Revelan que la población del sur peninsular casi no tiene ADN africano

Batalla de la Reconquista, miniatura de las Cantigas de Santa Maria - Wikipedia

Al-Ándalus nos ha dejado una gigantesca herencia cultural que pervive hasta nuestros días. Desde los miles de arabismos de la lengua española a la Alhambra de Granada, desde el gusto por las aceitunas o los escabeches al califato de Córdoba.

Sin embargo, poco corre en la sangre de los andaluces actuales de los árabes y africanos que ocuparon la Península ibérica durante más de 800 años. Un estudio genético realizado por investigadores de la Universidad de Granada ha demostrado que el legado genético de esos pobladores entre los habitantes del sur de la Península es comparable al de otras zonas donde su presencia fue menor, como Cantabria o Cataluña. Incluso al que existe hoy en día en otros países del Mediterráneo como Portugal o Italia.

La investigación, publicada en la prestigiosa revista Scientific Reports, se fija en los marcadores genéticos del cromosoma Y en individuos varones de las provincias de Granada, Málaga y Almería. El objetivo era determinar el posible legado genético de las poblaciones que formaron el antiguo Reino de Granada. Sin embargo, y en contra de lo que tradicionalmente se cree, los resultados muestran que los andaluces actuales tienen un componente muy bajo de ADN del norte de África, similar al que tiene un barcelonés o un romano. La población vasca, más aislada, recibió una herencia árabe ligeramente más pequeña.

El mapa de distancias genéticas entre la población de Granada, Málaga y Almería, y las poblaciones mediterráneas y del norte de África trazadas. El color azul oscuro corresponde a los valores más bajos de distancias genéticas y el rojo oscuro a valores más altos de distancias genéticas.

Una expulsión efectiva

¿Cuál es la razón? Parece difícil de creer si se compara con las grandes y vibrantes obras que en España ilustran el poderío de la cultura árabe. «La Reconquista fue muy efectiva. Las gentes del norte de África fueron expulsadas, no se las integró, y se repobló la zona con habitantes del resto de la Península», explica la autora principal del trabajo, María Saiz Guinaldo, del Laboratorio de Identificación Genética de la UGR. «Genéticamente, es difícil identificar algún trazo del legado genético dejado por los antiguos pobladores», dicen.

Las similitudes entre la población de Granada, Málaga y Almería y la del resto de poblaciones españolas y algunas europeas hacen que las posibles diferencias existentes sean muy difíciles de identificar, a pesar de que el cromosoma Y es uno de los más pequeños del genoma humano, con un tamaño de unos 60Mb (millones de bases), y se hereda de forma directa de padres a hijos.

Los investigadores de la UGR que han realizado este trabajo. De izquierda a derecha, Juan Carlos Álvarez Merino, Luis Javier Martínez González, María Jesús Álvarez Cubero, José Antonio Lorente Acosta y María Saiz Guinaldo.

«Nuestros resultados revelan que ningún componente africano ha permanecido en la población del sur de la península ibérica, a pesar de haber estado ocupada por éstos durante 800 años. La presencia de haplogrupos típicamente africanos en la población de Granada, Málaga y Almería no es significativa cuando se compara con las frecuencias de éstos en poblaciones europeas, tanto mediterráneas como del norte de Europa», señala María Saiz.

Otros estudios previos han indicado un gradiente mayor de este legado en el norte de España, por ejemplo en Galicia, «pero las diferencias son mínimas. No se puede decir que los gallegos sean más africanos que los andaluces, no es una diferencia significativa», explica la investigadora.

Fuente: abc.es | 6 de junio de 2019

Un investigador español usa inteligencia artificial para reconstruir los textos de la biblioteca de Asurbanipal

Cuando los arqueólogos encontraron la biblioteca de Asurbanipal descubrieron miles de tablillas de arcilla fragmentadas (Ludwig-Maximilians Universitat)

Esta historia comienza hace miles de años en la majestuosa biblioteca de Asurbanipal, el último gran rey de Asiria (669-627 a.C.). Dentro de su palacio en la ciudad de Nínive se alojaba una espectacular colección de más de 20.000 tablillas de arcilla entre las que se encontraba el Poema de Gilgamesh, la obra narrativa más antigua de la humanidad.


Plano del palacio de Senaquerib, en Nínive, donde se encontró la biblioteca de Asurbanipal. Wikipedia.
En el 612 antes de Cristo, las fuerzas babilonias arrasaron Nínive, y todos los conocimientos albergados en su biblioteca fueron destruidos. Textos de escritura cuneiforme sobre historia, arte, literatura, ciencias, religión, magia… quedaron hechos trizas. “Cuando los arqueólogos descubrieron el sitio (en 1847), había dos habitaciones repletas de fragmentos”, explica Enrique Jiménez, asiriólogo de la Ludwig-Maximilians Universitat de Múnich.

Decenas, centenares, miles de pequeños trozos de arcilla, rotos y esparcidos por todas partes. Algunos eran tan diminutos que, a pesar de contar con símbolos sumerios y acadios, se hacía prácticamente imposible para los humanos identificar su significado. De ahí nació la idea en la que está trabajando Jiménez desde hace ya un año.
“Este sistema de escritura es muy ambiguo”, explica el investigador español a La Vanguardia. “Hay hasta 30 formas distintas de leer un solo símbolo. Si tienes el contexto, todo resulta mucho más fácil”, indica. Por eso lleva meses construyendo una base de datos que cuenta ya con 11.000 fragmentos de tablillas “que no ha leído nunca nadie”.

Su objetivo es ambicioso: reconstruir los inicios de la literatura mundial con la ayuda de la inteligencia artificial (IA). Mientras indexa imágenes e información, Jiménez está desarrollando paralelamente un algoritmo para poder “llenar los vacíos”. Es decir, identificar exactamente aquellas piezas que van juntas.

”Es increíblemente irritante cuando tienes que dejar de traducir un texto porque falta un solo signo y sabes que hay un fragmento en algún lugar que encaja exactamente con esta brecha”, indica. Y no hay mejor forma de solucionar estas lagunas que empezar por el principio, por Mesopotamia, donde aproximadamente 2.500 años antes de Cristo se desarrolló una rica tradición literaria bilingüe (sumeria y acadia).


Enrique Jiménez fue galardonado con el Premio Sofja Kovalevskaja por este proyecto, que concluirá en 2023. “Esperamos tener una base de datos gigantesca. En apenas un año ya hemos superado las expectativas iniciales, que era de 100.000 líneas. La idea es centrarnos en textos literarios, aunque es difícil identificar según qué tablillas”, insiste.

Todos los fragmentos se digitalizan y se transcriben. “Queremos llegar a los 15.000 para finales de este año, lo que nos permitirá buscar todos los fragmentos inéditos de la biblioteca de Asurbanipal en un segundo”, afirma el asiriólogo español.

La mayoría de los fragmentos de arcilla encontrados en Nínive se almacenan hoy en día en el British Museum de Londres y la mitad de ellos aún no se han registrado. Además, desde el pasado mes de mayo, dos fotógrafos se encargan de registrar las grandes colecciones restantes de este museo, en especial la Babylon Collection. Son, más o menos, 40.000 tablillas más.

Ejemplo de tablilla cuneiforme en la que se registra una entrega de oro por el jefe eunuco de Nabocodonosor II. British Museum.

Cuanta más información tengan los investigadores –un equipo que empezó apenas con Jiménez y un informático, pero que recientemente se ha ampliado hasta seis personas- más fácil será enseñar a la IA el léxico acadio y todas las lecturas posibles de un signo.

“Nuestro objetivo es que el programa reconozca las secuencias de caracteres y las asocie automáticamente con las palabras apropiadas para completar un pasaje de texto. Una computadora puede considerar todas las lecturas al mismo tiempo y hacer coincidir automáticamente los nuevos fragmentos con los textos ya capturados”, indica Enrique Jiménez.
Las problemáticas que afrontan este equipo de expertos no son muy diferentes a las que se encuentran los bioinformáticos a la hora de secuenciar el ADN. Para completar los códigos genéticos, se utilizan algoritmos como BLAST (Basic Local Alignment Search Tool), que tiene en cuenta las pequeñas variaciones e incluso ha sido utilizado para descifrar papiros griegos.

Para demostrar la eficacia de su método, Jiménez lo ha estado probando con tablillas literarias procedentes de la famosa biblioteca de Sippar, una ciudad al noroeste de la antigua Babilonia, en lo que hoy en día es Irak. Dice el historiador Beroso el Caldeo (350-270 a.C.) que fue en esta ciudad donde Noé enterró todos los escritos de la tradición mesopotámica antes de que llegara el diluvio universal.
En colaboración con el doctor Anmar Fadhil (izquierda), de la Universidad de Bagdad, Enrique Jiménez ha podido estudiar el Enuma eliš, un poema babilonio que narra el origen del planeta, y completar un poco más la obra de El justo sufriente, un texto precursor del sueño de Job que aparece en la Biblia.

El poema habla de un hombre que es castigado por Dios y este, a través de un sueño, le anuncia que va a recuperarse de las desgracias. “Durante 3.000 años, nadie pudo leer esta obra. Ahora hemos podido decodificar el mensaje y restaurar el texto, que ya era un clásico en la antigüedad”, señala el asiriólogo español.

Otro texto, escrito en acadio, en el que ha estado trabajando Jiménez es un himno al dios babilónico Marduk (derecha), el soberano de los hombres y los países. Su traducción sería más o menos así (en negrita, las partes recién añadidas):


Marduk, tu ira es como una gran inundación,
Pero en la mañana, tu gracia consuela a los castigados,
El viento feroz y furioso se ha calmado,
Donde las olas jugaban, las costas ahora son pacíficas,
Has iluminado la oscuridad, la nube oscura.
Donde sopló el resplandor, despejaste el día.

Estas tablillas de escritura cuneiforme permiten a los investigadores aprender importantes detalles sobre la vida cotidiana en Mesopotamia. Con el poema de El justo sufriente, por ejemplo, se ha descubierto que el hombre se despierta y habla con un sirviente, cuya tarea era, entre horas, ayudarle a levantarse.

La cuestión ahora será desentrañar las piezas complementarias entre un sinfín de restos antiguos ya excavados. “Tenemos muchas copias de los mismos textos, pero todas están rotas”, lamenta Enrique Jiménez. Así que, hasta dentro de 40 o 50 años, “siendo muy optimistas”, la computadora no habrá podido reconstruir toda la literatura acadia. “Sin conocer los clásicos, no se puede entender una civilización”, concluye.

Fuente: lavanguardia.com | 19 de agosto de 2019

Recuperan los restos de una mandíbula, de hace 27.000 años, procedente de la cueva de El Castillo con signos de posible canibalismo

Tres vistas de la mandíbula de un niño hallada en la cueva de El Castillo, en Cantabria. AJPA

Unas enigmáticas marcas halladas en la mandíbula de un niño de unos cinco años han reavivado un misterio paleontológico que dura ya más de un siglo. Las hendiduras en el hueso prueban que alguien le arrancó la lengua con herramientas de piedra afiladas después de muerto. Puede que se trate de un caso de canibalismo o de un ritual mortuorio que se realizó en la cueva de El Castillo (Cantabria), una enorme oquedad en cuyas paredes se pueden encontrar algunas de las pinturas rupestres más antiguas de Europa.

Los restos del muchacho fueron hallados en 1912 por el paleontólogo alemán Hugo Obermaier. Su equipo fue el primero en excavar esta cueva de forma sistemática. No le dieron gran importancia al fragmento de mandíbula inferior. Dos años después estalló la I Guerra Mundial y nunca volvieron a la cueva cántabra. El hueso humano, inicialmente conservado en el Museo de Prehistoria de Cantabria, fue prestado y después perdido.

En 2016, un equipo de paleontólogos consiguió localizar el fósil. Había aparecido entre las pertenencias personales de José María Basabe, un paleoantropólogo vasco muerto en 1985. Tras recuperar la mandíbula, los investigadores vieron que algunos dientes se habían arrancado toscamente con la intención de extraer ADN sin éxito.

Pinturas rupestres de manos en la cueva de El Castillo (Cantabria). F.B.Q.

El nuevo estudio de los restos, recuperados para la ciencia más de un siglo después, es el primero que ofrece datos fiables sobre quién era aquel niño y qué le sucedió. El trabajo, publicado en la revista de la Asociación de Antropología Física de EE UU, repasa los cuadernos escritos por Obermaier durante su trabajo en la cueva cántabra, que se conservan en el archivo del Museo Arqueológico Nacional.
Los autores del estudio han descubierto que junto a los restos del niño se hallaron pequeños fragmentos de cráneo y dientes de dos personas más, un adulto muy robusto y un joven. El análisis del fósil del niño indica que era un Homo sapiens, nuestra misma especie, aunque aún mostraba rasgos primitivos característicos de aquella época, como unos dientes más grandes y un mentón menos saliente. Los investigadores extrajeron una muestra del hueso y la dataron con carbono, lo que demostró que el niño vivió hace unos 27.000 años.

Es posible que en esas mismas fechas se realizasen algunas de las pinturas rupestres de la cueva, en concreto las siluetas de manos con ocre, explica Federico Bernaldo de Quirós (izquierda), coautor del estudio. Otras dataciones con isótopos de uranio apuntan a que algunas pinturas pueden remontarse 40.000 años atrás, mientras las más recientes, cuya edad ha sido calculada a partir del carbono de la propia pintura arrojan fechas de hace unos 15.000 años.

“El Castillo tiene una primera sala enorme, de unos 20 metros de ancho, seguida de una segunda gran cámara que es en la que se encuentran algunas pinturas. Este era un sitio ideal de reunión y socialización al que llegaban diferentes grupos y convivían por temporadas, socializaban, compartían. Hemos encontrado huesos de hasta 200 ciervos cazados de una sola vez”, explica Bernaldo. Los primeros en llegar fueron los neandertales hace unos 200.000 años y desde entonces hay rastros humanos intermitentes que también incluye a los Homo sapiens y que llegan hasta la Edad del Bronce, hace unos 5.000 años.

En aquella época no faltaba la comida. La caza era abundante y también había pesca en ríos cercanos. El análisis de isótopos de la mandíbula muestra que el niño tenía una dieta variada. ¿Por qué iban a comérselo si sobraba alimento?

El niño de El Castillo formaba parte de la cultura Gravetiense, que se extendió por Europa desde hace 30.000 años hasta hace unos 20.000. “De esta época hay numerosos enterramientos, unos muy humildes, otros riquísimos, como un joven enterrado con un tocado de conchas cosidas, un gran puñal en la mano y el cuerpo cubierto de ocre rojo al que se le apoda 'El Príncipe' (derecha), y que fue hallado en Arene Candide [Italia]”, explica la antropóloga María Dolores Garralda (izquierda), coautora del estudio.

Lo excepcional de la pequeña mandíbula de Cantabria es que las marcas de corte “demuestran que hubo una manipulación del cadáver poco después de la muerte para extraer la lengua”, explica esta antropóloga de la Universidad Complutense de Madrid. “No hay manera de saber por qué lo hicieron. El de El Castillo es el único caso claro de esta práctica en Europa Occidental junto a otro descubierto muy recientemente en Francia”, explica. En el Este de Europa, en la península de Crimea, se descubrieron marcas en cráneos que indican que los cadáveres fueron desarticulados. Sus descubridores lo atribuyen a algún ritual funerario. “Pensamos que es más probable que en El Castillo, hubiese o no canibalismo, hay un significado ritual o simbólico. Tal vez fuese un enterramiento que después fue destapado por las hienas”, añade Garralda.

Los responsables del estudio hacen bien siendo cautos en su interpretación, opina Palmira Saladié (izquierda), investigadora del Instituto de Paleoecología Humana (IPHES) y experta en el estudio del canibalismo en los homínidos de Atapuerca. “En la mayor parte de casos los huesos humanos canibalizados aparecen junto a abundantes restos de animales. En Atapuerca hay abundantes evidencias de canibalismo, especialmente de niños. Mi interpretación es que se trataba de un canibalismo violento. Aquel era un territorio muy rico, con abundante caza, y probablemente era una forma de defender el territorio frente a grupos rivales. Es algo parecido a lo que hacen los chimpancés. En general, el canibalismo es algo muy común, tanto en nuestra especie como en periodos anteriores. El problema es que aún sabemos poquísimo sobre las razones por las que se producía”, resalta.

Cueva de El Castillo, Cantabria.

María Martinón-Torres (derecha), directora del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana explica: “La reconstrucción de una historia, como en una película, necesita algo más que el actor, necesita un escenario, otros personajes principales o secundarios, un contexto. Nada de esto se conserva, desgraciadamente, en el caso del niño de El Castillo”.

Los restos de los otros dos humanos encontrados por Obermaier hace más de un siglo se han perdido. “No tenemos ni idea de dónde pueden estar”, dice Bernaldo. Durante años, la entrada a la cueva de El Castillo se usó como aparcamiento para los visitantes. En 1980 el equipo de arqueólogos que firma el estudio comenzó a excavarlo. “Aunque aún no lo hemos publicado, hemos encontrado restos humanos de la misma época, pero solo son dientes de leche de niños que no nos dicen nada más sobre las prácticas mortuorias. Probablemente el misterio continuará”, concluye.

Fuente: elpais.com | 16 de agosto de 2019

El excepcional molino romano que emergió del río en Jerez de la Frontera (Cádiz)

Restos romanos y árabes de una noria encontrados en una obra de adecuación del río Guadalete, en Jerez. PACO PUENTES

María Morón aún recuerda el preciso momento en el que se hizo esa foto que ahora engrosa un informe arqueológico. “Íbamos al río a sacar arena y a pescar sábalos. Había una escalera para amarrar a las bestias y allí me la hice”, rememora la vecina de La Corta (Cádiz). Hace más de nueve meses que los arqueólogos llegaron a esta tranquila pedanía de Jerez de la Frontera para revolucionar a sus 200 habitantes. Porque donde Morón se hizo esa instantánea en los años cincuenta no era una estructura perdida sin más, sino lo que quedaba al descubierto de uno de los molinos romanos conocidos más relevantes de la Península Ibérica.

Foto: Vista del molino romano de La Corta


“Por su envergadura, es actualmente el único ejemplo conocido de Hispania”, puntualiza al pie de excavación Ángel Muñoz, jefe del departamento de Protección del Patrimonio Histórico de la Delegación de Cultura en Cádiz. Lo descubierto en la orilla del río Guadalete va mucho más allá de los escalones que Morón recuerda o la pequeña estructura abovedada que los mayores del lugar denominaban “el batán”, antes de que ambos acabasen engullidos y olvidados bajo una escombrera. Las excavaciones han sacado a la luz una gran edificación de tres norias, una sala abovedada y un sistema de compuertas que servía para molienda de cereal y regadío.


Foto: Responsables políticos y técnicos intercambiando impresiones sobre la estructura hallada.

El edificio se mantuvo en uso, con variaciones hasta el siglo XVIII; si bien, sus orígenes probables se remontan a más de 2.000 años. “Al ser una infraestructura hidráulica es complicada de datar porque no tiene estratigrafía, hay que recurrir a los sistemas constructivos. Dado su tamaño y los morteros empleados, debe ser de una época de gran esplendor económico en la zona, posiblemente entre los siglos I antes de Cristo y II después de Cristo”, explica con cautela Luis M. Cobos, uno de los arqueólogos responsables de la excavación.

Aunque no está documentado que formase parte de un núcleo urbano romano, la ubicación del molino no era casual. Se encuentra en lo que antaño fue un camino que comunicaba Jerez con un embarcadero en el río Guadalete y a escasos metros de una villa romana que se levantaba bajo el Monasterio de la Cartuja, del siglo XV. “Posiblemente estaría vinculado a una presa para derivar el agua”, añade Esperanza Mata, la otra arqueóloga encargada de unos trabajos de excavación que arrancaron en noviembre del pasado año.

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Fue entonces cuando unas obras de mejora ambiental y construcción de senderos en el Guadalete, desarrollados por la actual Consejería de Agricultura, se encontraron con las primeras estructuras. “Trabajábamos con cautelas arqueológicas de hallazgos anteriores. Esto era una escombrera que llevaba años así. El edificio abovedado fue el hilo del que empezamos a tirar”, señala José María Sánchez, ingeniero en la Delegación Provincial de esta Consejería. Y conforme las excavaciones han avanzado la sorpresa ha sido cada vez mayor.

María Morón, en los años cincuenta en la estructura del molino romano en Jerez de la Frontera.

Única en la Península Ibérica

La estructura abovedada remonta su origen al uso como aceña o molino de harina que se le dio al edificio en periodo andalusí. Justo después aparecieron los basamentos realizados con el tradicional mampuesto romano y que servían de apoyo a, al menos, las tres norias que tuvo el molino. Por debajo del nivel freático del río, los arqueólogos han descubierto un sistema de compuertas de cuatro canales, construido con sillares de piedra y “en perfecto estado de conservación”, como explica Cobos. En un dintel de esa zona, los expertos estudian un bajorrelieve que podría representar a Ceres, una deidad romana vinculada a la agricultura.

Foto: Mosaico de Apamea en el que se representa una noria romana. © José María Blázquez Martínez

“Es una de las pocas infraestructuras hidráulicas junto a un río que se conservan en Hispania en este estado”, puntualiza Javier Rubio, gerente de la Dirección Provincial del Aguas de la Junta. Los otros dos ejemplos similares documentados en la Península –Conímbriga, en Portugal, y Los Baños de la Reina, en Alicante– no llegan a la envergadura e importancia de los molinos de La Corta. Mata remite a las grandes norias de Hama (Siria) sobre el río Orontes –algunas de 20 metros de diámetro– y a los mosaicos de la ciudad romana de Apamea, también en Siria, para comprender el tamaño y la tipología del hallazgo a orillas del Guadalete.

Con el yacimiento excavado, los arqueólogos y restauradores se centran ahora en la consolidación de lo descubierto y en cubrir con geotextil y grava todas aquellas zonas que se encuentran bajo el nivel freático, como ocurre con la zona de compuertas. Esta primera intervención ya permitirá poder contemplar las ruinas del edificio a través de un vallado en su perímetro. Una segunda intervención–con una inversión prevista cercana al millón de euros– será la que haga posible dejar al descubierto las zonas inundadas y hacer visitable el conjunto.

El descubrimiento del molino no solo entusiasma a los artífices de su excavación. Los vecinos de La Corta están tan apasionados con el que ya es uno de sus principales atractivos culturales de la barriada que han decidido dedicar su verbena de agosto de este año al mundo romano.
“Cuando excavamos tenemos que crear el vínculo social con lo que se descubre, pero aquí eso ya existía. Hemos recuperado la memoria de la barriada”, remacha Mata.

UN RÍO MILENARIO Y LEGENDARIO

El hallazgo del molino romano de La Corta se suma a un amplio historial de yacimientos arqueológicos en el río Guadalete, un espacio asociado con asentamientos antiguos de origen incluso mitológico. En el tramo cercano a su desembocadura y alrededores se concentra la poco conocida ciudad de Asta Regia (con una posible antigüedad de 2.700 años y orígenes tartésicos); Doña Blanca (una urbe del siglo VIII de origen fenicio) y la actual localidad de El Puerto de Santa María (romana en su emplazamiento actual, pero vinculada a doña Blanca en el pasado e incluso a la fundación legendaria de Menesteo, el rey ateniense que participó en la guerra de Troya). En las inmediaciones de La Corta ya apareció en 1938 un casco corintio del 600 a. C. (izquierda). Un hallazgo descontextualizado que añade más misterio a un río legendario.


Fuente: elpais.com | 16 de agosto de 2019

No solo los genes: también el medio ambiente dio forma a la variación de los primeros pobladores de América

Puntos de referencia craneofaciales comunes utilizados en el estudio. North Carolina State University

Los primeros humanos que cruzaron el continente de América del Norte y luego se dispersaron por América Central y del Sur, comparten una ascendencia común. Pero a medida que se asentaron en diferentes áreas, las poblaciones divergieron y se hicieron distintas.

Un nuevo estudio de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, publicado en Scientific Reports, muestra que las diferencias faciales resultantes de esta divergencia se debieron a la compleja interacción del medio ambiente y la propia evolución de estas poblaciones, y arroja luz sobre cómo se produjo la diversificación humana después de su asentamiento en el Nuevo Mundo.

"Si queremos comprender la variación en las poblaciones modernas de América Central y del Sur, específicamente, entonces debemos examinar la misma en las poblaciones prehistóricas de América durante el período formativo, después de que se asentaron en el continente, pero antes de que se produjera el contacto europeo", dice Ann Ross (izquierda), profesora de ciencias biológicas y autor principal del artículo de investigación.
En el primer estudio sobre variación craneofacial -tomando el continente en su conjunto, y que ha supuesto 20 años de desarrollo-, Ross y el coautor del trabajo de investigación, Douglas Ubelaker (derecha), de la Institución Smithsonian examinaron cráneos de toda Mesoamérica y América del Sur. Los cráneos datan desde los años 730 a 1630 d.C., y provenían de entornos que iban desde áridos hasta alpinos y costeros.

Mediante el empleo de un digitalizador 3D, los investigadores pudieron registrar puntos de referencia anatómicos estándar en los cráneos con el fin de obtener una configuración de consenso para cada grupo poblacional. Posteriormente, llevaron a cabo una comparación de las configuraciones de cada grupo para determinar los tipos de variación asociados a cada uno de ellos.

"Hay mucho debate sobre los modelos de variación craneal moderna", dice Ross. “Las mutaciones insertarían la mayor variación, pero son muy raras. La adaptación al medio ambiente es otra posibilidad, pero muchos investigadores creen que la variación se debe en gran medida a un proceso neutral, como la deriva genética, la cual ocurre cuando las poblaciones se separan y dejan de intercambiar sus genes".


Mapa que muestra la ubicación de los datos craneales obtenidos según la zona geográfica. Los gráficos vectoriales de diferencia muestran la dirección y la magnitud del cambio de forma de los mismos.

Ross y Ubelaker descubrieron que las poblaciones de las tierras altas eran similares entre sí, al igual que las poblaciones de las tierras bajas. Pero al comparar las poblaciones de las tierras altas con las de las tierras bajas se observó una mayor variación entre los dos grupos.

"Eso tiene sentido", dice Ross. “Probablemente no viajarías desde las montañas hasta la playa para encontrar pareja. Y sabemos que estos grupos intercambiaban algo más que simples vasijas".
Si bien estos resultados podrían atribuirse en parte a la deriva genética, los investigadores encontraron que otros factores, como las adaptaciones al clima y la altitud, también jugaron un papel en la diferenciación craneofacial de las poblaciones. Ross espera que su trabajo de investigación pueda servir como base de futuros estudios al respecto.

"La divergencia poblacional es un proceso multifactorial, una compleja interacción de factores", dice Ross. "Si deseas averiguar por qué estas poblaciones divergieron, debes considerar múltiples aspectos, no solo la genética o el ADN".

Fuente: North Carolina State University | 13 de agosto de 2019

Encuentran unas pinturas rupestres en una pared rocosa de la foz de Sigüés (Zaragoza)

Ana Baquedano, junto a las pintura que descubrió a mediados de julio. Iosu Anton

Agentes de protección de la naturaleza del Gobierno de Aragón encontraron hace unas semanas unas pinturas rupestres de color rojizo en una pared rocosa de la foz de Sigüés, en la Jacetania zaragozana. Según las primeras valoraciones, este hallazgo supone el descubrimiento de un nuevo núcleo del denominado arte esquemático, un estilo figurativo muy presente en Aragón que, como su propio nombre indica, se caracteriza por la simplicidad de sus trazos.

De hecho, la foz de Sigüés está muy próxima a la foz de Forniellos, otro paraje escarpado situado dentro del término municipal de Salvatierra de Esca en el que en los últimos años se han descubierto más de una decena de conjuntos de arte rupestre esquemático en los que también predomina el color rojo.

Las pinturas fueron localizadas a mediados de julio, pero ha sido esta semana cuando han sido visitadas por una técnico de la Dirección General de Patrimonio de la DGA y por los profesores de la Universidad de Zaragoza, Pilar Utrilla y Manuel Bea. Desde el Gobierno de Aragón prefieren ser cautos e insisten en que para confirmar “la autenticidad y el interés” del hallazgo hace falta estudiarlo más a fondo. Sin embargo, ayer Utrilla no tuvo ninguna duda tras ver in situ los dibujos.
Se trata de cinco dedadas (manchas hechas con los dedos) en rojo. No se puede decir la época en la que fueron hechas, pero este es un motivo frecuente en el arte esquemático que también se encuentra en otras pinturas rupestres aragonesas, por ejemplo en las de Arén, Castillonroy, Estadilla o el río Vero”, explica esta catedrática de Prehistoria.

Primer plano de las cinco dedadas (manchas hechas con los dedos) de color rojizo que forman el conjunto descubierto en la foz de Sigüés. Iosu Antón.

“Ahora el profesor Manuel Bea y el espeleólogo Mario Gisbert van a prospectar la zona porque seguro que tiene que haber más pinturas, pero por de pronto este hallazgo supone el descubrimiento de un nuevo núcleo de arte esquemático situado en el mismo ámbito que el de Salvatierra de Esca”, destaca Utrilla, quien considera que los dibujos encontrados pudieron ser “un signo marcador”.

“Están al comienzo o al final de la foz de Sigüés, según se mire, en un lugar muy bonito que se encuentra situado en el medio del farallón y desde el que las vistas son magníficas”, detalla esta experta subrayando que el lugar encaja con el tipo de emplazamientos que los artistas rupestres elegían para sus pinturas.

La foz de Sigüés es un angosto cañón excavado por el río Esca que separa las sierras de Leyre y Orba. Se encuentra entre los municipios de Sigüés y Salvatierra de Esca, y por sus características es un lugar muy apreciado por los amantes de la escalada. El hallazgo de las pinturas fue totalmente casual, pero estuvo relacionado con ese deporte.

“Normalmente revisamos las nuevas vías que van abriendo los escaladores para que no afecten a los nidos de buitre o a otros animales”, explica la agente de protección de la naturaleza (APN) Ana Baquero. “Hacia mediados de julio, estaba inspeccionado una de esas vías junto con otro compañero cuando me llamaron la atención unas manchas rojizas que descubrí en un abrigo (una cavidad poco profunda que no llega a ser una cueva) y que me parecieron que eran dibujos”.

Baquero estudió Geología y sabe distinguir la oxidación natural que puede sufrir la roca de un pigmento utilizado para colorearla. Por eso decidió avisar a la Dirección General de Patrimonio para que inspeccionara el lugar y confirmase si se trata de pinturas rupestres. Se encuentran a cierta altura y se puede llegar a ellas sin necesidad de cuerdas, aunque es un terreno muy escarpado, explica esta APN.

En los distintos conjuntos de arte esquemático descubiertos anteriormente en la foz de Forniellos, en Salvatierra de Esca, se pueden ver importantes agrupaciones de digitaciones (marcas dejadas con los dedos), barras verticales y oblicuas, antropomorfos (formas con apariencia humana), signos abstractos...

Ejemplo de arte levantino. Escena de caza (Valltorta, Castellón).

Los diferentes estilos de arte rupestre en Aragón

Aragón es una de las automomías con más pinturas rupestres y cuenta con ejemplos de los tres estilos que se han diferenciado para clasificar estas manifestaciones artísticas en la Península Ibérica: el arte rupestre cantábrico, el levantino y el esquemático.

En 1978 se descubrió la cueva llamada Fuente del Trucho en Asque-Colungo (Huesca), ocupada hace 22.000 años y en la que había restos de grabados y pinturas, los más antiguos encontrados en Aragón. Su hallazgo confirmó la existencia de manifestaciones de arte paleolítico en Aragón, hasta entonces solo atribuido a las cuevas de la cornisa cantábrica. Cabe destacar otros ejemplos como la cueva del Formón en Toledo de la Nata (Huesca) y Roca Hernando en Cabra de Mora (Teruel).

Junto al arte rupestre cantábrico, Aragón conserva importantes ejemplos de pinturas de estilo levantino y esquemático. El estilo levantino es un arte eminentemente pictórico desarrollado en cuevas y abrigos habitadas entre los años 6.000 y 4.000 a. C. Se caracteriza, sobre todo, por la figuración, y son representativas las escenas de animales y seres humanos en actos rituales, cacerías, danza, guerra. Existe una larga lista de yacimientos de arte rupestre levantino que se extiende desde el Prepirineo oscense, pasando por Caspe en Zaragoza, hasta Albarracín y la ribera del río Martín en Teruel.

Las pinturas esquemáticas

Aunque su cronología aún se discute, el arte rupestre esquemático se data en el periodo aproximado que va desde el año 4.000 al año 1.000 a. C., a finales de la Edad del Bronce. En unas zonas parece que tiene un origen propio, pero en otras sugiere ser una evolución del naturalismo propio del arte levantino a través de una progresiva simplificación de sus diseños.
En las pinturas esquemáticas las figuras son muy sintéticas y a veces resultan inidentificables, pero esa simplificación no debe entenderse como una pérdida de técnica pictórica, sino como una mayor capacidad de simplificación. No obstante, las principales diferencias respecto al arte rupestre levantino se dan en la temática, ya que lo más habitual son los signos abstractos, un tipo de dibujos casi desconocido en las pinturas levantinas.
La Ley del Patrimonio Cultural de Aragón considera bienes de interés cultural (BIC) las cuevas, abrigos y lugares que contengan manifestaciones de arte rupestre en toda su tipología. En diciembre de 1998, la Unesco declaró el arte levantino Patrimonio Mundial.

Fuente: amp.heraldo.es | 11 de agosto de 2019