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    lunes, 27 de febrero de 2017

    "Me pasé la vida arando sobre la ciudad romana de Caraca y sacando pedruscos"

    Ángel Zorita, junto a una de las columnas que sacaron de Caraca. (Á. V.)

    Corría el año 79 cuando los hermanos Ángel y Pedro Zorita les compraron a las monjas unos terrenos en el cerro de la Muela, coronados por una vieja ermita donde, dicen, se apareció un día la Virgen. La primera mañana que metieron el arado se dieron cuenta de que habían hecho un trato desastroso. "Era tierra muy mala, llena de vasijas y pedruscos. Empezamos a arar con vertederas y salían unos adoquines como esta mesa. Los teníamos que tirar por los costados del cerro para poder trabajar. Después ya decidimos meter el cultivador, que entra a menos profundidad".

    Sembraron allí durante décadas, sobre todo cebada, hasta que se jubilaron y arrendaron al precio habitual de hoy en la zona: 30 euros anuales la hectárea. "Yo me acuerdo como volvían maldiciendo cada vez que se encontraban un pedrusco gordo. No les hacía ninguna gracia porque tenían que moverlo”, recuerda su hijo Roberto. De vez en cuando salía también alguna pieza aprovechable, como dos columnas que arrastraron hasta el pueblo y que hoy adornan la entrada de la llamada 'casa grande', en la calle principal junto a la vivienda familiar de los Zorita.

    Las piedras que se iban encontrando eran, en realidad, trozos de vasijas, estuco y mosaicos romanos. Los más duros estaban formados por la escoria de hierro de una pequeña fundición. Los enormes bloques que los campesinos acumularon en las laderas del monte eran sillares, quizá del macellum (mercado), de las termas, el acueducto, o de las casas más nobles. Y las columnas seguramente formaron parte del Foro o los templos de Caraca, una ciudad de tamaño medio que aparece en las crónicas romanas, que pudo llegar a tener cerca de 1.800 habitantes y que durante décadas se estuvo intentando ubicar sin fortuna.

    El alcalde de Driebes muestra un trozo de estuco decorado. (Á. V.)

    Su localización exacta y sus dimensiones aproximadas han sido reveladas esta semana al público por un equipo liderado por dos jóvenes arqueólogos, Emilio Gamo y Javier Fernández, profesores de la UNED. Aunque quizá no cambie la historia de España como se ha llegado a decir, se trata de uno de los hallazgos arqueológicos en territorio español más importantes de los últimos años, un descubrimiento que da continuidad al trazado de la vía romana que comunicaba Complutum (actual Alcalá) y Carthago Nova (Cartagena). Y que ayuda a entender la estructura del Imperio Romano en el interior de la Península. Los resultados de la prospección geotécnica hacen presagiar, además, un magnífico estado de conservación.

    El sembrado bajo el que se encuentra Caraca (cuya planta urbana se extiende, se cree, entre ocho y 12 hectáreas) es hoy un terreno irregular repleto de fragmentos de cerámica romana, algunos de terra sigilata, su versión noble. Tampoco es difícil plantar la bota sobre trocitos de estuco o tropezar con estructuras rectangulares que despuntan en el suelo. Según el estudio arqueológico, los restos estructurales de la ciudad empiezan a aparecer a menos de 40 centímetros bajo la superficie.
    La Guardia Civil y el Seprona hacen estos días turnos de vigilancia por la zona por si la atención mediática de los últimos días atrae la atención de cazadores de tesoros, ya sean profesionales o espontáneos, un temor que también espanta a los arqueólogos. "Tenemos que ver cómo proteger esto de manera eficaz. Por ahora son operativos provisionales", comentan dos agentes mientras inspeccionan el terreno. Los delitos de patrimonio, recuerdan desde el ayuntamiento, pueden acarrear en la actualidad hasta penas de cárcel.

    Bachiller muestra los restos de Caraca sacados por los agricultores. (Á. V.)

    "Yo conozco a uno que encontró un casco de romano, le dieron un millón de pesetas y se compró un Lada Niva".

    En la Plaza Mayor de Driebes se habla estos días mucho de Julio César, Marco Aurelio e historia romana. Y se hacen grandes planes para insuflar vida a un municipio que languidece y pierde población, como casi todos en el extremo sur de la provincia de Guadalajara, a pocos kilómetros de Madrid y Cuenca. Se discute dónde colocar el parking, el merendero y si tendría sentido habilitar un paseo turístico hasta las excavaciones por la vieja calzada romana o, quizá, por el lado donde se cree que se esconde el acueducto. Algunos fantasean ya con el diseño que tendrán las piezas de merchandising.

    Los vecinos más ancianos, como Jesús Galisteo, dicen que el hallazgo no les coge por sorpresa. “Se ha sabido siempre que aquí había algo, aunque no estaba claro qué era porque salen cosas de muchas épocas. Durante muchos años venía aquí gente con detectores de metales. Yo conozco a uno que encontró un casco de romano, le dieron un millón y se compró un Lada Niva”, comenta.
    Los mayores del pueblo aseguran que sus padres y abuelos hablaban de una cueva que acabó hundiéndose, que empezaba bajo el cerro y daba acceso a estructuras "con forma de casas". Hubo, incluso, una fiebre pequeña arqueológica que se desató sobre todo en la ribera del Tajo, alrededor del cerro. “Se llegó a montar un campamento de cazadores de tesoros y creo que alguno acabó detenido. Se llevaron de todo, pero en el pueblo no se le daba importancia”, dicen los vecinos.
    Entre los coleccionistas e historiadores españoles, es conocida la riqueza arqueológica de la comarca desde que en 1945 apareció el llamado "tesorillo de Driebes" (derecha) durante la construcción de un canal: 13,8 kilogramos de lingotes, sortijas, torques, pesos… en su mayoría de plata, hoy en el Museo Arqueológico Nacional.
    Aunque la mayoría de los saqueadores vienen de fuera, los vecinos del pueblo también se fueron encontrando objetos a lo largo de los años, sin caer en la cuenta de que estaban ante algo extraordinario. Es un secreto a voces que algunos aún conservan en sus casas monedas, vasijas, pendientes, e incluso una coraza romana. El concejal de Cultura, Javier Bachiller, dice que ahora todo el pueblo se ha volcado con el descubrimiento y que la mayoría están hoy dispuestos a poner lo que tienen a disposición de la causa.

    Los vecinos de Driebes, comentando el hallazgo. (Á. V.)

    Grandes planes para el pueblo

    “Hay mucho entusiasmo porque, si al final se financian las excavaciones, traerán trabajo a la zona y se nos pondrá en el mapa. La gente que venga comerá y se alojará en el pueblo. ¡Estamos a una hora de Madrid y mira qué paraje! La única casa rural que hay la van a reformar y ya hay otras dos en proceso de abrirse”, dice. El alcalde, Pedro Rincón, tiene también las expectativas altas. “Queremos que vengan 15 o 20 personas a excavar”. Por el momento, ya han llamado al ayuntamiento una decena de estudiantes y amantes de la arqueología para prestarse voluntarios.

    El estudio que ha permitido localizar Caraca fue costeado por una subvención de la Junta de Castilla-La Mancha, por el Ayuntamiento de Driebes y por donativos de la Asociación de Amigos del Museo de Guadalajara. Se gastaron 6.000 euros en total, dietas incluidas. Para la siguiente fase, para las excavaciones, hará falta bastante más dinero y todavía no está claro que vaya a conseguirse, a pesar de las expectativas que se han levantado. "Para confirmar las hipótesis planteadas, resulta necesario dar el siguiente paso. Nuestra intención es continuar este año los trabajos arqueológicos para conocer más detalles de este yacimiento excepcional para el conocimiento de la presencia romana en el interior de Hispania", subraya Gamo.

    Imagen de los trabajos en la zona. (Proyecto Arqueológico Driebes).

    La búsqueda de Caraca no siempre levantó tantas pasiones. Cuando los dos arqueólogos empezaron a aparecer por el pueblo a finales del año pasado, hubo quien miraba con desconfianza sus idas y venidas. Consiguieron sacar adelante el proyecto con el apoyo incondicional de Bachiller y la colaboración de arqueólogos, físicos y matemáticos que formaron parte del equipo multidisciplinar. Hoy llevan con pudor la fama repentina y piden a los medios de comunicación que no les enfoquen o fotografíen. También se preocupan por reivindicar a quienes vinieron antes que ellos, sobre todo los profesores Jorge Sánchez-Lafuente y Juan Manuel Abascal, que en los años ochenta ya hicieron prospecciones pero aún no contaban con la tecnología que ha permitido verificar el hallazgo.

    Fuente: elconfidencial.com| 23 de febrero de 2017
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