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    jueves, 19 de enero de 2017

    Los secretos del Panteón de Roma

    Visitamos una joya incrustada en el barrio más céntrico de la capital de Italia

    Roma siempre te pilla desprevenido: al doblar una esquina, con frecuencia aparece un monumento del pasado que deja al visitante sin palabras. Esa es justamente la sensación que provoca el Panteón, un edificio del siglo II encajado en el corazón de la capital, rodeado por el ajetreo comercial y los cafés de la plaza de la Rotonda. A pesar de que quizá no es el más célebre de todos, se trata de una construcción única que muestra como pocas los grandes avances que la civilización romana logró en el campo de la ingeniería arquitectónica y, sin duda, es una de las mejor conservadas.

    Interior del Panteón

    La cúpula de dimensiones colosales que emerge ante nuestros ojos al entrar en el Panteón es una prueba de la sorprendente evolución que llegó a alcanzar la ingeniería romana.

    El "templo de todos los dioses" (pan, todos; theon, divinidad) debe su origen al emperador Adriano, quien entre los años 118 y 125 erigió un santuario en sustitución del templo construido por Marco Agripa el 27 a.C., que había quedado totalmente destruido en el año 80 a causa de un incendio.

    La fachada del Panteón reina en la Piazza de la Rotonda con un aire imperial. Después del primer vistazo, llama la atención la pronaos –el pórtico de columnas– que precede a la estructura circular. Ocho solemnes columnas rematadas con capiteles corintios sustentan el frontispicio donde se aprecia la inscripción dedicada a Agripa.

    ¿Cómo reducir el peso de la cúpula?

    El peso de la cúpula se reduce gracias a los arcos de la pared y el artesonado. El agujero en la parte superior, el óculo tiene 9 metros de diámetro y es la única abertura del edificio.

    Un cuerpo intermedio conecta la pronaos con la cella, la estructura circular. En las paredes de su interior se abren siete tabernáculos que posiblemente servían para albergar las siete principales divinidades romanas. Pero lo que realmente deja al visitante sin aliento es la espectacular cúpula que se levanta por encima de nuestras cabezas: un auténtico logro arquitectónico que de manera visual parece indicar el camino hacia el cielo. Dominando la cúpula, un enorme óculo de 9 metros de diámetro proyecta la luz al interior y permite apreciar el ingenioso juego de fuerzas que soportan el peso de la cúpula sin necesidad ningún elemento de sujeción.

    Plaza de Santa Maria Sopra Minerva

    Esta plaza detrás del Panteón posee dos puntos de interés: una iglesia Gótica del siglo XIII, que alberga espléndidas tumbas, pinturas y esculturas. Y el Pulcin (cerdito) della Minerva: la escultura del elefante con un obelisco egipcio sobre el lomo, un diseño de Bernini de 1667.

    Durante casi 2.000 años y sin precisar a penas de trabajos de restauración, este sistema ha fascinado a los arquitectos de todos los tiempos. El secreto de la técnica reside en los cinco círculos concéntricos de casetones que descargan el peso, el cual es más ligero de lo que parece debido a los materiales usados: mampostería de piedra volcánica, caracterizada por su porosidad y ligereza.

    El papa Bonifacio IV lo consagró iglesia de Santa Maria ad Martyres en el año 609. Gracias a ello sobrevivió a los saqueos medievales, aunque no a los de Urbano VIII, que en 1632 retiró el bronce del pórtico y construyó dos torres campanario, que fueron derruidas a finales del siglo XIX.

    Deslumbrados por la grandeza de este templo, su huella se puede apreciar en la obra de grandes figuras de la historia de la arquitectura como Brunelleschi, Miguel Ángel, Bramante o Canova. Una obra que constituye una visita imprescindible antes de dejar la Ciudad Eterna.

    Fuente: National Geographic
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