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    lunes, 17 de diciembre de 2012

    Se cumplen cien años del fraude más famoso de la Historia de la Ciencia

    El Reino Unido conmemora el centenario del célebre 'eslabón perdido' sin saber quién planeó el engaño Los fósiles eran restos mezclados de un orangután y un humano

    El 18 de diciembre de 1912, el arqueólogo aficionado Charles Dawson y Arthur Smith-Woodward, reputado paleontólogo, presentaron en la Sociedad Geológica de Londres unos fósiles encontrados en el pueblo de Piltdown, en el condado de Sussex, que correspondían a una criatura con unos huesos mitad humanos y mitad simiescos. Al insigne espécimen, considerado un eslabón perdido de la evolución y un colosal hito científico, se le dedicaron entre otros honores 500 ensayos, portadas en la prensa y hasta un monolito erigido por suscripción popular. La lástima es que el Hombre de Piltdown fue en realidad un refinado engaño que se perpetuó durante nada menos que 45 años. Es el fraude más famoso de la historia de la ciencia moderna y también el más misterioso porque, exactamente un siglo después, aún no se sabe quién lo perpetró. ¿Quién enterró los fósiles?

    La historia del Hombre de Piltdown empezó en 1908, cuando un obrero que trabajaba en una cantera encontró un hueso parietal y se lo entregó a Dawson, quien prosiguió personalmente las excavaciones y halló nuevas piezas, especialmente una mandíbula. También aparecieron fósiles de diversos animales, como mastodontes y rinocerontes, así como útiles de sílex. Dawson lo puso en conocimiento de Woodward, especialista del Museo de Historia Natural.
    Los restos eran aparentemente muy antiguos --se llegó a proponer que tenían cinco millones de años-- y coetáneos. Un paleontólogo actual habría sospechado que el cráneo era muy humano y la mandíbula demasiado simiesca, un contraste excesivo, pero en esa época respondían a la concepción que se tenía del eslabón perdido.

    Algunos científicos manifestaron sus dudas, pero en líneas generales el Eoanthropus dawsonii , como fue bautizado, fue acogido sin discusión, y más cuando al año siguiente y luego en 1915 aparecieron más restos. Uno de ellos fue un canino atribuido a la misma mandíbula encontrada años atrás. Lo localizó el seminarista francés Pierre Teilhard de Chardin, que llegó a ser un eminente filósofo y paleontólogo.
    "El fraude tuvo mucho éxito porque, pese a que hubo realmente científicos críticos, era lo que la sociedad británica estaba esperando. Los franceses habían presentado recientemente a los hombres de Cro-Magnon, los alemanes tenían la mandíbula de Heidelberg y hasta los holandeses presumían del Hombre de Java --explica Oliver Hochadel, historiador de la ciencia en la Institució Milà i Fontanals del CSIC, en Barcelona--. En cierta manera, el Hombre de Piltdown era un referente patriótico". Daniel Turbón, catedrático de Antropología Física de la Universidad de Barcelona (UB), insiste en el mismo sentido: "Etnocéntricamente, el hallazgo significaba que Inglaterra pasaba a ser el origen del hombre".

    El timo fue desenmascarado con el paso de los años. En el proceso tuvieron un peso capital los trabajos del dentista y arqueólogo aficionado Alvan Marston, que fue quien determinó científicamente que el canino de la mandíbula pertenecía a un mono. En 1936, Marston también analizó el extraño color de la mandíbula y lo atribuyó con éxito, como luego se verificaría mediante una perforación, a que había sido tratada químicamente para darle un aspecto envejecido. Poco después, Kenneth Oakley, mediante una prueba con flúor, demostró que los restos no llevaban en Piltdown mucho tiempo, sino que correspondían a un enterramiento reciente. Estudios posteriores comprobaron que los molares de la mandíbula habían sido raspados a propósito para que no fueran idénticos a los de un orangután.
    En 1953, un estudio definitivo zanjó la polémica para siempre: el cráneo era totalmente humano y antiguo, pero no del Pleistoceno, sino posiblemente del Neolítico, mientras que la mandíbula pertenecía a un orangután del siglo XX. Las sorpresas no acababan ahí, puesto que el canino de Teilhard era de un mono de menor tamaño, y las herramientas y los huesos de animales tampoco eran autóctonos, sino procedentes de orígenes tan dispares como el norte de Africa y Malta. En definitiva, los huesos habían sido enterrados a propósito en un elaborado plan que había sido ideado, sin discusión, por una o varias personas con conocimientos de paleontología.

    De hito a fraude
    Lo que comenzó siendo un hito de la ciencia, un descubrimiento capital, se ha acabado convirtiendo en un paradigma del fraude científico y como tal ha merecido infinidad de artículos y libros. Con el paso de los años, Dawson y Woodward siguen siendo los principales sospechosos, pero hay estudios que incluso los consideran víctimas de un engaño destinado a desprestigiarlos. Las piezas las habría colocado con ese objetivo algún paleontólogo rival.
    En total, al menos una docena de personas han sido citadas como autores o colaboradores, entre ellos Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, que por entonces vivía en Piltdown, y por supuesto Teilhard de Chardin. Según un estudio, algunos de los fósiles hallados en Piltdown proceden justamente de los países visitados por el egregio jesuita. "Personalmente, estoy intrigado por la pregunta de si el engaño fue impulsado por la ambición científica o por motivos más jocosos o vengativos", señalaba el prestigioso palentólogo Chris Stringer en un artículo publicado esta semana en la revista científica Nature . Por supuesto, nadie de los implicados sobrevive para dar su versión de los hechos.
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