteria (425 a.C.), en pleno conflicto del Peloponeso, que acabó en tragedia para los espartanos por la diferencia abismal de contingentes por parte de los áticos; comenta Tucídides, entonces, (IV, 34, 3) como los piloi de los lacedemonios apenas los protegían, por lo que puede referirse tanto a los gorros como a los cascos (ilustración 5 para ver casco tipo pilos).

                                                                                                                                                                                                      

4.3.   Coraza; del torso a las ingles:                        

                                                                 
En cuanto a la protección del torso hay que hacer una pequeña introducción que da comienzo en era micénica: los micénicos experimentaron con masivas corazas de bronce como la de Dendra, que proporcionaban una notable protección a los combatientes, con gran coste económico y sacrificando comodidad y movilidad casi total. Tras los siglos oscuros y en el vacío desde el descubrimiento de Dendra hasta casi 700 años después, se desarrolló el nuevo tipo de falange hoplita, como hemos explicado antes, evolucionando también la armadura. Los ciudadanos se costeaban una costosa armadura, con mayor movilidad, pero todavía presentando unas desventajas muy arcaicas. Ya Heródoto (II, 152) habló de los “hombres de bronce” que acudieron como mercenarios en el siglo VII a.C. en ayuda del faraón Psámetico para su lucha contra los asirios que invadían Egipto, y que asombraron a los orientales precisamente por ir cubiertos de bronce, con casco, coraza, peto y espaldar metálicos, musleras y grebas. El peto usado en esa época es el que se denomina de “coraza de campana” que adquirió gran fama y hasta mediados del siglo VI a.C. siguió usándose. En esta época se sustituyó por la coraza anatómica o también conocida como musculada. Reciben este nombre porque el peto y el espaldar de la armadura estaban construidos a imitación de la musculatura del tronco (ilustración 9). Evolucionó de la coraza de campana, por lo que el reborde “acampanado” su sustituyó por una curva hacia abajo que cubrió la ingle. Esta fue usada hasta finales de era romana. Pasó a formar parte del uniforme de los oficiales superiores. Había dos versiones: una corta, que terminaba en la cintura, y otra que cubría el abdomen. El tipo corto era utilizado con mucha frecuencia por la caballería. Esta coraza se unía normalmente en los lados y a veces en los hombros con charnelas. Se juntaban las dos mitades de la charnela y se introducía el pasador. A cada lado de la charnela había una anilla, que servía para mantener fuertemente unidos el peto y el espaldar. En algunas corazas del s. IV a.C., la charnela del lado izquierdo llegaba desde la axila hasta la cadera. Probablemente se unían las piezas por este lado antes de ponerse la coraza, pues hubiera sido imposible introducir el pasador por debajo del brazo. Aunque se han encontrado corazas anatómicas en algunos vasos griegos, los ejemplos arqueológicos provienen principalmente de Italia.                      

 Tras este tipo de corazas, comenzaron a ser sustituidas por el linothorax o coraza compuesta, corazas hechas de láminas de lino encoladas entre sí y endurecidas mediante inmersión en vinagre y sal, y reforzadas en ocasiones con escamas de bronce, una forma de protección más liviana y fresca, pero efectiva. La parte inferior iba cortada en tiras para que fuera más fácil enrollar la coraza; una segunda capa, también cortada a tiras (pteryges, alas en griego), se colocaba debajo para proteger los resquicios de la capa exterior. Estas capas solían estar hechas de lino o cuero endurecido, o, en su defecto, metal. La camisa se enrollaba alrededor del torso y se fijaba al lado izquierdo. Una pieza en forma de U, fijada a la espalda, se echaba hacia adelante para cubrir los hombros. Estas corazas se hacían con frecuencia de varias piezas y, a veces, los pteryges eran separables. Las pteryges, en su mayoría tenían el borde pintado y terminaba con un fleco en la parte inferior. La gran ventaja de las corazas de lino era su flexibilidad. Se siguió utilizando hasta la introducción de la malla, en el 250 a.C. (ilustración 3). Sin embargo, este tipo de armadura resultó demasiado compleja aún durante el conflicto de la Guerra del Peloponeso (431 a.C. – 404 a.C.), cuando se hizo más frecuente que los guerreros de los ejércitos, fueran simples granjeros, algunos incluso arruinados, que no podían costearse su armamento pesado ni coraza de ningún tipo, o a lo sumo un jubón acolchado conocido como spolas que antes se había empleado bajo la coraza de metal para evitar roces, y que a menudo se convirtió en la única protección del torso, mencionada por Jenofonte (Anábasis, III, 3, 20). Esto, junto a la demanda de mercenarios hoplitas o peltastas (tipo de soldado ligero capaz de luchar tanto en formación como en guerrilla). Así, durante finales del s. V a.C. y el IV a.C., los hoplitas griegos seguían combatiendo como sus antepasados en la cerrada formación de la falange, sin embargo con tipos de coraza que poco tenían que ver con las antiguas armaduras de sus heroicos antepasados. De hecho, en los tiempos de la Guerra del Peloponeso, era frecuente que los hoplitas marcharan a la batalla llevando como única protección el aspis.         


4.4.   Vestimenta: protección contra rozaduras y ataques:                                                                                                                                                                                   

Los hoplitas podían vestir una prenda de material grueso, probablemente llamada perizoma. Esta prenda se ajustaba a la cintura, debajo de la falda de la coraza, y protegía esta parte del cuerpo de los ataques con lanza. También era frecuente que los hoplitas, por motivos de confort y protección, vistieran una túnica completa del mismo material grueso debajo de la armadura. Es posible que esta túnica completa del mismo material grueso debajo de la armadura. Es posible que esta túnica se denominara spolas. Han aparecido pinturas de vasos posteriores a las guerras médicas que muestran a hoplitas sin armadura, pero todavía ataviados con esta prenda para contar con una mínima protección.               

La túnica usada debajo de la armadura podía ser muy delgada. La palabra griega que denominaba la túnica era chiton, aunque los académicos modernos prefieren el diminutivo chitoniskos.          Vestían con túnicas, principalmente del color rojo, aunque también el color azul. En esta época se sustituyó la túnica que vestían debajo de la armadura conocida por el chitoniskos por el exomis. Este exomis (ilustración 5) constaba de dos piezas rectangulares, por lo general de lino, cosidas en los bordes formando un cilindro y dejando tan sólo el espacio suficiente en las mangas para que pasaran los brazos. En la parte del cuello, las dos telas rectangulares se cosían parcialmente o se sujetaban con alfileres, dejando una abertura para la cabeza. El cilindro se hacía más holgado de lo necesario y se ajustaba a la cintura con un cinturón de tela atado con un nudo de rizo que quedaba oculto entre los pliegues. En ambos lados de la abertura para la cabeza, las esquinas superiores de las telas rectangulares caían sobre los hombros, dando la falsa impresión de que la túnica tenía unas mangas cortas. A fin de permitir una mayor libertad de movimiento del brazo derecho, era habitual que se descosiera la costura del hombro del mismo lado y se hiciera pasar el brazo por la abertura extendida de la cabeza. Esto hacía que la túnica colgara ampliamente del lado derecho, formando una “bolsa” debajo de la axila derecha.                                                                                                                

Otra vestimenta usada por los hoplitas era el manto, un rectángulo alargado de tela denominado ephaptis (rebozo). A principios del s. V a.C., el manto aparece envuelto alrededor de la cintura como un taparrabos. A finales del mismo siglo, es más habitual que aparezca cubriendo los codos, como si se tratara de un chal. En las escenas que representan una cacería o una pelea, el ephaptis suele envolver el antebrazo para protegerlo. En estos casos, el manto se anudaba enroscándolo en el propio antebrazo.

                                                          

4.5.   Las piernas: protección de espinillas, grebas:                                                                                                                                                                                    

Por último, llegamos a la zona de protección de las piernas, principalmente las grebas o kmenides para proteger las zonas vulnerables de las piernas que no cubrían ni la coraza ni el escudo. Muy frecuentemente, en época avanzada debieron de ser de piel, fieltro o lino, como se representaron en un fresco micénico del palacio de Pilos, hacia el 1300 a.C. Aún así, por cuestiones de conservación del material, las grebas halladas son normalmente las más ricas, que se hicieron en lámina de bronce batido de entre 1 y 2 mm de grosor, casi siempre dotadas de orificios en los bordes para colocar por el interior un forro acolchado. Estas piezas son las más antiguas que conservamos, son piezas rígidas con anillas para pasar unos cordones y atarlas a la pierna. Esta forma se extendió por toda Europa Central y Mediterráneo desde el s. XI a.C.                        

La guarda completa de la pierna inferior, o greba, se introdujo con carácter general en el s. VII a.C. Al principio sólo cubría la parte inferior de la pierna, pero más tarde se extendió también a la rodilla. Durante la época arcaica, “Edad de Oro” del metal en las armaduras, estas grebas eran profusamente decoradas. En Grecia se adoptó un sistema diferente al semirrígido, por lo que las grebas empezaron a imitar la anatomía de la pierna en torno al 500 a.C. (ilustración 3). Algunos ejemplares presentan perforaciones en los extremos, lo cual indica que estaba forrados, pero este elemento pronto cayó en desuso. El hoplita se encajaba la greba en la espinilla aprovechando la gran flexibilidad del bronce, siendo esto más envolvente protegiendo los gemelos, y la retiraba introduciendo algún pequeño utensilio que pudiera servir para hacer palanca.      

Muchas pinturas de vasos griegos pertenecientes a este período muestran con gran claridad que los hoplitas usaban una liga por debajo del extremo inferior de la greba para evitar rozaduras. Las ligas cobrarían una gran utilidad cuando dejaron de forrarse las grebas. Esta reconstrucción se basa en la escena pintada por Sosias, en la que Aquiles, que lleva estas ligas, están vendando a Patroclo (ilustración 10). En muchas representaciones también de la cerámica griega se nos enseña que este tipo de greba se colocaba en primer lugar al vestirse, antes incluso que la coraza, ya que no permitiría colocársela adecuadamente. Muchas han sido encontradas en santuarios griegos, al igual que los aspis, como el de Olimpia.                                                                                                                                                                                                             

 5.      Conclusión

          En definitiva, en un principio, junto a la táctica letal de la batalla campal en la que se enfrentaban los hoplitas, donde la psicología del aspecto deshumanizador que adoptaban los guerreros, podían minar la moral del adversario allanando un camino hacia la victoria, siendo un factor vital en combate. Esto fue perdiendo protagonismo hacia ventajas de comodidad y ligereza según evolucionaban la logística militar, el tipo de estrategia y la eficacia en el combate, aparte de la adecuación de otros tipo de infantería debido a la progresiva igualdad dentro de las filas del ejército, contando con distintos destacamentos que en un principio, al no poder hacerse con su panoplia por el nivel adquisitivo, utilizaban armas más rudimentarias, tachadas en su mayoría por improbas y de carácter pusilánime, como arcos, hondas o, directamente, el empleo de piedras y su lanzamiento sin ningún instrumento al enemigo. Todo esto favoreció a que el ejército en su evolución, acabase desapareciendo esa pirámide jerárquica basada en la economía del ciudadano, y basarse en un oficio al más estilo espartiata. Por lo tanto, el aligeramiento y la secular evolución de estos aspectos, llevo al hoplita a pasar a ser un contingente de infantería pesada reducido a mercenarios que podían costearse dicho equipamiento.

Bibliografía:

  1. Chase, G. H.: “The shield devices of the Greeks”, Harvard Studies in Classical Philology, Department of the Classics, Harvard University, pp. 61 – 127, 1902.
  2. Connolly, P.: Los ejércitos griegos, traducción de Requena Calvo, E., Espasa-Calpe, S.A., Madrid, 1981.
  3. Fornis, C.: “Μαχη κρατειν en la guerra de Corinto: las batallas de Nemea y Coronea (394 a.C.)”, Gladius XXIII, pp. 141 – 160, 2003.
  4. Hanson, V. D.: The western way of war, infantry battle in classical Greece, University of California Press, Londres, 2000.
  5. Lesky, A.: Historia de la literatura griega, traducción de Editorial Gredos, Madrid, 1989.
  6. Quesada Sanz, F. e ilustraciones de Fernández del Castillo, C.: Armas de Grecia y Roma. Forjaron la historia de la Antigüedad clásica, La Esfera de los Libros, S.L., Madrid, 2008.
  7. Sekunda, N. e ilustraciones de Hooks, A.: Greek Hoplite 480 – 323 BC, Osprey Publishing, Oxford, 2000.
  8. Snodgrass, A. M.: Arms and amour of the Greeks, Cornell University Press, Ítaca - Nueva York, 1967.

 

Ilustraciones:

Ilustración 1. Diagrama de listones de madera de álamo que formaban la base y el borde del escudo hoplita guardado en el Museo Gregoriano. (Blyth, Bolletino Monumenti Musei e Gallerie Pointificie, 3 [982] 11)

 

 

 

 

 

Ilustración 2. Vaso olpe Chigi. 680 a.C. (Museo nazionale etrusco di Villa Giulia, Roma)

 

 

Ilustración 3. Panoplia hoplita de inicios del s. V a.C. En él se representa el casco corintio y la cimera, el linothorax, aspis con el "trípode", símbolo heráldico que hace referencia a Apolo Pitio, y las diversas partes del escudo; grebas o kmenide. (Ilustración de Adam Hook, Greek Hoplite 480-323 BC)

 

Ilustración 4. Ánfora de figuras negras representando un hoplitodromos. Posiblemente se trate de alguna celebración religiosa o de los Juegos Píticos debido al trípode que se encuentra en el lado derecho de la figura.

Ilustración 5. Batalla de Coronea (394 a.C.) durante la Guerra de Corinto en la que participó el propio Jenofonte a su vuelta de Oriente junto con el rey Agesilao II. Se puede observar en la imagen la lucha que posiblemente hubo entre parte de la falange lacedemonia (representados con las lambdas lacedemonias en los escudos) y los tebanos (representados con la clava de Heracles). Ambos integrantes van ligeros de armadura, portando un casco tipo pilos, las respectivas armas y con el exomis. (Ilustración de Adam Hook, Greek Hoplite 480-323 BC)

 

 

Ilustración 6. Interior del aspis. Representa a Aquiles (izquierda) y a Héctor (derecha) en duelo singular. Era muy común en los pintores de la cerámica griega el hecho de representar temas de la Ilíada con la panoplia del momento. Cerámica de figuras rojas.

 

 

 

 

Ilustración 7. Reproducción de un escudo hoplita. Porpax con decoración en forma de palmetta.

Ilustración 8. Evolución del casco griego: el primero del lado izquierdo tipo kegel y sus respectivas evoluciones (ilirio e insular); el primero del lado derecho pertenecería al corintio del que evolucionarían el tracio, calcídico y ático. (Ilustración de Peter Connolly, Los ejércitos griegos)

Ilustración 9. Coraza musculada (Museo Nazionales romano).

 

 

 

 

Ilustración 10. Aquiles venda la herida sufrida por Patroclo en el brazo que sostenía el escudo. Patroclo lleva un gorro bajo el casco. Según Heródoto (VII, 181) las vendas de hilo de lino y los ungüentos su utilizaron para tratar las heridas sufridas en la batalla. Aquiles viste unas sandalias y ligas para evitar el rozamiento de las grebas. Figuras rojas de copa kylix pintada por Sosias aproximadamente en el 500 a.C. (Ute Jung, Berlín, Antikensammlung, Staatliche Museen zu Berlin – Preussischer Kulturbesitz, F2278)



[1] A. M. Snodgrass denomina al escudo pesado hoplita como hoplon en su Arms and armour of the Greeks.

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