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    viernes, 7 de octubre de 2016

    Cómo reconocer y conservar metales arqueológicos

    En museos como los de la Alhambra existe una importante colección de metales históricos y arqueológicos. Estas piezas a menudo sufren un proceso de degradación natural, tanto debido a la propia naturaleza de los materiales como al haber estado en ambientes no óptimos para su conservación. El cuidado de estas piezas implica reconocer el tipo de metal ante el que nos encontramos y las posibles problemáticas presentes para asegurar los procesos óptimos de conservación y tratamiento.

    En este artículo compartimos con vosotros una pequeña guía para poder reconocer este material metálico e identificar cuándo tiene procesos activos de corrosión que implican peligro para la preservación futura del objeto.

    Entre los distintos tipos de piezas de metal las más estables son sin duda las que están realizadas en metales nobles, como el oro y la plata. A diferencia de otros metales, estos a penas reaccionan químicamente, lo que los hace muy resistentes a la corrosión. Objetos de oro y plata de época nazarí se conservan hoy prácticamente igual que cuando se crearon y los tratamientos de restauración sobre este tipo de piezas suelen limitarse a limpiar los restos de tierra o suciedad adheridos, o a eliminar la fina capa que en ocasiones oscurece y empaña la plata, como se ve en este dirham.

    Ni el oro ni la plata presentan por tanto graves problemas de conservación y resultan fáciles de reconocer al tener aspecto similar a cualquier otro objeto actual realizado con estos materiales. Hay que tener presente, no obstante, que en ocasiones la plata suele estar en aleación con otros materiales como el cobre y si la proporción de éste es alta puede presentar problemas de conservación similares a los que se observan en el bronce.

    Este arete de oro y este dirham de plata son dos ejemplos de piezas realizadas en estos materiales.

    Metales que sí presentan mayores problemas para reconocerlos y conservarlos son el cobre (de tono pardo/rojizo) y el bronce (de color marrón/anaranjado). En general, el cobre no es un material que se suela encontrar en objetos modelados más allá de la prehistoria, ya que con el bronce (aleación de cobre y estaño)  se obtenían piezas más estables y duraderas, por lo esta aleación se utilizó preferentemente para fabricar armas y objetos. Es por ello por lo que nos centraremos en este segundo.

    A pesar de que el tono original del bronce es anaranjado, las piezas históricas no tienen habitualmente este color y el bronce arqueológico presenta una pátina, producida por el óxido de cobre, de tonalidad gris acerado, rojiza amorronada o verde oscuro.  Estas pátinas finas y lisas, que reproducen fielmente la superficie original del objeto, nos dan la clave para reconocer el material.  Este revestimiento de óxido no debe ser eliminado al ser estable o pasivo y ayudar a preservar la pieza. Cuanto más uniforme, adherida y lisa sea esta pátina más estable será el objeto.

    Esta hebilla y este anillo nazarí realizados en bronce son dos ejemplos que muestran esta pátina verde oscura  de óxido que recubre el material y que es estable. Por debajo de ella estaría el color anaranjado propio del bronce, pero sería un error tratar de eliminar la tonalidad verde para restaurar el tono original, ya que incidiría directamente en la conservación del objeto.

    Pero el bronce precisa de un proceso de trabajo para convertir el mineral que originalmente se encuentra en la naturaleza en el metal con el que se elaboran los objetos, esto hace que de forma inherente el propio material tienda a volver al estado mineral primigenio y que por tanto sea inestable en si mismo y proclive a los procesos de corrosión. Elementos como el agua, la luz o el aire favorecen mucho más esta corrosión del bronce, por lo que para su conservación precisa estar en un ambiente con humedad y temperatura controladas que ayuden a su preservación. En contextos arqueológicos las condiciones no son las idóneas para estos materiales, y es habitual que muchos de ellos sufran importantes procesos de corrosión. En ocasiones las piezas de metal se mantienen en un punto estable con el medio y es cuando se excavan y se cambian estas condiciones cuando esos procesos de degradación que estaban latentes se activan o aceleran, de ahí la importancia de tratar estos objetos inmediatamente cuando llegan al museo.

    Hay algunos indicios que nos indican que las piezas de bronce presentan procesos de corrosión activos y deben ser tratadas con urgencia para evitar su degradación o incluso, si no se frenan, la desintegración total y la pérdida del objeto. Los principales productos de corrosión del bronce y los más dañinos son las sales o cloruros, que exteriormente se manifiestan a través de una tonalidad verde brillante o negruzco (atacamita), verde claro (paratacamita) o blanco sucio y de textura cerúlea (nantoquita). Estos cloruros pueden estar de forma generalizada por toda la pieza o limitarse a unos pequeños puntos localizados. En ocasiones están latentes bajo la patina pudiendo intuirse por las costras o deformaciones en el bronce, en la textura pulverulante que pueden generar o en la baja adhencia de la pátina.

    El ataque por sales se conoce como “enfermedad del bronce“. En el caso de que se perciba la presencia de estos cloruros, aunque sea de forma puntual, se debe someter la pieza a un proceso de estabilización, que retire de forma superficial estas sales y frene el proceso interno de degradación. Este dedal de bronce, por ejemplo, presenta un proceso muy activo de corrosión por sales, que pueden identificarse fácilmente por el tono verde claro y blancuzco verdoso que corroe toda la pátina verde oscura.

    Los bronces también pueden presentar carbonatos superficiales que se originan en los suelos, como la malaquita (de tono verde oscuro) y la azurita (de color azul), deformando la superficie de las piezas. Aunque menos dañinos que los cloruros, los carbonatos también han de ser eliminados en los procesos de restauración de los objetos de metal.

    Otro de los minerales  que de forma histórica se han trabajado para realizar objetos ha sido el hierro. Al igual que pasa con las aleaciones de cobre el hierro debe someterse a un proceso de fabricación que permita convertirlo en metal y por tanto tiende igualmente a degradarse de forma natural y volver a su origen mineral. El hierro tiende a oxidarse rápidamente, hecho que se acelera por la presencia de oxígeno en ambientes húmedos.

    Las piezas de hierro son fáciles de reconocer por el tono marrón muy oscuro producido por una capa de magnetita. En el caso de piezas restauradas este tono marrón puede parecer casi negro debido a los procesos de estabilización con taninos a los que se somete a los objetos.

    Una pieza de hierro estable presenta una capa superficial lisa y sin deformaciones, como se ve en esta argolla y este clavo. Esta capa, como se puede observar, es mucho más gruesa que la pátina que hemos visto se genera en los bronces, ayudando a identificar uno y otro material.

    Los procesos de corrosión en el hierro (por óxidos, hidróxidos, carbonatos…) se caracterizan porque generan grandes deformaciones en la piezas, haciendo que en ocasiones sea dificil percibir cómo era el objeto original. Por ejemplo, bajo la capa de corrosión de esta pieza de hierro vagamente puede intuirse la llave que una vez fue y que hoy ha perdido su forma y contornos. Los tratamientos de restauración de las piezas de hierro, además de buscar la estabilización de los objetos, inciden especialmente en eliminar estas deformaciones y hallar la superficie original de las piezas. Una limpieza mecánica elimina estas capas generadas y le devuelven su imagen original.

    Esta hebilla es un ejemplo de pieza arqueológica realizada en bronce y en hierro. Los tonos verdosos de uno (bronce) y los marrones de otro (hierro) nos permiten identificar fácilmente ambos metales. También se observa las deformaciones que en el hierro se generan.

    Otro metal habitual en los yacimientos es el plomo, si bien no han sido muchos los objetos creados con este material por su ductilidad si se utilizó para hacer cañerías, sellos, grapas, etc. El plomo es quebradizo y se deforma con facilidad, por lo que es habitual que  las piezas arqueológicas realizadas en este material presenten roturas y deformaciones como consecuencia de la presión del terreno El plomo es uno de los minerales más sencillos de identificar por su gran peso y por la pátina protectora de óxido de plomo, de tonalidad gris mate, que sobre él se genera.

    El plomo es bastante estable y no suele sufrir grandes procesos corrosivos. Fundamentalmente le afecta la carbonatación, que se produce en los suelos ácidos y húmedos, de la que se puede proteger en una atmósfera estable y controlada. En las piezas de plomo suele aparecer manchas de color marrón o rojo oscuro que aunque no son graves para la conservación del objeto si alteran su imagen. Al ser un metal muy dúctil y maleable los procesos de limpieza no suelen ser mecánicos, porque pueden arañar su superficie y dejar marcas, optándose por limpiezas electrolíticas que permitan recuperar su capa grisacea y darle a la superficie un aspecto más uniforme. En este fragmento de plomo se pueden ver las deformaciones de este material y las manchas rojizas que alteran su pátina.

    En los museos en general, y en el Museo de la Alhambra en particular, los metales son piezas que se preservan con especial cuidado prestando atención al ambiente en el que se exponen o almacenan, para asegurar que las condiciones favorecen su conservación preventiva. También se está alerta a cualquier cambio en su superficie que pueda indicar procesos activos de corrosión que implicarían que las piezas fueran enviadas a los restauradores que procederían a realizar los distintos procesos de inhibición y estabilización.

    Vía: Alhambra Patronato
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