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    miércoles, 14 de junio de 2017

    ALGUNOS APUNTES RESPECTO AL TOPÓNIMO “LAS HURDES”

    Foto: La arquitectura castreña tradicional se muestra en todo su esplendor en la alquería del Gasco.

    Es costumbre en España tratar de establecer relaciones intencionales y emotivas entre realidades objetivas desvinculadas. Sucede para el caso del emparejamiento tradicional que se ha tratado de establecer entre dos “rarezas” de ámbito tan dispar como la lengua euskera y la aislada (pero no tanto…) comarca extremeña de Las Hurdes. Me refiero a la tradicional interpretación del topónimo en clave euskérica como proveniente de “urde” (cerdo), de forma que se entendería el nombre de la región como “tierra de jabalíes” y se daría por supuesta una inexistente, según las fuentes, repoblación de vascohablantes que la habrían rebautizado en esa forma. Existe también en euskera antiguo [Luis Silgo, Estudio de Toponimia Ibérica, 2013] una raíz en -urd que significa “zona llana, meseta”, pero que claramente no sería  aplicable a la realidad de la comarca, poseedora de un relieve muy accidentado, encontrándose el valle más estrecho de Europa Occidental en las márgenes del río Malvellido.

    En un interesante artículo publicado en la revista digital celtiberia.net, firmado por Reuveannabaraecus (?) [http://celtiberia.net/es/biblioteca/?id=1415], el citado autor presenta una nueva hipótesis, bien hilvanada, según la cual las comarcas suelen recibir una denominación alusiva a algún aspecto peculiar, propio y a veces exclusivo, que las diferencia de las comarcas vecinas y por el que se caracterizan: así, por ejemplo, La Vera se llama de esta manera por estar situada a la feraz orilla del Tiétar, frente a las colindantes y otrora áridas dehesas del Campo Arañuelo (hoy convertidas en regadíos); o la Tierra de Barros se conoce con esa denominación por poseer unos fértiles suelos anegadizos (“barros”) aptos para toda clase de cultivos, frente a los suelos más pobres de las comarcas serranas vecinas (Jerez de los Caballeros, etc.). Y Las Hurdes recibieron este su nombre por haber tenido y tener aún la mayor concentración de brezales de todo este sector del oeste ibérico; en efecto, el nombre Hurdes , a veces escrito (por pronunciado) Jurdes , procede, por medio del dialecto astur-leonés que hablaban los primeros repobladores medievales de estas tierras, del latín vulgar úlicem “brezo”, que da en la lengua astur-leonesa urz(e) ; con esta forma y significado lo encontramos en La Urz (población perteneciente a la comarca de Las Omañas, al norte de la provincia de León) o en Brime de Urz y Quintanilla de Urz (municipios situados en el Valle de Vidriales, no lejos de Benavente, al norte de la provincia de Zamora). De urz / urce se pasó a urde (urdes, en plural, por su abundancia) debido a uno de los rasgos más característicos del dialecto extremeño: la pervivencia del fonema medieval conocido como “z sonora”, habitualmente representado como “d” (v. gr., jadel por hacer). La h- inicial hay que explicarla mediante la fonética sintáctica a partir de otro rasgo propio (aunque no exclusivo) del dialecto extremeño: la aspiración, tanto de la h- procedente de f- inicial latina como de j / ge,gi y de la -s final o implosiva; así, en la secuencia fonética Lah Urdeh (o Laj Urdej), una vez perdida la conciencia del significado del término (pues se impuso el castellano “brezo”), se interpreta la aspiración final del artículo como aspiración inicial del nombre, del cual comienza a formar parte, quedando éste así definitivamente fijado como (LAS) HURDES oJURDES , que no significaría, pues, otra cosa que “(LOS) BREZOS”.

    Sin restarle mérito ni acierto a esta hipótesis, quisiera plantear otra posibilidad que rastrea el origen del topónimo en tiempos mucho más antiguos, y lo vincula directamente, así como a su gestación, autóctona y no importada, con las lenguas indoeuropeas prerromanas vettonas que sin duda se hablaron en aquellos parajes, más que al latín vulgar evolucionado proveniente de los espacios asturleoneses. Las razones que aporto son las siguientes:

    – El paralelismo entre el topónimo Urdes (la h aspirada queda claro, según Reuveannabaraecus, que proviene del conjunto “Lah Urdeh” y no forma parte del topónimo sustantivo) y otros, como Urdón, Urdiceta, Ordesa, Urdués, Urdiales, etc. En efecto, esta raíz urd- pertenece al indoeuropeo, concretamente *wrad (en grado cero, con vocalización de la w en u y no vocalización de r en ra o ar) [entrada 2175, página 1167 de la obra clásica de Julius Pokorny Indogermanisches Etymologisches Wörterbuch]. La raíz viene a significar “rama, ramaje, enramada”, denominación acorde de alguna manera con el fitónimo que aportaba Reuvennabaraecus, pero más general y no vinculada a ninguna especie vegetal concreta (algo así como “lugar de monte bajo, arbustivo, poblado de vegetación”), lo cual también encaja con las características de extrema feracidad vegetal del sitio. En muchas ocasiones se esgrime un supuesto origen de estos topónimos en –urd basándolo en el vocablo hordeum (lat. “cebada”), pero es dudoso pensar que este cereal se cultivase en todo tipo de suelos, dado que, aunque es poco exigente respecto al clima, sí está especialmente adaptado al terreno calizo, que es inexistente en Las Hurdes: el suelo predominante es de materiales del Herciniano, como pizarras y esquistos.

    – El topónimo Urdón, situado en la Cantabria histórica, así como Urdiales, en la Marina de la misma región (entre otros de la España indoeuropeizada), apoyan esta vinculación de las hablas celtíberas-cántabras-vettonas (según el grupo lingüístico definido por la teoría clásica de Jürgen Untermann).

    – De forma tangencial puede también aducirse, para evidenciar la continuidad y antigüedad del topónimo desde tiempos protohistóricos, la identidad de costumbres y mitos, residuales recientemente en la comarca, de claro origen céltico [Félix Barroso, Las Hurdes. Aspectos etnográficos y antropológicos. Revista de Folklore 106 (1989)], algunos claramente emparentados con la mitología cántabra –por ejemplo, y de forma singular, la importancia en ambos contextos cultuales de la luna como divinidad ctónica-, así como del urbanismo, de tipo castreño, y las características relativas a la antropología física de los grupos humanos. Todo esto  apoyaría de forma clara la continuidad del poblamiento en la región desde tiempos ancestrales, y por tanto de las raíces más arcaicas de muchos topónimos locales, que convivirían lógicamente con otras de orígenes más modernos que sí pudieron ser aportados por las oleadas repobladoras que sin duda existieron. Afortunadamente la historiografía en los últimos tiempos está limitando la magnitud y los efectos de estas repoblaciones y apostando más por la continuidad de los asentamientos en los territorios históricos, eliminando así la noción tradicional de un supuesto “vacío demográfico” que se habría producido en la Meseta tras la conquista musulmana.

    Marina Gurruchaga, doctora en Historia por la Universidad de Cantabria

    Mi agradecimiento por sus puntualizaciones, respecto a la lingüística indoeuropea, a Martín Gurruchaga, doctor en Filología Clásica.
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