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    jueves, 8 de septiembre de 2016

    Tras las huellas de Marco Polo en Omán

    Las ruinas arqueológicas de Al Baleed, en Salalah

    Las ruinas arqueológicas de Al Baleed han sido reconocidas como Patrimonio Mundial de la Unesco

    Abrazando la costa sur de la Península Arábiga, la provincia de Dhofar se erige como un mundo aparte de Omán. Separada del resto del sultanato por más de mil kilómetros de desierto pedregoso, su historia e identidad también han crecido siempre de manera autónoma, despertando el interés de historiadores y arqueólogos todavía en la actualidad.

    La región meridional del país se gestó en su día un nombre propio gracias al gran potencial comercial que la vinculó a la India, China, Yemen, Egipto, Irak y Europa, a las que exportaba caballos y sobre todo incienso, uno de los negocios más rentables de la región y que le ha valido el nombre de Frankincense Land, la tierra del incienso.

    Al Baleed, cuyos dos kilómetros cuadrados de ruinas arqueológicas constituyen Patrimonio Mundial de la Unesco, fue precisamente una de las ciudades portuarias más importantes a través de las que, entre el siglo VIII y XVI, se intercambiaban bienes con el resto del mundo.


    En su firme convicción por resucitar lo que en su día constituyó una de las culturas más cosmopolitas de Arabia, el sultán Qaboos bin Said dio luz verde ocho años después de derrocar a su padre a las excavaciones que desde 1978 han reconstruido parte de la muralla y que con la ayuda de la Universidad de Pisa, entre otros, investigan ahora las ruinas del parque arqueológico, dejando al descubierto los restos de un cementerio, la ciudadela, el puerto y algunas casas residenciales. «Se pueden apreciar unas leves diferencias en el material de la muralla, abajo el antiguo, arriba el más nuevo», asegura Abdullah Al Mahri, supervisor del Frankincense Land Museum, que capitaliza actualmente los antiguos vestigios con una pinacoteca en el recinto.

    Situada al este de Salalah, con vistas al mar y un «khor» (reserva de agua dulce), su épica atrajo al explorador marroquí Ibn Battuta o al famoso mercader veneciano Marco Polo, que reseñó su paso por la urbe que linda con el Océano Índico en 1285, describiéndola como «una ciudad próspera y uno de los principales puertos, además de un centro comercial en pleno auge», explica Al Mahri. 


    Pero estos no fueron los únicos que se asombraron con la envergadura del asentamiento, rodeado de una muralla con tres puertas. El viajero chino Ene Jokao también escribió sobre la importancia del incienso para la ciudad, e investigaciones a las que alude Al Mahri hacen referencia a la ciudad china de Quanzhou, a la que «habría exportado 174.337 kilos de la resina». El entomólogo H. J. Carter alabó, por su parte, su arquitectura rectangular y «su gran mezquita», un gran edificio que en su día estuvo rodeado de balcones y del que ahora solo se conservan columnas. 

    Pero ni siquiera la protección de la fortaleza impidió los continuos ataques, que la destruyeron parcialmente durante el siglo XIII. Doscientos años después, los cambios radicales que la modernidad impuso en los patrones de comercio, sustituyendo la hegemonía de la Ruta del Incienso oriental por el auge de los itinerarios comerciales en naciones europeas como Portugal, sentenciaron el destino de la ciudad.

    Las ruinas de la que fuera una de las urbes más importantes de Oriente se extienden ahora por la región camufladas con el color arena del resto de la provincia de Dhofar. Los recuerdos de lo que un día fue único, como las piedras y argamasilla de sus murallas, yacen deterioradas con el paso del tiempo. El estandarte de la Ruta del Incienso y de la cultura cosmopolita árabe, relegado a un monumento a la memoria.

    Fuente: ABC
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