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    lunes, 26 de septiembre de 2016

    Los Dictadores por Aitor Manuel Vacas Carrillo






                    Siempre han existido a lo largo de la historia, pero lo que los hace verdaderamente temibles es su frialdad al aplicar aquellas medidas para alcanzar esos ideales fanáticos que tanto terror han extendido a lo largo del S.XX. Especialmente, el siglo pasado ha sido cruento con los designios de algunos de ellos, donde existe una actividad documental y visual muy extensa, tales casos más llamativos como Hitler o Franco, donde sus voluntades llevaron a sendas guerras en Europa, el primero a la 2ª Mundial y el segundo a la Guerra Civil Española, conocida como la primera guerra moderna. 

                  El denominador común de estas apologías al terror son la encarnación del poder en una sola persona, así como la acumulación de poder del estado, sus instituciones y su población, en el que se llega a alienar o encarnar a ésta con el alma pura de la nación. Casos como el omnipresente Stalin resulta llamativo, donde su persona era ídolatrada en toda la URSS y en aquellos casos en el que encontraba resistencia o fuente de contradicción, eran enviados a realizar trabajos forzados en los gulag desperdigados por el territorio soviético, para así establecer una purga que en los años centrales del S.XX eran ya sistematizadas. El caso soviético llama poderosamente la atención, porque tras el derrocamiento de los zares y establecimiento de los soviets, se esperaba algo más que un régimen de tinte totalitario y unipartidista. Tras el bidomio Lenin -Troski, esta fuerza de contracorriente al capitalismo occidental fue desvirtuándose, raíz de la cual comenzó unas de las dictaduras más férreas que jamás hayan existido.

                          Las dictaduras o los pensamientos extremistas del S.XX han contado siempre con otro factor común e intrínseco a todas ellas; las grandes crisis política y económicas siempre han sido un buen germen para el postulado de ideales en la búsqueda de significados nacionales; Pinochet, Franco o Il duce son ejemplos meridianamente claros para entender estas inclinaciones propias de totalitarismos nacionales, identificación militar-religioso y unipartidista y control de los aparatos del estado para su enquistamiento en el poder.

                        El resentimiento alemán frente a quienes aquellos, parecen que los humillaron con los tratados de rendición tras la 1ªGuerra Mundial, fue una de las causas no muy bien justificada de ese germen que hacíamos referencia anteriormente. Una Alemania hundida, desprestigiada, económicamente sumergida y socialmente desestructurada, era fácil de radicalizar, prometiendo un estado nuevo y la implantando ideologías geopolíticas como la Mitteleuropa de Naumann y sociales-raciales arias, que llevó a la contienda con más muertos de la era de la Tierra; La 2ª Guerra Mundial fue un desastre sin precedentes, con más de 60 millones de muertos según los cálculos más optimistas, se produjo el genocidio más repulsivo y la casi exterminación de los judíos en los campos de concentración alemanes. Adolf Hitler, el dictador más sangriento de la historia, casi pudo llevar a la raza humana a su propia aniquilación.



                     Nicolae Ceausescu, líder indiscutible en Rumanía desde 1967 hasta su ejecución en 1989. Su figura estaba alineada con el estado, controlaba las instituciones, practicaba el nepotismo hasta la saciedad y gozaba de cierto interés internacional al ser independiente de la URSS y no permitir el establecimiento del ejército rojo en su territorio, que le granjeó simpatías occidentales y la apertura del grifo del crédito que en última instancia, dilapidaba con su familia. Su ejecución televisada en directo tras dos horas de juicio, acabó con uno de los últimos reductos del totalitarismo en Europa.

          No podemos olvidarnos de otros dictadores no menos conocidos que los citados anteriormente como, Al Gaddafi, Saddam hussein, Porfirio Díaz, Hosni Mubarak o Fidel Castro.



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