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    miércoles, 1 de febrero de 2017

    UN RÚSTICO MENTECATO FUNDÓ EL TERRORISMO CATALÁN



    La condena a un «rusticum mentecaptum»

    En 7 de diciembre de 1492, Fernando «El Católico» salía de una audiencia de justicia de la capilla de Santa Ágata, en Barcelona, cuando un payés llamado Juan de Cañamares le causó una cuchillada en el hombro. «¡O, Santa María, y valme! ¡O, qué traición!», gritó el Monarca aragonés al recibir una puñalada casi a la altura de la nuca, según cuenta el cronista Andrés Bernáldez. Los guardias reales saltaron inmediatamente sobre el agresor,Juan de Cañamares, y si no lo mataron allí mismo fue porque el Rey se lo impidió. Él, más que nadie, quería saber quién se encontraba detrás de aquel atentado.

    Salvado por el Toisón de Oro

    Barcelona era una ciudad de cálidas bienvenidas. Los Reyes Católicos abandonaron Granada, ya conquistada por los cristianos, a finales de mayo de 1492 para trasladarse a Aragón. Tras unos meses de corte itinerante, los monarcas entraron en Barcelona el 24 de octubre y un día después lo hizo el infante Juan de Trastámara, heredero de la Corona de Aragón, entre los vítores de la multitud. El entusiasta recibimiento a la familia real no hacía pronosticar, sino todo lo contrario, que en cuestión de un mes iban a sufrir el intento de asesinato más serio de los que serían objeto Fernando e Isabel.
    A pesar de la gravedad de la herida, de unos cuatro dedos de profundidad, el golpe fue amortiguado por el Toisón de Oro que portaba y pareció que no iba a comprometer la vida del Rey
    Al recibir el ataque, Fernando iba custodiado por unos cuantos funcionarios y un amplio grupo de gente se congregaba en esa plaza para dar la bienvenida al Monarca. Justo cuando se disponía a subir a su cabalgadura se acercó por la espalda Juan de Cañamares armado con un terciado de unos tres palmos de longitud, con el que le asestó al Rey un golpe vertical de arriba a abajo que pasando junto a la sien y la oreja izquierda. A pesar de la gravedad de la herida, de unos cuatro dedos de profundidad, el golpe fue amortiguado por el colgante del Toisón de Oro y pareció que no iba a comprometer la vida del Rey. De hecho, Juan de Cañamares fue neutralizado al momento por el camarero real Antonio Ferriol y su mozo de espuelasAlonso de Hoyos, ambos se abalanzaron sobre el campesino y le apuñalaron tres veces con los cuchillos que llevaban al cinto.



    Al extenderse el rumor de que el Rey había sido víctima de un ataque volaron las especulaciones. En un primer momento se barajó la teoría de que el agresor fuese moro o de que el ataque hubiera sido dirigido contra otro miembro de la comitiva real. No obstante, las complejas relaciones de Cataluña con los Reyes Católicos hicieron temer a la Reina que se tratase de una sublevación general. Tras recuperarse de un desmayo provocado por el impacto de la noticia, Isabel ordenó que las galeras castellanas se arrimasen a puerto para poder embarcar rápidamente en ellas al heredero Juan y a las infantas si la situación se complicaba.
    En una carta escrita entonces a su confesor, Hernando de Torres, la Reina describía su angustia vital en una frase:
    «Vemos que los reyes pueden morir de cualquier desastre como los otros, razón es de aparejar a bien morir».

    Representación del atentado en Dietari del Consell de Barcelona
    En las primeras horas se llegó a decir que el Rey había muerto, lo que provocó desórdenes callejeros. La población tomó las calles clamando venganza contra el autor del ataque, hasta confluir frente al palacio para comprobar si realmente el Rey, todavía convaleciente, seguía con vida. No obstante, los rumores no iban tan desencaminadas. La herida sangraba abundantemente y, aunque no pareció ser de gravedad en un primer momento, los cirujanos hallaron rota la clavícula, retirando parte del hueso astillado, limpiándola del pelo que había entrado en ella y cerrándola con siete puntos de sutura.
    El Rey recayó con fiebre alta en los siguientes días, hasta el punto de que se llegó a temer por su vida. Y es que en el ocaso del año más recordado de los Reyes Católicos, con la conquista de Granada, la expulsión de los judíos y la llegada de Colón a un nuevo continente; casi perdió la vida uno de sus artífices.
    Con los ánimos más calmados en la ciudad, la catedral de Barcelona decidió que se mantendría abierta dos semanas en continua oración y se celebraron catorce procesiones por la recuperación de Fernando. El 9 de febrero, el Rey quiso agradecer todo este cariño cabalgando por las calles; en tanto, su esposa repartió limosnas a los pobres. Ya se había descartado completamente que Juan de Cañamares fuera la punta de una sublevación popular.

    La condena a un «rusticum mentecaptum»

    El magnicida sobrevivió a los espadazos de los guardianes del Rey y fue interrogado bajo tormento con el fin de descubrir si había actuado en solitario o no. Durante el suplicio confesó que se lo había ordenado el Espíritu Santo, quien veinte años antes le había revelado que él era el verdadero Rey y podía reclamar el trono a la muerte de Fernando. Más horas de tortura, al fin, cambiarían su versión y diría que fue el Diablo quien le había dado las instrucciones: «Temptat del esperit maligne» («Fui tentado por el espíritu maligno»).
    Algunas obras literarias de corte nacionalista incluso le presentaron como un patriota contrario a aquel Rey casado con una castellana, algo bastante improbable
    Sea como fuere, aquellas explicaciones propias de un hombre calificado como de loco, «rusticum mentecaptum», descartaron que se tratara de una conspiración política. Si acaso algunos autores han apuntado –como Henry Kamen en su biografía «Fernando El Católico» (La Esfera de los libros, 2015)– que su actitud pudiera ser una consecuencia del descontento de los remensas con su situación social. Algunas obras literarias contemporáneas de corte nacionalista incluso le presentaron como un patriota contrario a aquel Rey casado con una castellana, algo bastante improbable.

    El descontento rural era un asunto recurrente en aquellas fechas. Desde mediados de siglo se vivían fuertes tensiones entre señores y payeses (campesinos) a propósito de las remensas y malos usos derivados. Fernando, de hecho, había vivido a principio de su reinado un alzamiento de los campesinos catalanes en Mieras, que dio paso a la segunda guerra remensa (1484-1485). Pero después de este conflicto el Monarca intervino y forzó un acuerdo entre las partes implicadas para aceptar un arbitraje real, lo que vendría a llamarse sentencia arbitral de Guadalupe, del 21 de abril de 1486. El acuerdo dejó satifecho a la mayoría de payeses y terminó con muchos de los abusos de los nobles.
    El estado de demencia llevó al Rey a perdonar a Juan de Cañamares, nacido en Dosrius (Barcelona), como gesto para la galería, puesto que no pudo evitar que el Consejo Real le condenara a muerte por el delito de lesa majestad. El día 12 de ese mismo diciembre fue paseado en carro y descuartizado públicamente por las calles de Barcelona. El populacho apedreó y quemó su cuerpo, aunque «ahogáronle primero por clemencia y misericordia de la Reyna». El cuerpo fue horriblemente mutilado, como correspondía en aquellos años a quien atentaban contra la Corona.







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