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    martes, 11 de diciembre de 2018

    El descubrimiento de un aljibe en un castro refuerza el “desarrollado” pasado prerromano de Galicia

    Castro de Viladonga, en el municipio lucense de Castro de Rei, con el aljibe al descubierto en el ángulo inferior. TERRA-ARQUEOS

    En lo alto de un monte desde donde las vistas sobre la comarca de A Terra Chá gallega son privilegiadas, se erige un antiguo poblado fortificado, el Castro de Viladonga. Un nuevo descubrimiento ha puesto en entredicho lo que se sabía hasta ahora sobre este yacimiento arqueológico ubicado a 535 metros sobre el nivel del mar en el municipio Castro de Rei (5.000 habitantes), a 23 kilómetros al noroeste de Lugo.

    Se trata del hallazgo de un aljibe de más de 70 metros cuadrados y cuatro de profundidad con capacidad para almacenar más de 150.000 litros de agua y abastecer a más de 300 personas, en la zona nordeste del castro. El depósito fue construido en el siglo III a. C., a diferencia de la mayor parte de las estructuras descubiertas hasta ahora en el lugar, que fueron fabricadas en plena época romana, entre los siglos II y V d. C. El aljibe excavado en la roca y hallado debajo de una muralla de esta fortificación, considerada Bien de Interés Cultural desde 2009, es la punta de lanza para ahondar en el pasado prerromano de la cultura castreña.

    El descubrimiento dirigido por el arqueólogo Miguel Ángel López (izquierda) en este castro muestra, según los expertos, el desarrollo que ya existía entonces. “Es la primera vez que aparece un aljibe dentro de la zona amurallada del castro de Viladonga”, asegura por teléfono López, el director de la obra. Hace dos semanas López y su equipo de 10 especialistas descubrieron siete escalones en muy buen estado en la segunda muralla y un torreón de más de cinco metros de diámetro. Pero nada tan trascendente como este hallazgo realizado en el marco de la excavación aprobada por la Consellería de Cultura de la Xunta de Galicia y ejecutada por la empresa Terra-Arqueos.

    El hecho de tener agua pudo haber permitido a los habitantes resistir en caso de ataque, detalla López. “En los asentamientos castreños no es habitual encontrar los sistemas de abastecimiento de agua”, opina el arqueólogo gallego Ángel Concheiro (derecha), a la espera de que la Xunta confirme los resultados de este hallazgo. El suministro de agua era una cuestión fundamental en las sociedades antiguas, no era algo tan fácil como abrir el grifo, explica Concheiro. Esta era necesaria no solo para beber, sino también para lavar, para el ganado, para la alfarería y la artesanía textil. El depósito recogía el agua de lluvia y era abastecido por un antiguo manantial.

    La operación ha sido muy complicada, según Miguel Ángel López, conocido por sus trabajos en el templo de Amenofis III en Luxor (Egipto). Además de los daños provocados por el paso del tiempo y el maltrato humano, la estructura se encuentra muy deteriorada por los derrumbes, lo que dificulta la distinción de los muros. Para dejar al descubierto la construcción subterránea fueron necesarios dos meses de trabajo en los que los arqueólogos extrajeron más de 340 metros cúbicos de tierra y más de 120 toneladas de piedra. La excavación, que todavía no ha terminado, y que cuenta con un presupuesto de casi 200.000 euros, el 80% procedente del programa FEDER de la Unión Europea, ha permitido extraer todo tipo de objetos, entre los que se hallan piezas de cerámica común y de lujo como la terra sigillata, piezas de hierro (clavos, hoces), algunas de bronce (placas, fragmentos de caldero), así como huesos de animales.

    Aljibe hallado en Viladonga. TERRA-ARQUEOS

    La ubicación del antiguo depósito de agua, que fue hallado debajo de una de las murallas, le permitió a Miguel Ángel López suponer que fue construido antes. Y las pruebas de carbono 14 le hicieron concluir que fue edificado en el siglo III de la era precristiana.

    Su hallazgo cambia por completo la historia del castro. “Un aljibe prerromano nos indica que ese yacimiento arqueológico ya era potente, sofisticado y que albergaba una comunidad importante”, asegura Concheiro, y explica la importancia de este descubrimiento no solo para el conocimiento de este castro erigido en la segunda Edad de Hierro, sino para la cultura castreña en general. “Esto nos dice que el mundo castreño prerromano conocía los sistemas de abastecimiento, de captación y almacenamiento de agua, y que desarrolló arquitecturas complejas y monumentales para solucionar este problema”, añade.

    La antigua aldea se compone de una gran acrópolis central, dos pasos principales que la cruzan de norte a sur y de este a oeste, una ronda interior que la circunda, y viviendas organizadas en barrios, todo rodeado de murallas y fosos. Las primeras excavaciones comenzaron en 1971 y le siguieron otras campañas en los años ochenta, noventa y en 2000.

    Hasta ahora los datos más antiguos, que datan de los siglos II y I a. C., se habían encontrado precisamente en esa zona del castro. Pero había pocos que permitieran suponer que hubo un asentamiento importante en aquella época, la mayoría de las estructuras y edificaciones descubiertas hasta ahora son posteriores. Su forma cuadrangular, muchas de ellas con esquinas en ángulo recto, dan cuenta de la época tardorromana. Lo mismo ocurre con otros objetos, como las tejas de barro.

    Olla de cerámica hallada en el castro de Viladonga.

    La zona nordeste del castro era la más olvidada, desde los años ochenta no se habían realizado excavaciones. En ese entonces una de las esquina del aljibe ya había sido excavada pero no había sido identificada como un depósito de agua. Pero Miguel Ángel López se dio cuenta de que aquel trozo de muro que salía no era el de una vivienda habitual. Al distinguir los diferentes tipos de piedra presentes en la construcción (de cimentación y paramento, de muralla y aljibe, de cubierta y contrapeso) vio que se trataba de un aljibe. No es la primera vez que trabaja con este tipo de construcción; lo había hecho antes en el Castro de San Cibrao de Las, a 18 kilómetros al oeste de Ourense, y en la antigua fábrica de tabacos en Gijón.

    Para Concheiro esto demuestra que “la sociedad de hierro antigua no tenía nada de simple, de pobre y de atrasada, sino que era una sociedad con suficiente grado de desarrollo, monumentalidad y riqueza”. Para López, el hallazgo es un punto de partida muy importante para seguir avanzando en el conocimiento de la cultura castreña.

    Fuente: elpais.com | 10 de diciembre de 2018
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