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    viernes, 21 de octubre de 2016

    La leyenda de El Dorado


    En los últimos días de la resistencia de los incas, un indio de Quito contó al general español Sebastian de Belalcázar una seductora historia. Lejos, al norte del país, vivía una tribu que cuando moría su jefe elegían uno nuevo y lo proclamaban durante el curso de una ceremonia ritual sorprendente, que tenia lugar junto al lago de Guatavita.

    A. F. Bandelier, en su obra "El Dorado", describe el acto: "...Al final de la parada militar iban los nobles de la tribu y los grandes sacerdotes, llevando al recién elegido capitán, o uzaque, en unas andas adornadas con discos de oro. Su cuerpo, desnudo, estaba ungido con resinas y recubierto de oro en polvo. Éste era el "hombre dorado". Llegados a la orilla del lago Guatavita, el hombre y sus acompañantes montaban en una balsa y navegaban hasta el centro del lago.Allí el nuevo jefe se deslizaba en el agua bañándose para quedar limpio de su polvo de oro. Mientras, los que le acompañaban, entre gritos y ruidos de instrumentos, arrojaban al lago todo el oro y todas las joyas que llevaban consigo. Terminada la ceremonia, el jefe y su comitiva regresaban a la orilla y luego a la aldea de Guatavita. Las fiestas terminaban con danzas y jolgorios".

    Belalcázar pensó que si un pueblo podía permitirse el lujo de tirar y despreciar tanto el oro, parecía indudable que había de ser inmensamente rico. Seguidamente escogió uno de los grupos de sus mejores hombres y con ellos caminó por los Andes casi ochocientos kilómetros en línea recta, hacia el Nordeste, llegando a la llanura de Cundinamarca, donde encontróse con que el español Gonzalo Jiménez de Quesada y sus hombres se les había adelantado. Tanto Belalcázar como Quesada de dedicaron a Explorar el país, mas la realidad es que no encontraron ningún "hombre dorado".

    Con el correr del tiempo los españoles "trasladaron" la leyenda del "hombre dorado" desde la llanura de Cundinamarca a los bosques de Meta, unos kilómetros más al Este, donde el río Meta pasa camino de su confluencia con el Orinoco. Ahora, el nuevo "hombre dorado" no sólo se pintaba de oro el día de su proclamación, sino diariamente; y por si fuera poco, también se pintaban de polvo de oro sus oficiales. Por último, el término "El Dorado" pasó a significar toda una comarca, donde el oro abundaba lo mismo que la tierra corriente.

    Por aquellas fechas los indios habían aprendido ya que la manera más rápida de desembarazarse de sus inoportunos visitantes era decirles que otras tribus (que vivían en algún lugar lejos del horizonte) poseían grandes cantidades de oro. De este modo, con este truco, el pequeño lago  Guatavita convirtióse en un lago fantasma de tierra adentro, que haría sobrevivir la leyenda de El Dorado durante un par de siglos.
    El año 1530, Diego de Ordaz, antiguo compañero de armas de Hernán Cortés, al explorar el Orinoco oyó hablar de la región de Meta, cerca de la cual vivía una crecida población de indios riquísima en oro. Ordaz no arribó nunca a esa comarca, si bien exploradores posteriores -D´Ortal, Herrera y von Spyer- llegaron, y el último alcanzó los límites del Ecuador comprobando que no había en Meta ningún lago, ni tampoco indios civilizados.

    A pesar de los mencionados fiascos, la leyenda perduraría. En 1539, el hermano de Francisco Pizarro, Gonzalo, partió de Quito con más de doscientos españoles y cuatro mil indios, en busca de El Dorado, y, si fuera posible, la tierra de la canela. Lo primero no lo encontraron, más sí un árbol con corteza de canela, y esperanzados llamaron al lugar "Canela". Dos años después, los expedicionarios, mandados por Francisco de Orellana, lugarteniente de Pizarro, llegaron al océano Atlántico.
    Un fraile dominico, Gaspar de Carvajal, escribió la crónica del fatigoso y expuesto viaje. En el curso de su narración, Carvajal divulga la leyenda de las célebres amazonas. Dice que en la desembocadura del río Negro sostuvieron una de sus muchas batallas con los indios; y que tomaron parte en la lucha las mujeres indígenas. Ello parece admisible, mas luego cuenta que dichas mujeres no eran miembros de la tribu contra la que luchaban los españoles, sino enviadas de otra muy rica y poderosa, singularmente constituida para reproducir la especie, de un modo análogo al de las "amazonas" de la leyenda griega, que Homero mencionaba por primera vez en la "Iliada".
    Cuando Orellana regresó a la corte del emperador Carlos V y relató su extraña historia, los cortesanos no quisieron creer en "sus amazonas", y sin embargo, reales o no, las mujeres guerreras indias dieron nombre al río Amazonas.

    El siguiente buscador de El Dorado fue el joven Pedro de Ursía, que murió asesinado en una insurrección. Durante bastante tiempo, Colombia oriental, el sur de Venezuela y las tierras limítrofes del Brasil fueron cruzadas y vueltas a cruzar sin que nadie hallara vestigios alguno del ansiado El Dorado. Y, más tarde, el "mito" se trasladó al norte de Brasil y la zona donde nace el Essequibo y sus principales afluente.

    En 1584, Antonio de Berrio partió de Bogotá en busca de El Dorado. En un segundo intento navegó por el Orinoco hasta alcanzar el mar. Al llegar a la costa oyó muchas historias sobre El Dorado y dedujo que tan fabulosa y codiciada riqueza se hallaba en al ciudad de Manoa, en el gran lago o mar interior llamado Parimé.

    Por aquellas fechas precisamente se había hecho a la mar el célebre inglés sir  Walter Raleigh al mando de una expedición pirata. Después de saquear y quemar las ciudades españolas de Trinidad y San José, apresó a Antonio de Berrio, a la sazón gobernador, quien llenó los oídos del pirata con las noticias que tenía de Manoa y de su lago repleto de oro. Raleigh intentó ir en  buscas de estas riquezas, mas enterado de que se aproximada una fuerza española, tuvo miedo, volvió a sus barcos y regresó a Inglaterra. Volvería en 1617 siendo detenido y enviado a Londres donde fue decapitado en Whitehall. En su cautiverio escribió un libro con el siguiente y más que largo título: " El descubrimiento del Imperio de Guiana, grande, rico y hermoso, con una relación de la ciudad dorada de Manoa, a la que los españoles llaman El Dorado..." etc.


    El libro de Raleigh daba por cierta la leyenda del emperador indio desnudo que se pintaba con polvo de oro, y, además hablaba de los ewaipanomas sin cabeza, que tienen los ojos en los hombros y la boca en mitad del pecho. Tales monstruos son, sin duda, los famosos blemmyes africanos citados por Plinio y Mela. Lo que se ignora es quien pudo situarlos en América.

    En los años siguientes hubo algunas expediciones más en busca de El Dorado, todas con el mismo resultado de esperanzas fallidas, penalidades y bajas humanas. Ello motivó que El Dorado fuera perdiendo lentamente prestigio hasta que, finalmente, muy pocos lo tomaban en serio. Sin embargo, los fracasos no impidieron que el lago Parimé siguiera apareciendo en los mapas de América del Sur durante dos siglos.


    Por lo que respecta al lago Guatavita -en la actual Cundinamarca, Colombia- fue varias veces desecado y en su fango se hallaron numerosos objetos de oro de interés arqueológico, pero de ningún valor intrínseco.

    Con estos testimonios murió la antigua leyenda sudamericana del célebre El Dorado.

    Por Juan Antonio Cerpa Niño
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