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    miércoles, 20 de abril de 2011

    Carlos II 'El Hechizado'


    El último de los Austrias ha sido, generalmente, maltratado por la historiografía. Veamos por qué. Fue concebido por Felipe IV y Mariana de Austria, casi “milagrosamente”, cuando al monarca le restaban cinco años de vida. Estamos hablando de 1660. Todos los obstáculos giran alrededor de la endogamia habsburguesa: era hijo de tío y sobrina unidos por doble vínculo y cinco de sus ocho bisabuelo eran descendientes de Juana la Loca. Era un individuo con una salud precaria hasta el paroxismo. Carlos II padecía deficiencias nefríticas, hipocondría, gota y epilepsia y era esquizofrénico paranoide. Tuvo tan poca suerte el principito que al nacer sus padres decidieron saltarse el protocolo de mostrarlo a la corte porque tenía un cuerpo muy exiguo, todo él cubierto de costras… la verdad, no era un individuo que ofreciera muchas garantías a la sucesión del trono.


    Pero, por desgracia, ahí no terminan sus problemas. Tardó dos años en echar los dientes, se destetó a los 4 y aprendió a leer y escribir -con gran esfuerzo- a los 14. Podríamos decir de él que era canijo, ojos saltones, carnes lechosas, con una nariz enorme que le caía sobre el labio flojo de la mandíbula saliente (herencia del borgoñón Carlos I y toda su estirpe). Bien es cierto que, según el canon del siglo XVII, sus rasgos regios eran exquisitos: al fin y al cabo tenía los ojos  azules, el pelo largo y rubio, la piel blanca y un mentón tan varonil… pero, como diría el señor Villars “asusta de feo”. Claudio Coello, el retratista oficial de la corte, intentó disimular en sus cuadros rasgos tan ”excepcionales”.

    María Luisa de Orleans, primera esposa de Carlos II
    A pesar de su fealdad, y como en la Corte los asuntos del corazón caían en detrimento de la alta política de Estado, si padre decía “con ese has de casar”, allá tenías que ir. María Luisa de Orleans, sobrina del rey de Francia, haciendo de tripas corazón, marchó a España por la política que ejerció Don Juan José de Austria (hablaremos en su momento de este señor). El pueblo tenía la esperanza de que fuera ella quien trajera al ansiado heredero. Los meses, no obstante, pasaron y pasaron. Sus ojos negros y el abundante vello pubico reducido y espeso (lo dice un parte médico) no fueron armas suficientes frente a la eyaculación precoz del único testículo estéril de Carlos II… todo un semental. En este ambiente tan controvertido, cuando el temor y el anhelo se mezclaban a partes iguales, el pueblo de Madrid comenzó a hacer circular algunas coplillas maliciosas:
    Parid, bella flor de lis
    que en ocasión tan extraña
    si parís, parís a España;
    sino parís a París.
    La pobre María Luisa de Orleans, que hacía el esfuerzo de recibir al rey lechoso en su cama, tampoco tuvo la suerte de que el Espíritu Santo le echara una mano. No, no pudo concebir, cuando menos dar a luz… ¡¡cómo lo iba  a hacer!!. Al poco tiempo falleció. Algunos creen que del susto, pero sería decir demasiado. Otros creen que fue envenenada para facilitar un nuevo matrimonio con otra mujer más fértil. Sea como fuere, la de Orleans hizo méritos para ganarse el cielo.

    Mariana de Neoburgo, segunda esposa de Carlos II

    Como dice el refrán “a reina muerta, reina puesta”. Mariana de Neoburgo provenía de una familia muy fecunda: su madre había tenido veinticuatro hijos. Se puso el dardo en el centro de la diana: en esta ocasión no podía fallar la consorte. Pero ni con esas. Mucho ruido y pocas nueces en la habitación real. La teutona estaba entrada en kilos, era pelirroja, pecosa y ojos azulados, toda una belleza para el último Austria; pero el monarca nos salió delicaíto y no le resultaba tan “apetecible” como la primera. Su esposa era bastante más avispada que él y con tal de mantenerse en la Corte fingió hasta doce embarazos, que, claro, derivaban en abortos imaginarios que mantenía en secreto con su médico. La desesperación del pobre Carlos llegó a tal extremo que se hizo llevar al panteón real, en El Escorial, donde ordenó a los frailes abrir el féretro para abrazar y besar el cadáver de Felipe IV, luego el de su hermano Baltasar Carlos y también el de su primera esposa… puf!, el chico, encima, necrófilo. Algunos recomendaron someterlo a exorcismos, aplicarle polvo de víbora con chocolate y otro tipo de emplastos que es mejor no relatar aquí por temor a que el lector no continúe con las siguientes líneas.


    Las Camarillas Reales, la Corte,  y parte de Madrid estaban preocupados porque el heredero no llegaba. Mientras tanto, Europa ya se relamía los labios ante el suculento manjar que suponía el Imperio Hispánico. Tan poca les parecía la esperanza de vida de Carlos II al llegar al mundo que, cuando contaba con 8 años, Luis XIV, el rey sol, y el emperador Leopolodo, acordaron secretamente repartirse los dominios europeos de la corona hispánica; pero el monarca, aun padeciendo múltiples enfermedades, sobrevivió 40 años. Más tarde, en 1697, cuando se gritaba a voces por el continente la incapacidad de Mariana de Austria y Carlos II para traer un heredero, se firmó el tratado de La Haya, en el que Francia, Inglaterra y Holanda planeaban un nuevo plan de particiones. Después vendrían los Tratados de Londres y París, de 1699 y 1700, que seguirían en la misma línea. Mariana de Austria siempre apostó por la candidatura de su sobrino, Carlos de Austria. Sin embargo, Carlos II, en un momento de lucidez, apostó por elegir al candidato con menos opciones: Felipe de Orleans, nieto de Luis XIV. Y por estos asuntos se inició la “Guerra de Sucesión española”, que terminaría con más pena que gloria en 1714, pero esa es otra historia. Concededme esta licencia narrativa y regresemos a 1665.

    Mariana de Austria, madre de Carlos II

    A la muerte de Felipe IV, el príncipe Carlos tenía cinco años y, como hemos dicho, no traía bajo el brazo ni una barra de pan, ni mejores auspicios de futuro. Mariana de Austria tuvo que ejercer de reina regente, apoyada por su confesor, el jesuita Nithard. Mientras tanto, Don Juan José de Austria, bastardo del recién fallecido Felipe IV, creció como personalidad política: fue vicario de la corona en Italia, miembro del Consejo de Estado, virrey de Cataluña y virrey de Países Bajos… Como ya sucediera con Felipe II y Don Juan de Austria (el de Lepanto), los bastardos de los Habsburgos fueron más avispados que sus hermanastros. Ante el despotismo de Mariana y el que sería Inquisidor General, Don Juan de Austria recabó apoyos en Aragón, Cataluña y Valencia. En 1675, cuando Carlos II alcanzó la mayoría de edad, Mariana intentó alejar a Don Juan José del futuro monarca, pero le fue imposible. Incluso el gran Valenzuela, que por breve tiempo alcanzó el puesto de “valido real”, terminaría cediendo ante su empuje.

     
     Don Juan José de Austria, hermanastro de Carlos II

    En 1677, Don Juan José impulsó un golpe de Estado para dar el cetro real a su hermanastro “el rey hechizado”. Don Juan José tenía dos asuntos en mente: la educación de Carlos II y los asuntos de estado.  A fuerza de atenderlo personalmente, Don Juan José logró inculcarle la caligrafía, la lectura y los modales reales al monarca. En el Consejo se dedicaba a “enmendar los reglamentos de la Alta política”. Pero a pesar de sus esfuerzos, Don Juan José vivió en un tiempo poco favorable. Las epidemias, las malas cosechas y la humillante Paz de Nimega ante el creciente Luis XIV, impregnaron su persona de un hedor que no gustaba a la población. En 1678, como decíamos, Don Juan José de Austria hizo encaje de bolillos para unir en Santo Matrimonio a Carlos II con Maria Luisa de Orleans… ¿una conciliación con Francia por la paz de Nimega? quién sabe. En cualquier caso, el bastardo Don Juan, que intentó hacer del rey, no un títere, sino un monarca, expiró su último aliento al año siguiente, dejando de nuevo a Carlos II en manos de su madre, Mariana de Austria.


    A la muerte de María Luisa de Orleans, ya lo sabemos, llegó Mariana de Neoburgo, quien casaría con el reyezuelo. Esposa y madre se disputaron continuamente el favor del monarca y su Cámara… germanas las dos, se las escuchaba discutir por los pasillos en un chirriante e incomprensible alemán. En sustitución de Don Juan José, el duque de Medinaceli y el conde de Oropesa, con menos gracejo, eso sí, que el Conde Duque de Olivares o que Lerma, desempeñaron la figura, por decirlo así, de Primer Ministro.


    Sigamos con nuestro relato. A lo largo del siglo XVII, la Guerra de los Treinta años, el conflicto con Inglaterra y la contienda con Flandes machacaron continuamente la Hacienda castellana. Esto obligó a la monarquía a explotar sobremanera las minas de las Indias y a extraer mayor cantidad de impuestos del agro castellano. Servicios, millones, alcabalas y tercias reales sangraban a la población no privilegiada (incluso se comenzaron a imponer cargas fiscales indirectas a la nobleza, a través de la media annata y las lanzas). Por si fuera poco, como el valor real y el valor fáctico de la moneda eran el mismo a principios del siglo XVII (es decir, una moneda de vellón de bronce valía exactamente su peso en bronce… no como hoy, que un billete de 500 euros “no equivale su peso en euros”…): se produjeron depreciaciones continuas y se eliminó progresivamente la parte de plata que había en moneda. La inflacción monetaria, el aumento de los precios y la emisión de juros y asientos era descontrolada. La deuda fiscal de la corona es incalculable a la altura de 1660.
      
     Escudo de armas de Carlos II
    Pero no se pongan tristes, que no todo fueron desgracias bajo Carlos II. En 1680 se realizó la reforma monetaria más importante desde que los Austrias pisaron la Península Ibérica. Carlos II, mediante un decreto, anunció que reduciría en 3/4 partes el vellón de imitación y las monedas falsificadas del exterior; se permitió la acuñación de un vellón con valor fáctico mayor que su valor intrínseco. Estas medidas permitieron controlar la inflacción-deflacción a costa de descender repentinamente el valor de la moneda en un 75%. Pero como no queremos aburrir con datos económicos, hablaremos de las consecuencias más palpables en lo social. En un principio el comercio quedó paralizado. No pocos criticaron sus medidas. Los trabajadodores no cobraban su sueldo, las ciudades no pagaban impuestos, los alimentos no llegaban a los mercados y la industria sufrió una frenada sin antecedentes. A tal grado llegó la situación, que en algunos lugares se volvió al trueque ante la imposibilidad de pagar en metálico. El crédito de los financieros se detuvo y los banqueros perdieron, por lo general, la mitad de su capital. También se vio afectado el comercio de lana… y así, la agonía, como una bola de nieve, se fue acrecentando. Solo a partir de 1686 se comenzaron a notar los efectos de la reforma monetaria de 1680.
    El clima, además, acompañó a la recuperación. Las cosechas comenzaron a ser algo más razonables, no hubo epidemias hasta el siglo XVIII. Poco a poco se produjo una elevación de los precios, derivada de la bonanza en que comenzaban a vivir las “clases medias”.
    Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que el último decenio de los Austrias fue un periodo alcista en lo económico y algo más prospero en lo social, sobre todo teniendo en cuenta el profundo pozo en el que cayó el imperio entre 1670 y 1686. Pero no solo eso. El gobierno de Carlos II  restableció la confianza en el sistema monetario español y anticipó algunas reformas administrativas de la centuria siguiente. ¿Cuál es mi conclusión? No todo el mérito fue de los Borbones. Seguiremos hablando del asunto.

     Bibliografía:
    -LYNCH, J.; Los austrias; Crítica; 2007.
    -KAMEN, H; La españa de Carlos II; RBA; 2005.
    -ESLAVA GALÁN, J.; Historia de España para escépticos; Booket; 2005.
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