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    jueves, 30 de abril de 2020

    Los arqueólogos tienen problemas para diferenciar cacas humanas y de perros, pero lo están solucionando

    Coprolitos del sitio de Xiaosungang, en la provincia de Anhui (China) (Max Planck Institute)

    Cuando uno piensa en arqueología, lo primero que le viene a la cabeza son huesos, herramientas, piedras, armas, construcciones (más o menos duraderas)… Pero hay un objeto con el que normalmente no contamos y con el que los investigadores se encuentran muy a menudo durante las excavaciones: las heces.

    El registro arqueológico está plagado de cacas (paleofeces). Y eso no es un problema para los especialistas, sino todo lo contrario. Los restos fecales son una potencial “mina de oro” para obtener información sobre las enfermedades y la dieta antiguas o la evolución de los parásitos y la relación entre los individuos y el medio ambiente. Pero claro, como todo en la vida, tiene sus contras.

    El principal hándicap durante el trabajo de campo es saber discriminar qué heces hay que estudiar. Y no se crean que eso es tarea fácil. Especialmente porque sufren distorsiones físicas que dificultan identificar a qué especie pertenecen. Hay, además, una complicación añadida, ya que los excrementos humanos y caninos son particularmente difíciles de distinguir en estos contextos.
    La solución a eso parece que la han encontrado un grupo de investigadores liderados por Maxime Borry (izquierda), del Instituto Max Planck, que acaban de diseñar un “método confiable” para evitar equivocarse a la hora de realizar los análisis, según explican en un estudio publicado en la revista Biochemistry, Biophysics and Molecular Biology .

    Desde su domesticación hace más de 12.000 años, los perros a menudo han vivido en estrecha asociación con los humanos y no es raro que sus heces se encuentren en los mismos sitios arqueológicos. Ambos animales también acostumbran a consumir dietas similares y el tamaño y forma de sus excrementos son parecidos. “Más allá de ser mascotas y animales de trabajo, los canes también estaban en el menú de muchas sociedades antiguas, lo que hace que las pruebas genéticas simples sean problemáticas porque dichos análisis pueden mostrar el ADN de las dos especies”, escriben los autores del artículo.

    El nuevo método, al que han llamado CoproID, combina el análisis genético del huésped antiguo con un software que distingue las distintas colonias de microbios que viven dentro de los humanos y los perros. “La composición de este microbioma intestinal difiere entre las especies de mamíferos y podría usarse para confirmar y autenticar la asignación del huésped”, señalan.

    Coprolito del Neolítico encontrado en Xiaosungang (a) y restos de hace unos 1.300 años hallados en México (b y c) (Biochemistry, Biophysics and Molecular Biology).

    Las paleofeces, ya sea en un estado orgánico o parcialmente mineralizado (coprolito), se encuentran en una amplia variedad de contextos en todo el mundo y generalmente están asociadas con procesos localizados de desecación, congelación o mineralización. Los restos fecales antiguos, que van de los que aparecen enteros e intactos hasta los de tamaño milimétrico mezclado con los sedimentos, permiten estudiar cambios en la estructura y función del microbioma intestinal a través del tiempo.
    ”Un hallazgo inesperado es la constatación de que el registro arqueológico está lleno de excrementos de canes”, asumen los especialistas. Si los investigadores son capaces ahora de identificar con precisión la fuente de las heces, esto los permitirá obtener información sobre las distintas intolerancias alimentarias y otros problemas vinculados a la salud humana.

    Imagen de microscopía electrónica de barrido (SEM) de un grano de polen de calabaza en un coprolito hallado en el sitio arqueológico Cueva de los Muertos Chiquitos, Valle del Río Zape, Durango, México. Crédito: Karl Reinhard.

    Los especialistas seleccionaron un total de 20 muestras arqueológicas, procedentes de 10 sitios distintos y que abarcan un período desde hace 9.000 años hasta la era medieval. Los restos analizados más antiguos proceden de Eslovaquia (siglo VII a.C.) y también se incluyen dos muestras de España, una del Cingle del Mas Nou (Castellón) y otra de El Collado (Valencia). La mayoría, sin embargo, se recogieron en la Cueva de los Muertos Chiquitos (México) y en Xiaosungang (China). También hay evidencias obtenidas en yacimientos de Irlanda, Reino Unido, Alemania y Portugal.

    El siguiente objetivo de los investigadores es seguir ampliando la base de datos de “los metagenomas intestinales de los perros rurales no occidentalizados” para mejorar la clasificación de heces antiguas que actualmente se clasifican como “inciertas”.


    Imagen de microscopía electrónica de barrido (SEM) de un grano de polen de amaranto en un coprolito hallado en la Cueva de los Muertos. Sitio arqueológico de Chiquitos, Valle del Río Zape, Durango, México Crédito: Karl Reinhard.

    Fuentes: lavanguardia.com | phys.org | 23 de abril de 2020
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