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    sábado, 29 de septiembre de 2018

    La compasión como supervivencia del hombre Neandertal

    Benjamina, la niña preneandertal de la Sima de los Huesos, en Atapuerca, nació con una lesión craneal, craneosinostosis, una fusión prematura de las suturas del cráneo que hace que la cabeza sea deforme y provoca retraso mental. Miguelón, el cráneo más completo del registro fósil mundial y otro de los habitantes de este yacimiento burgalés, muestra que su propietario padeció terribles infecciones bucales que incluso le perforaron la mandíbula y que no le dejaban masticar. Ambos individuos vivieron hace 450.000 años. Seguramente, eran muy dependientes de su grupo y por sí solos no hubieran podido sobrevivir. Y, sin embargo, lejos de ser considerados lastres y abandonados, los cuidaron.

    No son casos aislados: en Dmanisi (Georgia) se han hallado restos de un individuo viejo, que vivió hace 1,8 millones de años, con un severo desgaste de los dientes, a quien seguramente alguien ..., se la masticaría y luego se la daría, como también le sucedería a Miguelón. Y hay más ejemplos similares en el registro fósil, como el caso del neandertal de La Chapelle aux Saints (Francia), un hombre de entre 25 y 40 años que vivió hace entre 60.000 y 50.000 años, y que tuvo muchos problemas de salud.

    Pero, ¿por qué nuestros ancestros en aquellas primeras sociedades primitivas tomaban riesgos para que otros sobrevivieran y cómo surgió el comportamiento de cuidar a los otros que nos caracteriza como humanos? Un equipo de investigadores de la Universidad de Durham (Reino Unido) ha utilizado modelos computacionales para resolver a esas cuestiones. En un estudio que publican en Scientific Reports sugieren que cuidar a individuos enfermos permitió a aquellos primeros humanos prehistóricos controlar la transmisión de enfermedades.

    “El cuidado permitió a los homínidos suprimir la expansión de enfermedades a medida que la complejidad social y, por tanto, el riesgo de enfermedades transmitidas socialmente aumentaba”, afirma Sharon Kessler (izquierda), de la Universidad de Durham, en el Reino Unido. “La evolución del cuidado en el linaje humano proporcionó a nuestros ancestros una capacidad sin precedentes para modificar la propagación de enfermedades a través de sus poblaciones y es probable que tuviera más implicaciones para la evolución tanto de los patógenos como del sistema inmunitario humano. Esto significaba que al controlar la diseminación de la enfermedad, los primeros humanos podían desarrollar una mayor complejidad social sin sufrir mayores niveles de enfermedad", añade.

    Los científicos simularon la evolución del cuidado en cuatro sistemas sociales distintos. Se basaron en comunidades formadas por entre 50 y 200 individuos de Homo habilis, Homo erectus, Homo heidelbergensis, Homo neandertalensis y Homo sapiens.

    Vieron que primero se originó un sistema de cuidados en la familia más cercana (padres, hermanos, tíos, primos). Los parientes compartían el coste de cuidar así como la exposición a enfermedades, lo que limitaba el riesgo individual de infección. Así, también, la transmisión de patógenos quedaba limitada dentro del círculo familiar. Luego ese sistema de cuidados se extendió a otros individuos del grupo y, según los autores de este trabajo, “contribuyó a la complejidad y diversidad de los sistemas sociales humanos”.



    "Nuestros modelos muestran que el cuidado de los enfermos probablemente evolucionó a lo largo de las redes familiares por esta razón, y que una vez que las poblaciones mejoraron la calidad de su cuidado, las redes de atención a los pacientes se volvieron más flexibles permitiendo el cuidado de miembros no familiares también. Esto permitió que las redes de reciprocidad indirecta también tuvieran éxito", aduce la profesora Kessler.

    Y es que aquellos primeros grupos de humanos tuvieron que ir haciendo frente a cada vez más nuevos tipos de patógenos, con la domesticación animal y el inicio de la agricultura, pero también con la llegada a nuevos lugares, el contacto con animales hasta el momento desconocidos y la hibridación con otras especies de homínidos, con las que, además, adquirieron variabilidad genética.

    “En el registro arqueológico ya hay muestras de individuos que no hubieran podido sobrevivir solos y que, si lo hicieron, fue ayudados por la sociedad. En el origen más primitivo del género Homo ya hay algún tipo de cuidado”, señala Robert Salas (izquierda), arqueólogo y director del Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES). “El individuo que vivió en Dmanisi, en Georgia, hace 1,8 millones de años, fue alimentado por la sociedad a la que pertenecía. ¿Por qué tomar esos riesgos? ¿Por qué hacer subsistir a personas como esta? Por conocimiento”, añade este experto, que no ha participado en el estudio.
    Robert explica que en aquellas sociedades primitivas el conocimiento residía en personas mayores, que “eran las que recordaban dónde había agua en caso de sequías, dónde encontrar recursos cuando son escasos. Preservaban una información básica para el grupo”.

    Que se cuidaran unos a los otros demuestra, para este arqueólogo, que aquellos primeros Homo ya reconocían al otro como "un ser especial, que había que mantener vivo. Demuestra un progreso en la concepción de la vida humana”.

    Fuentes: lavanguardia.com | dailymail.co.uk | 27 de septiembre de 2018
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