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    viernes, 6 de abril de 2018

    ¿Cuándo comenzaron los humanos a celebrar funerales?

    Reconstrucción del enterramiento neandertal de La Chapelle-aux-Saints, Francia, el primero que se atribuyó a una especie distinta de los sapiens V. MOURRE

    Durante milenios, los seres humanos se creyeron el centro del universo, el pueblo elegido que había heredado la Tierra. Después, el relato comenzó a cambiar. Las teorías evolutivas mostraron que compartíamos ancestros con todos los animales que pueblan el planeta y los astrónomos nos colocaron en las afueras de una galaxia entre miles de millones. Pero los científicos, que no sienten aversión hacia el ego humano sino más bien al contrario, tras sacarnos del centro de la creación han intentado entender qué nos separa del resto de los seres vivos, qué nos hace especiales.

    Nuestra reacción ante la muerte parece uno de esos rasgos. Hay otros animales que se lamentan cuando muere alguien cercano, que se consuelan y que saben que lo sucedido es irreversible. Pero ninguno honra a sus muertos con los complejos rituales humanos. Por ahora, además de nuestra especie, solo los neandertales parecen gozar (o sufrir) de la capacidad de abstracción y previsión suficiente para asumir su mortalidad y la de sus congéneres y actuar con la solemnidad que demanda ese conocimiento.
    Los primeros en hablar de rituales funerarios más allá de los Homo sapiens fueron los hermanos Jean y Amédée Bouyssonie, dos curas católicos que en 1908 descubrieron los restos de un neandertal de hace 50.000 años en la cueva de La Chapelle-aux-Saints, en Francia (izquierda).
    Según los Bouyssonie, la posición fetal del cuerpo y las herramientas que lo acompañaban en la zanja donde lo encontraron apuntaban a un entierro intencionado. Abundando en la especulación, sugerían que los autores de aquel ritual tenían capacidad simbólica y creían en una vida después de la muerte. La condición sacerdotal de los hermanos y las dudas sobre sus técnicas de excavación hicieron que otros científicos de mayor prestigio desdeñaran sus hipótesis. Sin embargo, un artículo publicado en 2013 en la revista PNAS sugería que, como mínimo, los parientes de aquel viejo neandertal lo enterraron intencionalmente y con cuidado.

    A principios del siglo pasado, los neandertales aún eran vistos como brutos, ajenos a las glorias intelectuales de la humanidad. Desde entonces, los hallazgos arqueológicos los han revelado como una especie muy cercana a la nuestra a la que se atribuye incluso la primera obra de arte de la historia. Por el momento, los únicos animales capaces de realizar algo parecido a lo que consideraríamos un funeral son los humanos y neandertales de los últimos 100.000 años.
    En las tareas de definición de la familia humana, parece difícil rechazar a los neandertales, pero cuando se trata de ir más allá, crecen las dudas. En este territorio nebuloso se encuentran dos yacimientos sorprendentes, la Sima de los Huesos de Atapuerca, en Burgos y la cueva Rising Star, a unos 50 kilómetros de Johannesburgo (Sudáfrica).

    En la primera se han encontrado huesos de 28 individuos de diferentes edades de la especie Homo heidelbergensis, unos ancestros de los neandertales que habitaron esta zona de la sierra burgalesa hace 400.000 años. En 2012, Juan Luis Arsuaga, uno de los directores del yacimiento de Atapuerca, afirmaba que “se trataría del primer santuario de la humanidad” y que la sima era “la prueba más antigua de un comportamiento funerario y de una acumulación colectiva” de restos fósiles humanos.

    El hallazgo junto a los cadáveres de Excalibur (izquierda), un hacha de mano rojiza elaborada con un material poco frecuente en la zona, se ha interpretado como un tributo a los muertos que fortalecería la hipótesis del enterramiento con sentido simbólico.

    El caso del yacimiento sudafricano es aún más sorprendente. Los Homo heidelbergensis están en la línea de ancestros directos de los neandertales y su cráneo ya tiene un gran tamaño. El caso del Homo naledi, la especie encontrada en Rising Star, es muy distinto. Poseía un cráneo de solo 500 centímetros cúbicos, menos de la mitad que un heidelbergensis. De hecho, antes de datar los restos con precisión, sus características anatómicas hicieron pensar que vivieron hace dos millones de años. La datación reveló que pese a algunas características supuestamente primitivas, existieron hace menos de 300.000 años, mucho después de la muerte de los humanos encontrados en la Sima de los Huesos.

    Para llegar hasta la cámara donde se hallaron los huesos era necesario recorrer 80 metros de cueva, trepar por una pared y descender por una angosta grieta. Un trayecto en tinieblas que parece el único por el que los huesos de aquellos ancianos, adultos y niños llegaron hasta allí. Además, ninguno tiene signos de haber sido devorado por algún animal, como sí sucede en el yacimiento burgalés.
    La ausencia de otras muestras de comportamiento simbólico, como pinturas o figuras talladas, que se puedan asociar sin duda a estas dos especies, cuestiona que se trate de un enterramiento voluntario de individuos preocupados por el destino de los muertos. Además, esta misma semana se ha publicado un artículo en la revista PNAS que plantea incluso que la inopinada acumulación de fósiles humanos puede ser casual.
    Un equipo internacional de científicos, liderado por Charles Egeland, de la Universidad de Carolina del Norte, en Greensboro, empleó un sistema de inteligencia artificial para comparar la acumulación de restos humanos de Atapuerca y Rising Star con otros yacimientos en los que sin duda hubo enterramientos humanos y otras acumulaciones de huesos de animales que fueron casuales. Después, “empleando algoritmos de aprendizaje como los que emplea Amazon para predecir el comportamiento de los clientes o los que utilizan los coches autónomos, pedimos que nos interpreten qué es la Sima de los Huesos y qué es el yacimiento de los naledi”, explica Manuel Domínguez-Rodrigo (derecha), investigador de la Universidad Complutense de Madrid y coautor del estudio.

    Los resultados de estas simulaciones informáticas indican que las acumulaciones de fósiles del yacimiento español y el sudafricano son similares a las de restos humanos que habían sido consumidos como carroña o de babuinos que murieron de forma natural y cuyos restos acabaron después en una cueva. Los autores del trabajo aclaran que sus resultados no refutan el origen humano de las acumulaciones de los heidelbergensis y los naledi, pero plantean que pueden ser el resultado de una acumulación casual o influida en parte por animales que devorasen los cuerpos de los fallecidos.

    “Lo que el estudio sí ha puesto de relieve sin ambigüedad es que la interpretación actual del equipo de Atapuerca de que la Sima es una acumulación antrópica con mínimo impacto de carnívoros hay que recharzarla. El estudio muestra que o bien es natural o si es antrópica ha sufrido una alteración de carnívoros considerable lo cual obliga a plantear qué carnívoro ha sido ya que los osos normalmente casi no modifican los huesos”, concluye Domínguez Rodrigo que considera que “la evidencia no permite asegurar que ninguna de las dos acumulaciones haya sido realizada por homínidos” y harán falta estudios más exhaustivos para confirmar que cualquiera de esas especies tenía una conciencia de la mortalidad similar a la nuestra.

    José María Bermúdez de Castro (izquierda), codirector de los yacimientos de Atapuerca, considera que el hecho de que fuesen los propios Homo heidelbergensis los que depositasen en la sima los cadáveres está fuera de duda.

    “Otra cosa es que se discuta si lo hicieron con una intención ritual, como hicieron los neandertales o hacemos nosotros”, añade. “A mí no me extrañaría en absoluto que lo hiciesen, porque son casi neandertales”, continúa.

    Por otra parte, Bermúdez de Castro lamenta que los autores hayan escrito su artículo sin visitar Atapuerca. “Para escribir un artículo científico hay que visitar los yacimientos. Estos autores no conocen el yacimiento y eso es bochornoso”, afirma.

    A falta de nuevos hallazgos que relacionen a estas especies que vivieron hace más de 300.000 años con comportamientos simbólicos, aunque se pueda afirmar con cierta confianza que fueron humanos los que arrojaron a sus congéneres a aquellos pozos, seguirá siendo difícil asegurar que lo hacían como parte de un ritual para facilitar su paso al otro mundo o aliviar a los que quedaban en este. Como recordaba Frans de Waal en un artículo sobre el tema, si animales como los chimpancés se asentasen durante mucho tiempo en el mismo lugar, pronto se darían cuenta de que los cadáveres atraen a depredadores peligrosos. “No excedería en absoluto la capacidad mental del simio resolver el problema cubriendo los cadáveres malolientes o quitándolos de en medio”, escribía. Pero más allá de eso, por ahora solo podemos asegurar que hay dos especies conscientes de que todos vamos a morir.

    Fuente: elpais.com | 6 de abril de 2018
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