728x90 AdSpace

  • Actualidad

    miércoles, 13 de diciembre de 2017

    La Estrella de Belén, esa estrella que nunca existió

    Desde la exégesis más objetiva y aplicando el método histórico-crítico a los propios Evangelios canónicos, resulta harto inútil y pueril ofuscarse con el supuesto referente astronómico de la "Estrella de Belén", en cuánto que es communis opinio para los exégetas neotestamentarios (NT) que el llamado mesías Jesús nació en Nazaret de Galilea, y no en Belén de Judea (cap. 4.0).

    Todo indica que no hubo Estrella de Belén, ni Magos de Oriente, ni Matanza de niños varones, ni Huida a Egipto. Todo fue un grandilocuente relato de Mateo, un thriller de invención piadosa, de muy posible inspiración midráshica pero con una clara intencionalidad apologética de dar cumplimiento a un antiguo enunciado profético.

    Todo este maravillosismo exuberante e inverosímil del capítulo 2º de Mateo sobre los relatos de la infancia de Jesús fueron compuestos con el propósito preferencial de satisfacer el requisito mesiánico de su origen betlemita, profetizado en las Escrituras del AT para, así, rubricar la autenticidad de Jesús como el Mesías esperado. En los textos neotestamentarios (NT) sólo los evangelistas Mateo y Lucas, muy condicionados por sus feligresías judeocristianas, novelaron tramas muy distintas con la única finalidad de llevar el nacimiento de Jesús a Belén de Judea, la que era conocida como patria del rey David para, así, legitimarlo como el auténtico Mesías enviado por Dios, dando cumplimiento de la profecía veterotestamentaria (AT) de Miqueas (Miq 5, 1).

    Esta extensa exégesis de disertación sobre el lugar del nacimiento de Jesús (el llamado, Jesucristo) y de su posible ascendencia davídica está realizada desde una visión crítica y racional, que no teológica1 ni cristológica. Aunque, eso sí, muy sujeta a la evidencia de lo que la vox populi, esas gentes y muchedumbres en el entorno de Jesús, expresaron en los Evangelios canónicos en los versículos de su ministerio público (ver 4.0).

    En el libro El nacimiento del Mesías del académico y exégeta bíblico de renombre mundial y sacerdote católico, Raymond E. Brown, se expone de manera determinante: «Los abrumadores datos en contra han hecho que la tesis de que Belén no fue el lugar de nacimiento de Jesús sea communis opinio de los intérpretes del Nuevo Testamento» (Brown, 1982, 537, cita C. Burger)2. Pues, desde una visión objetiva, el conjunto del relato de la infancia de Jesús narrado por Mateo presenta dificultades histórico-exegéticas muy serias e insalvables.

    Además, ninguna hipótesis astronómica resuelve satisfactoriamente la inverosímil movilidad de una estrella que sólo consiguen visualizar unos magos venidos de Oriente: «Ellos, después de oír al rey Herodes (en Jerusalén), se pusieron en camino, y la estrella que habían visto en Oriente, iba delante de ellos, hasta que fue a posarse sobre el lugar donde estaba el niño» (Mt 2, 9). Es una grave incongruencia que en la corte del rey Herodes y en toda Jerusalén nadie se percatase de ese evento estelar extraordinario que servía de guía a unos magos: «Entonces Herodes, llamando a parte a los magos, averiguó de ellos con exactitud el tiempo de la aparición de la estrella» (Mt 2, 7).
    Mateo en su primera mención a la "estrella" emplea su forma acusativa singular griega de "astera" = (su) estrella: «Porque hemos visto su estrella en el Oriente», pero luego también emplea los formas astēr y astéros. Si hubiese empleado el vocablo neutro griego de ástron (pl. cielo) de semántica más genérica, sí hubiese dado oportunidad a otras manifestaciones cósmicas tales como: astro, constelación, conjunción de planetas, cualquier objeto astral de difícil identificación (novas), incluso aquí hubiese cabido también la opción de cometa. Si bien, Mateo nunca contempló el vocablo griego clásico "kométes", cometa (kómē, cabellera). Sólo como curiosidad, en el famoso poema del 4º oráculo Nm 24,17 (LXX) fue empleado el vocablo neutro griego ástron: «…/ se levanta la estrella (ástron) de Jacob».

    La primera adopción iconográfica -del cometa- como figuración belena surgió a raíz de la difusión de la obra pictórica del Giotto "La Adoración de los reyes magos". El pintor florentino quedó tan impactado del cometa 1301 (un retorno del cometa Halley) que quiso inmortalizarlo en esta pintura de 1304. Él y el resto de la humanidad desconocían que este fulgurante cometa era en realidad el cometa periódico Halley en una nueva incursión hacia el Sol, el mismo cometa que antaño tuvo un retorno en el año 11 a.C.

    Ciertamente sabemos que los dos primeros capítulos de Mateo y Lucas, únicos Evangelios canónicos que narran los relatos de la Anunciación, la Natividad y la infancia de Jesús, tales relatos no superan el método histórico-crítico, son relatos de cierta inspiración midráshica sobre relecturas y reminiscentes similitudes con pasajes de las antiguas Sagradas Escrituras (AT), unos relatos evangélicos de marcada intencionalidad apologética para adoctrinar y convencer a sus feligresías y nuevos prosélitos. Ambos relatos de la infancia carecen del más básico rigor histórico y temporal, incluso algunos evangelistas llegan a mostrar ciertas confusiones geográficas. La utilización por parte de Lucas del referente histórico del censo de Quirino (Lc 2,1-3): «el primer censo (…) siendo Quirino gobernador de Siria» resulta inexacta y anacrónica, su inclusión sólo respondía a una coartada geopolítica de imperiosa necesidad para trasladar el parto de Jesús a Belén de Judea. Cuesta comprender que si los cuatro evangelistas fueron inspirados por un "soplo divino" cómo este aliento divino no socorrió las confusiones e inexactitudes geográficas de Marcos (Mc 7,31) y no enmendó los relatos tan contradictorios entre Mateo y Lucas durante el periplo del nacimiento y la infancia de Jesús, pues Lucas fue desconocedor del periplo mateano de la sagrada familia por tierras de Egipto. Por qué ese "soplo divino" no ilustró mejor al erudito Lucas con el inexacto y anacrónico uso del censo de Quirino, promulgado por César Augusto (Lc 2,1-2).

    Tal es la exigua datación temporal mostrada en todo el corpus neotestamentario (NT) que ni siquiera el año de mayor solemnidad e identidad para el cristianismo -el año de la crucifixión y de la supuesta resurrección de Jesús-, en ningún texto neotestamentario se tuvo la deferencia de mencionarse, ni en la cronología del calendario siriaco, ni en datación de computo romano AUC (Ab Urbe Condita). Ni siquiera Lucas, como el mejor cronista y más prolífico evangelista, señaló el año de la muerte y resurrección de Jesús.

    No obstante, hay una clara unanimidad en aceptar y situar la datación del nacimiento de Jesús en los ultimísimos años de vida del paranoico Herodes I el Grande, entre el año 7 y 4 a.C., tomando como referencia histórico-temporal los vv Mt, 2,1; Lc 1,5; Lc 3,1-2; Lc 3,23.

    MÁS EN NUESTRO LECTOR:

    • Comentarios de la Web
    • Comentarios de Facebook

    0 comentarios:

    Publicar un comentario

    Item Reviewed: La Estrella de Belén, esa estrella que nunca existió Rating: 5 Reviewed By: Crónica Nacional
    TOP