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    sábado, 1 de octubre de 2011

    El Asesino de la Iglesia

    Miguel Fernández | Luis F. Durán | Madrid
    Su cerradura, el 4ºE, estaba forzada, aunque no había precinto policial. Dicen sus vecinos que "puede que lo hiciera él" (el romper la cerradura) porque "daba muchos golpes". Las paredes de la casa de Iván Berral, que mató el jueves a la embarazada Rocío Piñeiro en la iglesia de Pinar de Chamartín y obligó al Samur y Summa a hacer una cesárea a la fallecida para salvar la vida del recién nacido, son un retrato de la impotencia que vivió durante los últimos dos meses, cuando su pareja colombiana le denunció por malos tratos y empezó su caída: "De ser un cachas a estar demacrado", dicen varios vecinos.

    La casa de Iván Berral era, el viernes por la tarde, un repertorio de golpes incrustados en las paredes, ocultos tras una máquina de 'pinball', en tablas de madera y de diferentes tamaños. "Pegaba puñetazos a las paredes, subía y bajaba la persiana durante 10 minutos sin sentido y tiraba cosas por la ventana", dice una vecina del bloque 23 de la calle Dulce Chacón para mostrar su inestable carácter.
    Iván Berral había invertido 500.000 euros hace algo más de dos años en este inmueble de nueva construcción en el que viven poco más de 40 personas. Tiene algo más de 80 metros cuadrados y una pista de pádel y piscina: "Se pasaba el día nadando y jugando al pádel. Había días que jugaba sólo con la pared", señalan los vecinos como uno de los muchos extraños comportamientos del supuesto homicida, el conocido como asesino de la iglesia, que siempre iba "de marca, con una gorra y un pantalón corto" y "tenía varios coches y una moto blanca".

    Su casa no tenía ni una fotografía personal en su agrietada pared. Ni de su hija, que ronda los dos años según dicen sus vecinos, ni de su ex pareja. Lo único que resalta en la pared es un cuadro de 'Kill Bill', la película de Tarantino en la que Uma Thurman busca venganza.

    Cuadros surrealistas y cubistas se suceden por un suelo limpio que tan solo se topa con una tabla de ejercicios con pesas. Un plato de pinchadiscos con vinilos, una diminuta televisión que permanecía encendida a las 19.00 horas del viernes y su dormitorio, con la cama sin hacer y la ropa tirada encima de la misma, mostraban a un hombre que parecía renegar de su pasado.

    La portera, a declarar ante la policía

    A las 18.00 horas del viernes, dos policías de paisano se llevaron a Raquel, la portera de la finca y puede que la persona que mejor conociera hoy en día a Iván, un ser aislado al que limpiaba su casa hasta que vio la pistola. "Ya no volvió porque le daba miedo", dice una vecina del bloque 23.
    Según la policía, Iván Berral no tenía relación con ninguna de las víctimas, y se emborrachó todo el día para luego entrar en el templo y disparar contra las mujeres sin mediar palabra.
    Tenía al menos 20 detenciones por malos tratos, amenazas, lesiones y tráfico de drogas. La Policía tiene claro que era una persona desequilibrada y depresiva. Prueba de ello es la nota que llevaba en la cartera: "El demonio me persigue, lo tengo siempre detrás". Con todo, no consta que hubiese sido atendido en ningún centro de salud mental de la región.

    El comportamiento del homicida era extraño desde hace dos meses, justo cuando le llegó la nueva orden de alejamiento de su pareja. Socio de la ONG Greenpeace, pasó de atleta a desecho. En los últimos días estuvo merodeando por la iglesia y salía con una bolsa de pádel donde pudo esconder el arma del crimen, según sospecha el portero del bloque vecino, el 17.

    Fuente: http://www.elmundo.es/
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