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    viernes, 21 de octubre de 2016

    ALTAMIRA, UN CALVARIO PARA MARCELINO SANZ DE SAUTUOLA


    Cierto día del año 1868 un cazador que con su perro perseguía a un zorro por las lomas de Altamira, sitas en el término municipal de Vispieres (Ayuntamiento de Santillana del Mar), vio cómo el can desaparecía tras de un matorral, y del cual tardaba mucho en salir. Se acercó a él, para indagar la que pasaba, cuando oyó los quejumbrosos aullidos del animal, que se hallaba prisionero de unas piedras al intentar atravesar el reducido espacio que quedaba entre ellas.

    El cazador liberó al perro, apartándolas debidamente, y después de darle salida advirtió que se abría allí un agujero que conducía a una inmensa oquedad. Movido por la curiosidad penetró por él, comprobó que se trataba de una amplísima cueva de la que nadie hasta entonces tuvo jamás noticia. Mas como carecía de luz para explorarla, a su regreso al pueblo dio cuenta de su hallazgo, que pronto se difundió por los contornos. Sin embargo, al descubrimiento no se le dio gran importancia, pues en la comarca abundan las cuevas naturales, muy conocidas por los vecinos de las poblaciones cercanas.



    Al principio las cosas quedaron así. Pero no tardo en aparecer en escena un hidalgo montañés, hombre de rara erudición llamado don Marcelino Sanz de Sautuola. Nacido en Santander el 2 de junio de 1831, pertenecía a una distinguida y acaudalada familia montañesa. Desde muy joven manifestó una extraordinaria afición a los estudios históricos y a la investigación científica; había reunido una magnífica biblioteca, que procuraba tener siempre al día en lo tocante a progresos científicos.

    El señor Sautuola solía pasar los veranos en la Montaña en una vetusta pero confortable casona-palacio que poseía en Puente de San Miguel. En este pueblo santanderino fue donde oyó contar, un día de 1875, cómo siete años atrás un cazador descubriera casualmente una gran cueva en el prado llamado de Altamira.

    Don Marcelino, que conocía perfectamente el interés con que en Europa se empezaba a excavar en las cuevas, en busca de fósiles, sintió la comezón de curiosear en Altamira, y de ver si en dicha cueva podía encontrar algún sílex tallado o alguna osamenta petrificada.

    Así fue cómo, días después de que un campesino le contara la historia del cazador, se personó en Altamira e inició por su cuenta y riesgo, como entonces se hacía, unas ligeras excavaciones, con resultado positivo: halló varios huesos de animales primitivos y piezas de sílex labradas.
    El erudito hidalgo no sospechaba en aquel entonces que, con lo que iba a encontrar en Altamira, revolucionaría por completo la investigación prehistórica. Mas para ello, aún tendrían que trascurrir cuatro o cinco años...

    Al regresar a Madrid para invernar, Sautuola llevó consigo los materiales prehistóricos hallados en su tierra y los mostró a un gran amigo suyo eminente prehistoriador, el catedrático de Geología de la Universidad de Madrid, don Juan Vilanova,  mundialmente conocido por sus descubrimientos y estudios prehistóricos, realizados principalmente en el Levante español. Vilanova clasificó los fósiles encontrados por Sautuola como de bisonte, caballo primitivo, ciervo megacero y otros animales.
    Pasó el tiempo y don Marcelino no volvió a ocuparse de Altamira y de su cueva. Lo único que hizo fue tapiar la entrada, en vista de que los chicos de Puente de San Miguel la escogían como escenario para sus juegos.

    En 1878 se le ocurrió al señor Sautuola visitar la famosa Exposición Universal de París  y he aquí que en ella pudo ver numerosos objetos prehistóricos de sílex y hueso que recientemente habían descubierto Lartet, Mortillet y otros investigadores en el valle de Vézére en la Dordoña francesa. A la vista de aquellos utensilios, el célebre montañés pensó que, si buscaba en Altamira, también él podría encontrar cosas semejantes.

    En verano de 1879 don Marcelino reanudó sus pacientes excavaciones en la gruta santanderina. Antes pidió el consejo de su amigo Vilanova, y de Piette, un parisiense que era el sucesor de Lartet, y cuya autoridad en investigaciones prehistóricas casi no tenia rival.

    Un día le acompañó a la cueva su hijita María, niña de solo ocho años, pero muy despierta. Mientras su padre removía afanosamente las tierras en busca de fósiles, ella empezó a corretear y a explorar, por juego, la cueva. En una de sus correrías llevando un candil, se le ocurrió proyectar la luz al techo: lo que vio la dejó estupefacta. Asustada más que sorprendida, comenzó a gritar hasta que acudió su padre. Y cuando don Marcelino llegó, la inocente criatura, llena de excitación, dijo señalando con el dedo al techo:

    --¡ Papá, mira, aquí hay bueyes pintados!
    Si la sorpresa de la niña fue enorme, la del padre fue mayúscula al comprobar la abundancia de pinturas rupestres contenida en la cueva. La perseverancia de don Marcelino acababa de ser premiada con el más fantástico, insospechado y sorprendente de los descubrimientos prehistóricos, sin precedente conocido en todo el mundo de la ciencia.
    Aquel día, que hace época en la historia de la antropología prehistórica y en el arte universal, fue por de pronto un día grande para la prehistoria europea y española. Con la ingenua observación de la niña María se abriría paso a una verdadera revolución, y todas las ideas que los investigadores se habían formado hasta entonces de los hombres del Paleolítico iban a sufrir un cambio radical.Sautuola, había descubierto las pinturas rupestres de Altamira, llamada también "Capilla Sixtina" de la prehistoria.

    Grande fue la sorpresa de Sautuola al darse cuenta de los admirables frescos advertidos por su hija María. De momento quedó aturdido; mejor dicho, perplejo, meditabundo y hasta un poco desorientado. La cosa no era para menos, ya que hasta entonces no había el menor precedente de la existencia en cuevas prehistóricas de pinturas como aquellas, de tanta fuerza y realismo.

    Por otra parte, no se explicaba cómo una serie de pinturas tan abundantes y tan perfectamente ejecutadas podían haber sido realizada en las oscuridades de un antro como aquel, en el interior de un monte aislado y alejado de todo concurso humano.
    Marcelino no sabía lo que le reservaba el porvenir. Si no, no sabemos lo que hubiera hecho. Sea lo que fuere, el caso es que el hombre se quedó como de una pieza al observar las pinturas. Acompañado de su hija, empezó a examinar las paredes y techos de aquella galería oscura. Y de asombro en asombro descubrió gran cantidad de representaciones policromadas de bisontes, pintados en todas las posturas inimaginables; toros enormes, vacas, terneras, jabalíes y toda una manada de caballos, que un pintor de quien sabe cuando había trazado con tal realidad y un colorido tan maravilloso, que ningún artista de hoy le hubiera podido superar en cuanto a técnica e imaginación.


    Ante tantas emociones, la antorcha no hacía más que temblarle en la mano. Tocó la pintura: ofrecía un tacto raro, ya que sobre ella se había formado una especie de concreciones calizas transparentes, por lo que el material empleado para pintar los frescos había quedado como embebido en la roca.
    Ignoro qué ideas bullían en la cabeza de Sautuola. Al parecer hecho un mar de confusiones salió de la cueva; y en cuanto volvió a Madrid corrió a visitar a su amigo, el catedrático doctor Vilanova. Consigo llevaba numerosos sílex tallados, así como diversos fósiles muy extraños. Todo ello procedente de Altamira.

    Vilanova, ganado por la vehemente exposición del montañés, le escuchó sin hacer comentarios, aunque la verdad sea dicha un tanto receloso por lo que le estaba oyendo. Y tan pronto como tuvo ocasión marchó a Santander y, acompañado por Marcelino, se "descolgó" por Santillana. Y en Altamira pudo ver las cosas con sus propios ojos.
    La primera consecuencia del examen ya apareció con una lógica  aplastante.Aquellas pinturas eran antiquísimas y habían de ser forzosamente contemporáneas a la existencia de los animales representados.

    Tanto Vilanova como Sautuola dedujeron que el amarillo fue conseguido con la utilización de ocre natural; y los tonos rojos, con oligisto rojo.Probablemente los artistas prehistóricos habían mezclado almagra y ocre con agua, o con suero sanguíneo, y como excipiente emplearon sangres y grasas de bisontes o caballos. Con la yema de los dedos, posiblemente con el pulgar, habían logrado extender con tanta habilidad la mezcla en la piedra, que los tonos se fundieron maravillosamente.
    -Estas pinturas-dictaminó Vilanova emocionado- no sólo asombran por ser obra de hombres prehistóricos, sino porque pueden incluirse entre las grandes obras maestras del arte universal. Esto sólo, tendrá que convencer al mundo; yo personalmente no conozco a ningún pintor viviente que sea capaz de hacer algo semejante.

    Y así es, por lo que las pinturas rupestres de Altamira, que primeramente fueron supuestas obras de supercherías, han sido proclamadas científicamente la más alucinante de las decoraciones con miles de años de existencia.

    El doctor Vilanova sabía que la divulgación del descubrimiento iba a provocar una revolución entre los científicos y que a consecuencia de ello Sautuola sería maltratado, e incluso se dudaría de su honradez y se le acusaría de falsario. Por eso le dijo:
    --Cuente usted conmigo y mi autoridad frente a todos los ataques que seguramente recibirá usted en este asunto. Yo estoy a su lado y lo estaré siempre, porque le creo, y además porque al ver esta maravilla he quedado convencido.

    Poco tiempo después, Marcelino publicó en varias revistas su descubrimiento de Altamira. Sus afirmaciones cayeron en Europa como una bomba. Era la primera vez en la historia que alguien hablaba de pinturas prehistóricas, concretamente de pinturas cuaternarias, magdalenienses, es decir, de la Edad de la Piedra tallada.


    Todo el mundo suponía que el hombre primitivo era una especie de gorila, sin ninguna idea de arte ni de ciencia. Entonces ¿a que venir con tonterías como las sostenidas por el montañés? Cartailhac, Virchow, Mortillet, Undset y otras máximas autoridades dijeron ofendidos que aquello tenía que ser "obra de falsarios o de dementes".

    En 1880, con ocasión de celebrarse en Lisboa el Congreso de Prehistoria, se reunieron en la capital portuguesa la flor y nata de la antropología y arqueología prehistórica mundial. Allí, además de Piette, Quatrefages y Cartailhac, estaban Rodolfo Virchow, de Berlín, Pigorini, de Roma, Unset, de Cristianía (actual Oslo), Juan Lubbock, de Londres, Montelius, de Estocolmo...   También Sautuola y Vilanova de España.

    El español se encargó de presentar una comunicación al Congreso sobre las pinturas de Altamira. Le dejaron hablar. Al terminar de exponer sus argumentos, Vilanova observó indignado que un silencio ominoso había caído sobre la sala.
    Luego, al hablar el intocable e inmarcesible Cartailhac, todos los congresistas se volvieron burlones hacia Vilanova y Sautuola. Mientras el geólogo español estaba pálido de ira, el montañés acusaba en su rostro un gran sufrimiento al oírse llamar falsario. Sin embargo, supo sobrellevar las burlas con dignidad.

    A partir  de entonces comenzó para Marcelino un verdadero calvario. Pasó por los más duros trances: la gente se reía de él, lo tomaban por loco o en el peor de los casos le tildaban de embustero. Por si fuera poco, nadie en Europa quería saber nada de pinturas prehistóricas.


    Don Marcelino Sautuola luchó hasta el final, aunque sin éxito. Murió en 1888, sin lograr que se reconocieran sus hallazgos. La cueva, cerrada con una puerta cuya llave guardaba su hija María, ya una jovencita encantadora, quedó esperando la llegada de los "sabios" y que la verdad resplandeciera al fin. Cinco años después moría también Vilanova.
    Entretanto, en el intervalo de unos pocos años se sucedieron los descubrimientos. Así, en 1878 se halló la gruta de Chabot (Gard, Francia); en 1895 la cueva de La Mouthe, cerca de Taylac; en 1901 Les Combarelles y Font-de-Gaume; en 1902, Marsoulas; en 1903, La Calevie y Bernifal, y en 1904, La Greze.

    Ante la evidencia, los científicos se rindieron. Por otra parte, una nueva generación de estudiosos iba desplazando a los viejos e intocables maestros. Empezaban a sonar los nombres del sacerdote católico Enrique Breuil, de Capitán y de Peyrony.

    Cartailhac acabó convenciéndose; pues dejando aparte su pasión, era un hombre honrado. Y un buen día se impuso el deber de rehabilitar la memoria de Sautuola y Vilanova. A tal fin, una mañana, acompañado por Breuil, se presentó en Puente de San Miguel para solicitar humildemente a María Sautuola que les franquease la entrada de la cueva de Altamira.

    Acompañados por la muchacha, que se brindó a mostrarles el camino que también conocía, entraron en la caverna. Un segundo después Cartailhac tuvo que apoyarse en el hombro de Breuil; gruesas gotas de sudor orlaron se frente. Cabizbajo, dijo a la joven María:

    --Ahora ya no puedo hacer más que una cosa: he de rehabilitar a su padre ante la ciencia...
    María le miró por un instante y sintió algo inenarrable. Como en un sueño, recordó entonces a su padre cuando estaba allí, con ella, examinando asombrado las pinturas rupestres.

    --Puede usted hacer algo más--dijo con decisión--.Quiero presentarle a don Hermilio Alcalde del Río, el director de la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega. Mientras ustedes en el extranjero discutían si las pinturas eran falsas o no, él na ha perdido el tiempo. Conoce bastantes cuevas por esos andurriales, con dibujos y grabados como éstos.

    Cartailhac y Breuil salieron de la cueva de Altamira como si despertaran de un sueño. Luego, acompañados también por María, se trasladaron a Santander, visitar la tumba de don Marcelino Sanz de Sautuola para rendirle homenaje.

    Con el paso de los años, se han ido descubriendo muchas otras cuevas; se han sacado a la luz muchos restos de animales y hombres, muchas reliquias de las civilizaciones primitivas que han dado una respuesta indiscutible a la inquietante pregunta sobre el origen y desarrollo de la humanidad.
    Es indudable que la revelación de los tiempos primitivos es el capítulo más lleno de dramatismo dentro de la Historia Natural, el más rico en incidentes y complicaciones de toda la trágica existencia humana.De esa emocionante aventura es de la que me he ocupado durante años y de cuantos fueron capaces de desgarrar las brumas de la incógnita que se cierne sobre el nacimiento de la humanidad y de la civilización.
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