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    martes, 6 de septiembre de 2016

    La arqueología revela el pasado más oscuro de la ciudad de Londres

    Cráneos de la era romana
    Los arqueólogos desenterraron cráneos de la época romana cerca de la estación de Liverpool Street. Enterrados hace unos 1.900 años, los huesos habían ido a parar a un canal fluvial, lo que explica que unos cantos rodados acabaran alojados en una cuenca ocular.

    Espoleada por un boom de la construcción, la arqueología ahonda en el pasado remoto de la urbe

    En un luminoso laboratorio de una de las plantas superiores del Museo de Arqueología de Londres (MOLA), la conservadora Luisa Duarte limpia con cuidado el gran fresco del siglo I que hace unos días ha llegado al museo procedente de una obra de construcción en Lime Street, una de las calles del distrito financiero de la ciudad. Los obreros que excavaban la cimentación de una nueva torre de oficinas de 38 plantas se habían topado con las ruinas de un edificio de la primera época romana. Los expertos del museo lo sitúan en torno al año 60 de nuestra era, datación que convierte el fresco romano en uno de los más antiguos hallados en Londres hasta la fecha. Con unos tres metros de largo y casi dos de alto, es también uno de los más grandes y completos.

    "Quienquiera que fuese el que lo encargó, na­daba en la abundancia –dice Duarte, sin dejar de retirar con una espátula la tierra húmeda adherida a la superficie del fresco–. Un comerciante adinerado, o un banquero. Alguien con buen gus­­to, dinero y clase. Este fragmento rojo, por ejemplo, parece cinabrio, un pigmento carísimo que solo encontramos en las obras más exquisitas".

    Los arqueólogos creen que el fresco adornaba un edificio que fue demolido en los albores del siglo II para hacer sitio a una basílica grandiosa, la mayor que construirían los romanos al norte de los Alpes, más grande que la actual catedral de san Pablo. Para ello arrasaron barrios enteros, utilizaron los escombros como material de relleno, y sobre ellos erigieron el sueño de la generación siguiente. Fue el primero de los muchos proyectos de renovación urbana que se sucederían en los siguientes 1.900 años.

    Basta con levantar el pavimento de una urbe tan antigua como Londres para encontrar absolutamente de todo, desde un fresco romano del siglo I hasta unos patines de hielo medievales, incluso un colmillo de elefante. Londres, una de las capitales europeas con más historia, ha estado habitada por una sucesión de romanos, sajones, normandos, personas de la época Tudor, de la época georgiana, dandis de la Regencia y victorianos, cada uno de los cuales añadió su propio estrato. Como resultado de todo ello, la capital se asienta sobre una especie de lasaña arqueológica de hasta nueve metros de grosor.

    El azote de la peste
    La mitad de la población de Londres murió durante la pandemia de peste negra de 1348-1350. Entre las víctimas estaban los dueños de estos esqueletos, desenterrados en las cercanías de Charterhouse Square.

    Para desdicha de los arqueólogos, Londres es también una bulliciosa metrópolis de más de ocho millones de habitantes, un hervidero de calles transitadas y monumentos arquitectónicos. Son pocas las ocasiones de levantar ese velo de hormigón y rebuscar en un suelo cuajado de piezas históricas. Pero la feliz coincidencia en el tiempo de importantes obras públicas y un boom de la construcción en el corazón arqueológico de la ciudad ha ofrecido una oportunidad sin precedentes para husmear en el Londres subterráneo y explorar su pasado remoto.

    El botín de joyas arqueológicas resultante es abrumador. Un tesoro que incluye millones de piezas que abarcan la vasta historia de la presencia humana en las márgenes del río Támesis, desde principios del mesolítico, hace 11.000 años, hasta las postrimerías de la época victoriana, a finales del siglo XIX. Entre los descubrimientos no faltan los huesos de miles de londinenses de a pie que recibieron sepultura en cementerios sobre los que luego se levantaron construcciones y fueron olvidados hace muchos siglos.

    La historia de Londres escondida en sus entrañas

    "Estas excavaciones nos aportan fascinantes instantáneas de la vida de los londinenses a lo largo de los años –afirma Don Walker, especialista en osteología humana del MOLA–. Te hacen comprender que todos nosotros somos meros personajes secundarios con un brevísimo papel en un relato interminable".

    Uno de los primeros capítulos de esa historia salió a la luz poco después de 2010 en el solar de 1,2 hectáreas donde se construía el Bloomberg London, la sede europea que el imperio financiero Bloomberg está a punto de inaugurar. Lo­calizada en el antiguo distrito de Cordwainer, barrio de zapateros ya desde época romana, la que iba a ser una excavación de 12 metros de profundidad se convirtió en uno de los yacimientos romanos más importantes hallados en Londres.

    Al retirar la tierra, calles enteras quedaron al descubierto, escenas urbanas congeladas en el tiempo: tiendas con estructuras de madera, viviendas, vallas y patios. El yacimiento, que data del año 60 en adelante, se encontraba en un estado de conservación tan increíble que los arqueólogos lo apodaron «la Pompeya del norte». Durante el curso de las excavaciones se recuperaron más de 14.000 piezas, entre ellas monedas, amuletos, fuentes de peltre, lámparas de cerámica, 250 botas y sandalias de cuero y tal cantidad de fragmentos de cerámica que llenaron con ellos más de 900 cajas.

    Restos de un antiguo camposanto

    Lápida de una víctima de la peste de 1665. Cementerio de Bedlam.

    "Fue el mayor tesoro de piezas menudas salido de una sola excavación londinense –dice la arqueóloga Sadie Watson, quien supervisó los trabajos para el MOLA–. Nos ofrece una visión sin precedentes de la vida cotidiana en el Londres romano".

    El tesoro incluye casi 400 tablillas de madera, en algunas de las cuales aún son legibles cartas, contratos y documentos financieros. (En otro yacimiento aparecieron listas de compra, invitaciones a fiestas y el contrato de compraventa de una niña esclava.) Tan extraordinario estado de conservación se debe al Walbrook, un arroyuelo olvidado que discurría por el corazón de la Londinium romana y desembocaba en el Támesis. Sus orillas pantanosas y sus tierras anegadas preservaron casi todo lo que fue a parar a ellas.

    "La bendita humedad inglesa –dice Watson entre risas–. Gracias al Támesis y sus afluentes, Londres posee uno de los mejores entornos para la conservación con los que puede soñar un arqueólogo. El cuero, la madera y el metal, que en otro lugar se pudrirían o se oxidarían, salen de este suelo en condiciones milagrosas".

    Sin duda las obras del Crossrail, la nueva conexión ferroviaria subterránea este-oeste, han sido una bendición para la arqueología londinense. Con un coste de 20.000 millones de euros, constituye al mismo tiempo uno de los proyectos de ingeniería más ambiciosos y una de las excavaciones arqueológicas más vastas de Europa. Desde que se empezó su construcción en 2009, los 42 kilómetros de túneles y las más de 40 zonas de obras del Crossrail han sacado a la luz miles de piezas arqueológicas y fósiles que dan fe de lo ocurrido en Londres en los últimos 70.000 años.

    La mayor excavación, y también la más espectacular, se inició la pasada primavera delante de la transitada estación de Liverpool Street. El proyecto de construir un despacho de billetes de metro subterráneo pasaba por desmontar el antiguo camposanto de Bedlam, el que fuera el primer cementerio municipal de Londres. Aquello implicaba exhumar los esqueletos de más de 3.300 londinenses, la mayoría fallecidos en los siglos XVI y XVII, cuando las calles de la ciudad sufrían el reiterado azote de la peste.

    Con los camposantos eclesiásticos a rebosar de víctimas de la peste, las autoridades decidieron abrir un cementerio público para absorber el exceso de cadáveres. Los gestores del Bethlem Royal Hospital –conocido popularmente como Bedlam, el primer manicomio de Europa– vendieron al municipio un acre (0,4 hectáreas) de terreno en 1569. Al no pertenecer a ninguna iglesia en concreto, Bedlam se convirtió en la última morada predilecta de radicales, inconformistas, inmigrantes y marginados, además de las clases trabajadoras pobres. Para cuando echó el cierre definitivo, en torno a 1738, el cementerio había superado su capacidad varias veces: se calcula que en él se enterraron unos 30.000 muertos.

    "El cementerio de Bedlam es la necrópolis más diversa de Londres –dice Jay Carver, arqueólogo jefe del proyecto Crossrail, cuyo equipo dedicó meses a investigar la zona antes de iniciar la excavación–. En él está representado el espectro social al completo, desde enfermos mentales y malhechores hasta la esposa de un exalcalde de Londres".

    Carver y yo contemplamos la excavación desde una plataforma. En la zanja que hay a nuestros pies, 30 arqueólogos con monos naranjas y cascos azules cepillan la tierra adherida a los cráneos. Se cree que muchos de los individuos exhumados fueron víctimas de la gran peste de 1665, que se llevó por delante entre 75.000 y 100.000 londinenses de un total de 450.000.

    Piezas insólitas
    Caja de caudales y bala de cañón (que se hacía rodar para simular el sinido de un trueno). Excavación del Rose Theatre, coetáneo de Shakespeare.

    Los científicos tienen previsto analizar parte de esos restos con la esperanza de ampliar sus conocimientos sobre la mortífera bacteria de la peste. «Uno de los grandes misterios es por qué la peste nunca volvió a Londres después de 1665 –cuestiona Carver–. Hasta ese momento azotaba la capital con bastante regularidad, pero a partir de ahí desapareció. ¿Por qué? ¿Qué cambió? Confiamos en poder hallar alguna respuesta.»

    Identificar los restos de cada una de las personas inhumadas es casi imposible. Pero hay una osamenta que sí podría identificarse: la de Robert Lockyer, un radical populista fusilado en 1649. Fue enterrado en Bedlam con el funeral más multitudinario jamás celebrado en el histórico cementerio. Carver está ojo avizor: «Si damos con algún esqueleto con orificios de mosquete, estaremos bastante seguros de quién es».

    Los esqueletos suelen revelarnos mucho más sobre la vida de sus dueños que sobre su muerte

    La forma de morir de Lockyer quizá dé a su esqueleto cierto caché histórico, pero los huesos de otros londinenses podrían contar historias más interesantes. "Los esqueletos suelen revelarnos mucho más sobre la vida de sus dueños que sobre su muerte", apunta Don Walker.

    Los análisis osteológicos y de isótopos realizados a unos esqueletos de los siglos XIV y XV, desenterrados durante una excavación en Charterhouse Square, trazan un espeluznante retrato de la vida en el Londres medieval. Muchos presentaban signos de desnutrición y uno de cada seis padecía raquitismo. También eran comunes las patologías y los abscesos dentales, que se su­­maban a una elevada tasa de lesiones de espalda y desgarros musculares, consecuencia del durísimo trabajo físico. Los cuerpos del siglo XV presentaban un inquietante porcentaje de lesiones en la parte superior del tronco, congruentes con posibles altercados violentos en una ciudad donde la ley y el orden se quebrantó debido a la devastación causada por la epidemia.

    Estatua de la Britania romana
    En 2013, mientras excavaban en las obras de un nuevo hotel, los arqueólogos descubrieron una de las esculturas mejor conservadas de la Britania romana, la de una culebra que se retuerce en las garras de un águila. Es posible que la estatua adornase el mausoleo de un alto cargo de la ciudad.

    Sin embargo, por lo visto Londres seguía atrayendo con fuerza a los campesinos que buscaban una vida mejor. El análisis de isótopos revela que casi la mitad de los esqueletos examinados pertenecen a individuos que crecieron fuera de la urbe, algunos de ellos inmigrantes de tierras tan lejanas como el norte de Escocia. «Parece que el Londres del siglo siglo XIV atraía ya a gente de toda Gran Bretaña», dice Walker.

    Son las ocho de la mañana de un lluvioso día laborable y la entrada de la estación de Cannon Street es un hervidero de gente que se dirige al trabajo. Pocos –por no decir nadie– reparan en la reja de hierro encastrada en la base del edificio de un antiguo banco al otro lado de la calzada, y decididamente nadie se acerca para atisbar el bloque de piedra caliza que custodian esos barrotes como si de un tesoro se tratase. Es la Piedra de Londres.

    Nadie puede decir cuál fue su función original, si bien la leyenda advierte de que la ciudad caerá si la piedra es retirada o destruida. Se menciona en títulos de propiedad que se remontan al año 1108, y ya entonces se tenía por un mojón antiquísimo. William Camden, un estudioso de antigüedades que vivió en el siglo XVI, veía en ella un miliario romano, el punto cero desde el que se medían todas las distancias de la Britania.

    También se hace mención a ella en la dramaturgia de William Shakespeare y en la poesía de William Blake. Durante siglos estuvo en medio de la calle, convertida en monumento popular, hasta que en 1742 se decidió que constituía un peligro para el tránsito y fue trasladada al lado norte de la calle, fuera del paso. Allí sigue desde entonces, primero junto a la entrada de la iglesia de Saint Swithins (san Suituno) y después, cuando el templo sucumbió a los bombardeos alemanes, en una hornacina del muro del nuevo edificio.

    "La naturaleza de la Piedra de Londres es un misterio –dice Jane Sidell, inspectora de monumentos antiguos de Historic England, el organismo nacional que defiende la conservación del patrimonio histórico–, pero desempeña un pa­­pel en la historia de la arqueología londinense". Vale la pena recordar que cuando sir Christopher Wren reconstruyó la iglesia de Saint Swithins tras el Gran Incendio de 1666, se preocupó de erigir una cúpula alrededor de la Piedra de Londres para protegerla: este es el primer ejemplo conocido de alguien que tomó la iniciativa de proteger un yacimiento arqueológico in situ.

    Muchas menos molestias se tomó Wren cuando descubrió las notables ruinas romanas al ex­­cavar los cimientos de la catedral de san Pablo. Por fortuna para la posteridad sí hubo quien se interesó en ellas: un anticuario londinense llamado John Conyers, quien se dedicó a seguir a todas partes a los trabajadores de Wren, tomó apuntes, embolsó piezas arqueológicas e hizo detallados dibujos en lo que la historiografía moderna considera una de las primeras investigaciones arqueológicas formales.

    Unos años más tarde Conyers también documentó la exhumación de un mamut en la zona de Kings Cross, y fue el primero en postular que el hacha de mano de sílex hallada en sus inmediaciones era de factura humana.

    Pero habría que esperar a la década de 1840, cuando los ingenieros victorianos empezaron a tunelar el subsuelo londinense para tender un extenso sistema de alcantarillado, para que la nueva ciencia de la arqueología se consolidase. Fue entonces cuando Charles Roach Smith, bo­ticario, numismático y aficionado a las antigüedades, ignoró los convencionalismos sociales y, enfundado en ropas viejas, bajó a los túneles a la zaga de los obreros. Al igual que Conyers, se dedicó a observar, tomar apuntes, hacer bosquejos y salvaguardar cuantas piezas pudo. «Aquello inició la intervención arqueológica en obras públicas y privadas tal y como la conocemos hoy», dice Jay Carver, del proyecto Crossrail.

    Roach Smith llegó a ser la primera autoridad de la nación en el tema de la Britania romana. Su colección personal de piezas arqueológicas formaría el núcleo de la futura colección de la Britania romana del Museo de Londres. Curiosamente, en el mismo solar que en su día estuvo su vivienda, en el número 5 de Liverpool Street, está hoy el edificio de oficinas del equipo ar­queológico del Crossrail, una coincidencia que no pasa desapercibida para su arqueólogo jefe. «Roach Smith ocupa un lugar especial en nuestro pensamiento –dice–. Aunque hayan transcu­rrido 150 años, sus observaciones y sus apuntes nos han alertado del potencial de varios yacimientos de la ciudad.»

    No toda la arqueología de Londres yace bajo tierra. Imponentes tramos de la muralla original romana del siglo II que en su día circundaba la ciudad todavía pueden verse en lugares como Tower Hill o Saint Alphage Garden. O junto al Museo de Londres, donde un trozo de la muralla romana quedó a la vista en 1940 tras una noche de bombardeos de la Luftwaffe. En un aparcamiento subterráneo de la zona puedes dejar el coche junto a una de las puertas originales de la ciudad. Y en el sótano de la barbería de la esquina de Gracechurch Street con Leadenhall Market hay un arco de la basílica romana del siglo II.

    "Pero el yacimiento arqueológico más grande y más visible de Londres es el Támesis cuando baja la marea", afirma Nathalie Cohen, directora del Programa de Descubrimiento del Támesis del Museo de Arqueología de Londres.

    Tras el amanecer de un límpido día de invierno, el sol todavía bajo arranca destellos a la cúpula de la catedral de san Pablo. Estamos a orillas del río, justo al pie de la catedral, bajando los escalones de piedra que conducen a la zona intermareal, que acaba de quedar expuesta. Es una mezcla de adoquines, tejas, huesos de animales, loza, fragmentos de pipas de arcilla, hierros oxidados y trozos de vidrio de colores que la implacable acción de las mareas ha redondeado.

    "Casi todo lo que ves aquí es arqueología –dice Cohen, señalando una teja de la época romana o un trozo de porcelana victoriana con motivos azulados mientras avanzamos por el terreno irregular–. La marea lo revuelve todo una y otra vez. Nunca sabes lo que puedes encontrarte".

    Gran parte de la zona intermareal es accesible al público y es uno de los destinos favoritos de arqueólogos amateurs y entusiastas de los detectores de metales, aficionados cuyo talento y energía aprovechan Cohen y sus colegas para documentar, vigilar y salvaguardar los puntos protegidos. Uno de estos puntos es Queenhithe, un pequeño entrante en la margen del río justo debajo del puente del Milenio. Mencionado en documentos anglosajones de finales del siglo IX, fue utilizado como muelle hasta bien entrado el siglo XX. También fue la última morada de dos mujeres de la época sajona, una de las cuales debió de ser ejecutada con un golpe en la cabeza y enterrada en este inquietante lugar entre los años 640 y 780. "Entonces debía de ser un lugar espeluznante", sentencia Cohen.

    Mientras tanto, en Liverpool Street los arqueólogos han cribado el terreno hasta llegar al estrato de los inicios de la época romana. Aquí, en lo que un día fuera extramuros, en el lodo negro que marca el antiguo curso del río Walbrook, se apuntan un hallazgo intrigante: una vieja cacerola todavía tapada repleta de restos humanos incinerados. Alguien la enterró a orillas del río hace casi dos milenios. Y muy cerca han aparecido también unos 40 cráneos, quizá de rebeldes o criminales ejecutados.

    "Desde siempre en el curso del Walbrook han aparecido de cuando en cuando cráneos de la época romana, pero suponíamos que la erosión los había desenterrado de algún cementerio romano y que el río los había arrastrado aguas abajo –explica Carver. Pero los últimos descubrimientos sugieren otra cosa–. Parece que tendremos que revisar los hallazgos de los últimos dos siglos y buscar otra explicación".

    Al bajar la vista hacia la oscura línea de tierra que un día marcó el curso del desaparecido río, con el rumor del tráfico londinense en los oídos, me viene a la mente la primera escena de El corazón de las tinieblas. El narrador de Joseph Conrad, el locuaz marino Marlow, recuerda a sus interlocutores, mientras contemplan la puesta de sol sobre Londres: "También este ha sido uno de los lugares oscuros de la Tierra".

    Fuente: National Geographic
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