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    viernes, 28 de junio de 2019

    Los combates de Cagayán

    Photo by Ainhoa Valero CC (License) 

    Muchas veces la historia genera discusiones relativas a la potencia de la cual disponían los grandes imperios mundiales. A menudo son situaciones hipotéticas que no permiten corroborar su validez histórica, ya que a menudo son sociedades muy alejadas, sea geográfica o temporalmente. Pero a veces hay situaciones que parecen extraídas de novelas de fantasía o de ciencia ficción, donde dos civilizaciones absolutamente antagónicas entran en contacto y se enfrentan entre sí. Si mezclamos los conceptos: samurái, Armada Española de Filipinas, tercios y siglo XVI, nos aparece en la coctelera una historia que compraría el mismo Tarantino para realizar una de sus películas. Pues sí, estas realidades entraron en contacto en 1582, en unos hechos que se conocen como los Combates de Cagayán.

    Hay que tener en cuenta que Japón vivió grandes periodos de hambrunas que explican el bajo crecimiento demográfico que ha existido a lo largo de su existencia pretérita. Unas condiciones difíciles, con una subsistencia basada en la pesca y la agricultura. Esto hacía que muchas personas abandonaran el territorio natal para dedicarse a otras actividades. Por influencia del confucianismo encontramos una sociedad altamente estratificada conformada por los clanes, con el emperador como líder supremo.

    Los militares en el Japón feudal son los samuráis, y su misión era la vigilancia interior del país. Antes del 1600 no había recibido casi influencias extranjeras, sólo pequeñas incursiones cristianas. Numéricamente eran importantes, no estamos hablando de un 1%, estamos hablando de porcentajes mucho más elevados. En el siglo XIX había un samurái por cada 17 personas, había zonas del país donde los clanes eran más fuertes y había un samurái por cada 3. Personas cuya misión era luchar por los intereses de su señor. El código Bushido era un código militar de lealtad, obediencia y respeto al compromiso que pactaba el samurái con su señor, aquí radicaba su estilo de vida.

    El imperio español, en contraposición, era una potencia mundial, y su superioridad estaba más que justificada. Disponía de un control territorial casi mundial, y designaba varios gobernadores para controlar sus colonias de ultramar. Si los japoneses atacaban alguna región bajo control español, pagarían las consecuencias con creces.

    El siglo XVI fue un tiempo de transformación social, aparecieron nuevos conceptos e inventos, como por ejemplo el termómetro o el microscopio. Es el siglo también donde se potencian las relaciones sociales, el Renacimiento cambia la percepción del mundo y aparecen lugares de ocio como los casinos donde había actividades de dados y cartas, que curiosamente hoy en día se puede disfrutar en línea, como elblackjack online.

    Imagen: Juan Luis de Acosta//Dominio público

    El río Cagayán es uno de los ríos más impresionantes del archipiélago de Filipinas. Se encuentra en un valle homónimo y se extiende por varias provincias, como Nueva Vizcaya, Isabela o Quirino. En ese contexto concreto la región era una zona sin ley, donde tenían lugar todo tipo de enfrentamientos entre piratas, saqueadores y maleantes. Hay que recordar que aquel lugar fue descubierto por el explorador Magallanes, concretamente en los inicios del siglo XVI.

    En la región del Cagayán existía un pequeño grupo de indígenas que estaban bajo la tutela de la administración española, y al tener constancia de que existía un grupo de piratas japoneses que los extorsionaba, Gonzalo de Ronquillo -quien era en ese momento el gobernador- intentó aplicar una solución. Para remendar el conflicto, delegó la responsabilidad sobre Juan Pablo de Carrión, quien era en aquellos momentos capitán de la Armada, con un bagaje muy grande con relación a la zona de Filipinas y las zonas adyacentes.

    Los primeros japoneses que ocuparon la región se llamaban Wako, un grupo de piratas que mostraron una fuerte actividad en la zona. Su origen se encuentra en el siglo XIV, es decir, en los albores de la Dinastía Ming.

    Hay que tener en cuenta que la superioridad militar de la Armada española fue decisiva en este conflicto. Uno de los primeros hechos violentos que tuvo lugar fue un bombardeo por parte de Carrión sobre un barco de guerra japonés, que al ver la potencia de fuego decidió retirarse. Sin embargo, fue una retirada temporal, ya que el líder del grupo japonés reclutó 18 embarcaciones para iniciar las represalias. Carrión, por su parte, reclutó un grupo de 40 soldados y 7 embarcaciones, el choque era inevitable. Sorprendentemente, los piratas japoneses no eran ni más ni menos que Ronin, es decir, samuráisque no disponen de señor y con plena autonomía.

    Los japoneses sólo contaban con el beneficio numérico, eran muchos más, pero la especialización tecnológica española jugaba en su contra. El primer enfrentamiento se inició después de que una pequeña embarcación japonesa fuera avistada cerca de la isla. Una de las galeras españolas, conocida como la Capitana, inició la ofensiva para interceptarla. Es en este momento cuando se inició el primer abordaje. Los españoles, comandados por el mismo Carrión, se asustaron al ver el gran número de hombres que había dentro la embarcación japonesa. También vieron cómo disponían de armamento de fuego provisto por Portugal. Los españoles decidieron retroceder hasta retornar a su propio barco.

    Photo by Colección Privada (Author) CC BY-SA 3.0 (License)

    La formación defensiva de la que disponían los tercios viró el curso de la batalla. Establecieron una posición conservadora, con las picas por delante y la artillería detrás, y se derribó uno de los mástiles del barco para conseguir una trinchera extra. La llegada de una segunda embarcación española, el San Yusepe, provocó que los japoneses abandonaran la suya y se lanzaran al agua, intentando nadar hasta tierra firme.

    Los españoles siguieron río arriba, y entraron en contacto con la flota japonesa, conformada por 18 barcos. Se inició una batalla con cañones y la superioridad española se hizo patente. El combate naval dio lugar a un combate terrestre, casi a la desesperada y después de que los japoneses intentasen negociar una rendición que fue negada. Tras observar cómo la superioridad de los soldados españoles también era patente sobre campo abierto, los japoneses se retiraron. Como trofeo, los tercios españoles se quedaron con las catanas japonesas. Un souvenir magnífico de una batalla inolvidable, y altamente desconocida por el gran público.

    AUTOR: Joan de Buen
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