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    viernes, 5 de abril de 2019

    En la cueva climatizada de los 13 de El Sidrón

    La reproducción de un cráneo de Neandertal, en el CSIC. / IÑAKI MARTÍNEZ

    A espaldas del Museo Nacional de Ciencias Naturales, en una colina entre el paseo de la Castellana y la calle Serrano que Juan Ramón Jiménez bautizó como de los Chopos, se distribuyen entre varios edificios las instalaciones en Madrid del Centro Superior de Investigaciones Científicas, el CSIC, institución que preside la asturiana Rosa María Menéndez López.

    Hasta allí han ido viajando en los últimos 15 años, según iban concluyendo las sucesivas campañas de excavación, los huesos que el equipo liderado por el fallecido profesor Javier Fortea y Marco de la Rasilla iban extrayendo de la galería del osario, en la piloñesa cueva de El Sidrón. De allí, supimos mucho tiempo después de aquel 1994, en el que unos espeleólogos se encontraron unos huesos en la gruta asturiana, que acabarían saliendo los restos de trece neandertales, una de las más valiosas colecciones que existen en el mundo no solo por la abundancia de restos, «2.500 fragmentos», sino porque la singularidad del yacimiento lo hace único para los científicos: todos esos huesos aparecieron amontonados en una pequeña galería de la cueva, como si hubiesen caído del cielo. Y todos pertenecían a un mismo grupo, a una familia si se quiere decir así, lo que ha permitido a los científicos obtener importantes conclusiones. Desde entonces, como si de un gran rompecabezas se tratase, los investigadores han ido recomponiendo los esqueletos de los neandertales. Y EL COMERCIO ha estado viendo cómo trabajan.

    El profesor Antonio Rosas.

    -Tengo una cita con el profesor Antonio Rosas.

    -¿El hombre que trabaja con los huesos? Es el edificio más alejado, al final del todo-, contesta el guardia de seguridad en una de las tres entradas principales al complejo.

    La barrera, la garita y el uniforme, así como los guardias civiles y las cámaras que vigilan las cercanas embajadas de Pakistán, Japón y Francia, contrastan en la colina de los Chopos con los ecos poéticos de la famosa Residencia de Estudiantes, esa en la que coincidieron Buñuel, Lorca y Dalí, la misma en la que muchos años después fallecería nuestro Eduardo Úrculo y que ahora se encuentra integrada en el complejo del CSIC en Madrid, cuya puerta principal custodia un enorme busto de Severo Ochoa enfrentado a otro de Ramón y Cajal. Tras recorrer a pie los jardines -desde una de las banderolas que muestran a investigadoras del CSIC nos habla otra asturiana, Margarita Salas-, se llega al edificio en el que trabaja «el hombre de los huesos».

    Recreación de los trece neandertales de El Sidrón - Universidad de Oviedo.

    Al fondo de un pasillo del tercer piso se ve desde lejos una reconstrucción fotográfica de uno de los 13 de El Sidrón. Y a través del cristal traslúcido de una de las puertas de madera que dan al pasillo se vislumbra la figura de Antonio Rosas, que separa la vista del ordenador para saludar, sonriente y rodeado de calaveras, libros, fotografías de homínidos y montones de papeles. Una de las paredes de la habitación la tapa casi por completo un enorme armario climatizado en el que, organizados en cajones, se distribuyen los restos de los adultos que los arqueólogos sacaron de El Sidrón. Todos juntos de nuevo, aunque lejos de su cueva. Se prevé que en el futuro, cuando las investigaciones se den por concluidas, regresen a Asturias, al Museo Arqueológico. Ya abierto el armario, Rosas muestra desde pequeños huesos «que ni siquiera podemos saber de dónde provienen ni de quién son» hasta las piezas más importantes de la colección. Destacan el maxilar y la mandíbula de Adulto 2 -a diferencia de en otras excavaciones, donde se les bautiza, los investigadores de El Sidrón se refieren a cada uno de los individuos por su clasificación por edad y un número-. Juntas, señala Rosas, esas dos piezas «son lo más cercano a una cara de neandertal que hemos encontrado».

    Otro de los más destacados, señala mientras lo sostiene con sus guantes blancos, es el fragmento más grande de un cráneo que, curiosamente, aún no han logrado identificar al 100% con alguno de los siete adultos que conviven en el armario, a una temperatura de 13 o 14 grados centígrados y con una humedad relativa cercana al 70%. «Intentamos recrear las condiciones en las que estaban en la cueva», aclara el científico mientras repasa de memoria el contenido de los 60 cajones hasta detenerse en uno de la fila central y extraer de él un fantástico húmero. «La pieza mejor conservada que tenemos. Pertenece a una adulta joven, recién salida de la adolescencia. La cabeza del húmero aún no se ha fusionado totalmente con el resto del hueso», explica.

    La pieza mejor conservada: el húmero de uno de las neandertales, un adulto joven.

    Repasemos. En esos cajones están los siete adultos -todos ellos jóvenes, menores de 30 años- identificados por los investigadores. Hay restos variados de todos ellos, aunque ningún esqueleto completo. Un inmenso puzle neandertal. Saben Rosas y los suyos que eran tres hombres y cuatro mujeres, y que Adulto 2, uno de sus preferidos, es quizás el que más información les ha aportado. «Como mucho llegaban a los 45 o 50 años, en ese momento ya eran ancianos», explica.

    En El Sidrón, además de estos siete, había seis homínidos aún más jóvenes. «A esos los tenemos en otra habitación», explica Rosas mientras echa a caminar. Al otro lado del pasillo se abre una sala con varias mesas repletas de huesos junto en las que trabajan Anna Emilia Galli, Andrea Marchesi y Rosa Huguet, otra de las principales investigadoras del departamento junto a Antonio García Tabernero.

    «Ella sabe cómo llegaron los huesos desde su depósito inicial a la galería del osario, pero aún no nos lo ha contado», bromea Rosas. Es la experta en Tafonomía del equipo, y a ella le corresponde responder algunas de las incógnitas que aún quedan por resolver en El Sidrón. ¿Dónde estaban aquellos huesos inicialmente? ¿Los había colocado alguien? ¿Estaban todos juntos en un enterramiento? ¿Tienen algo que ver con todo ello las marcas de dientes que demuestran prácticas de canibalismo?

    «Lo que tenemos claro es que, por los movimientos que se han producido a lo largo de los 49.000 años que han pasado desde que vivieron estos neandertales en Asturias, el lugar en el que estaban originalmente los restos está en un punto vacío en el exterior de la cueva. Esto es, ya no existe», explican los dos científicos. No hay rastro del yacimiento original ni se sabe qué puede haber sido de los restos que faltan, alrededor de un 70% del potencial total del yacimiento. El 30% restante es lo que se sacó de la galería del osario. «No queda nada que excavar allí», confirma Rosas.


    Pero volvamos al rompecabezas. En una vitrina acristalada de madera de esta segunda estancia reposan los restos de los más pequeños de El Sidrón. Tres adolescentes de entre 12 y 18 años (dos hombres y una mujer); dos juveniles de entre 3 y 12 años, uno masculino, otro femenino; y el más pequeño de todos, un niño neandertal de aproximadamente un año del que no han podido confirmar el sexo. De entre todos ellos, el más completo es Juvenil 1, un joven neandertal de casi ocho años, 111 centímetros de altura y 26 kilos de peso, según calculan los científicos. A su lado, ocupando mucho menos espacio en el interior de la vitrina, está uno de los más misteriosos. «No conservamos dientes de Juvenil 2», explica Rosas. Todo lo contrario de lo que ocurre con Adolescente 2, de quien se encontraron 21 dientes, un húmero y un bloque, numerado con la clave SD-437, que se conserva por su interés tal y como se encontró en la cueva: en él se acolmataron un trozo de columna vertebral, varias costillas y un pie casi completo. «Me gustaba esta vitrina antigua para los más pequeños de El Sidrón, la recuperé del Museo de Ciencias Naturales antes de que acabase en un almacén», comenta Rosas mientras la cierra con cuidado y nos invita a visitar otra pequeña sala.

    En esta imagen se ve la mandíbula y el maxilar de Adulto 2.

    Ante un ordenador, Clara Rodrigo gira sobre sí misma la imagen en tres dimensiones de un pequeño fragmento de costilla. El mismo que repasa una y otra vez un haz de luz proviniente de un escáner. Este proceso les sirve para poder estudiar en detalle los huesos, clasificarlos y conservarlos de modo seguro. A su lado, mediante una técnica de microtomografía axial computerizada -un TAC como el que se utiliza en medicina, pero con exposición mucho más alargada en el tiempo-, realizan en detalle un análisis de la dentición de los neandertales.


    ¿Qué les falta por estudiar? «Aún nos falta mucho, muchísimo», confiesa Rosas. Por ahora, el CSIC acaba de firmar un convenio con el Principado de Asturias, el Ayuntamiento de Piloña y la Universidad de Oviedo que garantiza cuatro años más de investigaciones. «Al menos nos sirve para crear un marco de trabajo», explica el paleontólogo. Pero ahora queda buscar financiación, uno a uno, para los distintos proyectos. «No hay una partida concreta para El Sidrón, pero este yacimiento es parte importante de muchas líneas de investigación diferentes para las que recibimos fondos del Plan Nacional», explica. La crisis de 2008 se llevó por delante a buena parte del personal, entre ellos al responsable de la realización de réplicas. «Se tuvo que ir a casa y nos quedamos sin réplicas científicas», se lamenta Rosas. Las utilizan para exposiciones -como la que se puede ver en Infiesto-, y para compartir información con otros científicos.

    ¿Qué claves serán las próximas que nos desvelará El Sidrón? Se publicarán estudios anatómicos, centrados en la región pélvico-lumbar, se completarán otros sobre la dieta de estos neandertales -que ya sabemos que era menos carnívora que la de sus compañeros del norte de Europa-, se seguirá analizando su ADN y se tratará de explicar el proceso por el que los huesos acabaron donde acabaron. ¿Cuál será la más relevante? Quizás la relativa a los tres adolescentes -de entre 12 y 18 años-, sobre quienes realizan un estudio comparativo de su crecimiento con el de nosotros, los sapiens. «Queremos saber si, como nuestros jóvenes, experimentaban un estirón puberal», avanza Rosas. Si resulta que sí, habrá que seguir indagando más atrás, en la historia de la evolución humana, en busca del momento en el que neandertales y sapiens aún no éramos tan parecidos.


    Fuente: elcomercio.es| 1 de abril de 2019
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